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Мигель де Унамуно. Туман. Miguel de Unamuno. NIEBLA


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en acá que te abrace!, ¡admirable!
—¿Tanto le admira a usted que vayamos a casarnos, tío?
—No, lo que me admira, lo que me arrebata, lo que me subyuga es la manera de haber resuelto este asunto, los dos solos, sin medianeros… ¡viva la anarquía! Y es lástima, es lástima que para llevar a cabo vuestro propósito tengáis que acudir a la autoridad… Por supuesto, sin acatarla en el fuero interno de vuestra conciencia, ¿eh?, pro formula, nada más que pro formula. Porque yo sé que os consideráis ya marido y mujer. ¡Y en todo caso yo, yo solo, en nombre del Dios anárquico, os caso! Y esto basta. ¡Admirable!, ¡admirable! Don Augusto, desde hoy esta casa es su casa.
—¿Desde hoy?
—Tiene usted razón, sí, lo fue siempre. Mi casa… ¿mía? Esta casa que habito fue siempre de usted, fue siempre de todos mis hermanos. Pero desde hoy… usted me entiende.
—Sí, le entiende a usted, tío.
En aquel momento llamaron a la puerta y Eugenia dijo:
—¡La tía!
Y al entrar esta en la sala y ver aquello, exclamó:
—Ya, ¡enterada! ¿Conque es cosa hecha? Esto ya me lo sabía yo.
Augusto pensaba: «¡Rana, rana completa! Y me han pescado entre todos.»
—Se quedará usted hoy a comer con nosotros, por supuesto, para celebrarlo… —dijo doña Ermelinda.
—¡Y qué remedio! —se le escapó al pobre rana.
XXVII
Empezó entonces para Augusto una nueva vida. Casi todo el día se lo pasaba en casa de su novia y estudiando no , sino estética.
¿Y Rosario? Rosario no volvió por su casa. La siguiente vez que le llevaron la ropa planchada fue otra la que se la llevó, una mujer cualquiera. Y apenas se atrevió a preguntar por qué no venía ya Rosario. ¿Para qué, si le adivinaba? Y este desprecio, porque no era sino desprecio, bien lo conocía y, lejos de dolerle, casi le hizo gracia, Bien. Bien se desquitaría él en Eugenia. Que, por supuesto, seguía con lo de: «¡Eh, cuidadito y manos quedas!» ¡Buena era ella para otra cosa!
Eugenia le tenía a ración de vista y no más que de vista, encendiéndole el apetito. Una vez le dijo él:
—¡Me entran unas ganas de hacer unos versos a tus ojos!
Y ella le contestó:
—¡Hazlos!
—Mas para ello —agregó él— sería conveniente que tocases un poco el piano. Oyéndote en él, en tu instrumento profesional, me inspiraría.
—Pero ya sabes, Augusto, que desde que, gracias a tu generosidad, he podido ir dejando mis lecciones no he vuelto a tocar el piano y que lo aborrezco. ¡Me ha costado tantas molestias!
—No importa, tócalo, Eugenia, tócalo para que yo escriba mis versos.
—¡Sea, pero por única vez!
Sentóse Eugenia a tocar el piano y mientras lo tocaba escribió Augusto esto:

Mi alma vagaba lejos de mi cuerpo
en las brumas perdidas de la idea,
perdida allá en las notas de la música
que según dicen cantan las esferas;
y yacía mi cuerpo solitario
sin alma y triste errando por la tierra.
Nacidos para arar juntos la vida
no vivían; porque él era materia
tan sólo y ella nada más que espíritu
buscando completarse, ¡dulce Eugenia!
Mas brotaron tus ojos como fuentes
de viva luz encima de mi senda
y prendieron a mi alma y la trajeron
del vago cielo a la dudosa tierra,
metiéronla en mi cuerpo, y desde entonces
¡y sólo desde entonces vivo, Eugenia!
Son tus ojos cual clavos encendidos
que mi cuerpo a mi espíritu sujetan,
que hacen que sueñe en mi febril la sangre
y que en carne convierten mis ideas.
¡Si esa luz de mi vida se apagara,
desuncidos espíritu y materia,
perderíame en brumas celestiales
y del profundo en la voraz tiniebla!

