Мигель де Унамуно. Собрание сочинений. Miguel de Unamuno. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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Bien comprendí
yo ya desde entonces que Don Manuel huía de pensar ocioso y a solas, que algún pensamiento le
perseguía.
Así es que estaba siempre ocupado, y no pocas veces en inventar ocupaciones. Escribía muy poco para sí,
de tal modo que apenas nos ha dejado escritos o notas; mas, en cambio, hacía de memorialista para los
demás, y a las madres, sobre todo, les redactaba las cartas para sus hijos ausentes.
Trabajaba también manualmente, ayudando con sus brazos a ciertas labores del pueblo. En la temporada
de trilla íbase a la era a trillar y aventar, y en tanto, les aleccionaba o les distraía. Sustituía a las veces a
algún enfermo en su tarea. Un día del más crudo invierno se encontró con un niño, muertecito de frío, a
quien su padre le enviaba a recoger una res a larga distancia, en el monte.
-Mira -le dijo al niño-, vuélvete a casa, a calentarte, y dile a tu padre que yo voy a hacer el encargo.
Y al volver con la res se encontró con el padre, todo confuso, que iba a su encuentro. En invierno partía
leña para los pobres. Cuando se secó aquel magnífico nogal -«un nogal matriarcal» le llamaba -, a cuya
sombra había jugado de niño y con cuyas nueces se había durante tantos años regalado, pidió el tronco, se
lo llevó a su casa y después de labrar en él seis tablas, que guardaba al pie de su lecho, hizo del resto leña
para calentar a los pobres.
Solía hacer también las pelotas para que jugaran los mo zos y no pocos j uguetes para los niños.
Solía acompañar al médico en su visita y recalcaba las prescripciones de este. Se interesaba sobre todo en
los embarazos y en la crianza de los niños, y estimaba como una de las mayores blasfemias aquello de:
«¡Teta y gloria!», y lo otro de: «Angelitos al cielo». Le conmovía profundamente la muerte de los niños.
-Un niño que nace muerto o que se muere recién nacido y un suicidio -me dijo una vez- son para mí de
los más terribles misterios: ¡un niño en cruz!
Y como una vez, por haberse quitado uno la vida, le preguntara el padre del suicida, un forastero, si le
daría tierra sagrada, le contestó:
-Seguramente, pues en el último momento, en el segundo de la agonía, se arrepintió sin duda alguna.
Iba también a menudo a la escuela a ayudar al maestro, a enseñar con él, y no sólo el catecismo. Y es que
huía de la ociosidad y de la soledad. De tal modo que por estar con el pueblo, y sobre todo con el mocerío y
la chiquille ría, solía ir al baile. Y más de una vez se puso en él a tocar el tamboril para que los mozos y las
mozas bailasen, y esto, que en otro hubiera parecido grotesca profanación del sacerdocio, en él tomaba un
sagrado carácter y como de rito religioso. Sonaba el Ángelus, dejaba el tamboril y el palillo, se descubría y
todos con él, y rezaba: «El ángel del Señor anunció a María: Ave María…». Y luego: «Y ahora, a descansar
para mañana».
-Lo primero -decía- es que el pueblo esté contento, que estén todos contentos de vivir. El contentamiento
de vivir es lo primero de todo. Nadie debe querer morirse hasta que Dios quiera.
-Pues yo sí -le dijo una vez una recién viuda-, yo quiero seguir a mi marido…
-¿Y para qué? -le respondió-. Quédate aquí para encomendar su alma a Dios.
En una boda dijo una vez: «¡Ay, si pudiese cambiar el agua toda de nuestro lago en vino, en un vinillo que
por mucho que de él se bebiera alegrara siempre sin emborrachar nunca… o por lo menos con una borrachera
alegre!».
Una vez pasó por el pueblo una banda de pobres titiriteros. El jefe de ella, que llegó con la mujer gravemente
enferma y embarazada, y con tres hijos que le ayudaban, hacía de payaso. Mientras él estaba en la plaza
del pueblo haciendo reír a los niños y aun a los grandes, ella, sintiéndose de pronto gravemente indispuesta, se
tuvo que retirar, y se retiró escoltada por una mirada de congoja del payaso y una risotada de los niños. Y
escoltada por Don Manuel, que luego, en un rincón de la cuadra de la posada, la ayudó a bien morir. Y
cuando, acabada la fiesta, supo el pueblo y supo el payaso la tragedia, fuéronse todos a la posada y el pobre
hombre, diciendo con llanto en la voz: «Bien se dice, señor cura, que es usted todo un santo», se acercó a este
queriendo tomarle la mano para besársela, pero Don Manuel se adelantó, y tomándosela al payaso, pronunció
ante todos:
-El santo eres tú, honrado payaso; te vi trabajar y comprendí que no sólo lo haces para dar pan a tus hijos,
sino también para dar alegría a los de los otros, y yo te digo que tu mujer, la madre de tus hijos, a quien he
despedido a Dios mientras trabajabas y alegrabas, descansa en el Señor, y que tú irás a juntarte con ella y a
que te paguen riendo los ángeles a los que haces reír en el cielo de contento.
