(Dándose una palmada en la frente.) Ah, lo comprendo. (Mirando a DON TOMÁS y a ÁNGELA.) ¡Antes hablaban de una prueba!… ¡Tú!… ¡Y tú!… (A ÁNGELA y DON TOMÁS.) ¡La quitaron de allí!… ¡Jesús! ¡Jesús! (Se aparta de ellos con horror; todos se separan de él, y de este modo queda en el centro, pero un poco aislado. El actor interpretará este momento como crea oportuno. Pausa.) ¡Sea! ¡Sea!… ¡Vencido!… ¡Miserablemente vencido!… ¡Cómo se gozan en su triunfo! ¡Con qué hipócrita dolor me contemplan! ¡Y fingen que lloran! ¡Todos lo fingen! (Pausa.) ¡Ay… mi corazón! ¡Ay… ilusiones de la vida!… ¡Ay… el amor!… ¡Ay… mi hija! ¡Mi hija!… ¡Fantasmas que giran y huyen…, huid para siempre!… ¡Y yo creía en todo! ¡Qué azul era el cielo! ¡Qué blanca la frente de Inés!… Y ahora, ¿en qué voy a creer? Ya lo veis: no lucho. Cedo; vuestra es la victoria. Aquellos hombres, ¿para qué han venido, si yo no resisto? Iré a donde queráis. ¡Adiós! (A DON TOMÁS, que se le acerca y le coge la mano.) ¡No me toques! ¡Cuando la piel humana me roza, me parece que sobre mi carne deslizan víboras.! Yo solo…, solo, subiré a mi calvario, con la cruz de mis dolores, sin infame Cirineo que me ayude. Adiós, amigo leal. (Siempre a DON TOMÁS.) Tú, que has salvado la fortuna de esta desconsolada familia de entre las manos de un loco. Adiós, Ángela…, mi tierna esposa… ¡Veinte años hace que te di, loco de amor, el primer beso! ¡Hoy, también loco, te envío el último! (Envía un beso con grito horrible de desesperación.)
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
¡Pero no te acerques, que pudiera ahogarte entre mis brazos! (ÁNGELA retrocede.) ¡Adiós, Inés, hija mía!… (Con voz llorosa.) Si puedes…, sé feliz… A ti nada te digo… No puedo hablarte con enojo. (Da algunos pasos y se detiene, falto de fuerzas; quieren acercarse a él, pero los rechaza.) Dejadme: no necesito a nadie. El sudor empapa mi frente, y la sed seca mis labios, y algo que quema mucho hincha mis párpados. (Deteniéndose.) Oye…, Inés… ¡Hija mía! Si aún me conservas algún amor; si, por ventura, sientes compasión hacia tu padre; si te pesa lo que entre todos habéis hecho…, ¡ven por última vez a mis brazos! ¡Que yo lleve a ese infierno de dolor que me aguarda una lágrima de tus ojos en mi frente y un beso de tus labios en mis labios!
INÉS.
¡Padre! (Quieren sujetarla; pero se desprende de todos y corre hacia DON LORENZO, que se precipita hacia ella y la oprime frenético contra su pecho.)
LORENZO.
¡Hija! (Todos se precipitan hacia ellos, pero sin pretender separarlos todavía.)
INÉS.
¡No…, que no te lleven! ¡Yo te amo!… ¡Todos mienten, menos tú!
LORENZO.
¿Tú no quieres que me lleven aquellos hombres?
INÉS.
¡No…, no!… ¡Defiéndete!… ¡Defiéndeme a mí!…
LORENZO.
(Quiere huir con ella, oprimiéndola contra su pecho.) ¡Sí!… ¡Yo te defenderé!… ¡Que te arranquen de mis brazos!
ÁNGELA.
¡Mi hija!… ¡Mi hija!… ¡Socorro! (EDUARDO, DON TOMÁS y BERMÚDEZ pugnan por separar al padre de la hija.)
LORENZO.
¡No la soltaré!… ¡Eternamente contra mi pecho!
INÉS.
¡Sí, sí, padre mío! ¡Defiéndeme!
DOCTOR.
Es preciso.
EDUARDO.
¡Don Lorenzo!
TOMÁS.
¡Lorenzo!
DUQUESA.
¡Dios mío! ¡Va a matarla como mató a Juana!
ÁNGELA.
¡Inés! (Todos estos gritos, casi simultáneos; la lucha, rápida; los LOQUEROS salen. Por último, los hombres sujetan a DON LORENZO, y las dos mujeres contienen a INÉS, arrancando de este modo, a viva fuerza, a la hija de los brazos de su padre.)
EDUARDO.
¡Al fin!
LORENZO.
No he podido más, hija…, no he podido más… Aquí, sobre mi rostro, siento tus lágrimas y tus besos… Ella me amaba…, era inocente… ¡Dios mío, ya lo veo, Tú aceptaste mi martirio en aquella noche de lucha y de tentación a cambio de su dicha! ¡No me arrepiento! ¡Hazla dichosa…, muy dichosa!…, y para mí…, ¡para mí sólo su cáliz de amargura!
INÉS.
¡Adiós! ¡Yo iré a salvarte!
LORENZO.
¿Qué podrás tú…, hija mía…, si Dios no me salva? (Queda cerca del gabinete, entre los LOQUEROS, EDUARDO, DON TOMÁS y BERMÚDEZ, que le sujetan. INÉS, contenida por las mujeres y en primer término, tendiendo hacia él los brazos. Telón.)
FIN DE «O LOCURA O SANTIDAD»
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