—¿Qué te parecen? —le preguntó Augusto luego que se los hubo leído.
—Como mi piano, poco o nada musicales. Y eso de «según dicen…» .
—Sí, es para darle familiaridad…
—Y lo de «dulce Eugenia» me parece un ripio.
—¿Qué?, ¿que eres un ripio tú?
—¡Ahí, en esos versos, sí! Y luego todo eso me parece muy… muy…
—Vamos, sí, muy nivodesco.
—¿Qué es eso?
—Nada, un timo que nos traemos entre Víctor y yo.
—Pues mira, Augusto, yo no quiero timos en mi casa luego que nos casemos, ¿sabes? Ni timos ni perros. Conque ya puedes ir pensando lo que has de hacer de Orfeo…
—Pero ¡Eugenia, por Dios!, ¡si ya sabes cómo le encontré, pobrecillo!, ¡si es además mi confidente…!, ¡si es a quien dirijo mis monólogos todos…!
—Es que cuando nos casemos no ha de haber monólogos en mi casa. ¡Está de más el perro!
—Por Dios, Eugenia, siquiera hasta que tengamos un hijo…
—Si lo tenemos…
—Claro, si lo tenemos. Y si no, ¿por qué no el perro?, ¿por qué no el perro, del que se ha dicho con tanta justicia que sería el mejor amigo del hombre si tuviese dinero…?
—No, si tuviese dinero el perro no sería amigo del hombre, estoy segura de ello. Porque no lo tiene es su amigo.
Otro día le dijo Eugenia a Augusto:
—Mira, Augusto, tengo que hablarte de una cosa grave, muy grave, y te ruego que me perdones de antemano si lo que voy a decirte…
—¡Por Dios, Eugenia, habla!
—Tú sabes aquel novio que tuve…
—Sí, Mauricio.
—Pero no sabes por qué le tuve que despachar al muy sinvergüenza…
—No quiero saberlo.
—Eso te honra. Pues bien; le tuve que despachar al haragán y sinvergüenza aquel, pero…
—¿Qué, te persigue todavía?
—¡Todavía!
—¡Ah, como yo le coja!…
—No, no es eso. Me persigue, pero no ya con las intenciones que tú crees, sino con otras.
—¡A ver!, ¡a ver!
—No te alarmes, Augusto, no te alarmes. El pobre Mauricio no muerde, ladra.
—Ah, pues haz lo que dice el refrán árabe: «Si vas a detenerte con cada perro que te salga a ladrar al camino; nunca llegarás al fin de él.» No sirve tirarles piedras. No le hagas caso.
—Creo que hay otro medio mejor.
—¿Cuál?
—Llevar a prevención mendrugos de pan en el bolsillo e irlos tirando a los perros que salen a ladrarnos, porque ladran por hambre.
—¿Qué quieres decir?
—Que ahora Mauricio no pretende sino que le busque una colocación cualquiera o un modo de vivir y dice que me dejará en paz, y si no…
—Si no…
—Amenaza con perseguirme para comprometerme…
—¡Desvergonzado!, ¡bandido!
—No te exaltes. Y creo que lo mejor es quitámosle de enmedio buscándole una colocación cualquiera que le dé para vivir y que sea lo más lejos posible. Es, además, de mi parte algo de compasión porque el pobrecillo es como es, y…
—Acaso tengas razón, Eugenia. Y mira, creo que podré arreglarlo todo. Mañana mismo hablaré a un amigo mío y me parece que le buscaremos ese empleo.
Y, en efecto, pudo encontrarle el empleo y conseguir que le destinasen bastante lejos.
XXVII
Torció el gesto Augusto cuando una mañana le anunció Liduvina que un joven le esperaba y se encontró luego con que era Mauricio. Estuvo por despedirlo sin oírle, pero le atraía aquel hombre que fue en un tiempo novio de Eugenia, al que esta quiso y acaso seguía queriendo en algún modo; aquel hombre que tal vez sabía de la que iba a ser mujer de él, de Augusto, intimidades que este ignoraba; de aquel hombre que… Había algo que les unía.
—Vengo, señor —empezó sumisamente Mauricio—, a darle las gracias por el favor insigne que merced a la mediación de Eugenia usted se ha dignado otorgarme…
—No tiene usted de qué darme las gracias, señor mío, y espero que en adelante dejará usted en paz a la que va a ser mi mujer.
—Pero ¡si yo no la he molestado lo más mínimo!
—Sé a qué atenerme.
—Desde que me despidió, a hizo bien en despedirme, porque no soy yo el que a ella corresponde, he procurado consolarme como mejor he podido de esa desgracia y respetar, por supuesto, sus determinaciones. Y si ella le ha dicho a usted otra cosa…
—Le ruego que no vuelva a mentar a la que va a ser mi mujer, y mucho menos que insinúe siquiera el que haya faltado lo más mínimo a la verdad. Consuélese como pueda y déjenos en paz.
—Es verdad. Y vuelvo a darles a ustedes dos las gracias por el favor que me han hecho proporcionándome ese empleíto. Iré a servirlo y me consolaré como pueda. Por cierto que pienso llevarme conmigo a una muchachita…
—Y ¿a mí qué me importa eso, caballero?
—Es que me parece que usted debe de conocerla…
—¿Cómo?, ¿cómo?, ¿quiere usted burlarse…?
—No… no… Es una tal Rosario, que está en un taller de planchado y que me parece le solía llevar a usted la plancha…
Augusto palideció. «¿Sabrá este todo?» , se dijo, y esto le azaró aún más que su anterior sospecha de que aquel hombre supiese de Eugenia lo que él no sabía. Pero repúsose al pronto y exclamó:
—Y ¿a qué me viene usted ahora con eso?
—Me parece —prosiguió Mauricio, como si no hubiese oído nada— que a los despreciados se nos debe dejar el que nos consolemos los unos con los otros.
—Pero ¿qué quiere usted decir, hombre, qué quiere usted decir? —y pensó Augusto si allí, en aquel que fue

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