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Хосе Кардьель. Миссии в Парагвае. José Cardiel. LAS MISIONES DE PARAGUAY.


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El cargador hacía constar su capital en la cantidad que la Ley ordena y haber usado de esta profesión el tiempo que está dispuesto. E1 mozo soltero que viajaba con hacienda propia o el casado que llevaba a su mujer eran los únicos que podían establecerse en Indias. El que iba de factor y e1 casado que dejaba en España a su mujer tenían precisión de regresar a sus casas a los tres años, y para seguridad de este regreso daba fianzas de volver dentro de aquel término, y las justicias de las Indias y los mismos virreyes y oidores tenían a su cargo compeler a los casados a que se retirasen a España a los 32 meses de hallarse en indias a menos que otorgasen fianza en cantidad de mil ducados de llevar a sus mujeres dentro de dos años.
En todo intervenía la casa de contratación, y para cada cargador o factor que se embarcaba, se hacía un expediente con el fiscal del tribunal, y con esto y con las gravísimas penas impuestas por la ley a los transgresores, y a los receptores con los juramentos que se exigían sobre este punto a los capitanes y maestres con las visitas que se pasaban, antes de su salida, y a la vuelta y lo mismo en los puertos de América estaba hecho un como foso profundo que no daba paso para Indias, a los que no pudiesen alcanzar la compuerta y encargada ésta a la vigilancia del presidente y oidores de la contratación sólo veíamos cometerse aquellos fraudes invisibles de que no se exime ningún ordenamiento civil; en prueba de ser mayores los alcances de la malicia que los de la política.
Hoy podemos afirmar que están abatidos todos estos muros, y abiertos y franqueados los pasos para transmigrar a Indias. Es verdad que siempre está viva la Ley que prohibía este tránsito a los que no acreditasen haber embarcado de su cuenta en efectos de mercadería la suma de 52, 941 reales de vellón, pero como faltan las atalayas de unos tribunales como los de consulado y contratación, y son tantas las puertas de salida cuantos son los puertos habilitados para el comercio y tan numerosos los barcos que salen de ellos, resulta que uno con plazas supuestas de tripulación, otros con empréstitos fingidos de mercaderías, otros con el título de factores y otros infinitos en la clase de puros polizontes, o llovidos, es asombroso el número de europeos que se encuentran en la América. Es igualmente verdad que por el Reglamento del comercio libre está mandado que los capitanes de las embarcaciones, otorguen obligación de volver a España los individuos de su tripulación, y que en Indias se practiquen las visitas acostumbradas para aprehender los desertores y hacerlos restituir bajo de partida de registro.
Pero lo que vemos y sabemos, es que vuelve el que quiere y el que no quiere se queda impunemente. Las visitas de arribadas se hacen muy superficialmente y para cubrir en España el cargo de presentar los individuos de la tripulación, se recurre al juez de Arribada o al Comandante de Marina de los Puertos de Indias pidiendo que se llamen por edictos a los desertores. Decrétase así el Memorias, se fijan carteles, y pasado su plazo vuelve el capitán a pedir certificación de esta actuación y con ella obtiene en España que se le cancele su fianza y queda absuelto del cargo.
Resulta de esto, que el comercio de América en primer lugar está todo encerrado en manos de españoles de Castilla. Que las Artes cuentan por lo menos una tercera parte de sus individuos de origen español; que los gremios de sastres, barberos, peluqueros, y zapateros contienen más de una mitad nacidos en España. Que las campañas de Buenos Aires y Montevideo, están pobladas de europeos, fuera de muchos portugueses que hay en ellas; que las pulperías de que hay una en cada bocacalle, están todas en manos de europeos. Que el clero regular y secular encierra en su seno una porción no pequeña de europeos; que los Ministros Eclesiásticos y los empleos de justicia y Real Hacienda, están casi todos en personas enviadas de España. Que los subalternos de estos mismos cuerpos son en mucha parte españoles; que los regimientos fijos casi no tienen un soldado criollo; y en una palabra exceptuando en las ciudades principales de América, el resto se compone en la mayor parte de oriundos de nuestra Península.
Esta abundancia de europeos en las Américas, nos perjudica por dos lados: nos perjudica en el ramo de población, y nos daña en la minoración de los objetos de comercio. Nosotros nos despoblamos, y siendo menos cada día, se trabaja menos el campo y las artes se necesitan más efectos del extranjero, y más moneda para pagarlos; y llevando a Indias nuestros ritos, costumbres, y economías, hemos hecho cesar en ellas aquel lujo exquisito que hacía valer tanto la carga de un navío mercante de los de la antigua época, como ahora vale la de diez, y a proporción de lo que han bajado de calidad los trajes de indias ha desmedrado el comercio y la ganancia.
De toda esta exportación de gente española a aquellas regiones, es como el vehículo: el comercio libre. El los lleva, y el dolor es que no los trae. El los lleva, y los lleva en tal abundancia que ha llegado barco a Montevideo con tanto número de polizones como el de su tripulación y plana mayor; y otros se han visto precisados a arribar a las Canarias para poner en tierra sus polizones por no morir de sed, o hambre en el viaje. Todos se desembarcan francamente en los puertos de su escala; y a vuelta de media docena de años que han vagado por la tierra, o que han servido una pulpería, o hecho el comercio de buhoneros, ya se apellidan comerciantes, y han dado un individuo más al gremio; se avecindan, ponen casa, abren escritorio (sin saber acaso firmar), se llenan de relación, y pasan seguidamente a obtener los empleos de alcaldes y regidores de los ayuntamientos, mereciendo regentar la jurisdicción Real ordinaria, antes acaso de haber perdido el olor al alquitrán. Otros compran algún oficio vendible; otros se casan al abrigo de una pequeña dote; otros se refugian a la Iglesia, y obrando todos según su mala crianza y peor nacimiento, han metido allí su rusticidad en el vestir, y aquella economía y exceso villanesa a que obliga a los españoles el valor de la moneda. Este es el estado y éstos son en la mayor parte los alumnos del comercio de Indias; un comercio pobre y enflaquecido; un comercio entregado en manos de personas que ignoran los elementos de su ejercicio; y que ignora la República cómo se han metido en el comercio unas personas de quien han recibido pocos años antes el calzado, el vestuario, el alimento, la barba, el peinado, o la más íntima servidumbre. Pero si nuestra población y agricultura se encuentran en mucho atraso por el prurito de nuestros españoles de pasar a Indias no es posible que las artes y la industria hayan hecho el mayor progreso después del comercio libre.

