No estriba todo el provecho que esperamos extraer de nuestros campos, en la multiplicación del ganado vacuno y en el fomento de los cueros. Estos provechos serán resultas de los planteles que haga la religión. Nosotros aspiramos y principalmente a la extinción de bandidos y forajidos que inundan aquellos campos, a la civilización política y moral de sus habitantes; a la propagación legal de la especie humana; y a la extinción del contrabando. Estos son los objetos que nos hemos propuesto en la curación de aquella Babilonia: objetos dignos de un político cristiano y que a su sombra nos han de nacer los frutos temporales que necesitamos, porque seguramente sabemos que después que los labradores de este gremio sean personas conocidas y morigeradas no vagará por inciertas manos el dominio de la campaña; se tributará a la corona; se acreditará con obras la religión; juntarán a la cría del ganado la cultura de la tierra, se dedicarán a algún ramo de la industria; no acogerán fugitivos; darán consumo a las manufacturas de España, y tropas a nuestro ejército. Con sólo poder extraer de la campaña los hombres precisos para reemplazar los dos regimientos fijos que guarnecen a Buenos Aires haría el Estado una ganancia de consideración. Con tener expedito este recurso, se ahorraría el Estado la pérdida de llevar de España, por los avisos que salen de la Coruña, toda la gente que necesitan aquellos dos regimientos. Este es un perjuicio del mayor gravamen para toda la nación, porque en diez o doce hombres que pierde cada dos meses reclutados por las banderas de estos mismos regimientos en la Coruña, pierde para siempre otros tantos labradores; y pierde más otros tantos matrimonios, que insensiblemente van dejando a la nación exhausta de hombres y sobrada de mujeres sin poder tomar estado que tenemos de experiencia ser absolutamente irreparable,
porque el que una vez fue a Indias trocando el fusil por el arado, no deja aquel para volver a tomar éste. E1 soldado, aunque aprenda subordinación en la milicia, adquiere en ella misma un espíritu de superioridad, y una opinión tan ventajosa de su carrera que desdeña cobrar después la que renunció para vestir el uniforme; y tiene por inferiores así hasta sus mismos hermanos considerándolos como labradores o artesanos. La vida de cuartel, con ser penosa y recogi-da, trae una cierta independencia que no se encuentra en el campo labrando la tierra o pastoreando el ganado. E1 soldado que en su compañía obedecía religiosamente a su cabo, y no hablaba a su sargento con el sombrero en la cabeza, tiene por intolerable volver a caer bajo la patria potestad, o dar en manos de un amo. Sabemos por experiencia que el que pasó a las Indias con este destino, no vuelve más a su casa.
Lo común es reengancharse en la Milicia luego que cumplen su tiempo, o dedicarse a un oficio, o arrendar tierras y hacerse labradores. Tomado una vez el gusto al manejo de la plata fuerte, cuesta mucha repugnancia volver al apocamiento de la calderilla, y a ser criados de un particular. Lisonjea demasiado el no cargar los bolsillos de otra moneda que no sea plata u oro, y el ponerse sobre el pie de adquirir por 200 ó 300 pesos un criado que nos llame señor y a quien creemos tener derecho de vida y muerte y tanto más lisonjera esta vanidad cuanto se ha distado más de poderse conseguir. Conque los soldados que pasan de España a América es más fuerte esta tentación que en los que nacieron con obligaciones dignas de otros empleos. Resulta de esto que una vez licenciados del servicio, y escogido destino en que ocuparse, contraen matrimonio en Indias, y ya perdieron hasta la memoria de España para siempre. La Nación pierde en ellos un labrador tributario, o un artesano industrioso, y la prole que podría originar; y en 60 u 80 hombres que pasan a Montevideo en los correos cada año, se pierden en el discurso de diez, dos regimientos de vasallos, hecha la cuenta por el dado más inferior de los posibles.
Las campañas de Montevideo bien arregladas no sólo podrían excusarnos la extracción de aquellos 60 mozos cada año, sino un regimiento entero en cada decenio, que reemplazase a los que sirven en España: una vez que en el día los dos Fijos que tiene Buenos Aires, apenas cuentan dos criollos por Compañía; y el de Infantería quizá no tiene uno de ciento que no sea gallego.
Esta falta trasciende del mismo modo a la Marina, a las Artes, al tráfico, y a todos los ramos de una monarquía, pero lo principal es la agricultura, porque pudiendo la península pagar con más que con tres millones en vino, aguardiente, lanas y sedas de su cosecha, los 36 que necesitan para su consumo y el de las Américas, evidente cosa es, que mientras menos coseche menos pagará en frutos y más en plata acuñada, y será menos su cosecha, mientras sea menor su población.
