Ya teníamos a este tiempo visto que había partido de ella la chalupa, con la bandera, y enderezaba a nosotros. Luego que llegó preguntaron:
–”¿Va en ese batel el licenciado Salazar y el secretario Velásquez?”.
Respondieron que sí. Dijo el escribano de la Capitana:
–”¿Qué nao tienen fletada?”.
Respondieron:
–”La Almiranta vieja”.
Dijo el alguacil de la Capitana:
–”Pues gobernad a la Almiranta vieja”.
Aquí fueron los toques y respuestas entre las dos chalupas y los que venían en ellas. En conclusión, el escribano de la Capitana respondió al secretario Mármol, diciéndole:
–”Váyase en buena hora, o en esotra, que si el visitador manda en tierra, aquí manda el general; gobernad timones a la Almiranta vieja y venid tras mí”.
Tomó la delantera, seguímosle y aquí acabó Prieto de Orellana con sus enfados, aunque después los tuvo en Corte muy grandes, porque le probaron que había llevado de este Reino más de 150.000 pesos de cohechos* y lo prendieron y murió en la prisión, pobre y comido de piojos, que así se dijo. Salieron a pedir limosna para enterrallo, llegaron a un corrillo a donde estaba el secretario Francisco Velásquez, a pedilla. Preguntó quién era el muerto, respondiéronle que el licenciado Juan Prieto de Orellana, visitador del Nuevo Reino, que había muerto en la cárcel. Respondió el secretario:
–”Pues no pidan limosna, que yo le enterraré”.
Y le hizo muy honrado entierro, que esta caridad le valió después mucho con la majestad de Philipo II, pues mandó que todos los negocios del secretario Francisco Velásquez se cometiesen al doctor Antonio González, del Consejo Real de las indias, que venía a este gobierno, y así se hizo.
Viéronse los autos de los oidores Salazar y Peralta en el Real Consejo; hubo quien ponderase mucho las muertes de Bolaños y Sayabedra, y quien apretase a Peralta en la muerte de Ontanera y otras cosas. El Real Consejo declaró haber hecho justicia, dándolos por buenos jueces y restituyéndolos a sus plazas.
El licenciado Gaspar de Peralta volvió a ella en tiempo del doctor Antonio González. El licenciado Salazar se excusó con Su Majestad y quedóse en España. Sucedióle, pues, que como estaba tan pobre, tomó capa de letrado y fuese a abogar a la Sala del Consejo. El presidente reparó en él y preguntóle:
–”¿No sois vos el licenciado Alonso Pérez de Salazar?”.
Respondióle:
–”Sí soy, señor”.
Dijo el presidente:
–”¿Pues no gobernasteis el Nuevo Reino de Granada como oidor más antiguo?”.
Respondióle que sí. Preguntóle:
–”¿Pues qué habéis hecho de la ropa que os dio Su Majestad?”.
Respondió que “no la podía sustentar”. Replicó:
–”¿Pues no os dio renta Su Majestad?”.
Respondió que “sí, pero que toda se había gastado en la muerte de su mujer y en las encomendaciones del visitador Orellana”. Díjole el presidente:
–”Idos a vuestra casa y tomad la ropa que os dio Su Majestad, que aquí se tendrá cuenta con vuestra persona”.
Con esto se salió de la sala y se fue a su casa, sin volver más al Consejo. Pasados algunos días, sucedió que entre Su Majestad y una duquesa extranjera había pleito sobre ciertos pueblos y tierras de su Estado. Estaba ese pleito comprometido a un juez árbitro en una consulta. Dio la duquesa memorial a Su Majestad. Preguntó el rey en qué estado estaba aquella causa. Respondiéronle que estaba comprometida. Dijo:
–”¿Pues no hay un juez o persona que la determine?”.
A este tiempo se acordó el presidente del Consejo de indias de licenciado Alonso Pérez de Salazar, y díjole al rey:
–”Aquí está, señor, el licenciado Alonso Pérez de Salazar, que gobernó el Nuevo Reino de Granada, mándelo Vuestra Majestad, se le comprometerá”.
Dijo el rey:
–”Comprométasele”.
En esta conformidad le llevaron los autos, y habiéndolos visto muy bien, los sentenció en favor de la duquesa. Enviólos algo tarde al secretario donde pendían, y aquella noche se fue a Valcarnero, de donde era natural. La duquesa, que sintió la sentencia en su favor, en otra consulta dio memorial a Su Majestad. Preguntó qué había resultado. Dijéronle que había salido en favor de la parte contraria. Dijo el rey: “Sería justicia”; sin replicar más palabra, ni se trató más de este pleito.