En que se examina si el sistema actual del comercio de
Indias ha contribuido, o es capaz contribuir al
restablecimiento de nuestras fábricas

Basta ver el número tan considerable de hombres que se ha desterrado de nuestros talleres y telares por la vía de Indias para conocer que no puede ser muy grande el incremento que hayan recibido nuestras fábricas. Podrán ser que se hayan mejorado alguna cosa en la calidad de sus obras, y que las del día se pagan a menos costo y mayor primor; pero haberse aumentado su número y crecido las labores por influjo especial del sistema de comercio libre, ni se ha verificado ni puede ser. Mientras no logremos este aumento de manufacturas para que podamos ahorrar la compra de las extranjeras, poco o nada nos aprovecha que se hayan abierto muchos puertos al comercio. Toda la idea de lo que escribieron D. Jerónimo de Ustariz, D. Bernardo de Ulloa, D. Miguel de Zabala, D. Pedro Fernández Navarrete, y D. Sancho Moncada, con el deseo de introducir las artes y las fábricas en la Nación, no busca otro objeto que el de excusar por este medio la extracción del oro, y plata a que obliga la necesidad de comprar afuera nuestro vestuario y el de los vecinos de las Indias. Creyendo estos celosos patricios, que siendo esta necesidad el cauce por donde pasa a las demás potencias el metal de nuestras minas, era la mejor compuerta para detenerlo, levantar fábricas y telares que minorasen aquella necesidad. No hay duda que si fuese posible la realización de esta idea, y ella estuviese exenta de inconvenientes nada sería más propio para conservar nuestro caudal que el arbitrio de estos escritores. No se puede dejar de conocer que establecida nuestra independencia en los ramos de comercio pasivo, a que hoy estamos aligados, nuestra plata sería nuestra, y no tendría el extranjero la gloria de disfrutar las Américas por segunda mano. Pero reservando para después el examen de si trae perjuicios este pensamiento, siempre será preciso confesar que 30 españoles que nos haya extraído solamente el libre comercio en los quince años de su fecha; perjudican más a nuestras manufacturas que todo lo que pueden aprovecharle los auxilios del comercio libre.

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Tags: Brasil, Chile, conquista, cuzco, Ecuador, el imperio, historia, inca, las provincias, memorias, paraguay

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