Para que tú no lo vieras.
LORENZO.
¿Y por qué?
JUANA.
Porque dentro había un papel, y en ese papel, escritas por tu madre, unas palabras, y esas palabras no quería yo que tú las leyeses.
LORENZO.
¿Y qué palabras eran?
JUANA.
Estas; de memoria las sé: «Lorenzo, hijo mío: en el relicario que está a la cabecera de mi cama hay oculto, y en sobre cerrado, un pliego. Cuando yo muera, ábrelo; lee lo que en él, durante una noche de remordimiento, escribí; perdóname, y que Dios te inspire.»
LORENZO.
(Con extrañeza.) ¿«¡Perdóname, y que Dios te inspire!», decía?
JUANA.
Sí.
LORENZO.
(Con creciente curiosidad.) Y, además, he oído no sé qué de remordimiento.
JUANA.
Remordimiento era la palabra. Ahora, vete, si quieres.
LORENZO.
(Pensativo.) No. (Pausa.) ¿Y ese pliego?
JUANA.
Que tu madre lo había escrito, no era un secreto para mí; dónde estaba oculto, he ahí lo que ignoraba. Que algo encerró en el medallón, bien me lo dijo mi tenaz vigilancia; y lo que el papel contenía, bien lo adivinaron mis recelos. Por eso cogí el medallón. Era mi legítima presa: me había costado aquel secreto veinte años de lágrimas y de dolores que ni más amargas ni más intolerables se conciben.
LORENZO.
¡Perdón…, remordimiento…, un secreto…, mi madre!… No adivino lo que quieres decir… Sombras confusas pasan por mi mente… y así como relámpagos de angustia por mi corazón. Tú deliras y me haces delirar.
JUANA.
No.
LORENZO.
Pero aquel pliego oculto en el relicario…
JUANA.
Fue mío, y tú no lo viste, porque no debías verlo. Como tu madre iba a morir, a ella, ¿qué le importaba? Bien te lo dije: nada hay más egoísta que la muerte.
LORENZO.
Pero ¿ese pliego…?
JUANA.
Yo lo tengo…
LORENZO.
¿Aquí?
JUANA.
(Llevando la mano al pecho.) Aquí, aquí; mira, es una hoja no más de papel, y, sin embargo, ¡me pesa tanto sobre el corazón!
LORENZO.
Pues he de verlo.
ESCENA X
JUANA y DON LORENZO; DON TOMÁS, por el foro.
TOMÁS.
¡Lorenzo…, Lorenzo!…
LORENZO.
¿Qué? (En tono brusco e impaciente.) ¿Qué quieres?
TOMÁS.
Ha llegado la duquesa.
LORENZO.
Sea en buena hora.
TOMÁS.
(Aparte.) ¡Qué tono! (En voz alta.) Ven a recibirla.
LORENZO.
Ya iré.
JUANA.
¡No me dejes, por Dios! ¡Por la salvación de tu alma! (En voz baja.) Si supieras…
TOMÁS.
¿Vienes?
LORENZO.
Sí…, pero…, pero no me hostigues… Digo que iré.
JUANA.
No te vayas… y te lo diré todo…, todo. Te daré ese pliego…, el que escribió tu madre hace veinte años…; es su letra…; es su firma…; tú verás…, pero no me dejes.
TOMÁS.
(Cada vez más impaciente.) ¡Vamos, Lorenzo!
LORENZO.
Ya he dicho que iré…, iré luego. Yo sé cuándo debo ir. Ahora, vete. (Aparte, a JUANA.) Dame el pliego.
JUANA.
(Aparte, a DON LORENZO.) Cuando se marche ese hombre.
LORENZO.
(Con violencia.) ¡Vete!
TOMÁS.
Pero la duquesa…
LORENZO.
Que espere. ¿No hace ella esperar en sus antesalas? Pues mejores que las suyas son las mías.
TOMÁS.
¿Estás en tu juicio?
LORENZO.
En el mío, sí; en el tuyo, no, que mal estuviera. Vete pronto.
TOMÁS.
(Acercándose a él con interés.) ¿Qué tienes, Lorenzo?
LORENZO.
Nada, nada…; cansancio de oírte… ¡Déjame, por Dios santo!
TOMÁS.
Bueno, bueno…; pero, Señor, ¿qué le pasa a este hombre?
ESCENA XI
DON LORENZO y JUANA.
LORENZO.
¡Ya estamos solos!
JUANA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
¡Qué! ¿Dudas? ¡Mira que te dejo!… -¡Prometiste darme ese papel! La ventura de mi hija me espera allí, y, sin embargo, una mano de hierro, la férrea mano de la implacable fatalidad, me tiene a tu lado. Considera, Juana, si estoy decidido a averiguar este secreto.
JUANA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
¡El papel!… ¡Pues para mí lo escribió mi madre, es mío!
JUANA.
No te incomodes conmigo, Lorenzo de mi alma. Aquí está… Este es… (Sacándolo del pecho.)
LORENZO.
(Queriendo cogerlo.) Venga…
JUANA.
Espera…, espera…; yo misma he de leerlo… Leeré más despacio que tú…, y de este modo, lo que aquí dice no se te entrará de un golpe por los ojos…
LORENZO.
Pues lee… ¡Veamos!
JUANA.
Sí, Lorenzo mío; pero no me mires; oye no más. (Colocándose de modo que DON LORENZO no vea lo escrito en el papel.) «Lorenzo, hijo mío, perdóname.» (Leyendo.)
LORENZO.
¡Otra vez!
JUANA.
(Sigue leyendo.) «Conozco que se acerca el fin de mi vida, y los remordimientos han hecho presa en mí.» (Pausa.)
