01;S.
¿Qué visión siniestra pasa ante mi vista? ¡Aquellos hombres.!… No, padre, no entres ahí.
EDUARDO.
¡Ven…, ven, Inés mía!
INÉS.
(A su padre.) No…, no… Yo te lo ruego.
LORENZO.
(Dirigiéndose a ella.) ¡Inés.!
INÉS.
¡Aquellos hombres! ¡Aquellos!… Mira. (Extendiendo el brazo hacia el gabinete. DON LORENZO se detiene y mira también; en este instante, los loqueros, al oír los gritos, asoman por entre los cortinajes la cabeza.)
EDUARDO.
(Llevándose a INÉS.) ¡Por fin!…
ESCENA IX
DON LORENZO, BRAULIO y BENITO. Breve pausa.
LORENZO.
¿Quiénes podrán ser? Pasen ustedes. (Los loqueros entran con cierta timidez; hablan con frases cortadas y secas.)
BRAULIO.
¡Don Tomás!
LORENZO.
(Aparte.) Ya comprendo.
BENITO.
Nos dijo que esperásemos ahí…
LORENZO.
Dispensen ustedes: yo no sabía…
BRAULIO.
No hay de qué.
LORENZO.
(Aparte.) Extraño aspecto, en verdad. (Alto.) Pero siéntense ustedes.
BENITO.
Gracias.
BRAULIO.
Estamos bien de cualquier modo.
LORENZO.
No puedo consentir…
BRAULIO.
Usted se empeña…
BENITO.
Si el señor lo manda, mejor se espera así. (Se sientan ambos en el sofá; DON LORENZO queda en pie.)
LORENZO.
(Aparte.) Algo siniestro se refleja en esas miradas, o es que la mía refleja los relámpagos que cruzan por mi espíritu. (Los observa de nuevo con atención. En voz alta.) Inés fue la que al pasar los vio a ustedes y la que me previno.
BRAULIO.
Sí, una señorita muy bella.
BENITO.
Pero muy triste.
BRAULIO.
Parecía una Dolorosa. (A cada contestación que dan los loqueros, que debe ser, como queda dicho, cortada y seca, guardan silencio, por decirlo así, repentino, permaneciendo rígidos e inmóviles y mirando hacia el frente con cierta vaguedad.)
LORENZO.
Se asustó al verlos a ustedes y vino huyendo; no lo extrañen; la pobre está muy enferma… y es casi una niña…
BRAULIO.
(Con cierta sonrisa vaga y como idiota.) Siempre nos sucede lo mismo en las casas.
LORENZO.
(Aparte, con extrañeza.) ¡En las casas!
BENITO.
(Fijando su vista casi por primera vez en DON LORENZO, y después volviendo a mirar al frente.) Será la hija de ese pobre señor, ¿eh?
LORENZO.
¿De quién?
BENITO.
(Sin mirarle.) Del que está… (Hace un movimiento, llevándose la mano a la frente, pero sin mirar a DON LORENZO. DON LORENZO hace a la vez otro movimiento de sorpresa que sólo el actor puede interpretar debidamente. Como ninguno de los loqueros lo mira, no pueden observarlo.)
LORENZO.
(Aparte.) ¡Ah! ¡No! ¡Qué idea! (En voz alta y dominándose.) Justo; Inés es la hija de… (Desde este momento, DON LORENZO los observa con creciente ansiedad.)
BENITO.
¡Qué hermosa es! Pero ¡qué triste está!
BRAULIO.
¡Ya! Motivos tiene para estar triste.
LORENZO.
¿Ustedes saben?
BRAULIO.
(Mirando otra vez a DON LORENZO y luego separando la vista.) Todo.
LORENZO.
¿Don Tomás les ha dicho?
BENITO.
¿A nosotros? No.
BRAULIO.
El habló con el doctor.
BENITO.
¿A nosotros?. ¿Con qué objeto? Nosotros, en cumpliendo con nuestra obligación…
LORENZO.
(Aparte.) Siento un sudor frío, como sudor de muerte, por todo mi cuerpo. Yo deliro… Nada de esto es verdad, (Repitiendo maquinalmente.) Con su obligación…
BRAULIO.
Nosotros, en estando a la mira por si se desmanda…
LORENZO.
Por si se desmanda… ¿Quién?
BRAULIO.
¡Él!
LORENZO.
(Retrocede unos pasos, mirándolos con terror; se pasa la mano por la frente como para desechar una idea; retrocede más, vacila y se apoya en la mesa. Después habla con voz opaca, muy baja y cortando las palabras.) ¿Conque ustedes lo saben todo?
BRAULIO.
Casi todo.
BENITO.
Como hace tanto que esperábamos, hemos oído las conversaciones de los criados.
LORENZO.
¿Y ellos?
BRAULIO.
De pe a pa. Parece que anteanoche tuvo don Lorenzo un ataque. Usted lo sabrá mejor que nosotros.
LORENZO.
(Con voz cada vez más apagada y más sombría.) Sí.
BENITO.
Dícese que ahogó a una pobre anciana. (DON LORENZO hace un movimiento de horror y de nuevo se cubre el rostro con las manos.)
BRAULIO.
¡Vaya con el hombre! ¡Bien empieza!… Y claro… Siempre sucede lo mismo… La familia…
LORENZO.
¡La familia! (Separando las manos, dando unos pasos como movido por una sacudida eléctrica, mirándolos con suprema ansiedad y hablando con voz sorda.)
BRAULIO.
