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Мигель де Унамуно. Туман. Miguel de Unamuno. NIEBLA


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querer? ¿No sabes acaso lo que es el despecho, lo que es el cariño desnidado?
—Vaya, Augusto, venga esa mano; volveremos a vernos, pero conste que lo pasado, pasado.
—No, no, lo pasado, pasado, ¡no!, ¡no!, ¡no! .. —Bien, bien, que espera la Rosario…
—Por Dios, Eugenia…
—No, si nada de extraño tiene; también a mí me esperaba en un tiempo el… Mauricio. Volveremos a vemos. Y seamos serios y leales a nosotros mismos.
Púsose el sombrero, tendió su mano a Augusto que, cogiéndosela, se la llevó a los labios y la cubrió de besos, y salió, acompañándola él hasta la puerta. La miró un rato bajar las escaleras garbosa y con pie firme. Desde un descansillo de abajo alzó ella sus ojos y le saludó con la mirada y con la mano. Volvióse Augusto, entró al gabinete, y al ver a Rosario allí de pie, con la cesta de la plancha, le dijo bruscamente: «¿Qué hay?»
—Me parece, don Augusto, que esa mujer le está engañando a usted…
—Y a ti ¿qué te importa?
—Me importa todo lo de usted.
—Lo que quieres decir es que te estoy engañando…
—Eso es lo que no me importa.
—¿Me vas a hacer creer que después de las esperanzas que te he hecho concebir no estás celosa?
—Si usted supiera, don Augusto, cómo me he criado y en qué familia, comprendería que aunque soy una chiquilla estoy ya fuera de esas cosas de celos. Nosotras, las de rni posición…
—¡Cállate!
—Como usted quiera. Pero le repito que esa mujer le está a usted engañando. Si no fuera así y si usted la quiere y es ese su gusto, ¿qué más quisiera yo sino que usted se casase con ella?
—Pero ¿dices todo eso de verdad?
—De verdad.
—¿Cuántos años tienes?
—Diecinueve.
—Ven acá —y cogiéndola con sus dos manos de los sendos hombros la puso cara a cara consigo y se le quedó rnirando a los ojos.
Y fue Augusto quien se demudó de color, no ella.
—La verdad es, chiquilla, que no te entiendo.
—Lo creo.
—Yo no sé qué es esto, si inocencia, malicia, burla, precoz perversidad…
—Esto no es más que cariño.
—¿Cariño?, ¿y por qué?
—¿Quiere usted saber por qué?, ¿no se ofenderá si se lo digo?, ¿me promete no ofenderse?
—Anda, dímelo.
—Pues bien, por… por… porque es usted un infeliz, un pobre hombre…
—¿También tú?
—Como usted quiera. Pero fíese de esta chiquilla; fíese de… la Rosario. Más leal a usted… ¡ni Orfeo!
—¿Siempre?
—¡Siempre!
—¿Pase lo que pase?
—Sí, pase lo que pase.
—Tú, tú eres la verdadera —y fue a cogerla.
—No, ahora no, cuando esté usted más tranquilo. Y cuando no…
—Basta, te entiendo.
Y se despidieron.
Y al quedarse solo se decía Augusto: «Entre una y otra me van a volver loco de atar… yo ya no soy yo…»
—Me parece que el señorito debía dedicarse a la política o a algo así por el estilo —le dijo Liduvina mientras le servía la comida—; eso le distraería.
—¿Y cómo se te ha ocurrido eso, mujer de Dios?
—Porque es mejor que se distraiga uno a no que le distraigan y… ¡ya ve usted!
—Bueno, pues llama ahora a tu marido, a Domingo, en cuanto acabe de comer, y dile que quiero echar con él una partida de tote… que me distraiga.
Y cuando la estaba jugando dejó de pronto Augusto la baraja sobre la mesa y preguntó:
—Di, Domingo, cuando un hombre está enamorado de dos o más mujeres a la vez, ¿qué debe hacer?
—¡Según y conforme!
—¿Cómo según y conforme?
—¡Sí! Si tiene mucho dinero y muchas agallas, casarse con todas ellas, y si no no casarse con ninguna.
—Pero ¡hombre, eso primero no es posible!
—¡En teniendo mucho dinero todo es posible!
—¿Y si ellas se enteran?
—Eso a ellas no les importa.
—¿Pues no ha de importarle, hombre, a una mujer el que otra le quite parte del cariño de su marido?
—Se contenta con su parte, señorito, si no se le pone tasa al dinero que gasta. Lo que le molesta a una mujer es que su hombre la ponga a ración de comer, de vestir, de todo lo demás así, de lujo; pero si le deja gastar lo que quiera… Ahora, si tiene hijos de él…
—Si tiene hijos, ¿qué?
