Ser nieta de una humilde nodriza, cómplice de usurpación de estado civil, es el bello ideal de esa pobre niña, si lo que don Lorenzo afirma es cierto. Será tal vez exceso de orgullo aristocrático rehusar tan noble alianza; pero así me han hecho las que tú, educado a la moderna, consideras rancias preocupaciones.
EDUARDO.
Pues bien, madre, yo amo a Inés.
DUQUESA.
Loco estás, hijo mío.
EDUARDO.
Locura dicen que es el amor; conque no es maravilla que lo esté.
DUQUESA.
Sí, lo estás, y a mí misma me haces perder el juicio.
EDUARDO.
¿Prefieres perderme a mí?
DUQUESA.
Basta, Eduardo; salgamos de esta casa, donde en mal hora entraste por vez primera.
EDUARDO.
Pero dime: ¿no es Inés un ángel?
DUQUESA.
Ángel del cielo me pareció la pobre niña al llegar; ángel de dolor al dejarla.
EDUARDO.
¿No confiesan todos que don Lorenzo es un sabio, y no dices tú que es un santo?
DUQUESA.
Injusticia sería negarle clarísimo talento y honradez intachable.
EDUARDO.
¿Luego no está el mal en ellos?
DUQUESA.
No lo está.
EDUARDO.
Pues el escándalo, ¿no puede evitarse? (Acercándose a su madre, y en voz baja.) ¿Quién conoce esa desdichada historia, verdadera o falsa, que más falsa que verdadera me parece? Nosotros, y callaremos. Don Tomás, y es como de la familia. Esa infeliz mujer, y en breves horas un eterno silencio sellará sus labios. Don Lorenzo, al fin es padre, y hará por su hija lo que tú no quieres hacer por mí. ¡Oh madre mía! ¿A qué buscar la desesperación y la muerte cuando está la dicha en nuestras manos?
DUQUESA.
Pero ¿lo ves, desdichado? ¿Ves cómo el contacto del crimen pervierte los más nobles caracteres? ¿No conoces que me Propones una infamia, que me quieres hacer cómplice de una felonía? Dios mío, ¿qué han hecho de mi hijo, que tales cosas dice y tales ideas acaricia?
EDUARDO.
Pero ¿quién habla de infamias, ni quién propone felonías? ¿Es que don Lorenzo nos hace a todos perder la razón, o es que te deleita mi martirio?
DUQUESA.
Pero ¿no hablabas de evitar el escándalo con el silencio?
EDUARDO.
Sí.
DUQUESA.
¿Pues entonces…?
EDUARDO.
Escucha, madre, lo que yo dije o lo que quería decir. Si la historia de don Lorenzo es cierta, que lo dudo, se busca con sigilo y con cautela a los legítimos herederos de esa maldecida fortuna, y de ella se les hace donación en cualquier forma.
DUQUESA.
Pero ¿con qué pretexto?
EDUARDO.
Para pedir, no fuera fácil encontrarlo; para dar, no temas que nos falten, y todos han de parecer igualmente buenos al que reciba.
DUQUESA.
Pero Inés llevará un nombre que no le pertenece.
EDUARDO.
Llevará el mío, que vale por todos.
DUQUESA.
¡Ah, en eso tienes razón! Pero don Lorenzo…
EDUARDO.
Déjale en paz, que harto tiene que hacer con sus filosofías. Pensemos en nosotros, y piensa que todo, todo puede arreglarse, si tú consientes. Una palabra tuya da la vida a la pobre Inés; nueva vida me da, que con tu crueldad me arrancabas la que me diste con tu amor; devuelve la dicha a esta infeliz familia, y sin escándalo, ni ostentación, ni aparatoso alarde, pasan a sus legítimos dueños las usurpadas riquezas. ¿Dónde están aquí la infamia y la felonía?
DUQUESA.
Me fascinas, Eduardo; no sé qué decirte; pero una voz interior me advierte que esto no es lo justo ni lo recto; que la ficción nunca es preferible a la verdad; que en don Lorenzo, a pesar de sus delirios, triunfa el deber; que en ti, a pesar de tus argucias, la pasión triunfa.
EDUARDO.
Pero ¿por qué? Contéstame.
DUQUESA.
No sé discutir contigo, Eduardo.
EDUARDO.
Lo que no sabes es quererme.
DUQUESA.
¡Que no te quiero! ¡Cruel! ¡No lo crees tú al decirlo, pero el corazón se me oprime al escucharlo!
EDUARDO.
Pues cede.
DUQUESA.
¡Hijo mío, por Dios!
EDUARDO.
Vas a ceder, bien lo veo; tu frente está pálida; en tus ojos hay lágrimas; tiemblan tus labios. (Con voz cariñosa.) Es que ya se agitan para decirme que sí; ¿y por qué no? En lo que yo he pensado, ¿hay alguna cosa que no armonice por manera absoluta con ese ideal de perfección moral que tú y don Lorenzo acariciáis? ¿Hay en mi plan algo malo?
DUQUESA.
Sí, Eduardo.
EDUARDO.
¡Será tan poco! ¡Un átomo, una sombra, un escrúpulo! ¿Y no merezco yo la pena de un pecadillo venial? Busca en el pueblo a quien a veces tratas con harto desdén, y del que te separa como abismo profundo tu aristocrática educación; busca una madre y pregúntale si por la vida de su hijo no ahogaría en un grito de amor todos esos refinamientos de conciencia.
