Skip to content

Хосе Эчегарай. Безумие или святость. José Echegaray. O locura o santidad


| Email This Post Email This Post | Print It Print It |
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (No Ratings Yet)
Loading ... Loading ...



#193;NGELA.
Pero ¿qué? ¿Que no somos nobles y que la madre de Eduardo, la duquesa viuda de Almonte, se opone a esta unión? ¿Y qué importa, si él quiere y no es ella la que ha de casarse?
LORENZO.
Ángela, piénsalo bien; ¡dar pábulo nosotros a la rebeldía del hijo contra la madre!…
ÁNGELA.
Piénsalo bien, Lorenzo: ¡sacrificar nuestra hija a las vanidades de esa mujer!
LORENZO.
Lamentar vanidades y desdichas, cosa fácil me parece; buscar remedio al daño es lo que importa…
ÁNGELA.
¿Por qué no hablar a la duquesa? Dicen que, aparte de sus preocupaciones aristocráticas, es buena mujer, y que con delirio quiere a su Eduardo. Vas allá, y de suplicas y le ruegas.
LORENZO.
¡Yo suplicar! ¡Yo rogar! ¡Humillarme yo! No soy yo ciertamente quien ha de ir a pedirle su hijo; ella es la que debe venir a mi casa a pedirme la mano de Inés. Las conveniencias sociales, el respeto a la mujer, mi propio decoro, así lo exigen.
ÁNGELA.
(Dirigiéndose a DON TOMÁS, que se habrá acercado a la mesa y estará hojeando libros.) Aquí tiene usted al filósofo, al sabio, al hombre perfecto, rebosando vanidad y orgullo.
LORENZO.
Ángela, eres injusta; no es orgullo, es dignidad; dignidad, sí; porque no es decoroso que mendiguemos para la frente de Inés, que en sí lleva la mejor corona, la corona ducal que, desdeñosa, nos niega otra familia; no es decoroso, repito, que vayamos de puerta en puerta, y menos si en sus dinteles hay labrados blasones, tendiendo la mano para que nos hagan la limosna de un nombre, cuando Inés tiene el mío, tan bueno, por limpio y por honrado, como otro cualquiera que lo se a mucho.
TOMÁS.
Lorenzo tiene razón; pero usted, Ángela, también la tiene.
ÁNGELA.
Pues bien: no vayas tú; conserva incólume tu dignidad de sabio y de filósofo. Yo, que no soy más que una pobre madre, yo iré. A mí no me causa sonrojo ir de puerta en puerta mendigando, no coronas ni blasones, sino la felicidad y la vida de mi hija.
LORENZO.
Ni a mí tampoco, Ángela: tienes razón. Diga el mundo lo que quiera, piense lo que pensare la duquesa, iré. (A DON TOMÁS.) ¿No es verdad que debo ir? Tú, que tienes un criterio recto y severo, y que juzgas las cosas a sangre fría, dime tu opinión con franqueza.
ÁNGELA.
¡Ah! ¡Qué hombre! ¡Pues no está discutiendo si debe o no debe ir! Estas cosas, señor filósofo y señor marido, se resuelven con el corazón, no con la cabeza. Mucho es que no empezaste a revolver librotes, buscando en ellos la solución del problema. A maravilla tengo que no estés ya escudriñando si entre los filósofos alemanes, o entre los clásicos griegos, o en la ininteligible maraña de tus obras matemáticas, no hubo algún autor que tratase concretamente del caso peregrino del futuro casamiento de la señorita doña Inés de Avendaño con don Eduardo de Almeida, duque de Almonte; y cuenta que, si por a más b, te demostrase algunos de tus predilectos sabios la inconveniencia del casamiento, por a más b dejarías morir a la pobre hija de mi alma.
LORENZO.
No te burles de mí, Ángela. Tú sabes que adoro a Inés.

ESCENA III

DON LORENZO, ÁNGELA, DON TOMÁS e INÉS. Esta última entra por la derecha, primer término, al pronunciar DON LORENZO las últimas palabras, y se detiene al oír su nombre.

