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Хосе Эчегарай. Безумие или святость. José Echegaray. O locura o santidad


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No podía negar a ustedes, en trance tan cruel, el consuelo de una amistad verdadera. Dios ha querido que por distintos modos la misma desgracia venga a herirnos. (Esta última frase, en voz baja señalando a EDUARDO.)
ÁNGELA.
Pero ¿cuál es el nombre de la desgracia que a mí me hiere? No lo sé.
EDUARDO.
Pues ha llegado el momento de averiguarlo: ¿se llama miseria y vergüenza y muerte de Inés, o se llama…?
ÁNGELA. DUQUESA.
¡Eduardo!
EDUARDO.
Perdóname, todos nos debemos hoy la verdad. Tú lo has dicho: «Transigiré con la desgracia de don Lorenzo por el amor que te tengo, por el amor que me tienes; nunca transigiré con su pública deshonra: nunca, ni aun a precio de tu vida.» De mi vida, madre, ¿no es esto?
DUQUESA.
(Con tono triste, pero enérgico.) Sí.
EDUARDO.
(Dirigiéndose a ÁNGELA.) Pues bien, señora: sepamos el nombre de la desgracia que a usted la hiere; ¿se llama deshonra, o se llama locura? Este es el problema, y es preciso resolverlo. Si don Lorenzo dice la verdad, si su juicio está firme, si presenta pruebas de lo que asegura, respetemos su cruel virtud. Pero si, como yo creo por mil indicios que casi constituyen evidencia, un velo eterno cubre su mente y para siempre apagóse la luz de su razón, entonces defienda usted, Ángela -es en usted obligación sagrada-, el nombre que lleva, su posición social, su fortuna, la misma honra de don Lorenzo, contra sus propios delirios, ¿y por qué no decirlo?, la felicidad y la vida de Inés. No deje usted tan altos intereses y tan caros objetos a merced de un demente.
DUQUESA.
¡Eduardo!
EDUARDO.
La palabra es dura, pero al fin había de pronunciarse. Sepamos de una vez si esta batalla de honras y vidas en que don Lorenzo nos ha empeñado es lo que parece o lo que temo; y en suma, si el heroico sacrificio del implacable sabio es locura o santidad.
DUQUESA.
Basta, Eduardo. (ÁNGELA se sienta en el sofá y llora amargamente. La DUQUESA se acerca a ella.)
TOMÁS.
(A EDUARDO.) La dicha de esta familia, como si fuera mi propia dicha, me interesa. Lo que usted propone está previsto, y la ley y la ciencia lo resolverán.
DUQUESA.
Que Dios les ilumine a ustedes. (A ÁNGELA.) Vamos, señora, valor, conformidad. ¿Dónde está Inés?
ÁNGELA.
¿Quiere usted verla?
DUQUESA.
Sí.
ÁNGELA.
Venga usted. (A DON TOMÁS.) Y usted también: quiero que la vea. Tres días hace que sólo la fiebre le da fuerzas… ¡Ah, mi hija…, mi hija se muere!
TOMÁS.
¡Pobre niña! (Salen ÁNGELA, la DUQUESA y DON TOMÁS.)

ESCENA VI

EDUARDO, solo.

EDUARDO.
¡Y dudan todavía! ¡Qué ceguedad! ¡Y no comprenden que el bueno de don Lorenzo, a fuerza de buscar, no la razón de las sinrazones, como el andante caballero, sino la razón de todas las razones que han inventado los sabios, concluyó por perder la única que a Dios le plugo darle, que fue la razón natural! ¡Oh, no ha de ser: no he de permitir yo que sacrifiquen la vida de Inés a las extravagancias de un pobre loco!

ESCENA VII

EDUARDO e INÉS, que sale agitada y como huyendo del gabinete de la izquierda, que fue donde entraron los loqueros.

INÉS.
¿Quiénes son esos hombres, quiénes son?
EDUARDO.
¡Inés de mi vida! ¡Qué pálida estás! ¡Qué círculo cárdeno orla tus divinos ojos! (Saliéndole al encuentro.)
INÉS.
Pero respóndeme: ¿quiénes son? ¿A quién esperan? ¡Que se vayan! (Acercándose con precaución a la puerta que quedó abierta y mirando; EDUARDO procura traerla al proscenio.) ¡Hay en ellos algo siniestro!… Mi padre…, ¿dónde está mi padre? Buscándole, entré en ese gabinete por el salón, y los he visto…,y no los quiero ver, y no puedo apartar de ellos los ojos.
EDUARDO.
Pero ¿qué tienes?… ¿Por qué no me miras? ¿Por qué huyes de mí? Inés, Inés, ¿te pesa nuestro amor?
INÉS.
(Volviendo al proscenio.) ¡Nuestro amor! ¡Tú sabes que es mi vida; pero, ¡ay Eduardo!, ¡a qué terrible prueba ha querido Dios someterlo! Tú no comprendes esto. ¡Dicha suprema es para mí tu amor, y la esperanza de tu amor aún mayor dicha! Mayor, mucho mayor: que en él está el presente, que en ella está todo el porvenir. Y, sin embargo, Eduardo mío, la esperanza es un crimen en tu pobre Inés; un crimen. ¿Se comprende crueldad semejante? Lo que a ningún ser humano se le niega, me niega a mí el Destino. Yo era ayer una niña: mi pensamiento flotaba risueño en un limbo blanco y transparente, como vaporosa neblina entre rayos de luna: hoy es plomo, según pesa; hoy es lava, según arde. ¡Si vieras qué cosas tan horribles me dice en el silencio de da noche! Y esos pensamientos no son míos: no es mi voluntad quien los forja: vienen yo no sé de dónde: yo los rechazo, pero ellos vuelven: y primero me acosan con quejidos que dicen: «¡Pobre padre tuyo!», y luego me hostigan con voces de tentación que murmuran: «Inés… Inés… ¿Quién sabe?…, aún puedes ser feliz: tu amor es aún posible: espera…, espera…, pobre niña.» ¿Comprendes tú nada más horrible -porque esto debe de ser el ángel malo- que oír dentro de una misma la voz de Satanás, de él, que nada espera, hablando de esperanzas?
EDUARDO.
Vuelve en ti, Inés mía.
INÉS.
(Acercándose a EDUARDO.) ¡Tengo remordimientos!
EDUARDO.
¿De qué?
INÉS.
Yo no sé: yo no he hecho nada malo. ¡Padre mío! ¡Pobre padre mío!
EDUARDO.
¡Ángel de mi vida!. ¡Inés de mi alma! Cálmate; cálmate, cálmate, yo te lo ruego.
INÉS.
Mira, Eduardo, quisiera morir.

