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as de Jesucristo:
«¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?», su madre, la de Don Manuel, respondió
desde el suelo: «¡Hijo mío!», y oí este grito que desgarraba la quietud del templo. Y volví a confesarme con
él para consolarle.
Una vez que en el confesonario le expuse una de aquellas dudas, me contestó:
-A eso, ya sabes, lo del catecismo: «Eso no me lo preguntéis a mí, que soy ignorante; doctores tiene la
Santa Madre Iglesia que os sabrán responder».
-¡Pero si el doctor aquí es usted, Don Manuel…! -¿Yo, yo doctor?, ¿doctor yo? ¡Ni por pienso! Yo,
doctorcilla, no soy más que un pobre cura de aldea. Y esas preguntas, ¿sabes quién te las insinúa, quién te
las dirige? Pues… ¡el Demonio!
Y entonces, envalentonándome, le espeté a boca de jarro: -¿Y si se las dirigiese a usted, Don Manuel?
-¿A quién?, ¿a mí? ¿Y el Demonio? No nos conocemos, hija, no nos conocemos.
-¿Y si se las dirigiera?
-No le haría caso. Y basta, ¿eh?, despachemos, que me están esperando unos enfermos de verdad.
Me retiré, pensando, no sé por qué, que nuestro Don Manuel, tan afamado curandero de endemoniados, no
creía en el Demonio. Y al irme hacia mi casa topé con Blasillo el bobo, que acaso rondaba el templo, y que al
verme, para agasajarme con sus habilidades, repitió -¡y de qué modo!- lo de «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué
me has abandonado?». Llegué a casa acongojadísima y me encerré en mi cuarto para llorar, hasta que llegó mi
madre.
-Me parece, Angelita, con tantas confesiones, que tú te me vas a ir monja.
-No lo tema, madre -le contesté-, pues tengo harto que hacer aquí, en el pueblo, que es mi convento.
-Hasta que te cases.
-No pienso en ello -le repliqué.
Y otra vez que me encontré con Don Manuel, le pregunté, mirándole derechamente a los ojos:
-¿Es que hay infierno, Don Manuel?
Y él, sin inmutarse:
-¿Para ti, hija? No.
-¿Para los otros, le hay?
-¿Y a ti qué te importa, si no has de ir a él?
-Me importa por los otros. ¿Le hay?
-Cree en el cielo, en el cielo que vemos. Míralo -y me lo mostraba sobre la montaña y abajo, reflejado en el
lago.
-Pero hay que creer en el infierno, como en el cielo -le repliqué.
-Sí, hay que creer todo lo que cree y enseña a creer la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica, Romana.
¡Y basta!
Leí no sé qué honda tristeza en sus ojos, azules como las aguas del lago.
Aquellos años pasaron como un sueño. La imagen de Don Manuel iba creciendo en mí sin que yo de ello
me diese cuenta, pues era un varón tan cotidiano, tan de cada día como el pan que a diario pedimos en el
Padrenuestro. Yo le ayudaba cuanto podía en sus menesteres, visitaba a sus enfermos, a nuestros enfermos, a
las niñas de la es cuela, arreglaba el ropero de la iglesia, le hacía, como me llamaba él, de diaconisa. Fui unos
días invitada por una compañera de colegio, a la ciudad, y tuve que volverme, pues en la ciudad me ahogaba,
me faltaba algo, sentía sed de la vista de las aguas del lago, hambre de la vista de las peñas de la montaña;
sentía, sobre todo, la falta de mi Don Manuel y como si su ausencia me llamara, como si corriese un peligro
lejos de mí, como si me necesitara. Empezaba yo a sentir una especie de afecto maternal hacia mi padre
espiritual; quería aliviarle del peso de su cruz del nacimiento.
Así fui llegando a mis veinticuatro años, que es cuando volvió de América, con un caudalillo ahorrado, mi
hermano Lázaro. Llegó acá, a Valverde de Lucerna, con el propósito de llevarnos a mí y a nuestra madre a
vivir a la ciudad, acaso a Madrid.
-En la aldea -decía- se entontece, se embrutece y se empobrece uno.
Y añadía:
-Civilización es lo contrario de ruralización; ¡aldeanerías no!, que no hice que fueras al colegio para que te
pudras luego aquí, entre estos zafios patanes.
Yo callaba, aún dispuesta a resistir la emigración; pero nuestra madre, que pasaba ya de la sesentena, se
opuso desde un principio. «¡A mi edad, cambiar de aguas!», dijo primero; mas luego dio a conocer claramente
que ella no podría vivir fuera de la vista de su lago, de su montaña, y sobre todo de su Don Manuel.
-¡Sois como las gatas, que os apegáis a la casa! -repetía mi hermano.
