E1 ganado silvestre o cimarrón que vaga libremente por el campo no da más utilidad que el cuero. Su carne es flaca e insípida, de la que sólo comen los perros y las gaviotas. No se le encuentra grasa ni sebo, ni sirve para hacer charque. No tiene querencia a ningún suelo. Está expuesto a la voracidad de los perros, y no se multiplica la mitad que el pastoreado. Un novillo castrado no tiene cosa inútil, y un toro silvestre no da más que la piel; y de ésta a la de aquel hay la diferencia que la del novillo cebado es de mucho más que la del novillo entero, y como de este comercio se hace por libras, deja a las veces más utilidad un cuero de aquellos que dos de estos. Los hay hasta de ochenta libras, aunque son raros; no son pocos los de setenta, abundan los de cincuenta a sesenta y son común los de cuarenta en comparación del otro. El de pastoreo es demasiado penoso y de mucho costo. Para traer tres mil reses a rodeo para hacer capar los novillos y sacar grasa y sebo son menester muchos peones; y después de este gasto no se pueden hacer más cueros al año que los que quepan en la cría del año, y esto no puede ser mucho. Es menester velar sobre los perros carniceros y matar la yeguada y caballada silvestre para que aquellos no devoren el ganado ni estos acaben los pastos. En suma para las faenas de salazón de carnes, sebo y grasa, es necesaria mucha aplicación y mucha vigilancia.
Todo es al contrario en la negociación del ganado cimarrón. No se necesita de peones asalariados, ni de matar perros, ni de perseguir caballadas, ni de arriesgar dinero alguno. Basta tener una rinconada del campo, un cajón, o un terreno encerrado entre dos arroyos, con un mal rancho pajizo. El ganado silvestre que anda vagando todo el campo ha de caer algún día en esta rinconada buscando pasto o aguada. Luego que está dentro ha perdido su natural libertad según el fuero de campaña, y se ha hecho del señor del suelo; y donde el incauto animal entró conducido por la hambre, o de la sed, halló con su muerte sin que le valgan las armas con que lo proveyó la naturaleza; porque él sería atacado por las espaldas y se hallaría desjarretado improvisamente, y se rendirá al hombre a quien Dios sujetó todas las cosas criadas.
Para verificar esta adquisición ha inventado la malicia dos especies de contrato: uno es de arrendamiento y otro que se puede llamar de compra y venta, aunque más es innominado.
El primero se ejecuta alquilando peones que entran a este coto lleno ya de ganado a matar, desollar, estaquillar, y desgarrar el cuero; y el segundo ajustándose con un changador en el precio de cada cuero que presente faenando, siendo de su cuenta pagar a los peones y buscar el ganado donde lo encuentre. De cualquier modo que esto se ejecute, es una operación bien sencilla para el estanciero; en el primer caso no tiene más que hacer que poner un sobrestante en su estancia que alquile los peones y les pague su jornal; y en el segundo tiene menos, porque sin moverse de su casa le traen a ella seis y ocho mil cueros, o los hace conducir desde el campo a la ciudad, los encierra, paga su ajuste al changador, y está el negocio concluido. De ambos modos concurre como parte esencial el nombre del estanciero porque sin este frontispicio no pueden caminar por la campaña, ni entrar a Montevideo, ni embarcarse para Buenos Aires, caerían precisamente en pena de comiso; pero en llevando el sobreescrito del hacendado a quien se supone pertenecer estos cueros trashumantes ya van libres hasta llegar al Báltico sin que nadie les pueda embarazar el paso. Para esto sirve la estancia; ella es como lazo, la red o señuelo donde se atrampan los animales; y ella franquea el pasaporte con que hace girar esta hacienda. Mientras mayor es la estancia más coge; y mientras menos gente, y menos ganado manso hay en ella, más entra el de cimarrón; y mientras el hacendado pobre vela de noche alrededor de su ganado, mientras trabaja en perseguir perros y caballos, mientras marca y castra los novillos a fuerza de jornales, el hacendado rico pasa en blanda cama sosegado, guardando el tesoro que ha ido sacando de su estancia.
