(Con sarcasmo.) ¡Juzgarte mal, y admiro humildemente los frutos de tu santidad! ¡No comprenderte! En esto sí que dices bien; que seres superiores como tú no están al alcance de pobres inteligencias, como la mía.
LORENZO.
Tus palabras, Ángela, se me clavan como agudos puñales en el corazón.
ÁNGELA.
¿En el corazón? ¡Imposible!
LORENZO.
Pero ¿qué querías que hiciese? Habla, aconseja, resuelve, da luz a mi espíritu, que en tinieblas se agita.
ÁNGELA.
¿Qué querías que hicieses? Lo que ahora quiero. Que salves la vida de tu hija. Que no pongas más obstáculos a su boda. Que no irrites el orgullo de la duquesa con brutales e inútiles revelaciones. Que no hagas imposible con nuevo escándalo el remedio del daño que causaste.
LORENZO.
En puridad, tú quieres que calle.
ÁNGELA.
Sí, que calles.
LORENZO.
Pero eso sería infame.
ÁNGELA.
No lo sé; siento, no discuto.
LORENZO.
Es que todo mi ser se subleva ante esta idea, ¡Yo, cómplice, del más repugnante de los delitos, porque es el más cobarde! ¡Yo, gozando riquezas usurpadas y nombre postizos, y dichas que no son nuestras, porque Dios no quiso que lo fuesen, y pues El no lo quiso, no deben serlo! ¡Inés, y tú, y yo, y todos, encharcados en el fango! ¿Es esto lo que me aconsejas? (Exaltándose por grados.) Entonces, la virtud es una mentira; entonces, vosotras, los seres que yo más amé en el mundo, porque en vosotras veía algo divino, sois, miserables egoístas, repulsivas al sacrificio, presas de la codicia, juguetes de la pasión; entonces… ¡Sois tierra y no más que tierra! ¡Pues si sois tierra, deshaceos en polvo, y arrástrenos a todos el viento de la tempestad! (Con extrema violencia.)
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
¡Seres sin conciencia y sin albedrío son átomos que hoy se juntan y que mañana se separan! ¡Allá va la materia, dejadla ir!
ÁNGELA.
¡Tú deliras, Lorenzo! ¡Yo no te comprendo! ¡Yo no sé lo que quieres!
LORENZO.
Respetar la justicia y la verdad.
ÁNGELA.
¿La verdad?
LORENZO.
Sí.
ÁNGELA.
¿Y la dirás en voz alta a todo el mundo?
LORENZO.
La diré.
ÁNGELA.
¿Y nos dejarás en la miseria?
LORENZO.
Ganaré vuestro sustento y el mío con mi trabajo.
ÁNGELA.
¿Ganar tú? ¡Vanidad de sabio! Pero sea. Oye. Lorenzo. Si esas riquezas no son tuyas, devuélvelas enhorabuena. (LORENZO da un grito de alegría y se acerca con los brazos abiertos a ÁNGELA.) Ni las privaciones me asustan, ni soy la mujer miserable y egoísta que tú pintabas ha poco.
LORENZO.
Ángela, mi buena Ángela, perdóname.
ÁNGELA.
¿Quieres mi perdón? ¿Quieres que siga bendiciendo, como siempre bendije, la hora en que fui tu esposa?
LORENZO.
Sí.
ÁNGELA.
Pues bien: cumple como hombre honrado; pero en silencio, con prudencia, sin ruido, sin ostentación, sin escándalo.
LORENZO.
¿Y para qué? Si no querrá la duquesa, ni aun de ese modo, que Eduardo sea el esposo de mi hija.
ÁNGELA.
Eduardo responde del consentimiento de su madre.
LORENZO.
No cederá.
ÁNGELA.
Cederá: es mujer; es madre. No todos alcanzan tu perfección.
LORENZO.
No lo creo.
ÁNGELA.
¿Es que no lo crees, o es que lo temes?
LORENZO.
Mas suponiendo que cediese, ¿cómo he de conservar un nombre que no es mío?
ÁNGELA.
¡Ah, miserables sutilezas a las que sacrificas la vida de Inés!
LORENZO.
Un nombre, Ángela, es en la vida social…
ÁNGELA.
Un nombre es un sonido, aire que se agita, algo que pasa; ¡vanidad humana! Y una hija es un ser que está hecho de nuestra propia carne y de la sangre de nuestras propias venas; un ser que al brotar de la nada recogimos en nuestro seno, y que al venir al mundo recibimos en nuestros brazos; que nos dio su primera sonrisa, y su primer beso, y su primer llanto; que vivió de nuestra vida, y fue a la par nuestro placer más puro y nuestro más agudo dolor; un ser a quien amamos más que a nosotros mismos, pero sin la levadura egoísta que afea todos nuestros demás amores; único amor divino que existe en la tierra, y que si el cielo es cielo, allá, tras lo azul, y en el mismo Dios, existirá también. Escoge ahora, ¡impío!, entre lo que tú llamas un nombre y lo que yo llamo una hija.
LORENZO.
Tus palabras me enloquecen, Ángela.
ÁNGELA.
Pues enloqueciste para tormento de Inés, ¿qué mucho que enloquezcas para su dicha?
LORENZO.
