e).
TOMÁS.
¡Muerta!
LORENZO.
¡No…, no es posible! (Abrazándose a su madre.) Para matarla la llamé ¡madre!…, y el último grito que oyó de mis labios… fue ¡Juana! ¡Ah Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué la castigas así, y por qué me abandonas?
TELÓN
Acto tercero
La misma decoración de los actos anteriores.
ESCENA I
DON TOMÁS; después, un CRIADO.
TOMÁS.
Todo en calma. Ni se oye el llanto de Inés, ni ruge la cólera de Lorenzo. Calma precursora de nueva tempestad. (Pausa.) Momentos hay en que dudo y vacilo. Él…, él…, mi buen amigo, mi pobre Lorenzo… Esta idea no me da punto de reposo. En fin, muy luego sabremos la verdad; entre tanto, valor, y cumplamos para con esa atribulada familia los deberes sagrados, que nadie con mejor deseo que yo ha de cumplir.
CRIADO.
Un caballero a quien acompañan dos… que…, vamos…, yo no sé si lo son…, aunque su traje… En fin, ese caballero me ha dado para usted esta tarjeta, y allá fuera esperan todos.
TOMÁS.
(Mirando la tarjeta.) ¡Ah! ¡El doctor Bermúdez! ¡Que pase, que pase!
CRIADO.
¿Y los otros dos?
TOMÁS.
Que esperen. (Sale el CRIADO.) A medida que se aproxima el momento, crece mi ansiedad y crecen mis dudas. ¡Pobre Angela! ¡Qué golpe! ¡Pobre Inés! ¡En qué estado de excitación nerviosa se halla la desdichada niña! ¡Qué lucidez en su mirada! ¡Qué claridad en sus juicios! ¡Nadie le explicó lo que ocurre… y yo creo que lo sabe todo; y adivina lo que no sabe, y sospecha lo que no adivina! No; esta situación no puede prolongarse más: afrontemos la realidad, por triste que sea.
ESCENA II
DON TOMÁS y el DOCTOR BERMÚDEZ; después, dos loqueros vestidos decentemente, pero dando a conocer en su fisonomía y en sus maneras que no son lo que aparentan.
TOMÁS.
(Saliendo al encuentro y dándole la mano.) ¡Doctor!
DOCTOR.
¡Don Tomás!
TOMÁS.
Puntual como de costumbre.
DOCTOR.
No, vengo con alguna anticipación…, para dejar convenientemente instalados a esos dos…
TOMÁS.
Sí, sí, comprendo.
DOCTOR.
Los he hecho venir de manera que don Lorenzo no sospeche, porque como sólo se trata de esas precauciones generales…
TOMÁS.
Ya, ya, muy bien. Es preciso caminar con prudencia. Rapto de furor, verdadero rapto de furor, como dije a usted sólo ha tenido uno; el de la otra noche. Pudiera ser que yo me equivocase.
DOCTOR.
Mucho lo celebraría…, y usted lo celebraría también.
TOMÁS.
¡Ay amigo mío, estoy que no sé lo que pasa! En fin, su ciencia de usted, su práctica, su profundísima penetración, han de sacarnos de dudas.
DOCTOR.
¡Usted me lisonjea! Estando usted…
TOMÁS.
No cuente usted conmigo, doctor; no estoy para nada: me declaro incompetente; se trata de mi mejor amigo, casi un hermano. Además, siempre me ha parecido… Usted conoce mi escuela: entre la razón y la locura no hay una línea divisoria.
DOCTOR.
Evidente, evidente; y todos los sabios tienen algo…
TOMÁS.
Cabal; la excitación del cerebro pasa de cierto límite y…
DOCTOR.
Justo. Veremos, veremos lo que puede hacerse por don Lorenzo. Conque esos dos chicos…
TOMÁS.
Fácil ha de ser inventar cualquier historia: serán los testigos…, o se le dirá que vienen con el escribano… Cualquier cosa. El pobre Lorenzo no está para fijarse en estos pormenores.
DOCTOR.
¿Y dónde esperan?
TOMÁS.
( Señalando la puerta de la izquierda.) Ahí dentro.
DOCTOR.
(Asomándose al fondo.) ¡Eh! ¡Braulio! (Entran los dos loqueros algo cortados y mostrando en sus ademanes toscos y torpes lo que son.)
TOMÁS.
Entren ustedes ahí, en ese gabinete; si son ustedes necesarios ya se les avisará, y entre tanto, quietos. (Los loqueros saludan y entran por la izquierda.) Desde que murió Juana no ha vuelto a entrar Lorenzo en esa habitación. (A BERMÚDEZ.) En cerrando la puerta… (La cierra.)
DOCTOR.
(Mirando al reloj.) Vuelvo enseguida; antes que llegue el escribano estoy aquí. Voy… muy cerca…
TOMÁS.
¿Una visita?
DOCTOR.
Sí, un caso muy bonito de locura. (ÁNGELA entra por el fondo y se detiene al ver a BERMÚDEZ). ¿Es?… (Aparte, a DON TOMÁS, indicándole con la mirada a ÁNGELA.)
TOMÁS.
Sí, la esposa. No hable usted con ella.
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Hasta luego. Señora… (Saludando. Sale por el foro.)
ESCENA III
ÁNGELA y DON TOMÁS. ÁNGELA sigue con la vista a BERMÚDEZ; después mira hacia el gabinete en que entraron los loqueros.
