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Хуан Родригес Фрейле. Открытие и Завоевание Королевства Новая Гранада. JUAN RODRIGUEZ FREYLE. CONQUISTA Y DESCUBRIMIENTO DEL NUEVO REINO DE GRANADA


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Fue tal el alboroto del secretario y las voces, que ni el oidor ni el fiscal lo podían aquietar. De fuera dijeron: “Ya viene el licenciado Álvaro de Auñón”; con lo cual se sosegaron.
Entró el médico, mandóle el oidor que viese aquel hombre y que le aplicase el remedio necesario. Tomóle el pulso; hízole Roldán la propia seña, y dijo al oidor:
–”Señor, este hombre se está muriendo, y si no se remedia con tiempo morirá en breve”.
–”¿Qué será menester?”, dijo el oidor.
Respondió:
–”Traigan una sábana mojada de vino y un brasero con candela, y ropa con que abrigallo”.
Salióse el oidor de la sala muy enfadado; llamó al fiscal; fuéronse al Acuerdo; trajeron la sábana y el vino y candela, un colchón y frazadas; entróse Auñón con otros dos hombres en la sala del tormento, mojaron la sábana del vino, calentáronla, envolvieron en ella al Roldán, echáronle en el colchón, que parecía que ya estaba muerto.
Tocaron en la iglesia mayor a la sumaria. Después de haberla rezado, cerró el licenciado Auñón la puerta y ventanas de la sala, llevóse las llaves diciendo que iba a visitar a otro enfermo, y no volvió hasta dadas las ocho de la noche.
Habían llevado de la tienda de Martín Agurto cuatro barras de hierro, que pesaban a treinta libras, para darle el tormento a Roldán, poniéndoselas por pesas a los pies.
El tiempo que Auñón gastó en ir y volver, le tuvo Roldán para levantarse y descoser los cogujones del colchón y meter por ellos las cuatro barras, y volverse a acostar en su sábana empapada en vino.
Del Acuerdo habían enviado a preguntar cómo estaba; las guardas no supieron más razón de que el licenciado Auñón había llevado las llaves y que lo estaban guardando, el cual vino entre ocho y nueve de la noche. Avisaron al Acuerdo; envió a preguntar cómo estaba el enfermo. Respondió que muy malo.
Salió proveído auto en que por él se mandaba que Julián Roldán llevase a su casa a Juan Roldán, su hijo. Estaba en el patio de las casas reales, donde había dado muchas voces; y notificando el auto, dio muchas más, haciendo muchos protestos y requerimientos, y diciendo que “no había de llevar a su hijo si no se lo daban sano y bueno”, con lo cual el Acuerdo mandó que volviesen a la cárcel a Juan Roldán. Lleváronlo con el colchón, y como los que lo llevaban no sabían el secreto de las barras, como pesaba mucho, decían que ya estaba muerto. Metiéronlo en el calabozo donde estaba preso el capitán Juan Prieto Maldonado, que le pesó mucho de ver llevar así a Roldán.
Fuéronse aquellos señores del Acuerdo y toda la demás gente a sus casas. Quedaron la cárcel y calabozos cerrados, y el alcaide se fue a dormir. Había dejado un pequeño cabo de vela encendido en el calabozo donde quedaba Roldán, el cual acabado y la cárcel sin ruido, se levantó de la cama y se fue a la del capitán Juan Prieto Maldonado y lo llamó, que ya dormía, el cual dijo:
–”¿Quiénes quien me llama?”.
Respondió:
–”Yo, Roldán”.
Díjole:
–”Pues, hermano mío, ¿cómo estáis?”
Respondióle:
–”Bueno estoy, sino que estoy muerto de hambre. ¿Tenéis algo que comer?”.
Respondió Juan Prieto:
–”Sí, aquí hay bizcochuelos y vino”.
Diole de ello y estando comiendo le dijo a Juan Prieto.
–”¿No sabéis qué os traigo?”.
Respondióle:
–”Cuatro barras famosas de hierro para que calcéis las rejas en Tunja”.
Sacólas de donde las había puesto y metiólas debajo de los colchones de la cama de Juan Prieto Maldonado, que toda ésta fue la ganancia del picón que quería dar a los señores de la Real Audiencia. Y más sacó, casi dos años de prisión en que estuvo hasta que vino el visitador Juan Prieto de Orellana, que le sacó de ella, y a los demás comprendidos en la visita del visitador Juan Bautista de Monzón, como adelante veremos.
Mucho ciega una pasión amorosa, y más si va desquiciada de la razón, porque va dando de un despeñadero en otro despeñadero, hasta dar en el abismo de la desventura.
