El flete de esta carne para La Habana se ha estado haciendo desde Montevideo por 12 hasta 16 reales de plata cada quintal, viaje redondo, y pudiéndose hacer para España por este mismo flete, vendría a salir la arroba puesta en Europa inclusa la comisión, el barril, el embarco, almacén y demás gastos menores, a 2 pesos y dado que le costase 50 reales de vellón y que la vendiese a 60 ganaba un 20 por 100. Los consumidores de España vendrían a ganar otro 20 por 100 en plata, y un 25 a lo menos especie, porque la del norte se vende regularmente a con una tercera o cuarta parte del hueso, y la de América es toda pulpa como ya dijimos en otro lugar. El Estado lucraría el ahorro de la plata que extrae de España esta negociación; y lograría el provecho de la que dejaría de salir cambiando la carne sobrante, de su consumo por otros frutos extranjeros. Conduciéndose 20 quintales a España todos los años a precio de 60 reales la arroba, entraban a la Península 180 pesos; y de ellos llevaría 40 al gremio de navieros y los 140000 restantes se compartirían entre hacendados, toneleros, lancheros, peones, etc. y con la ventaja que hace la carne salada de América a la de Europa se solicitaría con preferencia, y cada año se aumentaría su consumo; y en los cinco ramos de aceite de ballena, harina, carne salada, cueros y pieles de lobo se podría hacer un comercio de millones que no se dejan calcular.
Las fábricas de lonas, lonetas y jarcias de que están en posesión la Holanda, la Suiza y otras potencias del Báltico, tenemos en nuestra mano el quitárselas en aquella parte que nos traerá vender a España. E1 cáñamo es una cosecha conocida que se da abundante en la mayor parte de la península a precios muy cómodos. El alquitrán para el servicio de cables y jarcia, podemos tenerlo de nuestra propia cosecha; y la fábrica de lona y jarcia nos es conocida y practicada. En Puerto Real las ha habido de jarcia, y en el reino de Galicia de lona y jarcia, y unas y otras han salido de tan buena calidad como la extranjera, y a precio equitativo. En el reino de Chile se coge muy buen cáñamo, y en Valparaíso y Quillota se trabaja mucha jarcia que se consume en los barcos del tráfico de Lima.
En los campos de Montevideo no se coge porque no se siembra, pero si se sembrara, como la tierra es aparente para toda clase de frutos, se daría abundantísimo; y costando la manutención tan poco, como ya hemos dicho sería fácil entablar allí la siembra y la fábrica de ambas especies.
Pero que sea en América o sea en España es cosa de poco momento. Lo que importa sobremanera es dar principio a uno y otro, y prohibir enseguida el embarque de todos los efectos extranjeros que dejamos citados, y los demás de que seamos capaces con la misma perfección que ellos; compensándoles la exclusión de estas especies con la rehabilitación de las medias y gorros de seda, los listones, las colonias, los sombreros, etc.
Ello es, que ni lo debemos querer todo, ni querer lo que no nos es concedido, ni dejar de querer lo que nos es posible. Estas tres máximas deben dar el norte de nuestras fábricas, y de todos nuestros proyectos. Quererlo todo es imposible y muy arriesgado. Querer lo que no sabemos manejar, es arruinarnos y suplantar al extranjero; y no querer lo que nos es posible, fácil y necesario, es demasiada indolencia. Hemos visto que fabricar de todo lo que otros fabrican, y en la cantidad necesaria a nuestro consumo, es un imposible físico, y principio fecundo de una guerra general; que fabricar medias, sombreros, cinterías, cotonías, y otros efectos, al costo y primor que Inglaterra y Francia, nos está negado; y que fabricar lonas, jarcias, brea, alquitrán, cola, corambre, cristales, papel, armas, fornituras, carne salada y mil otras especies, es posible, fácil, útil y aún necesario en la actual constitución. Luego sin mucho estudio hemos de conocer que ni esto se nos debe traer de fuera, ni nosotros meternos en fabricar lo otro.
