Skip to content

Мигель де Унамуно. Собрание сочинений. Miguel de Unamuno. Seleccion de textos


| Email This Post Email This Post | Print It Print It |
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (No Ratings Yet)
Loading ... Loading ...



también junto al lago, algo elevada sobre su orilla. Pero ni Riba de Lago, ni San Martín de Castañeda, ni
Galende, el otro pobladillo más cercano al lago de Sanabria -este otro mejor acomodado-, ninguno de los
tres puede ser ni fue el mo delo de mi Valverde de Lucerna. El escenario de la obra de mi Don Manuel
Bueno y de Angelina y Lázaro Carballino supone un desarrollo mayor de vida pública, por pobre y
humilde que esta sea, que la vida de esas pobrísimas y humildísimas aldeas. Lo que no quiere decir, ¡claro
está!, que yo suponga que en estas no haya habido y aún haya vidas individuales muy íntimas e intensas, ni
tragedias de conciencia.
Y en cuanto al fondo de la tragedia de los tres protagonistas de mi novelita, no creo poder ni deber
agregar nada al mismo de ella. Ni siquiera he querido añadirle algo que recordé después de haberlo
compuesto -y casi de un solo tirón-, y es que al preguntarle en París una dama acongojada de escrúpulos
religiosos a un famoso y muy agudo abate si creía en el infierno y responderle este: «Señora, soy sacerdote
de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, y usted sabe que en esta la existencia del infierno es
verdad dogmática o de fe», la dama insistió en: «Pero usted, monseñor, ¿cree en ello?», y el abate, por fin:
«¿Pero por qué se preocupa usted tanto, señora, de si hay o no infierno, si no hay nadie en él …?» No
sabemos que la dama le añadiera esta otra pregunta: «Y en el cielo, ¿hay alguien?»
Y ahora, tratando de narrar la oscura y dolorosa congoja cotidiana que atormenta al espíritu de la carne y
al espíritu del hueso de hombres y mujeres de carne y hues o espirituales, ¿iba a entretenerme en la tan
hacedera tarea de describir revestimientos pasajeros y de puro viso? Aquí lo de Francisco Manuel de Melo
en su de los movimientos, separación y guerra de Cataluña en tiempo de Felipe IV y política
militar, donde dice: «He deseado mostrar sus ánimos, no los vestidos de seda, lana y pieles, sobre que tanto
se desveló un historiador grande de estos años, estimado en el mundo.» Y el colosal Tucídides, dechado de
historiadores, desdeñando esos realis mos, aseguraba haber querido escribir «una cosa para siempre, más
que una de certamen que se oiga de momento». ¡Para siempre!
[.................................................................]
Pero voy más lejos aún, y es que no tan sólo importan poco para una , para una verdadera ,
para la tragedia o la comedia de unas almas, las fisonomías, el vestuario, los gestos materiales, el ámbito
material, sino que tampoco importa mucho lo que suele llamarse el argumento de ella.
[.................................................................]
[...] Poniéndome a pensar, claro que a redromano o a posteriori, en ello, he creído darme cuenta de que
[...] a Don Manuel Bueno [...] lo que le atosigaba era el pavoroso problema de la personalidad, si uno es lo
que es y seguirá siendo lo que es.
Claro está que no obedece a un estado de ánimo especial en que me hallara al escribir, en poco más de
dos meses [esta junto a la de Don Sandalio, jugador de ajedrez y Un pobre hombre rico o
el sentimiento cómico de la vida], sino que es un estado de ánimo general en que me encuentro, puedo
decir que desde que empecé a escribir. Ese problema, esa congoja, mejor, de la conciencia de la propia
personalidad -congoja unas veces trágica y otras cómica- es el que me ha inspirado para casi todos mis
personajes de ficción. Don Manuel Bueno busca, al ir a morirse, fundir -o sea salvar- su personalidad en la
de su pueblo [...].
¿Y no es, en el fondo, este congojoso y glorioso problema de la personalidad el que guía en su empresa a
Don Quijote, el que dijo lo de «¡yo sé quién soy!» y quiso salvarla en aras de la fama imperecedera? ¿Y no
es un problema de personalidad el que acongojó al príncipe Segismundo, haciéndole soñarse príncipe en el
sueño de la vida?
Precisamente ahora, cuando estoy componiendo este prólogo, he acabado de leer la obra O lo uno o lo
otro (Entera -Eller) de mi favorito Sáren Kierkegaard, obra cuya lectura dejé interrumpida hace unos años -
antes de mi destierro-, y en la sección de ella que se titula «Equilibrio entre lo estético y lo ético en el
desarrollo de la personalidad» me he encontrado con un pasaje que me ha herido vivamente y que viene como
estrobo al tolete para sujetar el remo -aquí pluma - con que estoy remando en este escrito. Dice así el pasaje:
Sería la más completa burla al mundo si el que habría expuesto la más profunda verdad no hubiera sido