ESCENA VIII

DON LORENZO, INÉS y EDUARDO. DON LORENZO entra por el fondo y se detiene al oír a INÉS.

LORENZO.
(Aparte.) ¡Morir ha dicho!
EDUARDO.
¿Tú morir? No, Inés, eso no; no digas eso.
INÉS.
¿Por qué? Si no muero de dolor; si llego a ser dichosa, he de morirme de remordimiento.
LORENZO.
(Aparte.) ¡De remordimiento! ¡Ella! ¡Si llega a ser dichosa! ¿Qué nueva fatalidad flota en el aire y está pesando sobre mi frente? ¡Remordimiento!… ¡Ya sorprendí al pasar otra palabra más! Cruzo salones y galerías, y voy de una a otra parte, espoleado sin cesar por insufrible angustia, y oigo frases que no comprendo, y fíjanse en mis ojos que dicen algo que no comprendo tampoco, y unos lloran, y otros sonríen, y nadie se me opone, y todos, o me huyen o me observan… (Alto.) ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? (En voz alta.)
INÉS.
(Yendo a él y abrazándole.) ¡Padre mío!
LORENZO.
¡Inés! ¡Qué pálida estás! ¡Qué dolorosa contracción hay en tus labios! ¿Por qué finges sonrisas que han de terminar en sollozos?… ¡Qué hermosa es en su dolor! ¡Y todo es culpa mía!
INÉS.
No, padre.
LORENZO.
¡Qué cruel soy! ¡Ah!, tú lo piensas, aunque no lo dices.
EDUARDO.
Es un ángel Inés, y no caben pensamientos rebeldes en ella; pero ¿quién al verla sufrir no ha de pensarlo y no ha de decirlo?
LORENZO.
Nadie; tiene usted razón.
EDUARDO.
(Con energía.) Pues si yo la tengo, no la tiene usted.
LORENZO.
Yo la tengo también. ¡Hay algo más pálido que la pálida frente de la doncella enamorada: hay algo más triste que las tristes lágrimas de esos divinos ojos; hay algo más cruel que la sonrisa de esos labios, y algo más trágico que la muerte del ser querido!
EDUARDO.
(Con violencia o desdén.) ¿Y qué otras palideces, y qué otras lágrimas, y qué otras tragedias son ésas?
LORENZO.
¡Insensato! (Cogiéndole por un brazo.) ¡La palidez de la culpa, las lágrimas del remordimiento, la conciencia de la propia infamia.
EDUARDO.
¿Y es infamia y remordimiento y culpa hacer la felicidad de Inés?
LORENZO.
(Con desesperación.) ¡No debía serlo!… ¡Pero lo es! (Pausa.) ¡Y ése es mi tormento! ¡Y esa idea es la que ha de volverme loco!
INÉS.
¡No, padre mío; no digas eso! Sigue tu camino, sin pensar en mí. ¡Qué importa que yo viva o que yo muera!
LORENZO.
¡Inés!
INÉS.
Pero no vaciles…, y, sobre todo, que nadie te vea vacilar, que tu palabra sea clara y persuasiva como lo es ahora; que el enojo no te ciegue… Calma, calma, padre mío. ¡Por Dios te lo pido!
LORENZO.
¿Qué dices?… ¡No comprendo!…
INÉS.
¿Acaso sé yo lo que digo? Adiós… Adiós… No quiero afligirte.
EDUARDO.
(A DON LORENZO.) ¡Ay, si escuchara usted a su corazón; si hiciera usted callar a su pensamiento!
INÉS.
(A EDUARDO.) ¡Ven conmigo…, no le hostigues… o harás que te aborrezca!
LORENZO.
¡Pobre niña!… ¡También ella lucha, pero también ella vence! ¡Por algo es hija mía! (Con arranque de supremo orgullo. INÉS y EDUARDO se dirigen al fondo; al pasar por delante de la puerta del gabinete, ve INÉS a los loqueros y hace un movimiento de horror.)
IN

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