mento con nuestra
sangre, hermandad perpetua, y otras veces me hablaba, con los ojos semicerrados, de novios y de aventuras
matrimoniales. Por cierto que no he vuelto a saber de ella ni de su suerte. Y eso que cuando se hablaba de
nuestro Don Manuel, o cuando mi madre me decía algo de él en sus cartas -y era en casi todas -, que yo leía
a mi amiga, esta exclamaba como en arrobo: «¡Qué suerte, chica, la de poder vivir cerca de un santo así, de
un santo vivo, de carne y hueso, y poder besarle la mano! Cuando vuelvas a tu pueblo, escríbeme mucho,
mucho y cuéntame de él».
Pasé en el colegio unos cinco años, que ahora se me pierden como un sueño de madrugada en la lejanía
del re cuerdo, y a los quince volvía a mi Valverde de Lucerna. Ya toda ella era Don Manuel; Don Manuel
con el lago y con la montaña. Llegué ansiosa de conocerle, de ponerme bajo su protección, de que él me
marcara el sendero de mi vida.
Decíase que había entrado en el Seminario para hacerse cura, con el fin de atender a los hijos de una su
hermana recién viuda, de servirles de padre; que en el Semi nario se había distinguido por su agudeza
mental y su talento y que había rechazado ofertas de brillante carrera eclesiástica porque él no quería ser
sino de su Valverde de Lucerna, de su aldea perdida como un broche entre el lago y la montaña que se mira
en él.
¡Y cómo quería a los suyos! Su vida era arreglar matrimonios desavenidos, reducir a sus padres hijos
indómitos o reducir los padres a sus hijos, y sobre todo consolar a los amargados y atediados, y ayudar a
todos a bien morir.
Me acuerdo, entre otras cosas, de que al volver de la ciudad la desgraciada hija de la tía Rabona, que
se había perdido y volvió, soltera y desahuciada, trayendo un hijito consigo, Don Manuel no paró
hasta que hizo que se casase con ella su antiguo novio, Perote, y reconociese como suya a la criaturita,
diciéndole:
-Mira, da padre a este pobre crío que no le tiene más que en el cielo.
-¡Pero, Don Manuel, si no es mía la culpa…!
-¡Quién lo sabe, hijo, quién lo sabe…!, y, sobre todo, no se trata de culpa.
Y hoy el pobre Perote, inválido, paralítico, tiene como báculo y consuelo de su vida al hijo aquel
que, conta giado de la santidad de Don Manuel, reconoció por suyo no siéndolo.
En la noche de san Juan, la más breve del año, solían y suelen acudir a nuestro lago todas las pobres
mujerucas, y no pocos hombrecillos, que se creen poseídos, endemo niados, y que parece no son sino
histéricos y a las veces epilépticos, y Don Manuel emprendió la tarea de hacer él de lago, de piscina
probática, y tratar de aliviarles y si era posible de curarles. Y era tal la acción de su presencia, de sus
miradas, y tal sobre todo la dulcísima autoridad de sus palabras y sobre todo de su voz -¡qué milagro
de voz!-, que consiguió curaciones sorprendentes. Con lo que cre ció su fama, que atraía a nuestro lago
y a él a todos los enfermos del contorno. Y alguna vez llegó una madre pidiéndole que hiciese un
milagro en su hijo, a lo que contestó sonriendo tristemente:
-No tengo licencia del señor obispo para hacer mila gros.
Le preocupaba, sobre todo, que anduviesen todos limpios. Si alguno llevaba un roto en su vestidura,
le decía:
«Anda a ver al sacristán, y que te remiende eso». El sacristán era sastre. Y cuando el día primero de
año iban a felicitarle por ser el de su santo -su santo patrono era el mismo Jesús Nuestro Señor-, quería
Don Manuel que todos se le presentasen con camisa nueva, y al que no la tenía se la regalaba él
mismo.
Por todos mostraba el mismo afecto, y si a algunos dis tinguía más con él era a los más desgraciados
y a los que aparecían como más díscolos. Y como hubiera en el pueblo un pobre idiota de nacimiento,
Blasillo el bobo, a este es a quien más acariciaba y hasta llegó a enseñarle cosas que parecía milagro
que las hubiese podido aprender. Y es que el pequeño rescoldo de inteligencia que aún quedaba en el
bobo se le encendía en imitar, como un pobre mono, a su Don Manuel.