Lo célebre de esto, o hablando a lo cristiano, lo doloroso y digno de llorar, de este comercio, es que está canonizado de justo por una moral de campaña tan legítima como su fuero. En el caso del primer contrato, dice el hacendado que las reses que manda matar a los peones son aquellas que se han hecho suyas por el ingreso de ellas a los pastos, y aguadas de su peculiar dominio o por una subrogación del que fue suyo en algún tiempo y se le huyó después; y que en el segundo no hace más que comprar por el precio a que se concierta con el vendedor, lo que éste le ofrece en venta, sin que deba ser de su cuenta el modo con que lo ha adquirido. El changador halla también su texto en el mismo Alcorán; dice, que él no ha hecho otra cosa con el toro que lo que hace el cazador con el jabalí o el pescador con el pez; matar una fiera indómita que no tiene más dueño que el que la aprehende, o enganchar un animal que no pertenece a nadie y sobre estos absurdos dogmas descansa la más vasta negociación que se hace en toda la América por criollos y europeos.
La ganancia que ha dejado aquella a los que la han ejercitado, ha sido muy considerable en todos tiempos. Cuando supongamos que les haya costado cuatro reales el cuero faenado, y otros cuatro su conducción a Montevideo, (que es lo más a que pueden haber ascendido las dos partidas) y lo vemos vendía a dieciseis reales (que es lo menos que vale la pesada de cuarenta libras en tiempo de paz) ha sido la ganancia del hacendado un ciento por ciento. En el año de 92 y 93 se vendían con ruegos a veinte y veintiún reales y aunque declarada la guerra con la Francia, bajaron hasta doce reales siempre les quedaba de provecho un cincuenta por ciento que no hay negociación de comercio que lo rinda en el día; y por la misma causa ha sido ésta la que más y más aprisa ha hecho ricos a los individuos de su tráfico, mezclándose con el contrabando con quien siempre tiene compañía. Pero hay otra inteligencia en este manejo que deja una segunda ganancia nada inferior a la primera. Consiste en pagar al changador con géneros o cueros el valor de los que entrega al hacendado. Cuando se le paga en géneros, visto está que se le darán sin ganancia; pero cuando es en los mismos cueros crece aquella un poco más, porque se le paga con su mismo trabajo sin desembolsar un solo real.
Se le piden al changador seis mil cueros (por ejemplo) y el mata siete mil; entran éstos en Montevideo bajo el título de ser pertenecientes al hacendado don N …. y después que se han conducido a casa de éste, aparta mil para el changador y le quedan seis mil libres. Viene a hacerse un contrato de compañía en el que el nombre del hacendado hace el fondo de la negociación, y el latrocinio del changador la industria, sin que ninguno aventure nada; de suerte que si el changador, así como hace de su cuenta esta faena conduce también de la suya la corambre a Montevideo, el hacendado se halla con seis mil cueros a la puerta de su casa sin haber arriesgado un peso, y sin haber tenido un pequeño cuidado.
Coteje ahora Vuestra Excelencia una negociación con otra, y verá cuanta es la diferencia en el lucro entre la del pobre y la del rico; aquel está gastando su dinero todo el año en pastorear, herrar, y capar su ganado, lo trae expuesto a que una epidemia o una seca se lo aniquile, no puede faenar la corambre que se le antoje, sino la proporcionada el número de los novillos que le nacen; contribuye de diez a uno a la iglesia, y en nada gana sin riesgo y sin pensión. Pero el hacendado rico se lo encuentra todo hecho sin gastos. El ganado de que ha de hacer sus cueros procrea y crece para él sin saber dónde ni cuando cae bajo su cuchilla todo el que quiere que muera, sin sujeción apariciones, mata ocho, diez o doce mil a costa de dar su parte al changador; no paga diezmo de este ganado, ni de su cuero y gana en todo sin peligros ni gabelas. Vea, pues, Vuestra Excelencia si tendrá apasionados este modo de hacer caudal.
Хосе Кардьель. Миссии в Парагвае. José Cardiel. LAS MISIONES DE PARAGUAY.
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