ÁNGELA.
¿Quién es ese que sale? ¿Quiénes son los hombres que vinieron con él?
TOMÁS.
Cálmese usted, Ángela. Todo se arreglará. Estas son precauciones, pero necesarias; porque, ¿quién sabe?, puede tener Lorenzo otro rapto de furor como anteanoche, y por ustedes, y por él mismo…
ÁNGELA.
No, Tomás; no diga usted eso.
TOMÁS.
¿No recuerda usted, Ángela, con qué frenesí estrechaba entre sus brazos el cuerpo moribundo de la pobre Juana? Ahora que nadie nos oye, y en confianza, yo creo que él… fue… la causa determinante…
ÁNGELA.
¡Tomás! ¡Tomás!
TOMÁS.
Por lo menos, apresuró su muerte. ¿Y no vio usted cómo en su delirio él mismo se acusaba? No nos forjemos ilusiones: fue un verdadero ataque de…
ÁNGELA.
(Llorando.) ¡Lorenzo! ¡Lorenzo mío!
TOMÁS.
Y la crisis puede volver, porque hoy…
ÁNGELA.
Sí, ya sé lo que se propone… ¡Ay Tomás, qué desgraciados somos! ¡Qué desgraciado es mi pobre Lorenzo!
TOMÁS.
¿Qué hace ahora?
ÁNGELA.
Está muy en calma: eseribe, pasea…, quiere estar con Inés y conmigo, como si la soledad le espantase. Hace poco me miró con tristeza, pero con cariño, me besó en la frente y me dijo: «¡Pobre Ángela!»
TOMÁS.
No contradecirle.
ÁNGELA.
No, señor; en todo le damos la razón.
TOMÁS.
¿Y sigue en sus trece?
ÁNGELA.
¡Ay, sí, señor! De cuando en cuando pregunta qué hora es: se impacienta porque el escribano no viene y murmura con voz sorda: «Mal que pese al mundo entero, he de cumplir mi obligación.»
TOMÁS.
¡Qué hombre! ¡Qué carácter!
ÁNGELA.
¡Tomás, por Dios santo, que no me engañe usted! ¿Usted cree que Lorenzo…? ¡No puedo, no puedo pronunciar esa horrible palabra!
TOMÁS.
Yo nada creo todavía. Veremos, Ángela; veremos, mi buena amiga. Precisamente para salir de una vez de esta insufrible ansiedad hice venir al doctor Bermúdez, un alienista de primer orden.
ÁNGELA.
¡Pero si es imposible!… ¡Si digo que es imposible!
TOMÁS.
Ojalá acierte usted, y no debemos perder la esperanza; pero ¿imposible?… ¡Ah, la razón humana es tan poca cosa!…
ÁNGELA.
(Con desesperación.) ¡Ay esposo de mi alma! No…, no quiero, ¡no ha de ser!
TOMÁS.
Vamos, Ángela, juicio, valor; por aquella pobre niña, por Inés al menos. ¡Y quién sabe todavía! Veremos qué explicaciones da Lorenzo, qué pruebas presenta.
ÁNGELA.
¡Qué pruebas ha de presentar el desdichado mío, si a la misma Juana, moribunda, le oí yo repetir: «No…, no…, no eres hijo mío»; mientras él, frenético, delirante, estrechándola en sus brazos, pugnando por arrancar de aquel cuerpo, ya casi muerto, una confesión imposible, la llamaba «¡madre!» con el grito estridente de la demencia. No me consuele usted: es inútil; yo sé que nuestra desventura es inevitable.
TOMÁS.
Harto lo temo.
ÁNGELA.
¿Y aquel modo de recibir a la duquesa? El, tan cortés siempre, siempre tan fino…
TOMÁS.
Tiene usted razón: aquel día lo comprendí yo todo; pero nadie se resigna cuando la fatalidad le hiere tan de repente.
ÁNGELA.
Y adorando, como adora, a su hija, ¿quién hace lo que él pretende hacer hoy?
TOMÁS.
Nadie, Ángela, nadie, no habiendo perdido el juicio.
ÁNGELA.
¿Y usted le ha dicho a Bermúdez…?
TOMÁS.
Todo, no; fuera peligroso; pero lo bastante para que nos dé su opinión.
ÁNGELA.
¿Y cuál es?
TOMÁS.
No he de ocultarle a usted…
ÁNGELA.
¡Inútil, Tomás, inútil!… ¡Si yo sé bien que no hay remedio!…
TOMÁS.
Con un buen régimen; separado de aquellas personas que, por lo mismo que son para él tan queridas, con su presencia han de irritar de continuo su exagerada sensibilidad…
ÁNGELA.
¡Tomás!
TOMÁS.
En un buen establecimiento de España o del extranjero…
ÁNGELA.
¿Qué…, qué…, qué quiere usted decir?… ¿Separarlo de nuestro lado?… ¡Llevárselo! ¡A él…, a él! ¡No, jamás; soy su esposa! ¡No lo consiento!
TOMÁS.
La presencia de Inés estimula su delirio.
ÁNGELA.
Y la ausencia de su hija será su muerte.
TOMÁS.
Ahogó entre sus brazos a aquella pobre mujer.
ÁNGELA.
No, Tomás, no; en eso no tiene usted razón: en los brazos de Lorenzo no corre peligro la pobre Inés. ¡Es su hija!
TOM&


















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