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Хосе Эчегарай. Безумие или святость. José Echegaray. O locura o santidad


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No; si quien ha obrado muy de ligero he sido yo. El deseo me adelantaba las horas…, y tú, para castigarme, vas, ¿y qué haces? ¡Me pones delante de los ojos un cronómetro de Losada! (Haciendo con la mano el ademán brusco del que mete, como vulgarmente se dice, un objeto por los ojos.) ¡Qué galán tan poético!
EDUARDO.
Confieso mi culpa, y me arrepiento, y te pido mil veces perdón.
INÉS.
Ya. ¿Lo confiesas? Más vale así.
EDUARDO.
Es que venía tan contento, tan contento, con tanta alegría en el alma, que ni supe lo que dije, ni aun ahora mismo sé lo que digo.
INÉS.
Yo también fui injusta al acusarte, Eduardo; pero estaba tan alegre, tan alegre…, deseaba tanto que vinieses…, que los instantes me parecían siglos.
EDUARDO.
Has de saber, alma mía…
INÉS.
(Sin escucharle.) Tengo que darte una gran noticia.
EDUARDO.
(Lo mismo.) Que al fin somos dichosos.
INÉS.
Ya lo creo; dichosos para toda la vida.
EDUARDO.
¡Si parece mentira!
INÉS.
Porque mi padre ha prometido que hoy mismo, hoy mismo, ¿lo comprendes?… Pero ¡si no me escuchas!
EDUARDO.
(Sin atenderla.) Porque mi madre…
INÉS.
¡Tu madre! ¿Qué?…
EDUARDO.
Vendrá dentro de media hora a tratar de nuestro casamiento.
INÉS.
¿Ella?… ¿La duquesa?
EDUARDO.
(Con solemnidad cómica.) La señora duquesa de Almonte tendrá el honor de pedir a los señores de Avendaño esta blanco mano (Cogiendo la mano de INÉS.) para su hijo don Eduardo; aunque Eduardito ya se apoderó de ella, ya la apretó contra su corazón, y no sería fácil que la soltase aunque no se la dieran.
INÉS.
¿Ella…, ella va a venir?… Bien decían todos. ¡Si esa mujer es una santa!
EDUARDO.
Esa mujer es mi madre; me quiere con todo su corazón, y esta mañana me abracé a ella llorando, y llorando en mis brazos, cedió a mi ruego. En mucho tiene los gloriosos hechos de sus antepasados; religioso culto rinde al honor, y prefiriera mi muerte a mi enlace con quien en su nombre llevase la menor mancha; pero aprecia en lo que vale a don Lorenzo, sus glorias científicas, que glorias son también su…
INÉS.
Bueno, bueno; basta ya de historias. De todo ello se deduce que vendrá hoy mismo, que nos casaremos muy pronto y que seremos muy felices, ¿no es verdad? Pues esto es lo que importa; es decir, lo que a mí más me importa; no sé si tú…
EDUARDO.
Ingrata, ¿dudas de mí?
INÉS.
No dudo; pero no es poca dicha que tu madre haya cedido, porque si no… Tú me quieres mucho, ya lo sé… Pero tú… A una madre se le debe respeto… Y si ella te hubiera dicho que no, como buen hijo que eres, ¿no es verdad, Eduardo?, no le hubieras dado un disgusto, y con mucho dolor de tu alma hubieras dejado a esta pobre Inés que te ama…¡No lo oigas, ingrato! ¡Que no lo oiga nadie!- ¡Que te ama tanto, que sin ti…, mira si es locuela…, se hubiera muerto de dolor!
EDUARDO.
¡Inés mía!
INÉS.
Conque ya ves si debo estar agradecida a tu madre, porque no es a ti, es a ella a quien debo mi felicidad.
EDUARDO.
¡Cruel! ¿Sabes tú lo que yo hubiera hecho ante los obstáculos? ¿Lo sabes tú?
INÉS.
Sí; ceder, dejarme.
EDUARDO.
Eso, nunca; por nada, por nadie.
INÉS.
¡Júramelo!
EDUARDO.
¡Te lo juro por lo más sagrado!
INÉS.
¡Cuánta dicha!
EDUARDO.
¡Qué felicidad!

ESCENA VI

INÉS, EDUARDO, JUANA, DON LORENZO y DON TOMÁS. JUANA aparece en la puerta del fondo, sostenida por DON LORENZO y DON TOMÁS, y se para un instante para tomar aliento, y después avanza. Viste traje de color oscuro y muy pobre.

EDUARDO.
(Volviéndose.) ¡Qué grupo tan sombrío! ¿Por qué viene esa negra nube a empañar el azul de nuestro cielo?
INÉS.
Es Juana, la nodriza de mi padre; ya verás qué ; luego te la contaré.
LORENZO.
Despacio, despacio, Juana.
JUANA.
¿Quién es aquella señorita?.
LORENZO.
Inés, -mi hija. Acércate, Inés. (INÉS se aproxima. EDUARDO la sigue.)
JUANA.
¡Qué hermosa! ¡Un ángel me parece! Que al cerrar yo los ojos para siempre vea un ser como tú a mi lado, y será que estoy en el cielo.
LORENZO.
Otro paso más.
TOMÁS.
Un esfuerzo todavía: el último. (Llegan hasta el sofá, y en él sientan a JUANA, quedando INÉS a su alrededor.)
JUANA.
Quisiera darte un beso. (Señalando a INÉS. INÉS se acerca aún más. JUANA le coge una mano y la trae a sí.) No…, tu mano abrasa y mi aliento hiela…; no he de besarte…, fuera mi beso el beso le la muerte. (La separa dulcemente de sí y le suelta la mano.) Con el pensamiento te besaré…; con las manos, no.
TOMÁS.
(En voz baja, a INÉS y EDUARDO.) Vámonos; la pobre mujer desea hablarle a solas. (A JUANA.) Hasta luego, y buen ánimo; acabaron las penas.
JUANA.
Las de este mundo, sí.
INÉS.
(Deteniéndose un momento para mirarla.) ¡Pobre mujer!
EDUARDO.
Ven, Inés mía. (Salen DON TOMÁS, INÉS y EDUARDO por la derecha.)

