Que necesita de fomento la campiña española es una verdad infalible; pero que el libre comercio no ha contribuído, ni puede contribuir a su fomento es otra verdad de igual tamaño. La prueba evidente de esta verdad se halla en los precios a que hoy corren en Indias los frutos de España, comparados con los que tuvieron hasta el año siguiente a la declaración de la paz con Inglaterra. Como la publicación del libre comercio, y el rompimiento de guerra con esta potencia fueron sucesos coetáneos, no se empezaron a sentir los efectos de aquella disposición hasta el año de 84 en que las Américas se hallaban provistas y repuestas de la escasez que había inducido aquella guerra. Libre y abierto desde el año de 83 el comercio de las indias por virtud de la paz con los ingleses continuaron sin intermisión nuestros buques, conduciendo frutos y mercadería sobre el pie del nuevo reglamento; esto es, por registros sueltos y sin más pensiones ni gastos que los del almojarifazgo y alcabala por el valor de los aranceles y haciendo las ventas de frutos en las tres especies de aceite, vino y aguardiente, hallaron que la botija de media cuyo precio ordinario había sido de 20 reales de plata o de 16 cuando menos, tenían que rogar con ellos por 10 reales y aun por 8; que la pipa de vino carlón de 6 barriles acostumbrados a venderla por 90 pesos antes del comercio libre, valía en el año de 84 sesenta, que el barril de vino blanco de jerez y Sanlúcar vendido hasta aquella fecha en 22 a 24 pesos quedaba por doce; que el aguardiente prueba de Holanda estimado hasta entonces en precio de treinta y ocho a cuarenta pesos valía en la nueva época veinte y dos; de suerte que a los dos años de estar en ejercicio el libre comercio habían perdido de estimación los vinos de Cataluña un tercio de su valor y los de Andalucía, el aceite y el aguardiente una mitad. Corrieron a estos precios nuestros frutos por tiempo de diez años subiendo o bajando una cosa muy corta; pero en el año de 1794 (en que escribimos) sin embargo de la guerra con la Francia, bajó hasta nueve pesos después del comercio libre, y a 17 el aguardiente que había valido 22; con que sobre la pérdida que habían sufrido estos dos renglones, hasta el año de 84 se les aumentó la de un ciento por ciento al vino de Málaga, y la de cerca de un 25 al aguardiente.
Este es un hecho y evidente en que no hay que poner duda, y de que hemos sido testigos de vista; y supuesta su verdad, dígasenos cuál es la ventaja que ha traído a la agricultura de España el proyecto del comercio libre.
Fuera de esto, el franco comercio no ha servido que amplificar, mejorar, no simplificar nuestra labranza que son los objetos a que se debe encaminar el fomento que se procure lejos de esto ha contribuido a lo contrario. Para amplificar nuestros cultivos, sólo tenemos necesidad de brazos, y éstos los corta el sistema actual del comercio. Son precisos hombres que prolifiquen con abundancia, y el libre comercio nos arrebata los mozos más robustos, y les da mujeres propias en América. Es preciso un auxilio extraordinario, una habilitación, máquinas, dinero, etc. y el comercio que es el cuerpo poderoso de quien se debían esperar estos socorros, no puede con su carga y está exhausto de fuerzas; el libre comercio ha sustraído de la campaña otros tantos jornaleros cuantos marineros ha creado; con que un proyecto que arranca de la nación la flor de la juventud, que quita obreros al campo que dificulta los auxilios, y que extingue las ganancias precisamente ha de aniquilar la agricultura. Resulta de esto, que por no haber vendido para el norte el vino que ha navegado a la América en estos diez años, hemos pagado al extranjero en pesos fuertes y onzas de oro, lo que valdrían estos mismos vinos, cambiados por mercaderías de Europa; y véase aquí una segunda pérdida no menos dolorosa que la de la agricultura. Pero digamos ya alguna cosa de la pérdida que siente hoy nuestra población comparada con la del antiguo sistema.
