Lleváronle a la cárcel de Corte y aprisiónáronlo; lo propio hicieron de don Luis de Mesa, su hermano, y de toda la gente de su casa. A la señora doña Ana de Heredia la depositaron en casa del regidor Nicolás de Sepúlveda. En este deposito se supo todo lo aquí dicho, y mucho más. Luego la misma tarde, el presidente en persona bajó a la cárcel a tomarle la confesión al doctor Mesa, el cual clara y abiertamente declaró y confesó el caso según y como había pasado, sin encubrir cosa alguna, culpando en su confesión al Andrés de Escobedo. Llevóse la declaración al Real Acuerdo, a donde se mandó prender al Andrés de Escobedo. Estaba, cuando esto pasaba, en la plaza en un corrillo de hombres de buena parte. Llegó un mensajero a decirle que se quitase de allí, que estaba mandado prender, no hizo caso del aviso, ni del segundo y tercero que tuvo.
Llegó el alguacil mayor de Corte, Juan Díaz de Martos, a quien se dio el decreto del Acuerdo para que lo cumpliese, y echóle mano, y los alguaciles que iban con él lo llevaron a la cárcel de Corte, a donde el día siguiente se le tomó la confesión, habiéndole leído primero la del doctor Mesa, a donde halló la verdad de su traición y maldad; con lo cual confesó el delito llanamente.
Substancióse con ello la causa y con la demás informacion que estaba hecha con los esclavos, el cordel de cáñamo y la botija, y la declaración del hermano del doctor y de la señora doña Ana de Heredia, de lo que había visto en el pañuelo la noche del sacrificio y crueldad. Substanciado, como digo, el pleito, se pronunció en él la sentencia, por la cual condenaron al doctor Andrés Cortés de Mesa a que fuese degollado en un cadalso, y a su hermano, don Luis de Mesa, en destierro de esta ciudad; y al Andrés de Escobedo en que fuese arrastrado a las colas de dos caballos y ahorcado en el lugar donde se cometió la traición, y cortada la cabeza y puesta en la picota, que entonces estaba a donde agora está la fuente del agua en la plaza.
Llegó el día de la ejecución de esta sentencia. Habíase hecho el cadalso entre la picota y las casas reales. El primero que vino a él fue el señor arzobispo don fray Luis Zapata de Cárdenas. Ya veo que me están preguntando que a qué fue un arzobispo a un cadalso a donde hacían justicia en un hombre; yo lo diré todo.
Sacaron al doctor Mesa por la puerta de las casas reales, a pie, con una argolla de hierro al pie y un eslabón de cadena por prisión. En esta puerta le dieron el primer pregón, que fue del tenor siguiente:
“Esta es la justicia que manda hacer el rey, nuestro señor, su presidente y oidores en su real nombre, a este caballero porque mató a un hombre: que muera degollado”.
Allegó al cadalso, y subiendo a él por una escalerilla, vio en una esquina del tablado al verdugo con una espada ancha en las manos. Conociólo, que había sido esclavo suyo, y el propio doctor lo había quitado de la horca y hecho verdugo de la ciudad. En el punto que lo vio, perdió el color y el habla, y yendo a caer le tuvo el señor arzobispo y el doctor Juan Suárez, cirujano, que había subido al tablado a guiar la mano del verdugo.
Consoló Su Señoría al doctor Mesa, y vuelto en sí, con un gran suspiro dijo:
–”Suplico a Usía me conceda una merced, que es de las postreras que he de pedir a Usía”.
Respondióle:
–”Pida vuesamerced, señor doctor, que como yo pueda y sea en mi mano, yo lo haré”.
Díjole entonces:
–”No consienta Usía que aquel negro me degüelle”.
Dijo el señor arzobispo:
–”Quiten ese negro de ahí”.
Dieron con el negro del tablado abajo. A este tiempo, sacó el doctor Mesa del seno un papel de muchas satisfacciones, y de ellas dire sólo una por tenerla citada. Dijo en alta voz, que le oían los circunstantes:
“La muerte de Juan Rodríguez de los Puertos fue injusta, y no a derecho conforme, porque los libelos infamatorios que se pusieron contra la Real Audiencia, por la cual razón lo ahorcaron, no los puso él, que yo los puse”. Prosiguió por todas las demás, y acabadas, se hincó de rodillas; absolviólo el señor arzobispo, que a esto fue a aquel lugar, y habiéndole besado la mano y Su Señoría dádole su bendición, le dijo:
–”Suplico a Usía me conceda otra merced, que ésta es postrera súplica”.
Respondióle:
–”Pida vuesamerced, señor doctor, que como yo pueda ya lo haré”.
Díjole entonces:
–”No permita Usía que me despojen de mis ropas”.
