O.
Y, además, de una indigna traición.
TOMÁS.
¡Lorenzo!…
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Déjele usted decir.
LORENZO.
Y de un ejemplar castigo.
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Muy grave, amigo don Tomás…, muy grave.
LORENZO.
(A DON TOMÁS.) Avisa a todos… A todos, propios y extraños. Que vengan aquí, y que esperen aquí mis órdenes mientras yo cumplo allá mi deber. ¿A qué aguardas?
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) No hay que contradecirle; avise usted. (DON TOMÁS toca un timbre; aparece un CRIADO, a quien habla en voz baja, y el cual luego sale por la derecha.)
LORENZO.
Es la última prueba. Casi me inspiran lástima los traidores. ¡Ah!, la seguridad del triunfo me sostiene. Calma, corazón. Ya están… Ya están… ¡No quiero verlas!… ¡A mí, que tanto las amaba!… ¡No quiero…, y a ellas se tornan mis ojos…, y las buscan…, y las buscan!…
ESCENA XII
DICHOS, ÁNGELA, INÉS, la DUQUESA y EDUARDO, por la derecha.
LORENZO.
¡Inés! ¡No es posible!… ¡Ella! ¡No es posible!… ¡Hija mía! (Se precipita con los brazos abiertos hacia ella. INÉS corre a su encuentro.)
INÉS.
¡Padre! (Al ir a abrazarle, se interpone BERMÚDEZ, que los separa violentamente.)
DOCTOR.
¡Eh!… Vamos… Don Lorenzo, puede usted causar mucho daño a su hija.
LORENZO.
(Cogiéndole por un brazo y sacudiéndole con violencia.) ¡Miserable!… ¿Quién eres tú para separarme de ella?
TOMÁS.
¡Lorenzo!
EDUARDO.
¡Don Lorenzo!
ÁNGELA.
¡Dios mío! (Las mujeres se agrupan instintivamente: INÉS, en los brazos de su madre; la DUQUESA, junto a las dos; DON TOMÁS y EDUARDO acuden a librar a BERMÚDEZ de las manos de DON LORENZO.)
LORENZO.
(Dominándose, aparte.) ¡Ya!… Pensarán los imbéciles que es un nuevo acceso de locura. ¡De locura! ¡Ja, ja, ja! (Riendo con carcajada contenida. Todos lo observan.)
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Evidente.
ÁNGELA.
(Aparte.) ¡Ah, mi pobre Lorenzo!
INÉS.
¡Ah, padre mío!
LORENZO.
(Aparte.) Ya veréis como acaba mi locura. Antes de salir de esta casa, ¡con qué placer arrojaré a ese doctor! ¡Ánimo! La lucha me da fuerzas. Pues qué, ¿no hay más que declarar loco a un hombre porque cumple con su deber? ¡Ah!… No es posible. La Humanidad no es tan ciega o tan infame. Basta ya. Calma. Traición, empieza tú, y empieza tú, castigo. (En voz alta.) Ha llegado la hora de que cumpla un deber sagrado, aunque por todo extremo doloroso. Inútil es que ustedes presencien formalidades, que la ley exige, y que fueran harto molestas. El representante de la ley allí me espera, y yo, cumpliendo otra ley más alta, voy a despojarme de bienes que no son míos y de un nombre que, en conciencia, ni yo puedo llevar, ni puede llevar mi familia. Después vendré aquí, y con mi esposa, y con mi…, con mi hija; sin que nadie me lo pueda impedir, sin que podáis resistirme vosotras, saldré de esta casa, que fue para mí pasado de amor y felicidad; que es hoy presente de traición y de infamia. Señores (A DON TOMÁS y BERMÚDEZ.), ustedes me preceden; yo se lo ruego. (Entran todos lentamente en el gabinete de la izquierda. Al salir, dirige DON LORENZO una mirada a INÉS.)
ESCENA XIII
ÁNGELA, INÉS, la DUQUESA y EDUARDO. Las tres mujeres, en primer término. EDUARDO, escuchando a la puerta del gabinete.
INÉS.
¡Dios mío, sálvale!
ÁNGELA.
(Abrazando a su hija.) Sí, tienes razón. Pensemos sólo en él; pidamos sólo por él.
DUQUESA.
Deber sagrado es en ustedes anteponer a su dicha la de don Lorenzo; pero, en todo caso, obligación no menos sagrada es conformarse con una más alta voluntad que la nuestra. (Pausa.)
INÉS.
(A EDUARDO.) ¿Qué dice?… ¡Por Dios!… ¿Qué dice?
EDUARDO.
Está hablando; su frase es fría y severa; pero sin vacilaciones ni ambigüedades. (EDUARDO vuelve a la puerta.)
ÁNGELA.
¡Qué angustia, qué ansiedad! ¡La muerte es preferible a este suplicio!
INÉS.
¡Y qué importa lo que diga mi pobre padre, si de antemano está juzgado!
ÁNGELA.
No, hija mía; no digas eso.
INÉS.
Sí; lo digo porque yo lo siento, porque yo lo veo en los que ahora son sus jueces.
ÁNGELA.
