Ya se ve que esta renta era muy deficiente para erigir una catedral en Montevideo que partiese entre su obispo, y el de Buenos Aires la cura de almas de tan grande territorio y que pudiese ser visitado, que es imposible a uno solo. Pero no consiguiéndose entonces el adelantar las rentas de la Mitra de Buenos Aires que con ser una diócesis inmensa es una de las más pobres de América y de España, sería más aceptado poner una Colegiata al cargo de un abad y doce canónigos, dotándola con el diezmo de la jurisdicción del mismo Montevideo y reservar el restante al obispo y canónigos de Buenos Aires para que se pudiesen aumentar sus prebendas hasta el número de 20 ó 24, del de seis a que están reducidas y poner en ella los capellanes veinteneros, sochantres, seises músicos y maestros de capilla de que carece absolutamente, no sin desdoro y grande mengua del culto divino y de la solemnidad de sus funciones. Con este mismo arbitrio engrosaría el noveno y medio de la fábrica que hoy no llega a dos mil pesos y donde pudiese costear aquella iglesia sus festividades, y reponer sus ornamentos y vasos sagrados, y edificar las torres y portada (que no ha podido levantar todavía y salir de la necesidad en que está que le obliga a pedir de puerta en puerta para el alumbrado del monumento en el Jueves y Viernes santo, y la priva hasta de poder reparar su templo material, que siendo tan nuevo (que se estrenó el día 25 de marzo el año de 91) es muy sensible verlo desmejorado por falta de reparo.
Entonces viendo duplicarse el obispo las rentas de su mitra dejaría quizás de percibir las cuartas episcopales, que en medio de ser limitadas gravan en demasía a los curas de la diócesis por lo tenue de todos los cuartos del obispado de Buenos Aires, empezando por los del sagrario; o en el caso de percibir este sufragio lo dedicarían a costear la visita de aquella región que acaso no ha sido visitada jamás de sus prelados por ser una obra que requiere gastos y años, y pasa de mil leguas las que hay que andar entre ida y vuelta para darla concluida.
Entonces visitando personalmente su obispado los prelados de Buenos Aires, y viendo que copiosa es la mies, y que pocos los operarios, querrían vivir en aquellos desiertos como los primeros obispos, instruyendo, bautizando, confirmando, y administrando toda especie de pasto espiritual a tanto miserable en quien no ha rayado todavía luz de la fe, sin embargo de vivir entre católicos, los cuales permanecen y mueren en la mayor ignorancia de los misterios de la religión, porque no han podido visitarlos sus obispos, ni éstos los conocen, ni ellos a su Pastor.
Establecida una colegiata en Montevideo tendrían los obispos personas suficientes que con más facilidad y menor costo saliesen cada año a visitar un pedazo de campaña, mientras el obispo no lo pudiese hacer por sí. A favor de este pensamiento hace mucho el estarse levantando en Montevideo actualmente una iglesia matriz de tres naves con 75 vs. de fondo y de frente que se halla a punto de cubrir su arco toral. Entonces no sería gravoso a S.M. auxiliar con una parte de estos mismos Novenos Reales al convento de San Francisco de Montevideo para que aumentase el número de sus religiosos con el cargo de tener dos todo el año que anduviesen misionando en los pueblos de nueva fundación y por las estancias de mayor concurso; o podría fundarse en el campo si parecía así más conveniente, un convento de misioneros recoletos, semejantes a los de Chillan, y Ocqba de donde saliesen dos religiosos todo el año a hacer sus excursiones apostólicas, quedando en la casa los bastantes para doctrinar, confesar, y dar ejercicios; y se podría exigir con el mismo cargo en Montevideo un oratorio para Padres de la congregación de San Felipe Neri, a que sobrarían sacerdotes que quisiesen destinarse de los muchos y muy ejemplares que tiene aquel obispo.
