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Хосе Кардьель. Миссии в Парагвае. José Cardiel. LAS MISIONES DE PARAGUAY.


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La infalible certidumbre de estas tres consecuencias nos pone en estado de desear con anhelo que se alcen enteramente las prohibiciones de efectos que dejamos citados y que se trasladen éstas a los renglones de fábrica española que hemos referido. Pero por cuanto no aplicándose nuestros artesanos a fabricar con abundancia las obras que pretendemos ver prohibidas, suplirán la falta las extranjeras y queda en pie el mismo inconveniente, es indispensable que nuestro ministerio empeñe su autoridad en dar fomento a estas mismas fábricas para que cubran el consumo anual; que se tomen las medidas necesarias para que en el caso de no alcanzar a ésto las fábricas actuales se levanten las suficientes; que todas tengan a mano las primeras materias a precios acomodados; que los jornales de los oficiales sean de calidad que ni dejen de alcanzarles para el sustento, ni excedan de lo justo. Este celo es el eje que da el movimiento a toda esta máquina, y nada es más fácil que este examen a los intendentes de provincia. La autoridad que reúnen estos ministros a los conocimientos de que están poseídos siempre todos los ramos de industria municipal de sus territorios, les da hecha la averiguación y allanados los obstáculos que se opongan a la obra. Poco será lo que se deniegue a sus diligencias, insinuándose con un poco de agrado en los que han de ejecutar el proyecto. Cualquiera persona de más de mediana esfera hace un honor de que el jefe lo ocupa en lo que puede complacerlo. Basta las más veces el entender que se puede congratular al superior para darnos priesa en hacerle aquel obsequio; y no es raro en el mundo que los hombres prevengan y se anticipen con la ejecución a los deseos de benefactores. Enterados los intendentes de que en el desempeño de esta diligencia hacen un servicio positivo al soberano, sobrarán los encarecimientos para hacerles manejar con celo y sagacidad este encargo; y el honor en éstos y la subordinación y el interés en los otros, ejecutará a todos al cumplimiento de lo que se apetece.
Estos dos medios nos parecen ser los únicos de desterrar para siempre el contrabando de las Américas. Luego que puedan comerciarse en ellas francamente las manufacturas extranjeras que hoy son prohibidas, y que estén surtidos nuestros almacenes de las que debemos reservarnos privativamente sobran los resguardos y las guardias en mucha parte; y mientras no se entable este sistema abundará el contrabando aunque se tripliquen los celadores. Hablamos de experiencia; y aunque abundan los sucesos que acreditan que son inútiles las precauciones de los fraudes para que no se nos introduzcan de fuera lo que no tenemos semejante, referiremos un hecho que prueba, por mil, ser más conveniente alzar las prohibiciones de los efectos dichos, que aumentar la guardias y ministros.
Por el mes de febrero de 1793 se presentó en el puerto de Montevideo la fragata de guerra francesa El Dragón de 500 toneladas de porte procedente de las islas de Mauricio al mando del Teniente de navío D. Alexandro Duelos, con pasaporte y cartas credenciales del comandante de aquellas islas para el virrey de Buenos Aires.
Luego que dio fondo en Montevideo pasó a su bordo el Teniente de Comandante Don Manuel Cipriano de Melo por orden del Gobernador de la plaza Don Antonio Olaguer Feliu, a hacerla la visita acostumbrada. Examinó a Duelos en la forma ordinaria, y lo primero que le dijo fue que venía en lastre y que su arribo se dirigía a comprar trigo para el abasto de las islas que padecían una hambre absoluta. Con esta noticia procedió el gobernador a mandar custodiar el buque haciendo poner tropa a su bordo al cargo de un oficial, dos ministros del Resguardo, y la zumaca de rentas a la popa de la fragata con otros dos dependientes con orden de que nada entrase ni saliese de aquella hasta nueva providencia del virrey.
Averigúose después que el buque conducía carga de mercaderías bajo el pretexto de ignorarla al pago del trigo, en seguridad de unas letras de cambio que traía Duclos sobre París en lugar de dinero; y con esta noticia procedió el Gobernador a la aprehensión de la carga y por medio del comandante del resguardo, del administrador de la aduana y del ayudante de la plaza la hizo conducir con tropa a un almacén de los del fuerte en que habita el mismo gobernador y la encerró debajo de cinco llaves que recogieron el gobernador, el comandante de artillería, el administrador, el del resguardo, y el capitán de la fragata.
