stá?
JUANA.
¡Luchando con las torturas de un infierno!
LORENZO.
¿Murió también?
JUANA.
¡Muriendo está! (En la última parte de este diálogo, JUANA se levanta, y ella y DON LORENZO forman un grupo agitado, ardiente, delirante. Al pronunciar ella la última frase, cae de nuevo y sin fuerzas en el sofá.)
LORENZO.
¡Juana!
JUANA.
(Retorciéndose de angustia.) ¡No; ese nombre, no!
LORENZO.
¡Madre!
JUANA.
¡Sí…, ese nombre, sí; hijo mío! (Se levanta de nuevo por arranque supremo y se abraza a DON LORENZO.)
ESCENA XIV
DICHOS y DON TOMÁS.
TOMÁS.
Ya está ahí…, ya llega…
JUANA.
(Desprendiéndose de los brazos de DON LORENZO.) Déjame…, vienen…, vienen…, que no me vean…
LORENZO.
¡No…, espera, yo no sé qué voy a decirte…, pero tengo que decirte muchas cosas!…
JUANA.
Luego. Adiós… ¡Ya puedo morir! ¡Le llamé hijo! (JUANA se dirige lentamente a la puerta de la derecha. DON LORENZO la sigue. DON TOMÁS, en observación, en el fondo.)
LORENZO.
No; todavía, no… (JUANA desaparece tras los cortinajes. DON LORENZO quiere entrar. DON TOMÁS acude desde el fondo y le detiene a la fuerza, cerrándole el paso y obligándole a retroceder. La actitud de DON LORENZO en esta escena y en la siguiente queda encomendada al talento y a la inspiración del actor.)
ESCENA XV
DON LORENZO, ÁNGELA, INÉS, la DUQUESA, EDUARDO y DON TOMÁS. Los nuevos personajes vienen por el foro.
DUQUESA.
(Con exquisita cortesía.) ¿El señor de Avendaño? (Pausa.)
LORENZO.
(Con voz triste y sombría y con cierta distracción.) ¡Avendaño! ¡Avendaño!… No sé dónde está, señora.
ÁNGELA.
(Aparte.) ¿Qué dice?
INÉS.
Pero ¿qué es esto, Dios mío?
DUQUESA.
Comprendo, señor Avendaño, el disgusto que mi presencia le causa… Vengo a arrebatarle la prenda más querida de su alma (Señalando a INÉS.), y no extraño, en verdad, que me trate usted como a enemiga. (Con dulzura.)
LORENZO.
¡Enemiga mía es la suerte: nadie más!
INÉS.
(Aparte.) Pero ¿qué es esto, Dios mío?
DUQUESA.
Tiene usted razón; encarnizada enemiga es de los padres.
LORENZO.
Y más aún de los hijos.
DUQUESA.
No lo niego; pero, en fin, leyes divinas son éstas que gobiernan los dolores humanos, y fuerza es respetarlas. (Procurando dar otro giro a la conversación, pero sin conseguir dominar su extrañeza.)
LORENZO.
¡Ay señora, que esas leyes divinas son más crueles a veces que si fueran obra de la crueldad humana! (La DUQUESA hace un vivo movimiento de impaciencia; EDUARDO se acerca a ella; INÉS, a su padre; ÁNGELA y DON TOMÁS observan con asombro.)
INÉS.
(Aparte, a DON LORENZO.) ¡Por Dios, padre!
EDUARDO.
(Aparte, a la DUQUESA.) ¡Madre, madre, por mí!
DUQUESA.
(Con altivez y entonación un poco seca.) Soy madre, adoro a mi hijo, sé que su felicidad es imposible si no la comparte con esta señorita, y a perder un hijo prefiero tener dos.
INÉS.
(Aparte, a DON LORENZO.) ¿Ves qué buena, padre mío?
LORENZO.
¡Perder un hijo es horrible desdicha!
DUQUESA.
(Con dulzura y adelantándose hasta DON LORENZO.) ¿Quiere usted dar al mío el nombre de hijo también?
INÉS.
(Con angustia y en voz baja.) Contesta, padre.
LORENZO.
(Se queda mirando a su hija, le coge la cabeza entre las manos y de nuevo la contempla con pasión.) ¡Qué hermosa eres! ¡Imposible parece que tú no puedas más que la ley del honor!
DUQUESA.
(Sin poder ya dominarse.) En suma, señor de Avendaño, ¿quiere usted que mi hijo, el duque de Almonte, dé su nombre a la señorita Inés?
LORENZO.
(Con sublime violencia.) ¡Si yo fuera un infame, buena ocasión para dar nombre ajeno a quien no lo tiene propio!
INÉS.
¡Padre! ÁNGELA y TOMÁS. (Al mismo tiempo.) ¡Lorenzo!
DUQUESA.
He de confesar lealmente que ni comprendo las contestaciones de usted ni su actitud, que es muy otra de lo que yo esperaba, y me limito a preguntarle por última vez: ¿acepta usted?
LORENZO.
Yo soy un hombre honrado: la desgracia podrá vencerme, no mancharme. Señora duquesa de Almonte, ese matrimonio es imposible.
DUQUESA.
(Sintiéndose herida y retrocediendo un paso.) ¡Ah!
INÉS.