DUQUESA.
(Con apasionado arranque.) Es que lo que otra madre haga, soy yo capaz de hacerlo.
EDUARDO.
(Abrazándola.) ¡Gracias, gracias, madre mía!
DUQUESA.
Pero…
EDUARDO.
Lo has dicho, lo has dicho. (Sin dejarla hablar.) Y, además, tal vez nada de esto sea necesario. ¿Quién nos asegura que la historia de don Lorenzo es cierta? ¿Qué pruebas materiales hay? Ninguna, que sepamos. El dicho de una mujer que agoniza y delira. ¿Y esto basta?
DUQUESA.
No, en verdad.
EDUARDO.
Pues ni aun eso tenemos, porque todavía don Tomás no ha podido interrogar a Juana. ¿Sabemos si ella lo dijo, o si don Lorenzo lo soñó? ¡Ah, la cabeza de don Lorenzo no está segura!
DUQUESA.
No lo está, no.
EDUARDO.
¡Qué exaltación, qué extravío!
DUQUESA.
Yo pensé que se había vuelto loco.
EDUARDO.
Y lo estará. Estos sabios concluyen por locos todos ellos. El mismo don Tomás reconoce, la misma Ángela confiesa, que don Lorenzo no discurre como otros hombres.
ESCENA III
DICHOS y ÁNGELA, por la derecha.
ÁNGELA.
¡Por Dios, señora, no nos deje usted todavía! Inés quiere verla; la llama a usted, anegada en llanto; usted es su único consuelo.
DUQUESA.
¡Pobre niña!
ÁNGELA.
Dejó el lecho sin que pudiéramos evitarlo, porque su agitación nerviosa es tal, que infunde miedo, y quiso venir a buscar a usted, pero le faltaron las fuerzas. Vaya usted, por Dios, duquesa, a consolar a mi hija; a usted, que es madre cariñosa, otra madre muy desgraciada se lo ruega.
EDUARDO.
Y le vas a decir que todavía hay esperanza, que todo depende de don Lorenzo, ¿no es verdad?
ÁNGELA.
¡Cómo! ¿Será cierto? ¡Ah, señora! (Se acerca a la DUQUESA y le coge las manos con efusión.)
EDUARDO.
Sí, yo le explicaré a usted… (A ÁNGELA.) Conviene que hable usted al alma a su esposo.
DUQUESA.
Pero… (EDUARDO, sin atender a su madre, se separa a un lado con ÁNGELA, y los dos hablan en voz baja. Aparte.)¡Este Eduardo, este hijo mío, hace de mí cuanto quiere! ¿Qué le digo yo a la buena señora, si él asegura que yo estoy conforme?… ¡Ah, qué cabeza!… Y la niña es hermosa como un ángel, y simpática como ninguna. ¡Pobre Inés! Y don Lorenzo posee… o poseía, una fortuna regia… ¡Ah, grandezas y vanidades humanas!
ÁNGELA.
Comprendo… Comprendo. (A EDUARDO. Después se vuelve a la DUQUESA.) ¡Cómo le agradezco a usted tanta bondad! Lleve usted pronto la buena nueva a mi pobre Inés; yo, entre tanto, procuraré que Lorenzo consienta, y consentirá. Sí; es preciso. O no tiene corazón, o ha de consentir.
EDUARDO.
Vamos, madre.
DUQUESA.
(A parte.) ¡Cómo ha de ser!
EDUARDO.
¡Qué buena eres! (Salen por la derecha la DUQUESA y EDUARDO.)
ESCENA IV
ÁNGELA y DON LORENZO; este último, por la izquierda.
LORENZO.
Ahí mi madre que expira… Y allá aquel pedazo de mi alma… ¿Qué hacer, Dios mío? (Se dirige lentamente a la puerta de la derecha; pero en el momento de entrar, ÁNGELA le cierra el paso.)
ÁNGELA.
¿Adónde vas, Lorenzo?
LORENZO.
A ver a mi hija.
ÁNGELA.
Imposible… Ya volvió en sí, y tu presencia pudiera causarle mucho mal, tanto, por lo menos, como el que tus palabras le causaron.
LORENZO.
Es que yo quiero verla.
ÁNGELA.
Es que no debes verla; y ya que en ti el deber siempre impera, no por mi voluntad, que nada es ante la tuya, por tu propia y reflexiva voluntad (Con ironía.) respetarás el solitario llanto de la pobre Inés.
LORENZO.
Tienes razón. (Pausa. Vienen los dos al centro del escenario.) ¡Hija de mi alma! ¿Qué dice de mí?
ÁNGELA.
Nada.
LORENZO.
¿No me acusa?
ÁNGELA.
No sé lo que en el fondo de su alma murmurará el dolor.
LORENZO.
¡Ser yo su verdugo! ¡Yo destruir todas sus esperanzas! ¡Haber desgarrado yo su corazón!
ÁNGELA.
Conciencia perfecta tienes de tu obra, Lorenzo. Menos mal, si a la reparación te ayuda el remordimiento.
LORENZO.
¡Desdichado de mí!
ÁNGELA.
(Con ironía.) ¡Tú, desdichado! La desdichada es ella, no tú, que en la contemplación de tus perfecciones morales y altas virtudes encontrarás de seguro goces inefables y divinos consuelos.
LORENZO.
¡Qué mal me juzgas y qué mal me comprendes!
ÁNGELA.


















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