La concurrencia de vendedores, cuando es superior al número de los consumidores necesariamente induce a la baratura y llega hasta el punto de envilecer las mercaderías. Por el contrario, cuando el número de consumidores es superior al de los compradores da una alta estimación a todo lo que se vende, y no es raro que lleguen a medirse las ganancias por la codicia del vendedor. En Indias donde la mayor parte de lo que conducen los cargadores es negociado con dinero a la gruesa, tomado el riesgo para pagar en los puertos del destino es doble el quebranto que ocasiona al cargador hallar provisto el lugar de feria: porque le van corriendo los intereses del dinero hasta que satisface, o le embargan la hacienda y se la vende a un precio ínfimo; y como unos buques se suceden a otros, y nunca se verifica escasez, no queda el arbitrio al cargador de reservar su factura hasta mejor tiempo, porque todos son peores, o porque teme que cesen las modas que se sustituyen continuamente y queden por los suelos dos o tres millones de pesos de una semana a otra.
Síguese a esto la quiebra de unos y otros por el enlace que todos forman entre sí, hasta venir a dar al prestamista que es el tronco o la raíz de todas las progresiones que se van derivando de su dinero; y no pudiendo pasar de aquél, sucede que el daño que cualquiera de las quiebras que acontece entre españoles, disminuye el fondo del comercio, porque no puede verificarse que vaya a dar la falla de uno de nosotros a las potencias extranjeras. La razón es clara, porque saliendo de España en plata y frutos el valor total de lo que recibe de las demás naciones para el abasto de los dos reinos, se pierde después de hecho el trueque alguna parte de este capital, lo pierde nuestro comercio a diferencia de aquellas naciones donde se hace el comercio en comisión, o donde se emplea todo en fomentar las manufacturas del país (como en Francia), pues entrando por este medio en manos de los obreros el dinero que sale de los comerciantes, aunque pierdan éstos las manufacturas que conducen a expender fuera, siempre queda en el seno de la Nación el respectivo fondo en metal, y sólo viene a perder el equivalente en efectos y las ganancias de su transporte. La España lo pierde todo: porque el dinero que dejó por pagar un comerciante a otro, como no viene de Indias, no vuelve a ir, nunca más vuelve al círculo y disminuye el capital en otra tanta suma.
Es nociva la concurrencia dicha al comerciante vecino de Indias, porque receloso de que la sucesiva navegación de tantos buques ha de menester siempre la abundancia en el mismo o mayor pie, teme perder hasta en lo que compra muy barato; y así sólo lo ejecuta de lo más preciso para el despacho diario, queriendo más bien tener su caudal en inacción que exponerlo a una pérdida probable por una ganancia incierta y contingente. De manera que ni al comercio español ni al de América puede ser de provecho una franquicia absoluta e ilimitada que cree más número de comerciantes que el que sufre la población de España y el consumo de las Américas.
Que la Real Hacienda no ha adelantado sus intereses lo demuestra la experiencia y lo persuade la razón. Los derechos no se han multiplicado, antes bien han padecido notable disminución. E1 de toneladas, que formaba un renglón crecido, se ha suprimido enteramente; el de extranjería se ha extinguido; y los restantes han sufrido una considerable rebaja. Los gastos del erario se han aumentado notablemente de resultas del comercio libre; cuando se hacía el de indias en derechura desde Cádiz bastaba un moderado número de empleados en la aduana y en el resguardo; y hoy que se halla disperso aquél en varios puertos; ha sido necesario aumentar considerablemente el número de oficiales, y aún no bastan para dar pronto expediente a la habilitación de un buque por la escrupulosa detención con que han de reconocer y apreciar toda su carga en vez que en lo antiguo la cinta daba sumado el importe de los derechos de cada factura sin necesidad de abrir fardos ni ocupar la mitad de la gente. Los resguardos de los puertos han necesitado proporcionar refuerzo grande de empleados, que hace triplicado el gasto del erario; conque sin haber aumentado la Real Hacienda sus emolumentos, se halla gravada con este exceso de gasto.