¿Qué dices?… ¡Padre!… ¡Imposible!
LORENZO.
¡Imposible, sí!… Porque no soy Avendaño; porque mis padres no eran mis padres; porque esta casa no es mi casa; porque no puedo darte, hija de mi alma, más que un nombre escarnecido y manchado; porque soy el más infeliz de los hombres y no quiero ser el más miserable.
INÉS.
¡Padre, padre! ¿Por qué me matas? (Cae en el sillón.)
ÁNGELA.
¿Qué has hecho, insensato?
LORENZO.
¡Inés!… ¡Inés… ¡Venciste, Dios mío; pero ten compasión de mí! (Todos rodean a INÉS.)
TELÓN
Acto segundo
La misma decoración del acto anterior. Es de noche. La chimenea está encendida; una vela con pantalla sobre la mesa de despacho.
ESCENA I
EDUARDO aparece escuchando a la puerta de la derecha; después viene al centro.
EDUARDO.
Nada se oye. ¿Habrá vuelto en sí? ¡Oh Dios mío, y en esta vida, qué cerca de la vida está la muerte! (Pausa.) ¡Y piensan que he de renunciar a mi adorada Inés! ¡Suponen que yo he de dar crédito a esa ridícula historia que don Lorenzo refiere! ¡Pobre sabio! ¿Qué sabe él lo que se dice? (Breve pausa.) Y aun siendo cierto lo que afirma, ¿dejaría de ser la más hermosa y la más amante de las mujeres? Será mía, aunque tenga que arrastrarme a los pies de mi madre y regarlos de lágrimas; cederá don Lorenzo, aunque tengamos que ponerle una mordaza y una camisa de fuerza; y esa pobre mendiga, que con sus delirios contagió al desalentado filósofo, se irá de aquí, se irá lejos, muy lejos de nosotros. ¡Con tal que Inés resista el golpe que recibió de su padre! (Acercándose otra vez a la puerta y escuchando.) Nada…, nada…, silencio; siempre el mismo silencio. (Volviendo al centro del escenario.) Su padre… ¡Ah, su padre! Dios me perdone, pero casi le aborrezco. (Exaltándose por grados.) ¡Insensato, y cómo se complacía en torturarla! ¡Su padre, sabio sin seso, ateo con pujos de santidad, nuevo don Quijote con el ingenio de menos y la pedantería de más, falso caballero Bayardo de la honradez! ¿Qué padre es ése que, desgarrando el corazón de una hija, pretende ganar reputación de virtud? ¡Fuera la virtud así y me pareciera más simpático el crimen! Nadie viene… y pasan las horas… Alguien se acerca.
ESCENA II
EDUARDO y la DUQUESA, por la derecha.
EDUARDO.
Madre mía… Inés, ¿cómo está?… ¿Ha vuelto Inés en sí?
DUQUESA.
Al fin, a Dios gracias. ¡Pobre niña! No he querido marcharme hasta que pasara el peligro; pero ya está bien. Y ahora, hijo mío…
EDUARDO.
Ahora he de verla.
DUQUESA.
¡Eduardo!
EDUARDO.
Y después hemos de hablar con don Lorenzo; y después…
DUQUESA.
Y después has de concluir con mi paciencia. He hecho por ti cuanto el decoro, la dignidad y los respetos sociales me han permitido, y algo más; pero ha llegado el instante de que te muestres hombre, de que recuerdes quién eres, y de que escuches la voz del deber.
EDUARDO.
Bien dices: haré lo que hacer deba; pero no sé, y perdóname, madre mía, si entendemos el dolor del mismo modo.
DUQUESA.
Debes renunciar a Inés para siempre.
EDUARDO.
¿Por qué? ¿Porque es pobre?
DUQUESA.
No es eso.
EDUARDO.
Entonces, ¿por qué, madre mía? ¿Porque don Lorenzo intenta tan sublime acción, que si la realiza, ha de eternizar su nombre en libros y en historias, y hasta quién sabe si alcanzara puesto en el calendario?
DUQUESA.
Buen humor gastas, y no es ésta mala señal.
EDUARDO.
Quiero probarte que conservo mi sangre fría. Y por lo demás, a don Lorenzo hay que tomarlo en broma, o hay que encerrarlo en una casa de orates.
DUQUESA.
No digas esas cosas, Eduardo; no me gusta que hables de ese modo. Aunque hay algo de exagerado, no poca precipitación y cierto alarde melodramático en los proyectos de don Lorenzo, no puede desconocerse que su conducta es la de un hombre de bien.
EDUARDO.
¿Por qué se goza de la desventura de su hija?
DUQUESA.
Porque cumple leyes humanas, sin respeto a pasiones humanas.
EDUARDO.
Pues si tan honrado es don Lorenzo, y el brillo de acciones nobles se hereda, rico en nobleza heredada viene a ser el ángel de mi vida.
DUQUESA.
Y rico en heredada deshonra también. (En voz baja, con energía y acercándose a su hijo.) Inés no tiene un nombre bueno o malo que llevar, porque se ignora cuál es el de su padre, y el de esa mujer está en los infamantes registros de una casa de corrección por delito de robo.
EDUARDO.
¡Calla!
DUQUESA.


















Post a Comment