Y todos, niños y grandes, lloraban, y lloraban tanto de pena como de un misterioso contento en que la pena
se ahogaba. Y más tarde, recordando aquel solemne rato, he comprendido que la alegría imperturbable de Don
Manuel era la forma temporal y terrena de una infinita y eterna tristeza que con heroica santidad recataba a los
ojos y los oídos de los demás.
Con aquella su constante actividad, con aquel mezclarse en las tareas y las diversiones de todos, parecía
querer huir de sí mismo, querer huir de su soledad. «Le temo a la soledad», repetía. Mas, aun así, de vez en
cuando se iba solo, orilla del lago, a las ruinas de aquella vieja abadía donde aún parecen reposar las almas de
los piadosos cistercienses a quienes ha sepultado en el olvido la Historia. Allí está la celda del llamado Padre
Capitán, y en sus paredes se dice que aún quedan señales de la gota de sangre con que las salpicó al
mortificarse. ¿Que pensaría allí nuestro Don Manuel? Lo que sí recuerdo es que como una vez, hablando de la
abadía, le preguntase yo cómo era que no se le había ocurrido ir al claustro, me contestó:
-No es sobre todo porque tenga, como tengo, n-i hermana viuda y mis sobrinos a quienes sostener, que Dios
ayuda a sus pobres, sino porque yo no nací para ermitaño, para anacoreta; la soledad me mataría el alma, y en
cuanto a un monasterio, mi monasterio es Valverde de Lucerna. Yo no debo vivir solo; yo no debo morir solo.
Debo vivir para mi pueblo, morir para mi pueblo. ¿Cómo voy a salvar mi alma si no salvo la de mi pueblo?
-Pero es que ha habido santos ermitaños, solitarios… -le dije.
-Sí, a ellos les dio el Señor la gracia de soledad que a mí me ha negado, y tengo que resignarme. Yo no
puedo perder a mi pueblo para ganarme el alma. Así me ha hecho Dios. Yo no podría soportar las
tentaciones del desierto. Yo no podría llevar solo la cruz del nacimiento.
He querido con estos recuerdos, de los que vive mi fe, retratar a nuestro Don Manuel tal como era cuando
yo, mocita de cerca de dieciséis años, volví del Colegio de Religiosas de Renada a nuestro monasterio de
Valverde de Lucerna. Y volví a ponerme a los pies de su abad.
-¡Hola, la hija de la Simona -me dijo en cuanto me vio-, y hecha ya toda una moza, y sabiendo francés, y
bordar y tocar el piano y qué sé yo qué más! Ahora a prepararte para darnos otra familia. Y tu hermano Lá -
zaro, ¿cuándo vuelve? Sigue en el Nuevo Mundo, ¿no es así?
-Sí, señor, sigue en América…
-¡El Nuevo Mundo! Y nosotros en el Viejo. Pues bueno, cuando le escribas, dile de mi parte, de parte del
cura, que estoy deseando saber cuándo vuelve del Nuevo Mundo a este Vie jo, trayéndonos las novedades
de por allá. Y dile que encontrará al lago y a la montaña como les dejó.
Cuando me fui a confesar con él mi turbación era tanta que no acertaba a articular palabra. Recé el «yo
pecadora» balbuciendo, casi sollozando. Y él, que lo observó, me dijo:
-Pero ¿qué te pasa, corderilla? ¿De qué o de quién tienes miedo? Porque tú no tiemblas ahora al peso de
tus pecados ni por temor de Dios, no; tú tiemblas de mí, ¿no es eso?
Me eché a llorar.
-Pero ¿qué es lo que te han dicho de mí? ¿Qué leyendas son esas? ¿Acaso tu madre? Vamos, vamos,
cálmate y haz cuenta que estás hablando con tu hermano…
Me animé y empecé a confiarle mis inquietudes, mis dudas, mis tristezas.
-¡Bah, bah, bah! ¿Y dónde has leído eso, marisabidilla? Todo eso es literatura. No te des demasiado a
ella, ni siquiera a santa Teresa. Y si quieres distraerte, lee el Bertoldo, que leía tu padre.
Salí de aquella mi primera confesión con el santo hombre profundamente consolada. Y aquel mi temor
primero, aquel más que respeto miedo, con que me acerqué a él, trocóse en una lástima profunda. Era yo
entonces una mo cita, una niña casi; pero empezaba a ser mujer, sentía en mis entrañas el jugo de la
maternidad, y al encontrarme en el confesonario junto al santo varón, sentí como una callada confesión
suya en el susurro sumiso de su voz y recordé cómo cuando al clamar él en la iglesia las palabr
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