La Nación en común no puede haber adelantado mucho con este nuevo proyecto, cuando vemos que ha sido perjudicial al comercio: porque teniendo sus relaciones con este cuerpo todos los ramos de un Estado, necesariamente han de participar de los crecimientos o desmedros que aquél experimente. Veamos en primer lugar si el comercio libre ha adelantado nuestra agricultura.
No dudamos que si la Nación hubiese aumentado sus cosechas, o adelantado su despacho por los auxilios de un comercio franco, le sería muy conveniente esta libertad, y deberíamos sentir que les hubiese estado vedada por espacio de tres siglos. El incremento de nuestras cosechas nos produce el mismo interés que la transportación de los frutos a América; esto es, el ahorrar plata acuñada en la compra de efectos que hemos de tomar de la Europa, Asia y África para nuestro surtimiento y el de las Américas.
Las cosechas de nuestro suelo nos valen todos los años tres millones de pesos en efectivo por otros tantos que vendemos a los extranjeros en vino, aceite, lanas, pasas, almendras, naranjas, sosa, barrilla, etc., a cambio de lo que nos traen a nuestros puertos; y otro millón de pesos que remitimos a la América en estos mismos efectos y se nos retorna en oro o frutos, nos deja en posesión de cuatro millones que deberían pasar a los extranjeros si no tuviésemos esta casta de moneda de subrogar a la acuñada; por lo tanto si el sobrante de nuestra cosecha alcanzase a pagar todo lo que necesitamos de afuera podríamos ahorrar toda la plata y oro que recibimos de las Américas. Pero la libertad del comercio, después de no tener influjo directo en el fomento de la agricultura, ha aminorado mucho la población de España; con lo que lejos de aumentarse la labranza de nuestros campos, nos ha robado una multitud de brazos que tienen atrasada nuestra agricultura en otra tanta cantidad. No hay duda que el comercio libre no ha coadyugado en nada al aumento de nuestras cosechas; las mismas especies y cantidades que se criaban en nuestras campiñas hasta el año de 78, son las que se producen en el día; no se ha adelantado ninguna; y la diferencia de las cosechas actuales a las de ahora 15 años consiste en ser menores las del día por serle igualmente el número de labradores. Pero suponiendo que se diesen en grande abundancia, es evidente, que teniendo asegurada la venta de nuestros frutos a las puertas de nuestra casa sin necesidad de salir con ellos fuera, no podemos comprender en qué aprovecha a la agricultura, que se haya habilitado diferentes puertos, con muchos buques que conduzcan nuestras cosechas a las Indias. Porque si no pretendemos en ganarnos, debemos conocer que lo que tiene cuenta a la nación es comprar de fuera lo menos que sea posible, y permutar mucho. El cambio se hace con efectos de dos naciones en que cada una se desprende del sobrante de su suelo por adquirir lo que no tiene; y las compras se hacen por medio de signos numerarios de plata y oro, que evacuan la España de estos preciosos metales que es su mejor patrimonio. Mientras más despacho tengan nuestras cosechas para Indias, menos porción podremos cambiar con los extranjeros, y más cantidad de plata habremos de ponerle en las manos. Es verdad que conduciendo a indias nuestros frutos, rendirán mayor ganancia y su importe, retornado en moneda o especie, podría vivificar nuestra agricultura; pero esto mismo se consigue por medio de mercaderías. Con ellas se traen frutos y moneda de indias, y no se imposibilita la nación de negociar sus frutos con el extranjero y de conservar el metal que es lo que le interesa.
Si nosotros no tuviésemos modo de dar salida a nuestras producciones, o éstas fuesen mayores que las que se necesitan en Europa, sería un proyecto útil abrir muchos puertos en España que facilitasen el transporte de nuestros frutos o donde lograsen buen despacho; pero sobrándonos compradores y faltándonos qué vender, de nada nos sirve tener puertos y bajeles por donde transmigrar las cosechas de nuestra campiña. Lejos de esto, es cosa bien obvia que mientras más escasean nuestros frutos, recibirán mayor valor en la Península y esto acarreará uno de dos males: o que el extranjero las solicite en nuestros países, o que nos encarezca sus manufacturas.
Хосе Кардьель. Миссии в Парагвае. José Cardiel. LAS MISIONES DE PARAGUAY.
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