Entonces finalmente la parte del Noveno y medio que llevasen los dos hospitales de Buenos Aires y Montevideo daría para el gasto de estas dos Casas de Misericordia, cuya pobreza es tanta que habiendo un hospital en cada una de estas dos ciudades, es lo mismo que si no lo tuviese; porque la estrechez de estas casas y la cortedad de sus entradas no permite que se puedan curar en ellas una sexta parte de los enfermos que necesitan de este refugio; y si el de Montevideo es estrechísimo y pobre, y carece de botica y de enfermeros, no es mejor el de Buenos Aires atendida la mayor concurrencia de enfermos que sobre un pie de población que es indecente a la Nación tenerlas sin este socorro de la humanidad. Pero si los hombres encuentran donde ser cura dos con más o menos asistencia, las mujeres de uno y otro vecindario carecen de aquel recurso. En Montevideo no tienen hospital bueno ni malo; y en Buenos Aires hay con este título una sala con docena y media de camas en las casas de las Huérfanas y aún para mantenerlas no hay fondos y sobran los apuros.
Sin embargo de lo dicho si fuese del agrado de S.M. erigir una catedral en Montevideo hay el arbitrio de partir de norte a sur el territorio de la campaña, y poner a cargo del obispo de Montevideo el terreno oriental hasta el mar, y el occidental al de Buenos Aires, dividiendo en los mismos términos los frutos de ambas diócesis. Porque todo el campo que corre desde la ciudad de Corrientes hasta la colonia del Sacramento, entre el Paraná y el río Negro está más cerca de Buenos Aires que de Montevideo y sería más fácil asistirse y visitarse por aquel prelado que por éste y así se lograría que sin quitar renta a aquella mitra quedase la suficiente para el obispo y doce prebendados en Montevideo; puesto que aunque no produjesen más que cien mil pesos los diezmos de este continente podían aplicarse treinta mil a Buenos Aires y dotarse con setenta mil la nueva catedral; y cuando fuese preciso que S.M. contribuyese a este proyecto con toda la parte de sus dos Novenos y casa excusada en nada se perjudicaba; y en la renta de alcabalas, almojarifazgos y ganado silvestre, iba a ganar mucho más.
Últimamente las premisas (de que hemos hablado y se hallan en costumbre de exigirse en los campos de Montevideo) y las cuartas episcopales que se acrecentarían considerablemente, darían nueva renta a los dos prelados y a sus ministros como que se aumentarían los funerales y todas las obvenciones del altar de que ahora no hay noticia en el campo. Lejos de esto los muertos se quedan insepultos las más veces, o se entierran al pie de un árbol; y no logran de sufragios en particular sino cuando algún pasajero halla alguna osamenta humana sobre la tierra, y la conduce a Montevideo a que se le dé sepultura eclesiástica; y no es por falta de piedad sino por defecto de Iglesia y ministros, pues aquella gente en medio de su rudeza y miseria conociendo que es santa y saludable la oración y el sacrificio por los difuntos, se complacen de oír misa y dar limosnas para que se celebren; sobre que vimos en el año de 92, salir un eclesiástico a la campaña y haberle encargado tantas misas los peones que se restituyó a Buenos Aires en muy pocos días con más de 7.000 pesos $ de limosna; y hemos oído referir a otros sacerdotes que se llenan de júbilo aquellas gentes cuando los ven transitar por el campo, que tienen mucha reverencia a su carácter, que oyen la misa con devoción y que todos solicitan que se les confiese. Pero sobre todo lo que más nos admiró fue haber visto despoblarse la campaña en el año de 92 y bajar a Montevideo con la ocasión de haberse presentado allí una ejemplar señora (que tiene a su cargo la casa de Ejercicios de Buenos Aires) a darlos en aquella ciudad por algún tiempo bajo la dirección del Maestro Provincial Fr. Diego del Toro del orden de la Merced. No cabían en la casa destinada a esta obra los pobres del campo que concurrieron tantas cuantas veces se dieron que pasaron de treinta. Fueron pocos todos los sacerdotes de Montevideo para oír confesiones. Concurrieron a los gastos de la Casa con limosnas increíbles. Rogaban con ahínco a la señora que no se retirase a Buenos Aires. Lloraron su partida, y todavía la solicitan porque se vuelva a Montevideo.















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