Pero ¿qué ves?
INÉS.
En esa gente, la monomanía del oficio…
ÁNGELA.
¿Y en Tomás?
INÉS.
Sus opiniones científicas… Qué sé yo… Sus propias locuras…
ÁNGELA.
¿Pero en mí?
INÉS.
(Abrazándose a ella.) ¡El amor que me tienes!
ÁNGELA.
¡Calla, Inés, calla!
INÉS.
¡Todos contra mi padre! ¡Pobre padre mío!
DUQUESA.
Usted delira, Inés.
INÉS.
Sí, deliro; como usted y como todos nosotros, ¡menos él…, menos él!… ¡Me lo dice el corazón! Usted misma, señora, lo que desea es la felicidad de Eduardo; y Eduardo, mi amor; y su amor, yo; y mi padre, su virtud, su honradez, son obstáculos para todos nosotros, y en todos nosotros se agita algo oscuro que envuelve en sombras nuestras conciencias. ¡Padre mío! ¡Padre mío!
ÁNGELA.
¡Por Dios, Inés, qué ideas!
INÉS.
¿Qué dice?… ¿Qué dice?… ¡Oigo su voz!
EDUARDO.
(Acercándose.) Habla de una prueba terminante.
INÉS.
(A EDUARDO.) ¿Y ahora?
EDUARDO.
Le exigen la presentación de la prueba para que conste en el acta y para su entrega al juez.
ÁNGELA.
¿Y él?
EDUARDO.
El sonríe con risa de triunfo. Está pálido, muy pálido; pero sereno y digno. Aquí se acerca. (Viene EDUARDO al proscenio y dice, aparte.) Este hombre me da miedo.
INÉS.
(Aparte.) ¡Ojalá…, aunque muera mi amor!
ÁNGELA.
(A la DUQUESA) ¿Será verdad?
DUQUESA.
(A ÁNGELA.) ¿Será verdad?
EDUARDO.
(Aparte, viendo entrar a DON LORENZO.) ¡Ah! ¿Seré yo el insensato?
ESCENA XIV
ÁNGELA, INÉS, la DUQUESA, EDUARDO, DON LORENZO, el DOCTOR y DON TOMÁS. La situación de los personajes es la siguiente: Las tres mujeres, formando un grupo, estrechamente unidas, junto al sofá, en el cual se apoyan. EDUARDO, detrás del sofá, mirando a DON LORENZO con temor y como dominado por él. DON LORENZO, avanzando tranquilo y altivo hacia el centro del escenario. DON TOMÁS y BERMÚDEZ vienen detrás de él y se detienen a algunos pasos de la puerta.
LORENZO.
(Acercándose a la mesa y poniendo la mano, con aire de triunfo, sobre el pupitre.) Aquí está la prueba… Aquí está la verdad. (Pausa. Abre el pupitre y saca el sobre con el pliego en blanco. Después avanza hacia el proscenio. DON TOMÁS y BERMÚDEZ, por un lado; EDUARDO, por otro, se aproximan a él.) ¡Desdichados los que imaginaban sacrificarme a su interés o a su pasión! ¡Cuán amargo será el desengaño! ¡Cuál cruel será el castigo! ¡Ojalá pudiera mitigarlo mi perdón! (Profundamente conmovido.)
ÁNGELA.
(Acercándose.) ¡Lorenzo!
INÉS.
¡Padre!
LORENZO.
¡Esta es la prueba, Tomás; ésta es la prueba, Ángela; ésta es la prueba, hija mía! Oíd. (Pausa. DON LORENZO rompe el sobre. Todos se acercan a él y le rodean.) Esta es… ¿Qué es esto? (Separando el papel de sus ojos y pasando por ellos las manos.) ¿Qué sombras empañan mis ojos?… ¿Hay lágrimas en ellos y me impiden ver?… No… Antes lloré… Ahora no estoy llorando. (Vuelve a mirar el papel con horrible ansiedad, lo extiende, lo vuelve, busca por todas partes lo escrito.) Pero ¿dónde está lo que escribió aquella mujer?… Si yo lo he leído mil veces… Y ahora no puedo… (A DON TOMÁS, mostrándole el papel.) ¿Qué dice aquí?… Lee… Lee pronto… Pero ¿qué dice?
TOMÁS.
Nada, pobre Lorenzo.
LORENZO.
¡Nada!… (Mirando otra vez el papel.) ¡Me engañas! ¡Bermúdez, ése me engaña! ¡Es uno de los miserables que han urdido esa infame traición!… Lea usted… Lea usted…
DOCTOR.
Está en blanco el papel.
LORENZO.
¡No hay nada escrito! ¿Dice usted que no hay nada escrito? No es verdad… No… No es verdad. ¡Inés, hija mía, mi único amor, ven, salva a tu padre!… ¿Qué dice aquí?
INÉS.
¡Nada veo, padre mío!
LORENZO.
Nada… Tampoco ella… Pero esto, ¿no es una prueba?
TOMÁS.
Sí, desdichado amigo… Una prueba… y harto cruel.
LORENZO.


















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