Ángela…, Ángela…, en parte…, sí…, tienes razón…, soy un pobre demente…, mis escrúpulos son quizá exagerados. ¡Mi hija, mi Inés, tan buena, tan hermosa! ¡Y moriría…, sí…, moriría!
ÁNGELA.
¡Al fin!… ¡Lorenzo, mi buen Lorenzo!
LORENZO.
Pero aguarda…, no…, mis ideas se confunden…, ¡un torbellino de fuego gira dentro de mi cráneo! Sin embargo, aun así comprendo que no basta renunciar a los bienes que poseo; es preciso que diga por qué renuncio a ellos.
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
(Sin escucharla, como hablando consigo mismo.) De otro modo, devuelvo materialmente bienes también materiales, es verdad; pero sin reconocer el legítimo derecho de las personas a quienes he despojado; restituyo, pues, traidora y cobardemente, y a la sombra de otro derecho artificioso y vano, que para comodidad mía y beneficio de mi familia yo forjé con malas artes, lo que debo restituir en toda su integridad.
ÁNGELA.
¡Cuántas palabras altisonantes, Lorenzo!
LORENZO.
(Sin atenderla.) Al conservar un nombre que no es mío, soy un miserable ladrón; es preciso decirlo, por más que la palabra me queme los labios. Robo un nombre y un derecho; privo a mis víctimas de «sus más poderosos medios, de defensa contra la codicia que en cualquier tiempo pueda despertarse en mis sucesores, y doy quizá ocasión en lo futuro a nuevas iniquidades. ¿Lo ves?… ¿Lo ves, mujer ciega? Hay que decir la verdad, toda la verdad, en voz alta, suceda lo que quiera.
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
Un juez, un tribunal, ¿me despojaría por su sentencia sólo de mis bienes, o de mis bienes y de mi nombre a la vez? De todo, de todo, ¿no es verdad? Pues lo que un juez hiciera debo hacerlo yo, juez de mí mismo, o soy un miserable. Ahí tienes, ahí tienes, desdichada, lo que me grita la conciencia. No, yo no quiero ser honrado a medias, porque todo aquello en que no sea enteramente honrado, seré infame por entero. ¡Ah!, estas cosas son muy claras; nada más claro que el deber.
ÁNGELA.
Pero entonces, siendo el hecho público, la duquesa no consentirá.
LORENZO.
No consentirá: ya te lo decía yo.
ÁNGELA.
¡Ah Lorenzo, Lorenzo; lo eres todo: filósofo, moralista, jurisconsulto y, por de contado, hombre de bien! ¡Todo todo…, miserable máquina de pensar, todo, menos padre!
LORENZO.
Quieres volverme loco, y has de conseguirlo.
ÁNGELA.
Ya no es posible.
LORENZO.
¿Lo estoy?
ÁNGELA.
Lo estás, y cuenta que no has llegado a lo más profundo del abismo. Óyeme, que yo también entiendo algo en esto de lógica: al fin, soy tu mujer. ¿Vas a decir la verdad, toda la verdad?
LORENZO.
Toda.
ÁNGELA.
¿A la justicia humana?
LORENZO.
A la justicia divina, inútil me parece, que ya en este momento nos está juzgando a los dos.
ÁNGELA.
Compréndeme, Lorenzo. Quiero decir si repetirás todo lo que nos contabas ha poco al juez, al escribano, ¡qué sé yo!, a los que han de recoger estos bienes que tú abandonas y han de entregarlos a sus dueños.
LORENZO.
Sí, a esos.
ÁNGELA.
¿Y referirás toda la historia?
LORENZO.
Preciso será.
ÁNGELA.
Pues atiende. Tendrás qué decir que esa mujer, tu nodriza Juana, es tu madre.
LORENZO.
De ese modo lavaré la mancha que sobre ella arrojó una sentencia inicua. Bastará esto sólo para que el silencio que me aconsejas fuera un crimen.
ÁNGELA.
Y esto solo basta para que sea un deber el silencio. ¿No ves, desdichado, que, si Juana es inocente del delito que se le imputó, es reo de un delito mayor? ¡Usurpación de estado civil se llama! Bien lo sabes. ¡Falsificar la familia, que es escarnecerla y destruirla; arrancar un inmenso caudal a sus legítimos dueños, que es algo más que recoger del suelo un medallón; cubrir un nacimiento ¡legítimo con un nombre honrado, que es envolver en manto de armiño la podredumbre del vicio! Si Juana es tu madre, todo esto ha hecho Juana, y en su maldad ha persistido durante cuarenta años.
LORENZO.
(Separándose de ÁNGELA y oprimiéndose la cabeza con las manos.) ¡Calla, calla, por Dios santo!
ÁNGELA.
Eso te pido yo: ¡calla!
LORENZO.
¡Es mi madre!
ÁNGELA.
¿Y qué importa? Quien, inmola a la hija inocente, ¿por qué ha de respetar a la madre culpable? ¿No son superiores las leyes divinas a las leyes humanas? ¿No es lo primero la justicia, el deber, la verdad? ¿No han de prevalecer los fueros del alma sobre las flaquezas de la carne?
LORENZO.
(Huyendo de ÁNGELA.) Tienes razón; pero aun teniéndola, deliras.
ÁNGELA.
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