LORENZO.
¡Sigue!
JUANA.
«Quisiera decirte la verdad y te amo demasiado para decírtela. Lee en estos renglones, que mancho con mis lágrimas, el secreto de tu existencia, y hágase después tu voluntad.»
LORENZO.
(Queriendo coger el papel.) ¡El secreto de mi existencia! ¡Dame!
JUANA.
No.
LORENZO.
¿Qué pesadilla es ésta, Juana? ¿Qué círculo de hierro has puesto sobre mi frente, que con intolerable presión me oprime las sienes?… Dame…
JUANA.
¡No, por Dios!
LORENZO.
¡Ha de ser! (Cogiendo el papel y leyendo con horrible angustia.) «Tu padre era rico, muy rico; por millones, por muchos millones se contaba su caudal; yo era muy pobre; no tuvimos hijos.» ¡No tuvimos hijos, dice!
ESCENA XII
DON LORENZO, JUANA y ÁNGELA; después, EDUARDO.
ÁNGELA.
(Entrando precipitadamente.) ¡La duquesa!…
LORENZO.
(Da un grito de ira. JUANA le arranca el papel, y lo oculta.) ¡Otra vez! ¡Vete!… ¿A qué vienes?
ÁNGELA.
Lorenzo… Lorenzo…
EDUARDO.
(Entrando precipitadamente.) ¡Don Lorenzo!
LORENZO.
¿Tú también? ¡Idos!… ¡Idos todos!
ÁNGELA.
¿Qué es esto, Dios mío? ¿Qué es esto? ¿Qué tienes, Lorenzo? Vuelve en ti.
LORENZO.
Idos… Idos… Os lo suplico… Si es preciso, de rodillas… Pero dejadme. ¡Ah! ¡El egoísmo humano!… ¡Piensan que no hay más que sus pasiones y sus intereses!… ¡Tomás!… ¡Ángela!… ¡Eduardo!… ¡La duquesa!… ¡Todos!… ¡Ah! ¡La gota de agua sobre el cráneo!
EDUARDO.
Es que mi madre viene…
ÁNGELA.
Es que la duquesa, impaciente de esperar, viene aquí…
EDUARDO.
Dice que quiere buscar al sabio en su antro.
LORENZO.
¡Pues que venga, pero vosotros dejadme! ¡Dejadme… o me volveré loco de desesperación!…
ÁNGELA.
No, imposible (A EDUARDO.); su madre de usted no puede verle en tal estado.
EDUARDO.
Venga usted, Ángela; venga usted. Ganemos tiempo, detengámosla en la galería, y a ver si entre tanto logra Inés calmarle. (Salen ÁNGELA y EDUARDO por el foro.)
ESCENA XIII
DON LORENZO y JUANA.
LORENZO.
¡El papel!… Ese papel funesto, ¿dónde está?… Tú lo tienes.
JUANA.
(Sacando el papel.) Sí.
LORENZO.
Pues dámelo… ¡No tuvimos hijos, decía! (Procurando leer, pero sin conseguirlo.) ¿Dónde está?… ¡No sé! ¡No veo las letras! ¡Una nube me pasa por delante de los ojos! ¡No tuvimos hijos! ¡No puedo!… ¡No puedo!… Lee tu…, por favor… (JUANA toma el papel.) Ahí…, ahí…, donde dice «¡No tuvimos hijos!».
JUANA.
(Leyendo.) «Sabía mi esposo que una enfermedad incurable minaba rápidamente su existencia. El infeliz llevaba la muerte en el corazón. Loco de amor, quiso asegurarme toda su fortuna, y yo… hice mal, ahora lo conozco; hice mal, porque él tenía padre; pero yo…, perdóname, Lorenzo, tú que eres tan bueno y tan honrado: yo acepté.» (Pausa.)
LORENZO.
Sigue…, sigue…
JUANA.
«Buscamos un niño… No puedo, no puedo escribir más. Juana conoce este secreto. Juana te lo dirá todo. Una vez más te ruego que me perdones. Adiós, Lorenzo mío, y que El te inspire. Te he querido como a hijo, aunque no lo has sido nuestro.»
LORENZO.
¡Yo! ¡Yo! ¡Yo no era…! ¿Qué dice?… ¡Yo no era su hijo! ¡Yo llevo un nombre que no es mío! ¡Cuarenta años ha que gozo bienes ajenos! ¡Yo lo he robado todo!… ¡Posición social, apellido, riquezas! ¡Todo! ¡Todo!… ¡Hasta las caricias de mi madre, porque no era mi madre!… ¡Hasta sus besos, porque yo no era su hijo!… ¡No! ¡Esto no es posible!… ¡Yo no soy tan miserable!… ¡Juana…, Juana…, por Dios vivo, que me digas la verdad! Mira: ya no es por mí; sea de mí lo que Dios quiera; es por mi familia…, por esas desdichadas mujeres…, es por mi hija…, por mi Inés de mi vida…, que se morirá…, y ¡yo no quiero que se muera! (Llorando, con desesperación.)
JUANA.
Es verdad, sí; pero calla… ¿Qué importa, si nadie lo sabe?
LORENZO.
Pero ¿es verdad?
JUANA.
(En voz baja.) Lo es.
LORENZO.
¡Pues parece mentira! ¿Aquella mujer que tanto me amaba no era mi madre?
JUANA.
No. ¡Tu madre te amaba más!
LORENZO.
Pues ¿quién era?
JUANA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
¿Cómo se llama?
JUANA.
Mírame sin cólera y te lo diré.
LORENZO.
¿Dónde e


















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