El arreglo y la población de los campos de Montevideo era capaz de concurrir de muchos modos a la conservación de nuestra plata y oro acuñado que debe ser todo el grande objeto de un Ministro de Estado. Esta campaña, a quien su creador privilegió tanto en la fecundidad, si se hallase poblada sobre principios de buena policía, daría multiplicados los frutos que hoy rinde silvestres, y los daría de muchas especies. En el día, se reduce toda su producción a un solo efecto, que es el de cueros al pelo; y labrada la tierra como lo harían sus habitantes mejor civilizados, produciría nuevos frutos y propagaría más el ganado. Azúcar, tabaco, algodón, lanas, trigo, lino, hierbas, cáscaras, y gomas, son unos renglones del mayor consumo de Europa que podrían producirse en abundancia sobre aquellas campiñas; con la excelencia de que lo que en otras se puede esperar y no se consigue por sus grandes gastos, allí sucede al contrario: abundan las proporciones, y falta el ánimo para la empresa; sólo se necesita que se dé principio a la obra, que raye la luz y la enseñanza sobre aquellos hombres aletargados; que se les ponga a la vista el tesoro que poseen y que se les den lecciones prácticas del modo de disfrutarlo. El terreno se adquiere a poca costa como ya hemos dicho; el ganado de labor no tiene precio; la carne para el sustento cubre los caminos; pan, ni se apetece, ni se gasta; la hierba mate vale poco y se cría por allí; vino y aguardiente no se da a los jornaleros; el domicilio de todos es un rancho pajizo; el vestuario, sólo es preciso para la honestidad; el agua llovediza es continua, y toda la tierra está cruzada de ríos y arroyos de dulce y cristalina agua; la carretería para los transportes se arma con bueyes; con que los aperos de labor son el más grande desembolso que tienen que hacer aquellos labradores. Pero esto y todo lo demás que hubiesen menester, lo llevaría el comercio hasta las puertas de sus casas, luego que hubiese poblaciones, y el mismo comercio levantaría de aquellas los efectos de sus cosechas, sin que el labrador necesitase desviarse un paso de su hogar.
Lo extraordinario de estos pensamientos, es su extraordinaria facilidad; ser tan correspondientes en la práctica como son vistosos sobre el papel; poder pasar de éste a la existencia física de un ser verdadero, sin que lo embaracen aquellos obstáculos invencibles en que tropiezan siempre las grandes empresas. Nada tiene de áspera, ni de costosa la reforma de aquellos campos. No es necesario abrir canales, allanar montañas, partir cerros, y menos, apurar el erario o pensionar con derramas al vasallo. Todo estriba en enviar un comisionado de talento y de celo, un ministro experto y diligente, autorizado de facultades y sobre todo práctico en las costumbres del país y en el carácter de sus habitantes, para que sepa ajustarse en sus providencias a lo que pide el genio y el temperamento de sus vecinos. Este es el principal fondo que ha de costear la obra: un comisionado de prudencia, de suma actividad, y de una condición blanda y accesible sin bajeza que lleve delante de él la predicación del Evangelio y la enseñanza de la doctrina. Sobre este cimiento se edifica con solidez hasta la altura que se quiere.
Al abrigo de media docena de capillas, regidas por buenos párrocos, se congregarán en breve las familias dándoles en propiedad un solar de competente extensión. Congregadas, oirán con gusto la palabra de Dios, y recibirán su Ley de mano de los misioneros que se destinen a esta obra; y cuando ya se encuentren con una tintura de religión, -cuando estén en costumbre de ver Misa los días de fiesta, de confesar y comulgar, de ofrecer sus votos a Dios, y de dar sepultura a los difuntos, se unirán en matrimonio sin repugnancia, y criarán a sus hijos sobre el pie de civilidad en que viven las demás ciudades de América. Ellos entonces formarán sus cabildos, nombrarán justicias, castigarán los delitos, celarán que no se cometan, guardarán el campo, herrarán el ganado, y se subordinarán a las ordenanzas de policía-, que les dicte el gobernador del campo.
Así se han formado en todos tiempos las mayores ciudades del universo. Así previenen las leyes de indias que se pueblen las villas y los lugares. Así se consigue que se engrandezcan las monarquías; y así por último se logra que no haya vasallo inútil ni perjudicial en una nación.
Хосе Кардьель. Миссии в Парагвае. José Cardiel. LAS MISIONES DE PARAGUAY.
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