un soñador, sino un dudador. Y no es impensable que nadie pueda exponer la verdad positiva tan
excelentemente como un dudador; sólo que este no la cree. Si fuera un impostor, su burla sería suya; pero
si fuera un dudador que deseara creer lo que expusiese, su burla sería ya enteramente objetiva; la
existencia se burlaría por medio de él; expondría una doctrina que podría esclarecerlo todo, en que podría
descansar todo el mundo; pero esa doctrina no podría aclarar nada a su propio autor. Si un hombre fuera
precisamente tan avisado que pudiese ocultar que estaba loco, podría volver loco al mundo entero.
Y no quiero aquí comentar ya má s ni el martirio de Don Quijote ni el de Don Manuel Bueno, martirios
quijotescos los dos.
Y adiós, lector, y hasta más encontrarnos, y quiera Él que te encuentres a ti mismo.
Madrid, 1932.
Si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los
más miserables de los hombres todos.
(SAN PABLO, I Corintios XV, 19)
Ahora que el obispo de la diócesis de Renada, a la que pertenece esta mi querida aldea de Valverde de
Lucerna, anda, a lo que se dice, promoviendo el proceso para la beatificación de nuestro Don Manuel, o,
mejor, san Manuel Bueno, que fue en esta párroco, quiero dejar aquí consignado, a modo de confesión y
sólo Dios sabe, que no yo, con qué destino, todo lo que sé y recuerdo de aquel varón matriarcal que llenó
toda la más entrañada vida de mi alma, que fue mi verdadero padre espiritual, el padre de mi espíritu, del
mío, el de Ángela Carballino.
Al otro, a mi padre carnal y temporal, apenas si le conocí, pues se me murió siendo yo muy niña. Sé que
había llegado de forastero a nuestra Valverde de Lu cerna, que aquí arraigó al casarse aquí con mi madre.
Trajo consigo unos cuantos libros, el Quijote, obras de teatro clásico, algunas novelas, historias, el
Bertoldo, todo revuelto, y de esos libros, los únicos casi que había en toda la aldea, devoré yo ensueños
siendo niña. Mi buena madre apenas si me contaba hechos o dichos de mi padre. Los de Don Manuel, a
quien, como todo el mundo, adoraba, de quien estaba enamorada -claro que castísimamente-, le habían
borrado el recuerdo de los de su marido. A quien encomendaba a Dios, y fervorosamente, cada día al rezar
el rosario.
De nuestro Don Manuel me acuerdo como si fuese de cosa de ayer, siendo yo niña, a mis diez años, antes
de que me llevaran al Colegio de Religiosas de la ciudad catedralicia de Renada. Tendría él, nuestro santo,
entonces unos treinta y siete años. Era alto, delgado, erguido, lle vaba la cabeza como nuestra Peña del
Buitre lleva su cresta y había en sus ojos toda la hondura azul de nuestro lago. Se llevaba las miradas de
todos, y tras ellas, los corazones, y él al mirarnos parecía, traspasando la carne como un cristal, mirarnos al
corazón. Todos le queríamos, pero sobre todo los niños. ¡Qué cosas nos decía! Eran cosas, no palabras.
Empezaba el pueblo a olerle la santidad; se sentía lleno y embriagado de su aroma.
Entonces fue cuando mi hermano Lázaro, que estaba en América, de donde nos mandaba regularmente
dinero con que vivíamos en decorosa holgura, hizo que mi madre me mandase al Colegio de Religiosas, a
que se completara fuera de la aldea mi educación, y esto aunque a él, a Lázaro, no le hiciesen mucha gracia
las monjas. «Pero como ahí -nos escribía- no hay hasta ahora, que yo sepa, colegios laicos y progresivos, y
menos para señoritas, hay que atenerse a lo que haya. Lo importante es que Angelita se pula y que no siga
entre esas zafias aldeanas.» Y entré en el colegio, pensando en un principio hacerme en él maestra, pero
luego se me atragantó la .
En el colegio conocí a niñas de la ciudad e intimé con algunas de ellas. Pero seguía atenta a las cosas y a
las gentes de nuestra aldea, de la que recibía frecuentes noticias y tal vez alguna visita. Y hasta al colegio
llegaba la fama de nuestro párroco, de quien empezaba a hablarse en la ciudad episcopal. Las monjas no
hacían sino interrogarme respecto a él.
Desde muy niña alimenté, no sé bien cómo, curiosidades, preocupaciones e inquietudes, debidas, en parte
al me nos, a aquel revoltijo de libros de mi padre, y todo ello se me medró en el colegio, en el trato, sobre
todo con una compañera que se me aficionó desmedidamente y que unas veces me proponía que
entrásemos juntas a la vez en un mismo convento, jurándonos, y hasta firmando el jura

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • YahooMyWeb
  • Digg
  • E-mail this story to a friend!
  • Facebook
  • Google
  • Live
  • Technorati
  • Print this article!
  • MySpace
Tags: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Related posts

Post a Comment

You must be logged in to post a comment.