He querido decir todo esto para que se vea qué tal era este juez en materia de hacer justicia, y por pagarle algo de lo que deseó hacer por mí. Mas fue otra la voluntad de Dios, que sabe lo mejor.
Al cabo de más de seis meses murió el fiscal del Consejo de indias; fue la consulta de Su Majestad y copia de los consulados. Tomó el rey la pluma, y por bajo de los nombrados dijo: “El licenciado Alonso Pérez de Salazar, fiscal del Consejo de Indias”. Con lo cual se hizo muy gran diligencia en buscarle, y no le hallaron ni sabían de él, ni quien de él diese razón; con lo cual en otra consulta que llevaron los propios consulados y por bajo de ellos dijeron:
–”El licenciado Alonso Pérez de Salazar no parece”.
Volvió el rey a tomar la pluma, y dijo:
–”El licenciado Alonso Pérez de Salazar, fiscal del Consejo de Indias, en Valcarnero le hallarán”.
Sabía el rey dónde estaba, y todos los consejeros, porque a Philipo II, por especial gracia, no se le escondía cosa. Trajéronle a su plaza, y dentro de poco tiempo ascendió a ser oidor del consejo, y dentro de seis meses, poco más o menos, murió, quedando yo hijo de oidor muerto, con que lo digo todo. Pobre y en tierra ajena y extraña, con que me hube de volver a indias.
Durante el gobierno del doctor Francisco Guillén Chaparro, que gobernó solo con el fiscal Albornoz, casi cinco años, manteniendo todo este Reino en paz y justicia, sin que de él hubiese quejas. En este tiempo, sucedió que en la ciudad de Tocaima, don García de Vargas mató a su mujer, sin tener culpa ni merecerlo, y fue el caso: en esta ciudad había un mestizo, sordo y mudo de naturaleza, hijo de Francisco Sanz, maestro de armas. Este mudo tenía por costumbre, todas las veces que quería, tomar entre las piernas un pedazo de caña, que le servía de caballo, y de esta ciudad a la de Tocaima, de sol a sol, en un día entraba en ella, con haber catorce leguas de camino. Pues fue en esta sazón a ella, que no debiera ir.
Habían traído a la casa grande de Juan Díaz un poco de ganado para de él matar un novillo; desjarretáronlo, era bravo y tuvieron con él un rato de entretenimiento. El mudo se halló en la fiesta. Muy grande era la posada de don García, y a donde tenía su mujer y suegra. Cuando mataron el novillo estaba el don García en la plaza. Pues viniendo hacia su casa topó al mudo en la calle, que iba de ella. Preguntóle por señas de dónde venía; el mudo le respondió por señas poniendo ambas manos en la cabeza, a manera de cuernos; con lo cual el don García fue a su casa revestido del demonio y de los celos con las señas del mudo, topó a la mujer en las escaleras de la casa, y diole de estocadas. Salió la madre a defender a la hija, y también la hirió muy mal. Acudió la justicia, prendieron al don García, fuese haciendo la información y no se halló culpa contra la mujer, ni más indicio que lo que el don García confesó de las señas del mudo, con lo cual todos sirvieron el hecho por horrendo y feo. Sin embargo, sus amigos le sacaron una noche de la cárcel y lo llevaron a una montañuela, donde le dieron armas y caballos, y le aconsejaron que se fuese, con lo cual se volvieron a sus casas.
Lo que el don García hizo fue que, olvidados todos los consejos que le habían dado, se volvió a la ciudad y amaneció asentado a la puerta de la cárcel. Permisión divina, para que pagase su pecado. Volviéronlo a meter en ella, y de allí lo trajeron a esta Corte, a donde también intentó librarse fingiéndose loco; Pero no le valió, porque al fin lo degollaron y pagó su culpa. He puesto esto para ejemplo y para que los hombres miren bien lo que hacen en semejantes casos.
* * *
Informado el rey, nuestro señor, de las revueltas de este Reino, y cuán entregado había quedado con los visitadores Monzón y Prieto de Orellana, acordó de enviar un consejero que remediase las cosas de él, y así envió al doctor Antonio González, de su Real Consejo de las Indias, con bastantes poderes y cédulas en blanco para lo que se ofreciese. Partió de España al principio del año de 1589, pasada ya la jornada que el duque de Medina hizo a Inglaterra, de que no surtió cosa importante, antes bien mucha pérdida, como se verá en la crónica que de ella trata.
Y por haberme yo hallado en estas ocasiones en Castilla, deme licencia el lector para que yo diga un poquito de lo que vide en Castilla el tiempo que en ella estuve, que yo seré breve.















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