El fiscal, que tenía ausente lo que él tenía por gloria, vivía en un mar de tormentos que le traían fuera de todo gusto, y a esto se le añadían los de su causa, nacidos de los rabiosos celos de su mujer, que con ellos y con lo que Roldán había dicho en el tormento, andaba ya la cosa muy rota; y para enmendarse y remediallo tomó el camino siguiente.
Corría el año de 1581, cuando el fiscal procuró encuentro entre el oidor Pedro Zorrilla y el visitador Monzón. Empezáronse a notificar cédulas reales de la una parte a la otra. Con la fuga de don Diego de Torres tomaba fuerza la voz del alzamiento, y de ello le hacían cargo al de Monzón. Guiábase el oidor por el parecer del fiscal, porque ya la pasión no le daba lugar a discurrir con la razón; trataron de prender al visitador. Comunicábanlo con sus aficionados y con los que se recelaban de la visita, los cuales aprobaban el intento y tenían por acertada la prisión.
Acabó el fiscal con el oidor en que se enviase por el capitán Diego de Ospina, que estaba en Marequita y era capitán del Sello Real. Dio orden que el llamarle fuese por mandato del Real Acuerdo, y él le escribió, que era íntimo amigo suyo, que viniese bien acompañado. Púsole en ejecución; partió de Marequita con treinta soldados arcabuceros, vino a la ciudad de Tocaima, que en aquellos tiempos era por allí el camino, que después muchos años se abrió el de la Villeta, que hoy se sigue.
Llegando a Tocaima el capitán Ospina, trató el negocio con el capitán Oliva, que era su amigo, y rogóle que le acompañase; lo cual hizo con otros diez arcabuceros. Llegó toda esta gente a la venta que decían de Aristoi, a donde habíamos llegado poco antes yo y un cuñado mío, llamado Francisco Antonio de Ocallo, napolitano, cuyo hijo fue el padre Antonio Bautista de Ocallo, mi sobrino, cura que hoy es del pueblo de Une y Cueca.
Eran grandes amigos el Ospina y el Oliva de Francisco Antonio, y como íbamos de esta ciudad de Santa Fe a la de Tocaima, a cierto negocio, preguntóle el Ospina que qué había de nuevo en la ciudad. Respondióle Francisco Antonio que toda andaba revuelta con el encuentro de la Audiencia y el visitador. Respondió el Ospina: “Allá voy, que me han enviado a llamar, y para lo que se me ofreciere llevo conmigo esta gente. ¿Qué os parece en esto?”. Se apartaron los dos y se fueron hablando por aquel campo.
El Francisco Antonio era soldado viejo de Italia, y decía él que se había hallado con el emperador Carlos V sobre Argel, cuando se perdió aquella ocasión. Díjole al Diego de Ospina: “Si nuestra amistad sufre consejo, y si mis muchos años y experiencia lo pueden dar, yo lo daré”. Respondióle el Ospina que “con ese intento lo había desviado de los demás, y que le dijese su parecer”. Respondióle el Francisco Antonio:
–”Mi parecer es, señor capitán Diego de Ospina, que no meta vuesamerced esta gente en Santa Fe ni la pase de aquí, porque en todo este Reino no hay otra gente armada sino ésta que vuesamerced lleva; no sea esto causa de algún alboroto que no se pueda remediar, y venga vuesamerced a pagar lo que ellos han causado”.
Y no se engañó, porque siete mil pesos de buen oro le costó esta burlilla, que se los llevó el visitador Juan Prieto de Orellana; y si después en tiempo del presidente don Francisco de Sandi, no se diera tan buena maña a huir de la cárcel, le costara la cabeza esto y otras cosillas.
Agradecióle el capitán Ospina el consejo. Fuéronse a comer, que ya estaba puesta la mesa; y después de haber comido dijo, hablando con todos los soldados, lo siguiente:
–”Estoy, señores soldados, tan agradecido de la merced que me han hecho en acompañarme, que me queda obligación de servirlos toda mi vida; y porque en las cosas que no se hacen con acuerdo y maduro consejo, se suele errar, y de ellas suelen nacer notables daños, yo me he resuelto, vistos los rumores de la ciudad de Santa Fe, y que no se me ha dado el aviso que se me había de dar en este puesto, a asegurar vuestras personas y la mía, porque no quiero que impensadamente nos suceda alguna desgracia, que agora podemos remediar; y así os suplico tengáis por bien que no pasemos de aquí. Yo tan sólo me iré, acompañado de dos amigos, que el uno de ellos será el señor capitán Juan de las Olivas y el otro pedro Hernández, el alguacil. Iré a ver lo que la Real Audiencia me manda. A todos los demás les ruego yo se vuelvan a Marequita, a mi casa, a donde tendrán mesa y cama y todo lo necesario hasta que yo vuelva”.

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