¡Pues! La familia…, es natural… Como que dicen que quería regalar toda su fortuna. ¡Qué sé yo cuántos millones! ¡Diablo de loco! Nada; lo mejor es lo que han dispuesto: fuera, fuera. Nos lo llevamos y quedan las señoras tranquilas…
LORENZO.
¿A mí?… ¿Ellas? ¿Ángela?… ¿Inés?… ¡No! ¡No! ¡Imposible! (Retrocede de nuevo hacia la izquierda. Sólo el talento del actor puede interpretar estos gritos desgarradores.)
BRAULIO.
(Volviéndose hacia DON LORENZO. Aparte.) Pero ¿qué tiene este señor? (A BENITO.) Mira…, mira. (Ambos loqueros se incorporan un tanto y se inclinan hacia la izquierda, mirando con curiosidad a DON LORENZO; debe estudiarse con cuidado el grupo que forman dichos personajes.)
LORENZO.
¡Aire! ¡Luz! No… ¡Luz, no! ¡Tinieblas! ¡No quiero ver! ¡No quiero pensar! (Cae en el sillón y hunde la cabeza entre las manos.)
BENITO.
¡Toma! Si yo creo que es…
BRAULIO.
¡Buena la hicimos!
BENITO.
¡Quién pensara!
BRAULIO.
Volvámonos a nuestro escondite.
BENITO.
¡Y chitón! No digamos nada. (Se levantan, y con mucha precaución, y observando a DON LORENZO, sin cesar, se dirigen al gabinete.)
BRAULIO.
Claro. Ni una palabra. Nos mandaron que ahí, pues ahí. No debimos movernos.
BENITO.
Como se oían gritos y llantos… (Llegan a la puerta, se detienen y miran a DON LORENZO, que sigue en la misma actitud. Un CRIADO entra por el fondo, pasa rápidamente y sale por la derecha.) Déjale… Déjale… Mientras esté tranquilo… (Entran en el gabinete y cierran la puerta.)
ESCENA X
DON LORENZO y DON TOMÁS con el CRIADO, por la derecha.
LORENZO.
¡Dios mío! ¡Aparta el cáliz de mis labios!… ¡No puedo más, no puedo más!… ¡Si es que no puedo más! (Solloza con desesperación.) ¡Me hiciste creer en ellas! ¡Me hiciste amarlas!… ¡Y ellas, las traidoras!… ¡No!… ¡No! ¡Señor, me has dado la vida, quítamela pronto!… ¡Mira, Dios mío, que me asalta horrible tentación de arrancar con mis propias manos la podrida vestidura de mi carne! ¡Morir…, quiero morir!… ¿Lo ves?… ¡De rodillas te lo pido!»… ¡De rodillas!… ¡Sé bueno!… ¡Sé compasivo!… ¡La muerte!… ¡La muerte!… ¡La muerte a mí, pálida mensajera de tu amor! (Cae de rodillas junto al sillón, y, apoyándose en él, dobla la cabeza y oculta el rostro en las manos.)
TOMÁS.
(En voz baja, al CRIADO.) ¿Vienen ambos?
CRIADO.
(Lo mismo a DON TOMÁS.) Sí, señor; el escribano y el doctor Bermúdez. (DON TOMÁS y el CRIADO se detienen en el centro al reparar en DON LORENZO, que sigue de rodillas y sollozando.)
TOMÁS.
(Dando un paso hacia DON LORENZO. Luego se arrepiente y se dirige al fondo.) ¿Para qué? Terminemos pronto. (Salen DON TOMÁS y el CRIADO.)
ESCENA XI
DON LORENZO; después DON TOMÁS y el DOCTOR BERMÚDEZ.
LORENZO.
¡Ya estoy más tranquilo! ¡La herida es mortal! ¡La siento… aquí, en el corazón! ¡Gracias, Dios bueno! (DON TOMÁS y el DOCTOR entran por el fondo y se detienen observando a DON LORENZO.)
TOMÁS.
Mírelo usted allí…, junto al sillón.
DOCTOR.
¡Desgraciado!
LORENZO.
(Levantándose, y aparte.) ¡Ah, ser miserable! Todavía…, todavía… acariciando esperanzas imposibles… ¿Imposibles?… ¿Y si ellas creen de buena fe que yo…? ¡Ah, si me amasen, no lo creerían! (Con desesperación. Pausa.) Yo le oí a Inés, a la hija de mi alma…, decir: «¡Remordimientos!» ¿Por qué decía remordimientos? (Con agitación creciente y en alta voz.) ¡Todos… miserables!… Casi se alegrarían de que yo muriese… No…, no moriré hasta cumplir mi obligación de hombre honrado, hasta dar desenlace a mi locura.
TOMÁS.
(Poniéndole una mano en el hombro.) Lorenzo.
LORENZO.
(Volviéndose y, al reconocerle, retrocediendo con disgusto.) ¡Él!
TOMÁS.
Te presento al señor Bermúdez, uno de mis mejores amigos. (Pausa. DON LORENZO mira a los dos de un modo extraño.)
DOCTOR.
(A DON TOMÁS, en voz baja.) Vea usted cómo procura dominarse: él tiene conciencia vaga de su situación, no me queda duda.
LORENZO.
Uno de tus mejores amigos… Uno de tus mejores amigos…
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Se le escapa la idea y se afana por retenerla.
LORENZO.
(Con ironía.) Pues si es uno de tus mejores amigos, de su lealtad me responde la tuya.
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Al fin encontré la frase; pero vea usted qué entonación tan poco natural. (En voz alta.) Vengo a ser testigo, según me afirma don Tomás, de un nobilísimo rasgo.
LORENZ


















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