Sacó el señor arzobispo una sortija de oro rica, de la mano, y diola al doctor Juan Sánchez, diciendo:
–”No le quiten nada, que yo daré lo que fuere”.
Con esto se bajó del cadalso, y acompañado de los prebendados, mucha clerecía y gente popular, se fue a la iglesia, y llegando a ella, oyó doblar, encomendólo a Dios y esperó a enterrarlo; que degollado, con toda su ropa le metieron en el ataúd y lo llevaron. Está enterrado en la Catedral de Santa Lucía.
Muchos dirán que cómo no apeló el doctor Mesa de esta sentencia. Rogado e importunado fue del propio presidente, oidores y visitador, del arzobispo, prebendados y de todos sus amigos, y no quiso apelar, antes consintió la sentencia; letrado era, él supo por qué. Lo que yo alcanzo es que un hombre honrado, lastimado en la honra, no estima la vida y arrastra con todo.
Dos cosas intentó el doctor Mesa: la una confesó en la cárcel delante de muchas personas; la otra quiso hacer en la misma cárcel. Confesó que la noche que mató a Juan de los Ríos le pidió la espada al Andrés de Escobedo, que la quería ver, y no se la dio, porque si se la daba lo matara allí luego y lo dejara junto al Ríos. Negocio que si lo hubiera ejecutado, fuera dificultoso de probar quién los había muerto. Lo que intentó en la cárcel fue matar al presidente.
El día antes que se ejecutase la sentencia, lo envió a llamar, suplicándole que le viese, que tenía un negocio importantísimo a su conciencia que comunicar con Su Señoría, Bajó el presidente a la cárcel, acompañado de algunas personas; fue al calabozo donde estaban el doctor Mesa, el cual estaba sentado a la puerta de él en una silla, con grillos y cadena. Después de haberse saludado, le dijo el doctor al presidente:
–”Suplico a Usía que se llegue a esta silla, que nos importa a entrambos”.
Díjole el presidente:
–”Diga vuesamerced, señor doctor, lo que le importa, que solos estamos”.
Volvióle a replicar:
–”Suplico a Usía que se llegue, que hay mucha gente y nos oirán”.
Mandó el presidente que apartase la gente, aunque lo estaba ya apartada. Desviáronse más, y díjole el presidente:
–”Ya no nos pueden oír, diga vuesamerced lo que nos importa a entrambos”.
Respondió el doctor:
–”¡Qué!¿No quiere Usía hacerme merded de llegarse más?”.
Respondió el presidente:
–”No tengo de pasar de aquí”.
Respondióle:
–”Pues no quiere llegarse Usía, tome, que esto tenía para matarlo”.
Arrojóle a los pies un cuchillo de belduque, hecho y afilado como una navaja, volviendo el rostro a la pared, que no le habló más palabra. El presidente se santiguó, y metiéndose de hombros le dijo:
–”¡Dios te favorezca, hombre!”
Con esto se salió de la cárcel; y a este punto llegó la desesperación del doctor Andrés Cortés de Mesa, oidor que fue de la Real Audiencia de este Nuevo Reino. De buena gana desea morir juntamente con otro el que sabe sin duda que ha de morir; a los que están encerrados y presos les crece el atrevimiento con la desesperación, y como no tienen esperanza, toma atrevimiento el temor.
En Andrés de Escobedo se ejecutó el tenor de la sentencia arrastrándolo y ahorcándolo en el puesto donde cometió la traición y alevosía. Pusieron su cabeza donde se mandó; está enterrado en San Francisco.
¡Quién se podría librar de un traidor encubierto y arrebozado con paca de amigo falso!. Mucho mayor es el quebrantamiento de fe que se tiene en hacer traición a los amigos que no a los enemigos. No hay castigo, por grande que sea, que llegue a la menor traición y alevosía. Saludando Joab, capitán del rey David, al capitán Almasa, que lo había sido del rey Saúl, y llegándose a abrazarlo, le metió el puñal por las espaldas y le mató. Teseo fue gran traidor, que habiendo recibido grandísimos regalos y servicios de su amiga Ariadna, la dejó y desamparó en la ínsula de Naxos llorando, allí murió. Ya tengo dicho que estos casos no los pongo para imitarlos, sino para ejemplo.
Y con esto vamos a otro capítulo, que éste nos tiene a todos cansados.
En que se cuenta lo sucedido en la Real Audiencia: la suspensión del presidente don Lope de Armendáriz; su muerte, con otras cosas sucedidas en aquel tiempo
La visita del licenciado de Monzón caminaba con pies de plomo, causa de donde nacían muchas causas perjudiciales al Nuevo Reino de Granada y sus moradores.
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