—Que los verdaderos celos vienen de ahí, señorito, de los hijos. Es una madre que no tolera otra madre o que puede serlo, es una madre que no tolera que se les merme a sus hijos para otros hijos o para otra mujer. Pero si no tiene hijos y no le tasan el comedero y el vestidero, y la pompa y la fanfarria, ¡bah!, hasta le ahorran así molestias… Si uno tiene además de una mujer que le cueste otra que no le cueste nada, aquella que le cuesta apenas si siente celos de esta otra que no le cuesta, y si además de no costarle nada le produce encima… si lleva a una mujer dinero que de otra saca, entonces…
—Entonces, ¿qué?
—Que todo marcha a pedir de boca. Créame usted, señorito, no hay Otelas…
—Ni Desdémonos.
—¡Puede ser…!
—Pero qué cosas dices…
—Es que antes de haberme casado con Liduvina y venir a servir a casa del señorito había servido yo en muchas casas de señorones… me han salido los dientes en ellas…
—¿Y en vuestra clase?
—¿En nuestra clase? ¡bah!, nosotros no nos permitimos ciertos lujos…
—¿Y a qué llamas lujos?
—A esas cosas que se ve en los teatros y se lee en las novelas…
—¡Pues, hombre, pocos crímenes de esos que llaman pasionales, por celos, se ven en vuestra clase…!
—¡Bah!, eso es porque esos… chulos van al teatro y leen novelas, que si no…
—Si no, ¿qué?
—Que a todos nos gusta, señorito, hacer papel y nadie es el que es, sino el que le hacen los demás.
—Filósofo estás…
—Así me llamaba el último amo que tuve antes. Pero yo creo lo que le ha dicho mi Liduvina, que usted debe dedicarse a la política.
XXI
—Sí, tiene usted razón —le decía don Antonio a Augusto aquella tarde, en el Casino, hablando a solas, en un rinconcito—, tiene usted razón, hay un misterio doloroso, dolorosisímo en mi vida. Usted ha adivinado algo. Pocas veces ha visitado usted mi pobre hogar.. ¿hogar?, pero habrá notado…
—Sí, algo extraño, yo no sé qué tristeza flotante que me atraía a él…
—A pesar de mis hijos, de mis pobres hijos, a usted le habrá parecido un hogar sin hijos, acaso sin esposos…
—No sé… no sé…
—Vinimos de lejos, de muy lejos, huyendo, pero hay cosas que van siempre con uno, que le rodean y envuelven como un ánimo misterioso. Mi pobre mujer…
—Sí, en el rostro de su señora se adivina toda una vida de…
—De martirio, dígalo usted. Pues bien, amigo don Augusto, usted ha sido, no sé bien por qué, por una cierta oculta simpatía, quien mayor afecto, más compasión acaso nos ha mostrado, y yo, para figurarme una vez más que me libro de un peso, voy a confiarle mis desdichas. Esa mujer, la madre de mis hijos, no es mi mujer.
Me lo suponía; pero si es ella la madre de sus hijos, si con usted vive como su mujer, lo es.
—No, yo tengo otra mujer… legítima, según se la llama. Estoy casado, pero no con la que usted conoce. Y esta, la madre de mis hijos, está casada también, pero no conmigo
—Ah, un doble…
—No, un cuádruple, como va usted a verlo. Yo me casé loco, pero enteramente loco de amor, con una mujercita reservada y callandrona, que hablaba poco y parecía querer decir siempre mucho más de lo que decía, con unos ojos garzos dulces, dulces, dulces, que parecían dormidos y sólo se despertaban de tarde en tarde, pero era entonces para chispear fuego. Y ella era toda así. Su corazón, su alma toda, todo su cuerpo, que parecían de ordinario dormidos, despertaban de pronto como en sobresalto, pero era para volver a dormirse muy pronto, pasado el relámpago de vida, ¡y de qué vida!, y luego como si nada hubiese sido, como si se hubiese olvidado de todo lo que pasó. Era como si estuviésemos siempre recomenzando la vida, como si la estuviese reconquistando de continuo. Me admitió de novio como en un ataque epiléptico y creo que en otro ataque me dio el sí ante el altar. Y nunca pude conseguir que me dijese si me quería o no. Cuantas veces se lo pregunté, antes y después de casarnos, siempre me contestó: «Eso no se pregunta; es una tontería.» Otras veces decía que el verbo amar ya no se usa sino en el teatro y los libros, y que si yo le hubiese escrito: ¡te amo!, me habría despedido al punto. Vivimos más de dos años de casados de una extraña manera, reanudando yo cada día la conquista de aquella esfinge. No tuvimos hijos. Un día faltó a casa por la noche, me puse como loco, la anduve buscando por todas partes, y al siguiente día supe por una muy seca y muy breve que se había ido lejos, m

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