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Хосе Кардьель. Миссии в Парагвае. José Cardiel. LAS MISIONES DE PARAGUAY.


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Ya dijimos al número de este memorial que observando los primeros pobladores de Buenos Aires la prodigiosa amenidad de los campos septentrionales del Río de la Plata, y su inmensa extensión que los hacía aparentar para la cría de ganado vacuno que abasteciendo de carnes la provincia la enriqueciere con el comercio de sus cueros, emprendieron hacer conducir de España porción de vacas y toros verificando su desembarco en el año de 1554, y que en el de 80 del mismo siglo trajeron otro repuesto de la misma especie de la provincia de los Charcas. La multiplicación de este ganado por medio de unos pastos sustanciosos y de unas aguas cristalinas, en un tiempo en que no era perseguido de nadie, y vagaba sosegado por aquellas soledades introdujo en aquella tierra el comercio de los cueros con la Europa, donde ha escaseado siempre la cría de estos animales; y corriendo este ramo de industria en aquellos tiempos sin más reglamento ni ordenanza que la de la buena fe, no constaba de otro requisito la matanza de las reses, que de una licencia que concedía a los trajinantes el cabildo de Buenos Aires, bajo la pensión, a favor de sus propios, de una tercera parte de todo lo que faenasen sus vecinos. Como esta operación aunque muy sencilla, necesita de muchas manos, pues se ejerce con animales indómitos, fue consecuencia del proyecto, levantar unas chozas en la campaña donde se alojasen los operarios y custodiasen sus bastimentos. Desde estas rancherías salían los de cada cuadrilla a las rinconadas donde más cargaba el ganado, y le iban dando muerte en el número que tenían por suficiente; y como el ganado abundaba, y tenía poca estimación, no internaron a la campaña los pronombres mío y tuyo; y habría sido un tributo penoso en aquellos tiempos haber dado a los hombres un dominio especial sobre el ganado, teniéndolo todos al acerbo en común, sin los gastos y cuidados que cuesta mantener lo que se posee en particular. Todos eran matadores o tratantes en corambre y ninguno era estanciero; y no habiendo población formal en toda la campaña, ni capillas, ni curas, ni justicias, sólo se mantenían allí los primeros traficantes el tiempo muy preciso para sus faenas, tratando esta ocupación del modo que una cacería de fieras en que nunca se emplea más que un corto número de días.
El padrastro de un mal vecino como el portugués que ya con presunciones de señor y ya con estratagemas de salteador, robaba los ganados y turbaba el goce a sus poseedores, era un continuo obstáculo a la población; que daba más alientos para la guerra que para levantar edificios, y fundar estancias en un país siempre saqueado. Por esto, pues, fue ninguno o fue muy raro el vecino que levantó estancia antes del año de 26 de este siglo en que se establecieron en Montevideo los pobladores de Canarias, luego que se abrieron las zanjas a Montevideo y se guarneció ese recinto con una muralla de piedra, y se edificó la ciudadela con su rebelión, fosos, cortinas, puentes y minas coronada de fuego por todos sus flancos, se erigió iglesia matriz y un convento de observantes de San Francisco, y últimamente, después que el gobernador Salcedo reconquistó de los portugueses en el año de 35 los terrenos usurpados, y los redujo a contenerse dentro del tiro de cañón ya empezaron a respirar los españoles y tomaron aliento para domiciliarse en aquellos campos con la intención de poblar estancias y amasar ganado para cueros.
A los principios de esta nueva obra se observó por todos los criadores un mismo sistema y una propia moderación y buen orden en la matanza del ganado. Los pobladores de Canarias emprendieron las primeras crías en estancias que sólo contaban de media legua de frente y una y media de fondo; y recogiendo en este terreno el ganado de su cabida, lo traían a rodeo, pastoreando y manso, matando para cueros el que no servía para el procreo, y equilibrando las matanzas con las pariciones. Lo mismo ejecutaban los demás estancieros vecinos de Buenos Aires que pasaron con ese fin a la otra banda aunque en número muy corto y a estas pocas manos estuvo reducida la cría de ganado vacuno los primeros treinta años de la fundación de Montevideo.