LORENZO.
¡Qué es por su vida! ¡Que es por su felicidad! No; por secar una lágrima suya, diera yo todas las de mis ojos; por una hora de ventura para mi Inés, trocaría yo contento en horas de martirio todas las que me restan de existencia. (INÉS, Sin que la vean todavía, tiende los brazos hacia su padre con expresión de cariño y agradecimiento, y le manda un apasionado beso.) Vaya, no hablemos más del asunto. Iré hoy mismo a ver a la duquesa; rogaré, suplicaré, me humillaré si es preciso, y cederá. ¿No, ha de ceder? (Movimiento de alegría en INÉS. ÁNGELA se acerca y coge de la mano a su esposo con efusión.) No tengo títulos de nobleza; pero tengo un nombre, que si por el trabajo y el estudio no he podido hacer ilustre…
TOMÁS.
Ilustre, sí, mi buen Lorenzo.
LORENZO.
Ilustre, no; pero sí respetable. Y tengo, además, muchos millones, que heredé de los míos, y que cederé a Eduardo y a la duquesa para que doren de nuevo sus soberbias coronas, un tanto deterioradas por el tiempo. Conque ya lo sabes. (A ÁNGELA.): se casará Inés y será feliz, y su felicidad será la nuestra.
ÁNGELA.
Y la tuya, la de todos nosotros, que viviremos mirándonos en ti. ¡En ti, Lorenzo mío, que cuando no te embrutece la ciencia eres el más amante, el más bondadoso y el mejor de los hombres!
INÉS.
(Desfalleciendo y apoyándose en la puerta para no caer.) ¡Ay Dios mío! ¡Dios mío!
ÁNGELA.
(Corriendo a sostenerla.) ¡Inés, hija mía!
LORENZO.
(Lo mismo.) ¡Inés, Inés!… ¿Qué tienes?
TOMÁS.
(Acercándose a ella.) Vamos, niña, ¿qué mimos son esos?
INÉS.
(Acercándose al sofá de la derecha y sentándose en él. Todos los demás la rodean con solicitud.) Nada, no es nada…; es… que quiero llorar…, y tengo tanta alegría, que no puedo… Es que quiero reír y siento que acuden lágrimas a mis ojos… ¡Es que te quiero mucho…, mucho, padre mío! (Abrazándole y haciéndole mimos.) ¡Qué bueno eres!… ¡Qué bueno te hizo Dios!… Soy feliz…, muy feliz. (Rompe a llorar en brazos de su madre.)
ÁNGELA.
Así, hija mía; llora, desahógate. ¿Ves qué bueno es tu padre? Quiérele mucho.
INÉS.
Con toda mi alma… ¿Y cuándo vas a ir? Hoy mismo, ¿verdad?
TOMÁS.
(Burlándose de sus protestas de cariño.) ¡Ah, egoistilla! ¿Conque queremos mucho a papá cuando hace lo que nos agrada? Y si no fuese a casa de la duquesa, ¿le querríamos tanto…, tanto…, tanto como ahora?
INÉS.
Lo mismo.
TOMÁS.
(En tono de duda.) ¿Conque lo mismo?
INÉS.
(Con cierta malicia.) De veras; pero estaría tan triste, que no se me ocurriría decírselo.
TOMÁS.
¡Ya!
INÉS.
Antes, algo me oprimía el pecho y me apretaba la garganta. Ahora, sin esfuerzo alguno…, así…, espontáneamente, a la par que corren dulces lágrimas de felicidad, brotan palabras de cariño. Antes… sólo, hubiera podido decirle: ¡qué desdichada soy, padre mío!… Ahora ya no pienso en mí, pienso en él, y del corazón me sube a los labios este grito de amor: ¡cuánto te quiero! (De nuevo se abraza a su padre.)
LORENZO.
¡Inés, hija mía!
INÉS.
Y a ti también, madre…; a ti también. (Abrazando a su madre; DON LORENZO y DON TOMÁS se separan del sofá, en que quedan ÁNGELA e INÉS, y vienen al centro.)
TOMÁS.
¡Pobre filósofo! Mira, ninguna de las dos ha leído una sola página de todos esos libros, y saben más que tú. Te crees fuerte, y en sus manos eres cera blandísima; te crees sabio, y en sus brazos eres un inocente, por no decir un tonto; te crees justo e incorruptible, y la voluntad de esas dos mujeres te llevaría a todas las injusticias y a todas las flaquezas.
LORENZO.
No, Tomás; cuando la idea del bien me sostiene, mi voluntad es de hierro.
TOMÁS.
No digo «lo veremos» porque son dos ángeles; pero ¡ay, si no lo fuesen! Déjame parodiar al gran poeta y decir en romance: «¡Tentación, llevas nombre de mujer!»
LORENZO.
(Con cierta exaltación.) «¡Palabras, palabras y palabras!», había dicho antes, sin duda en previsión de que tú lo parodiases.
TOMÁS.
¡Ya te subes al trípode!
INÉS.
No incomode usted a papá.
LORENZO.
No incomodan, hija mía, las extravagancias de este doctor.
TOMÁS.
Conque quedamos en que por cariño, por amistad, por amor, por esas que tú llamas atracciones misteriosas de un alma sobre otra alma, se puede y se debe llegar…
LORENZO.
Hasta el sacrificio, sí; jamás hasta la culpa.
TOMÁS.
¡Bonita máxima para un libro de moral!
LORENZO.
Y aún mejor para una conciencia.
TOMÁS.
¿Y no habrá casos en que, para evitar males mayores, tenga que transigir esa catoniana conciencia con uno tan pequeño, tan pequeño, que no llegue a ser ni grano de arena?
LORENZO.
Al echarlo sobre sí, bien pronto pesaría como montaña de granito.
TOMÁS.
¿A la montaña te subes no bastándote el trípode?
INÉS.
Vamos, don Tomás… Que no le diga usted esas cosas a papá.
TOMÁS.
En resumen: guerra a muerte al mal, bajo todas sus formas y disfraces. ¿No es cierto?
LORENZO.
Tú lo has dicho.
TOMÁS.
Pues aplicación inmediata de tu teoría. Y en verdad que lo había olvidado y es toda una . Escúchame atento; oigan ustedes.
LORENZO.
¿Qué es ello? (ÁNGELA e INÉS se acercan a DON TOMÁS.)
TOMÁS.
Rogóme esta mañana una mujer que en su nombre te trajera…
LORENZO.
¿Qué?
TOMÁS.
Un beso.
ÁNGELA.
¡Para él!
LORENZO.
¡Para mí!
TOM

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • YahooMyWeb
  • Digg
  • E-mail this story to a friend!
  • Facebook
  • Google
  • Live
  • Technorati
  • Print this article!
  • MySpace
Tags: , , , , , , , , , , , , ,

Related posts

Post a Comment

You must be logged in to post a comment.