93;S.
Sí, pero no se alarme usted. (A ÁNGELA.) Es el beso de una anciana, y en lágrimas viene empapado; es la última y dolorosa contracción de unos labios moribundos; es el postrer adiós de un ser que dentro de breves horas no existirá.
LORENZO.
No adivino…
TOMÁS.
Ella… Esa pobre mujer me hizo llamar esta mañana; subí a la buhardilla en que muere; me dijo su nombre, que, a no decírmelo, jamás la hubiera conocido; y jurándome que fue inocente, rogóme, sin embargo, que intercediera contigo para que la perdonases.
LORENZO.
Estás hablando un lenguaje del cual ni una sola palabra comprendo.
TOMÁS.
¿Recuerdas la muerte de tu madre?
LORENZO.
(Conmovido.) ¡Qué pregunta, Tomás! No conocí a mi padre: murió cuando yo era muy niño; pero mi madre… ¡Ah, madre mía!
TOMÁS.
¿Recuerdas que, al sentirse de improviso herida de muerte, quiso hablarte y no pudo, y que entonces, arrancándose convulsivamente del cuello un rico medallón, del que jamás se desprendía, lo puso en tus manos, fijando en ti con suprema angustia sus ojos velados ya por la eterna sombra?
LORENZO.
Bien lo recuerdo. Sigue… Sigue…
TOMÁS.
¿Recuerdas, por fin, que al morir tu madre y al perder tú el sentido desapareció el medallón, y que fue acusada de robo?…
LORENZO.
¡Ella!… ¿Es ella?… ¡Juana, mi nodriza!… ¡Mi pobre Juana!
TOMÁS.
Juana es la que a dos pasos de aquí agoniza en una miserable buhardilla; ¡Juana, la que en el triste beso que te traigo implora tu perdón!
LORENZO.
¡Juana!… ¡Mi segunda madre!… ¡La que durante veinticinco años fue, para mí, madre verdadera! Pero ¿qué hablas de perdón? ¿Qué de transigir con el mal? Ni perdonar es transigir, ni de mi perdón ha menester la pobre anciana. ¡Ella…, ella ser capaz…! ¡Imposible!
TOMÁS.
No tan imposible. Cuando la doncella que guardaba las joyas de tu madre dio parte al juez de la pérdida del magnífico medallón de brillantes y se hicieron las primeras investigaciones, Juana negó tenerlo; y, sin embargo, averiguóse que ella lo había arrancado de tus manos al perder tú el sentido, y dos días después fue sorprendida al dejar el medallón tras unos jarrones de porcelana. Redújosela a prisión, fue condenada, en cárcel infamante sufrió la pena de su delito, y sólo tus influencias y tus eficacísimas recomendaciones pudieron devolverle, ya que no la honra perdida, la libertad al menos.
LORENZO.
(Con exaltación.) Y bien; yo digo que Juana acusada, que Juana en el banquillo del reo, que Juana en infamante reclusión, es inocente, y que la justicia humana se equivoca.
TOMÁS.
Las apariencias…
LORENZO.
Engañan no pocas veces.
TOMÁS.
¿Y cómo se explica?
LORENZO.
Alguna explicación tendrá; algún misterio hay aquí, que ignoramos.
TOMÁS.
(A ÁNGELA.) Ya se lanzó a caza de misterios y en busca de explicaciones sobrenaturales por un hecho que, a mi modo de ver, tiene sencilla y natural explicación en la flaqueza humana.
LORENZO.
Pues yo sé que mi pobre nodriza era incapaz de acción tan baja. Yo la hubiera defendido, a no impedírmelo la enfermedad que sufrí a la muerte de mi madre; y cuando, libre ya, la pobre mujer desapareció, lágrimas de verdadero dolor vertí por ella. Dios sabe si con afán la busqué por todas partes; Dios sabe si deseaba que viniese a mí… Y ella… Cruel… ¿Por qué no vino? No, Juana; mi buena Juana, no morirás sin que yo te estreche en mis brazos, sin que te devuelva tu beso de despedida. (Con agitación creciente. Toca un timbre, y aparece un criado de librea.). ¡Hola! ¡El coche!… ¡Al momento! ¡Al momento!… ¡Voy a traerla a mi casa… ahora mismo!… ¿No es cierto, Ángela, que debo traerla? ¿No es cierto, Inés?
ÁNGELA.
En todo caso, es una obra de caridad.
LORENZO.
¡Es una justísima reparación! (Sale un momento por la puerta de la izquierda.)
TOMÁS.
¡Es lo más bueno…, pero lo más cándido! Y creerá como artículo de fe todo lo que esa pobre anciana le cuente. Y él mismo le ayudará a inventar cualquier historia extravagante. ¡Ay Ángela! Tenemos que hacer un escrutinio en esa librería, como aquel donoso y grande que hicieron el cura y el barbero en la del Ingenioso Hidalgo.
ÁNGELA.
¡Ah, si yo pudiera! (Vuelve a entrar DON LORENZO, en traje de calle.)
LORENZO.
(A DON TOMÁS.) Ea, en marcha; tú vienes conmigo, para ayudarme a traerla.
TOMÁS.
Siempre estoy a tus órdenes.