Todas las naciones comerciantes observan este sistema. La Francia labra tisues y toda clase de tejidos de seda; fabrica sombreros, medias, paños, bretañas, ruanes, creas, batistas, etc. Inglaterra no conoce estos efectos en sus fábricas, y emplea su industria en bayetas, anascotes, chamelotes, sargas, sempiternas, duroix, y toda especie de quinquillería, herramientas e instrumentos de cirugía y matemática. La Holanda emplea el lino en tejidos más ordinarios como platillas, bramantes, morles, gantes, caserillos, etc. Del cáñamo hace lonas, y lonetas de la lana hace ricos carros, y medios carros de oro, lamparillas y camelotes de lila. La Flandes teje rasolisos, mues y grodetudes. La Ginebra hace galones, puntas y esterillas de plata y oro.
Ni la Italia ha emprendido jamás hacer paños, ni la Francia bayetas, ni la Inglaterra brocados, ni la Holanda tafetanes, ni la Flandes herramientas. Cada nación ha cultivado la industria que ha reconocido propia a su clima y al talento de sus habitantes; y si alguna de ellas ha aspirado a imitar lo que otra fabrica peculiarmente bien presto ha tenido que arrepentirse y desistir del intento.
Nosotros no hemos sido más felices en estas tentativas; y todo lo que tardamos en desengañarnos y abandonar ciertas fábricas a los extranjeros, tardaremos en extinguir el contrabando. Este ilícito trato crece visiblemente con las prohibiciones que se imponen a nuestros efectos cuando recaen éstas sobre manufacturas extranjeras; a nuestros conocimientos, o de inferior gusto a las extranjeras; y éstas logran mayor despacho. Consultemos la experiencia y ella descubrirá la verdad. Búsquense en América medias de seda, listonería, cintería, sombreros, cotonías, papel pintado, hilos finos, pañuelos, etc. de fábrica extranjera y sin embargo de estar prohibidos estos efectos en Indias se encontrarán en todos los almacenes y tiendas. Indáguese el consumo, y se hallará que es incomparable con el que tienen estos mismos efectos siendo de fábrica española.
Cotéjense los precios, y resultará que es mayor el de aquellos de que hay más venta.
Procúrense vinos y aguardientes extranjeros, indianas de algodón, azúcar de Holanda, cerveza, herraje, cintas de hilo, encerados, esterlines, gorros de lana, galonería falsa, etc. y no se hallarán en indias estos efectos de fábrica extranjera. Estos y aquéllos están prohibidos de embarcarse, y los unos abundan sobremanera, y los otros no se encuentran. La causa de esta diferencia consiste, en que nuestros vinos y aguardientes son mejores y más baratos que los extranjeros. Que las indianas de algodón de Barcelona son excelentes; que nuestra azúcar es bastante buena y menos cara que la de Holanda; y por último que la cerveza, el herraje, las cintas de hilo, los encerados, los esterlines, los gorros de lana y la galonería falsa, son renglones que se trabajan en España de la misma calidad y precios que fuera del reino con poca diferencia. Por tanto, no tenemos motivo de desearlos de fábrica extranjera, y no apeteciéndolos el consumidor, no se arriesga el comerciante a embarcarlo de contrabando. Pero como las medias, los listones, las cintas, los sombreros, las cotonías, los papeles pintados, el hilo fino y los pañuelos no igualan con mucho a los extranjeros ni la calidad, ni en el precio, se desean con ansia, se pagan bien, y este interés cohecha a los expendedores y fomenta el contrabando. En una palabra el traer prohibidos unos efectos que no los tenga semejantes la nación trae el perjuicio de que pierda S.M. los derechos que percibiría a su entrada y a su salida si no estuviesen vedados, y que no se consiga el facilitar el despacho de los géneros nacionales, que fue el fin de la prohibición; de donde resulta que la Real Hacienda pierde, que la nación no gana y que el extranjero lo embolsa todo.















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