Cuando se percató de todo el imperio que sobre el pueblo todo y en especial sobre nosotras, sobre mi madre
y sobre mí, ejercía el santo varón evangélico, se irritó contra este. Le pareció un ejemplo de la oscura teocracia
en que él suponía hundida a España. Y empezó a barbotar sin descanso todos los viejos lugares comunes anticlericales
y hasta antirreligiosos y progresistas que había traído renovados del Nuevo Mundo.
-En esta España de calzonazos -decía- los curas manejan a las mujeres y las mujeres a los hombres… ¡y
luego el campo!, ¡el campo!, este campo feudal…
Para él, feudal era un término pavoroso; feudal y medieval eran los dos calificativos que prodigaba cuando
quería condenar algo.
Le desconcertaba el ningún efecto que sobre nosotras hacían sus diatribas y el casi ningún efecto que hacían
en el pueblo, donde se le oía con respetuosa indiferencia. «A estos patanes no hay quien les conmueva». Pero
como era bueno por ser inteligente, pronto se dio cuenta de la clase de imperio que Don Manuel ejercía sobre
el pueblo, pronto se enteró de la obra del cura de su aldea.
-¡No, no es como los otros -decía-, es un santo!
-Pero ¿tú sabes cómo son los otros curas? -le decía yo, y él:
-Me lo figuro.
Mas aun así ni entraba en la iglesia ni dejaba de hacer alarde en todas partes de su incredulidad, aunque
procurando siempre dejar a salvo a Don Manuel. Y ya en el pueblo se fue formando, no sé cómo, una
expectativa, la de una especie de duelo entre mi hermano Lázaro y Don Manuel, o más bien se esperaba la
conversión de aquel por este. Nadie dudaba de que al cabo el párroco le llevaría a su parroquia. Lázaro, por su
parte, ardía en deseos -me lo dijo luego- de ir a oír a Don Manuel, de verle y oírle en la iglesia, de acercarse a
él y con él conversar, de conocer el secreto de aquel su imperio espiritual sobre las almas. Y se hacía de rogar
para ello, hasta que al fin, por curiosidad -decía-, fue a oírle.
-Sí, esto es otra cosa -me dijo luego de haberle oído-; no es como los otros, pero a mí no me la da; es demasiado
inteligente para creer todo lo que tiene que enseñar. -Pero ¿es que le crees un hipócrita? -le dije.
-¡Hipócrita… no!, pero es el oficio del que tiene que vivir.
En cuanto a mí, mi hermano se empeñaba en que yo leyese de libros que él trajo y de otros que me incitaba
a comprar.
-¿Conque tu hermano Lázaro -me decía Don Manuel- se empeña en que leas? Pues lee, hija mía, lee y dale
así gusto. Sé que no has de leer sino cosa buena; lee aunque sea novelas. No son mejores las historias que llaman
verdaderas. Vale más que leas que no el que te alimentes de chismes y comadrerías del pueblo. Pero lee
sobre todo libros de piedad que te den contento de vivir, un contento apacible y silencioso.
¿Le tenía él?
Por entonces enfermó de muerte y se nos murió nues tra madre, y en sus últimos días todo su hipo era que
Don Manuel convirtiese a Lázaro, a quien esperaba vo lver a ver un día en el cielo, en un rincón de las estrellas
desde donde se viese el lago y la montaña de Valverde de Lu cerna. Ella se iba ya, a ver a Dios.
-Usted no se va -le decía Don Manuel-, usted se queda. Su cuerpo aquí, en esta tierra, y su alma también
aquí en esta casa, viendo y oyendo a sus hijos, aunque estos ni le vean ni le oigan.
-Pero yo, padre -dijo-, voy a ver a Dios.
-Dios, hija mía, está aquí como en todas partes, y le verá usted desde aquí, desde aquí. Y a todos nosotros en
Él, y a Él en nosotros.
-Dios se lo pague -le dije.
-El contento con que tu madre se muera -me dijoserá su eterna vida.
Y volviéndose a mi hermano Lázaro:
-Su cielo es seguir viéndote, y ahora es cuando hay que salvarla. Dile que rezarás por ella.
-Pero…
-¿Pero…? Dile que rezarás por ella, a quien debes la vida, y sé que una vez que se lo prometas rezarás y sé
que luego que reces…
Mi hermano, acercándose, arrasados sus ojos en lágrimas, a nuestra madre, agonizante, le prometió
solemnemente rezar por ella.
-Y yo en el cielo por ti, por vosotros -respondió mi madre, y besando el crucifijo y puestos sus ojos en los
de Don Manuel, entregó su alma a Dios.
-«¡En tus manos encomiendo mi espíritu!»-rezó el santo varón.
Quedamos mi hermano y yo solos en la casa. Lo que pasó en la muerte de nuestra madre puso a Lázaro en
relación con Don Manuel, que pareció descuidar algo a sus demás pacientes, a sus demás menesterosos, para
atender a mi hermano. Íbanse por las tardes de paseo, orilla del lago, o hacia las ruinas, ves tidas de hiedra, de
la vieja abadía de c

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