LORENZO.
Pero ¿crees que pueda venir?
TOMÁS.
Muere la infeliz de consunción, y lo mismo puede expirar ella en su buhardilla, que sobre los almohadones de tu coche, que al entrar en este para ella encantado palacio. Posible es, sin embargo, que la reanime la alegría y que gane algunas horas de existencia.
LORENZO.
Pues vamos allá. Adiós, Ángela; adiós, Inés.
INÉS.
(Con mimo.) Adiós… ¿Y luego… verás a la duquesa?…
LORENZO.
Sí, hija mía, iré más tarde. Tú puedes esperar; la pobre anciana, no; ella es primero.
ÁNGELA.
(Aparte, a DON TOMÁS.) ¿Y casándose mi niña, usted me responde que no corre ningún peligro?
TOMÁS.
Los del matrimonio, señora, que no son pocos. (DON TOMÁS y ÁNGELA salen por el fondo hablando en voz baja. Detrás, DON LORENZO e INÉS; ésta le despide en la puerta.)
ESCENA IV
INÉS vuelve al centro del escenario, alegre como una niña, batiendo palmas.
INÉS.
¡Hoy mismo hablará a la duquesa! Me lo ha prometido, y él es muy formal; cumple siempre lo que promete. ¡Pues claro, le hablará! ¡Y mi padre habla tan bien! Vaya; como que es un sabio. La convencerá, de seguro. Pues si un hombre como él no supiera convencer a esa señora de que yo debo casarme con Eduardo, ¿de qué le servía haber estudiado tanto? ¿Para qué tener tantos libros en francés, y en italiano, y en alemán, y hasta en griego? ¡Ciencia más inútil! Pero, ¡ca!, de la duquesa hará lo que él quiera. Además, dicen todos que ella es una santa. ¡Pues no! Como que es la madre de Eduardo. Una santa: lo dicen todos. Pues si siendo santa no me deja casar con Eduardo, ¡buena santidad te dé Dios! ¿Para qué le sirve su santidad? Nada, nada, nos casaremos; digo que nos casaremos. (Breve pausa.) ¡Si parece mentira; si parece un sueño! ¡No, Dios mío: si es un sueño, que no despierte jamás! Pero no es sueño. Este es el despacho de mi padre. Esos son sus librotes. (Acercándose a uno de los estantes.) Newton, Kant, Hegel, Humboldt, Shakespeare, Lagrange, Platón, Santo Tomás… Claro, si fuera un sueño, no me acordaría yo de todos esos nombres. Ni ¿qué sé yo de tan ilustres señores? (Mirando por el balcón.) Cuando repito que no es sueño: allá fuera, la lluvia que cae, y cae, y cae… ¡Qué cosa tan alegre es la lluvia! ¡Parece que el aire se convierte en barritas de cristal! Y allí en el espejo me veo yo. (Se acerca al espejo con mimo y coquetería.) Yo soy, yo misma bien me conozco. Yo, con mi cara ovalada, que dice Eduardo que es ¡de un óvalo tan perfecto!… ¡Vea usted qué gusto tiene! Y con mis ojos pardos, que dice Eduardo ¡que son tan hermosos! No, para mentir diciendo cosas agradables no hay otro como él. Verdad es que en este momento, con la alegría y con el calor de la chimenea, brillan mis ojos de un modo… Yo quisiera ser muy bonita; más bonita todavía…, para él…, para él…, ¡Y no viene!… ¡Cuánto tarda! Ahora que deseo yo que venga, no ha de venir… Ya verá usted cómo no viene. ¡Ah, los hombres, qué egoístas son y qué malos!
ESCENA V
INÉS y EDUARDO.
INÉS.
(Saliendo a su encuentro.) ¡Eduardo…, Eduardo!
EDUARDO.
¡Inés de mi vida!
INÉS.
¡Vaya una hora de venir!
EDUARDO.
(Con tono sumiso.) Siempre vengo a las dos.
INÉS.
Y son las tres.
EDUARDO.
¿Es posible? (Mirando el reloj.) No, vida mía; las dos menos cuarto.
INÉS.
(Con autoridad.) Las tres.
EDUARDO.
(Señalando el reloj.) Las dos menos cuarto. ¿Te convences? (Señalando el reloj de la chimenea.) Y en ése, la misma hora.
INÉS.
(Ofendida.) Bueno, bueno; tú tienes razón. ¡Qué amante tan fino, que regatea los minutos; que a toda hora le parece temprano para venir, y a toda hora tarde para separarse de su Inés; que sujeta los latidos de su corazón al volante de su cronómetro!
EDUARDO.
(Suplicante.) ¡Inés!
INÉS.
Vete… Vete… Si no son las dos todavía… Si faltan quince minutos… Te vas a la Carrera de San Jerónimo, das un paseo mirando a la gente, y a las dos en punto vuelves.
EDUARDO.
Inés.
INÉS.
¡Si ésa es la hora a que acostumbras venir! ¡Pues no faltaba más! ¿Qué diría el Observatorio Astronómico si adelantases?
EDUARDO.
¡Por Dios, perdóname!… He hecho mal.
INÉS.


















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