Su maravilla era la voz, una voz divina, que hacía llorar. Cuando al oficiar en misa mayor o solemne
entonaba el prefacio, estremecíase la iglesia y todos los que le oían sentíanse conmovidos en sus
entrañas. Su canto, saliendo del templo, iba a quedarse dormido sobre el lago y al pie de la montaña. Y
cuando en el sermón de Viernes Santo clamaba aquello de: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has
abandonado?», pasaba por el pueblo todo un temblor hondo como por sobre las aguas del lago en días
de cierzo de hostigo. Y era como si oyesen a Nuestro Señor Jesucristo mismo, como si la voz brotara
de aquel viejo crucifijo a cuyos pies tantas generaciones de madres habían depositado sus congojas.
Como que una vez, al oírlo su madre, la de Don Manuel, no pudo contenerse, y desde el sdelo del
templo, en que se sentaba, gritó: «¡Hijo mío!». Y fue un chaparrón de lágrimas entre todos. Creeríase
que el grito maternal había brotado de la boca entreabierta de aquella Dolorosa -el corazón traspasado
por siete espadas- que había en una de las capillas del templo. Luego Blasillo el tonto iba repitiendo en
tono patético por las callejas, y como en eco, el «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?», y de
tal manera que al oírselo se les saltaban a todos las lágrimas, con gran regocijo del bobo por su triunfo
imitativo.
Su acción sobre las gentes era tal que nadie se atrevía a mentir ante él, y todos, sin tener que ir al
confesonario, se le confesaban. A tal punto que como hubiese una vez ocurrido un repugnante crimen en una
aldea próxima, el juez, un insensato que conocía mal a Don Manuel, le llamó y le dijo:
-A ver si usted, Don Manuel, consigue que este bandido declare la verdad.
-¿Para que luego pueda castigársele? -replicó el santo varón-. No, señor juez, no; yo no saco a nadie una
verdad que le lleve acaso a la muerte. Allá entre él y Dios… La justicia humana no me concierne. «No juzguéis
para no ser juzgados», dijo Nuestro Señor.
-Pero es que yo, señor cura…
-Comprendido; dé usted, señor juez, al César lo que es del César, que yo daré a Dios lo que es de Dios.
Y al salir, mirando fijamente al presunto reo, le dijo:
-Mira bien si Dios te ha perdonado, que es lo único que importa.
En el pueblo todos acudían a misa, aunque sólo fuese por oírle y por verle en el altar, donde parecía transfigurarse,
encendiéndosele el rostro. Había un santo ejercicio que introdujo en el culto popular, y es que,
reuniendo en el templo a todo el pueblo, hombres y mujeres, viejos y niños, unas mil personas, recitábamos al
unísono, en una sola voz, el Credo: «Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra…» y
lo que sigue. Y no era un coro, sino una sola voz, una voz simple y unida,
fundidas todas en una y haciendo como una montaña, cuya cumbre, perdida a las veces en nubes, era Don
Manuel. Y al llegar a lo de «creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable» la voz de Don Manuel se
zambullía, como en un lago, en la del pueblo todo, y era que él se callaba. Y yo oía las campanadas de la villa
que se dice aquí que está sumergida en el lecho del lago -campanadas que se dice también se oyen la noche de
San Juan- y eran las de la villa sumergida en el lago espiritual de nuestro pueblo; oía la voz de nuestros
muertos que en nosotros resucitaban en la comunión de los santos. Después, al llegar a conocer el secreto de
nuestro santo, he comprendido que era como si una caravana en marcha por el desierto, desfallecido el
caudillo al acercarse al término de su carrera, le tomaran en hombros los suyos para meter su cuerpo sin vida
en la tierra de promisión.
Los más no querían morirse sino cogidos de su mano como de un ancla.
Jamás en sus sermones se ponía a declamar contra impíos, masones, liberales o herejes. ¿Para qué, si no los
había en la aldea? Ni menos contra la mala prensa. En cambio, uno de los más frecuentes temas de sus
sermones era contra la mala lengua. Porque él lo disculpaba todo y a todos disculpaba. No quería creer en la
mala intención de nadie.
-La envidia -gustaba repetir- la mantienen los que se empeñan en creerse envidiados, y las más de las persecuciones
son efecto más de la manía persecutoria que no de la perseguidora.
-Pero fíjese, Don Manuel, en lo que me ha querido decir…
Y él:
-No debe importarnos tanto lo que uno quiera decir como lo que diga sin querer…
Su vida era activa y no contemplativa, huyendo cuanto podía de no tener nada que hacer. Cuando oía eso
de que la ociosidad es la madre de todos los vicios, contestaba: «Y del peor de todos, que es el pensar
ocioso». Y como yo le preguntara una vez qué es lo que con eso quería decir, me contestó: «Pensar ocioso
es pensar para no hacer nada o pensar demasiado en lo que se ha hecho y no en lo que hay que hacer. A lo
hecho pecho, y a otra cosa, que no hay peor que remordimiento sin enmienda». ¡Hacer!, ¡hacer!
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