ESCENA VII

DON LORENZO y JUANA.

JUANA.
(Después de una pausa.) ¿Se fueron ya?
LORENZO.
Sí, mi querida Juana; ya estamos solos
JUANA.
Al fin…, al fin llegó este momento tan deseado. Todo llega…, pero todo pasa. Oye, Lorenzo: la vida se va…, se va muy aprisa, y antes he de decirte muchas cosas. Lo primero, que soy inocente; que yo… (Acongojándose.)
LORENZO.
Lo sé, Juana; lo sé.
JUANA.
No lo sabes. Todo está contra mí…, todo.
LORENZO.
Por Dios, no te agites; olvida, descansa.
JUANA.
¿Olvidar? Sí, pronto olvidaré. ¿Descansar? Me queda tanto tiempo para descansar, que hoy quiero vivir…, aunque sufra, aunque llore… Quiero llevarme a la fosa lágrimas, y besos, y sollozos…, para llenar aquel silencio y aquella soledad con algo que recuerde la vida. (Pausa.) Y por eso quisiera decirte una cosa. Pero ¿cómo, sin prepararte? ¿Cómo, sin que antes de la revelación venga la duda, y antes de la duda, la sospecha, y antes de la sospecha, el presentimiento, y antes del presentimiento, ese no sé qué, sombra que proyecta en el alma algo que allá a lo lejos viene?… Tú no me comprendes; ni yo sé explicarme, aunque hace cuarenta años que estoy siempre con la misma idea; mira tú si yo debía explicar bien estas cosas.
LORENZO.
Di lo que quieras, poro sin agitarte.
JUANA.
Sí; lo diré. ¿Cómo he de morir yo sin decírtelo? En primer lugar, para que te convenzas de que no fui una miserable… la… dro… na… (Ocultándose el rostro.)
LORENZO.
Calla, calla… No pronuncies esa palabra.
JUANA.
Y además…, porque abrirte mi corazón es el último consuelo que me resta. Perdóname, Lorenzo. ¡Los que van a morir son tan egoístas…! Para ti será dolor horrible… lo que para mí ha de ser suprema dicha.
LORENZO.
¿Cómo puede ser para mí dolor lo que es dicha para ti, mi buena Juana?
JUANA.
¿Cómo puede ser?… Pues lo será; lo será, hijo mío… ¡Hijo mío!… Permíteme que te dé este nombre. No te enfadas, ¿verdad?
LORENZO.
¡Por Dios, Juana!
JUANA.
Bueno… Pues yo te llamaré hijo…, y tú me llamas madre… Llámame madre. Alégrese el cielo o regocíjese el infierno, has de llamarme madre.
LORENZO.
¡Madre mía!
JUANA.
(Arrojándose a DON LORENZO para abrazarle, pero conteniéndose y cayendo en el sofá.) No…; así, no…; no es de ese modo. ¡Cruel!
LORENZO.
¡Pobre mujer! ¡Delira!

ESCENA VIII

JUANA, DON LORENZO e INÉS. INÉS entra corriendo y muy contenta por el fondo y se acerca a su padre. Viene agitada y apenas articula las palabras.

INÉS.
Padre…, padre… La duquesa… viene…, viene… ¿No adivinas?
LORENZO.
¿Ella?
INÉS.
Sí… Para tratar de aquello. Eduardo ha vencido.
LORENZO.
¡Qué felicidad! ¡Inés mía!… Al fin quiso Dios…
INÉS.
¿Estás contento?
LORENZO.
(Abrazándola.) ¿Y tú?
INÉS.
Yo…, si tú lo estás… Conque vamos…. vamos pronto…
JUANA.
(Cogiéndose a DON LORENZO.) No…, no quiero que vayas; no has de dejarme.
LORENZO.
(A INÉS.) Voy al instante.
INÉS.
No tardes… Que no tardes… Si se ofende…
LORENZO.
No temas: que la reciba Ángela allá en él salón… con toda solemnidad. Llevaré a Juana a su cuarto y saldré en seguida. (Sale INÉS por el fondo.)

ESCENA IX

JUANA y DON LORENZO.

LORENZO.
(Queriendo llevarla, pero ella se resiste.) Vamos, Juana; ven a descansar. Luego hablaremos cuanto quieras.
JUANA.
Luego, no. ¿Y si muriese antes?
LORENZO.
(Con impaciencia.) No pienses tal cosa.
JUANA.
Veinte años ha que no te veo, y ahora no me dejan estar contigo ni un solo instante. ¡Son muy crueles!
LORENZO.
(Queriendo levantarla.) Después, mi buena Juana.
JUANA.
¿Y tú también quieres irte?… ¡Tú también! ¡Ah, yo haré que te quedes conmigo!
LORENZO.
¡Juana!
JUANA.
Oye… esto no más; después, vete, sí quieres; yo misma cogí el medallón,
LORENZO.
¿Tú?
JUANA.
Sí.
LORENZO.
¿Para qué?
JUANA.

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