La misma facilidad con que se entran nuestros patricios a esta carrera, y el lisonjero semblante con que ella se deja ver por donde se nos escapan innumerables mozos, que estarían mejor tirando de un carro, o de una azada, y que acaso no nacieron para otra cosa. E1 Código de Leyes de indias, las ordenanzas de la Audiencia de contratación y las de los consulados, conociendo desde los principios el perjuicio que resultaría al Estado;. y al comercio de que fuese libre a cada uno meterse por las puertas de esta carrera en el día y punto que se le antojase, como se está verificando en el día, prescribieron ciertas formalidades de mucha sustancia para arreglar por ellas esta distinguida república. Las Leyes de Indias miraron a este gremio con todo aquel aprecio a que lo hace acreedor su importancia, y para mantener su esplendor acotaron la entrada a sus alumnos por un conjunto de calidades que hiciesen conocido al pretendiente en nacimiento, costumbres, y fondo de caudal. No parecido decente a nuestros Soberanos depositar una porción de la fe pública que ha de correr por las manos del comerciante en unos hombres de incierto origen de extracción infame, de perversas inclinaciones, y de ningún capital. La averiguación de estas calidades se ejecutaba por los tribunales de la contratación y consulado en contradictorio juicio con el fiscal de aquella Real Audiencia, a vista, ciencia y paciencia de todo el cuerpo de comercio de indias a quien no era fácil se ocultase quien era cada uno. Este mismo comercio, como interesado en que no se le incorporase un hombre desigual que lo afrentase, un miembro podrido que lo inficionase o un casi mendigo que se prostituyese a una sórdida ganancia, era un fiscal de suma rectitud que celaba las puertas de su entrada. E1 examen de aquel tribunal y la vigilancia del comercio formaban un muro de seguridad en que se defendía este gremio de los asaltos de los vagabundos, y reservaba a solos los dignos las prerrogativas de pertenecer a un cuerpo el más antiguo, el más importante y el más poderoso de un Estado. Semejantes requisitos no podían concurrir fácilmente en toda clase de personas y la precisa circunstancia de estar como estancada en el consulado y la contratación, la potestad de admitir en este gremio a los que pretendían ser de su matrícula, facilitaba a este comercio, el poder mantener su decoro, conservar su pureza, y resguardar su propia hacienda. La concurrencia de tantas calidades en los que habían de alistarse en el comercio, hacía que la carrera de las Indias estuviese como adjudicada a un cierto número de jóvenes que se criaban al lado de los ancianos de esta comunidad. Ella les daba su fomento, les enseñaba el arte, y manteniéndolos a su vista sin poder salir al mundo mercantil hasta estar probados en idoneidad y hombría de bien, se podía señalar con el dedo el que no correspondía a su educación. Cada casa de comercio era como un seminario donde se educaban a la par tres o cuatro mozos que con el tiempo habían de subrogar a sus mismos patronos. Estos mismos mozos se tomaban ordinariamente de la familia del que lo recibía en adopción y en su defecto de los paisanos de este protector; y como todas las provincias de España tenían parte en este comercio, estaba como repartido entre todos el derecho de negociar en Indias. Siendo las Andalucías las que llevaban la menor parte.
Estos mozos al paso que recibían de sus patronos una enseñanza cristiana, y que eran criados en grande sujeción y humildad iban tomando escuela teórica y práctica en el comercio. Luego que eran maestros en el arte, y que habían sido probados en fidelidad y hombría de bien les daban sus amos una parte del giro de la casa o los enviaban a Indias con sus facturas, con lo cual se matriculaban en el comercio en clase de factores o en la de cargadores, y comenzaban a manejarse por sí, sin dejar de depender de sus protectores. De este como seminario se componía el cuerpo del comercio en aquella feliz época, y por medio de un sistema tan prudente como bien combinado se lograba saber a punto fijo quién era cada uno, cuál su fondo, sus costumbres, y sus calidades, que no ganasen la carrera del comercio hombres desconocidos, o desvalidos, y cuantos quisiesen hacerse comerciantes; y con esto concurría que todos o los más contaban con un arrimo o respaldo de que poder ayudarse a los principios; y había entre todos una cierta emulación o pundonor que los empeñaba a ser honrados en competencia.
A estos jóvenes así formados estaba como restringido o encomendado el tráfico de las Indias; y hallándose precavido por las Leyes todo lo posible el tránsito a todo el que no manifestase al tribunal licencia expresa de la Real Persona, se conseguía que las que pasaban para allá volvían a España por la misma utilidad que sacaban de su comercio, el deseo de conservar su buena reputación y abrigo que tenían de sus patronos los hacía restituir a sus casas luego que concluían sus negocios; y si se quedaban algunos de los que navegaban de cargadores, siempre era éste un corto número que no podía perjudicar demasiado a la población; pero los que viajaban de factores volvían casi infaliblemente.
Хосе Кардьель. Миссии в Парагвае. José Cardiel. LAS MISIONES DE PARAGUAY.
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