Así guardadas las mercaderías se corrió un expediente en el Gobierno de Buenos Aires, acerca de si se le había de dar o no a Duclos el trigo que pedía, y resuelto que no podía dársele otro que el preciso para rancho se comunicó la orden al Gobernador de que luego que hubiese embarcado Duclos el trigo que se le permitía hiciese volver a bordo las mercaderías depositadas.
De hecho se abrió el almacén depositario, y bajo la intervención del administrador, comandante, ayudante de plaza y escribano, se trasladó a bordo toda la carga que existía en el almacén manteniendo siempre en la fragata la tropa, los guardas y la zumaca con las mismas órdenes: y de esta forma se concluyó la carga de los efectos el día 5 de junio a la sazón de tener ya a su bordo la fragata la harina, el rancho y aguada, y de estar pronto a zarpar sus anclas.
Debía salir a la mar por esta regla el siguiente día 6; pero ya fuese porque Duclos había extraviado parte de su carga sin haber cobrado su valor o ya porque la tenía contratada toda, o ya, porque no lograra sus ideas si no la dejaba vendida, pasó el día 6 y los restantes hasta el 17 y la fragata se mantuvo anclada al pretexto de un nuevo recurso que hizo Duclos al Virrey.
El 17, por la tarde dio fondo en Montevideo el correo de España con la noticia de estar declarada en nuestra corte la guerra con la Francia; en cuya vista pasó el Gobernador a bordo de la fragata francesa y le mandó sacar el timón cerrando con barras y candados las bocas de escotillas, y sellándolas con lacre, manteniendo siempre la tropa y ministros, y haciendo custodiar los costados de la embarcación con rondas de guardas que cruzaban la bahía toda la noche celando que no se hiciese ningún desembarco y reconociendo los botes o lanchas que intentasen hacer algún movimiento.
Avisado de todo el Virrey de Buenos Aires, aprobó al Gobernador que hubiese tomado el timón a la fragata, y le mandó que recogiese de nuevo toda su carga y la hiciese encerrar en el almacén de la real fortaleza.
El día 28 de junio por la tarde pasó el Gobernador con su ayudante, con el administrador de la Aduana, el comandante del resguardo, el capitán Duclos y el escribano de Real Hacienda, a bordo del francés a dar principio al inventario de la carga; y no creerá el que no lo hubiese visto que jamás se ha hecho a ningún hombre una burla semejante. Abriéronse las bocas de escotilla, bajó el escribano a la bodega a hacer arriba la carga, y fue mandando baúles vacíos hasta el número de 38 o 40, que fue lo único que se halló en toda la fragata, a excepción del rancho y de unas botellas de rapé. En un baúl se halló un carnero muerto, en otro arena, en otro un poco de jarcia, y los demás vacíos. Ni la tropa, ni el comandante, ni el administrador, ni los guardas supieron dar razón de la carga y Duclos se contentó con dar por toda respuesta en el alcázar de su fragata que lo habían robado, y se concluyó la diligencia.
Después de muchos días principió el Gobernador una sumaria en descubrimiento de los autores y cómplices de este contrabando, y mejor recapacitado Duclos inventó el refugio de decir que él no había traído carga alguna en su fragata, y que si tenía dicho lo contrario, había sido por dejar en prenda aquellos baúles vacíos que se hallaron a su bordo, en el caso de que los vendedores del trigo no le quisieren admitir las letras de cambio que llevaba para su pago; y con este miserable artificio o ridículo invento, tan burlesco como el del robo, quedó Duclos y toda su oficialidad paseándose por Montevideo.
La sumaria que actuó el Gobernador constó de más de 40 testigos de gente de tropa, resguardo y comercio, pero por desgracia ningún testigo supo cómo ni cuando se desembarcó este contrabando; y todos los vecinos, que habían sido testigos, lo sabían con puntualidad, y que valía al pie de fábrica de 100 a 150 pesos de plata.
Poco después se supo en toda la ciudad lo que contenía la carga, porque principiaron a verse por las tiendas, por las calles, y en servicio de los vecinos, tantas cosas nunca vistas, de fábrica francesa y chinesca, prohibidas de ir por España y venderse a precios tan moderados, que cuando no se supiese de público su origen, había muy poco que adivinar para aceptarlo.

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Tags: Brasil, Chile, conquista, cuzco, Ecuador, el imperio, historia, inca, las provincias, memorias, paraguay

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