Los indios de Misiones, establecidos a una y otra banda del río Uruguay, dieron en perseguir estos ganados; y lo hicieron con tal tesón que consiguieron despoblar las estancias, tirando para sus campos la mayor parte, ahuyentando otra para la sierra y matando el terneraje que no podía seguir a las madres. Tanta fue la persecución y estrago que ocasionaron estas correrías, que para la manutención del ejército español que partió a las misiones del Uruguay por los años de 54 y 55 al mando del general don José de Andonaegui, necesitó costear el rey la conducción de ganado vacuno y caballada de los pueblos de Misiones y de los campos de Buenos Aires porque no se hallaban en la otra banda del río cerca ni lejos de su costa ganado con que abastecer un ejército de mil quinientos hombres que eran las plazas de que se componía; y habiéndose enflaquecido con el demasiado cansancio se vió obligado el general a recurrir a los padres jesuitas rectores de las misiones pidiéndoles socorro de ganado, y se lo remitió con efecto de los del pueblo de San Miguel. Todo el ganado estaba recogido entonces en los campos de Misiones, o fugitivo por las serranías y costas del mar; y acaso no se hubiera vuelto a poblar la campaña si aquel mismo ganado que abandonó por flaco nuestro ejército por el mes de febrero del año siguiente de 55 en número de mil doscientas cabezas, entre los ríos Negro y Uruguay, no se hubiese propagado maravillosamente a beneficio de aquellos pastos, y de la delicadeza de las aguas.
Cuando ya aquellas 1200 reses se habían multiplicado extraordinariamente y bastaban para poblar grandes estancias, corriendo el año de 1760 lanzó de sus estancias a los portugueses don Pedro Ceballos y quedaron por aquellos campos todos los ganados de que estaban en posesión, haciendo retirar a los portugueses al recinto de la colonia, formando un cordón que los encerraba dentro del tiro de cañón; y todas las estancias que se hallaban disfrutando en los arroyos de San Juan y del Rosario, y sus campos intermedios, quedaron desiertos absolutamente y su ganado en libertad de vagar a su salvo por toda la comarca.
A los siete años de este despojo aconteció la general expulsión de los padres de la Compañía, a una sazón en que estaban llenas de ganado las estancias que poseían en la otra banda del Río de la Plata y habiendo sido como indispensable a la larga distancia en que se hallaban de Buenos Aires, que no se hubiese guardado esta hacienda con la vigilancia que su riqueza merecía, vino a alzarse aquel ganado con el abandono en que cayó y perdida la querencia de sus estancias, se derramó por toda la campaña y cobró su natural ferocidad como es propio de los brutos.
Estos tres acaecimientos sobrevenidos en el espacio de doce años desde el de 755 en que el ejército español del mando de Andonaegui hizo suelta de aquellas mil doscientas reses, hasta el de 767 en que salieron de América los padres jesuitas, restituyeron mejorada al campo su abundancia primitiva; y como los robos de los indios cesaron en parte con la copiosa procreación de las que se habían llevado de nuestras estancias tuvieron las que entraron de nuevo toda la proporción necesaria para crecer y multiplicar hasta volver a inundar la campiña.
Casi al mismo tiempo que lamentaban su ruina los vecinos de Montevideo de mano de los indios, se expidió en San Lorenzo el Real con fecha de 15 de octubre de 754 la real cédula que da la forma en las ventas y composiciones de tierras realengas, con derogación de la de 24 de noviembre de 1735, en la parte que obligaba a los compradores de aquellos dominios a acudir precisamente a la real persona a impetrar su confirmación dentro de cierto término y bajo la pena de su perdimiento, como todo el contexto de aquella soberana disposición se encamina a proteger a los poseedores de tierras realengas, ya indultando a los usurpadores por medio de una moderada composición, ya ofreciendo por precios equitativos la venta, ya relevando a los compradores de ocurrir a la corte por confirmación, y ya diputando en las provincias y partidos jueces subdelegados de los virreyes que hiciesen las tales ventas y composiciones, fue consiguiente necesario de esta suprema providencia que los vecinos de Buenos Aires excediesen a todos en el empeño de hacerse de tierras realengas a poco costo, a un tiempo en que empezaba a repoblarse la campaña y estaban refrenados los insultos de los portugueses.
No pudo llegar a mejor ocasión la real cédula citada, ni podía haberse proyectado una providencia más eficaz a reglar los campos de Montevideo, que la de repartirlos entre sus vecinos y levantar en cada estancia una atalaya o una guardia de todo el ganado de nuestra pertenencia. Y animados con esta providencia a tomar asiento en la campaña, se vio irse poblando de estancias sucesivamente, con especialidad desde el año de 60, en que fueron arrojados de las suyas los portugueses, y expuestos sus ganados al pillaje de los vencedores.

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Tags: Brasil, Chile, conquista, cuzco, Ecuador, el imperio, historia, inca, las provincias, memorias, paraguay

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