¿Pues cuándo cumplirán con el precepto de la confesión y comunión anual unos hombres que rehusan el oir misa en los días de fiesta, y que nunca se congregan a oir la palabra de Dios, ni tienen a quien oírla?
Unas gentes, pues, nacidas, criadas, y avecindadas en parajes donde se ignora hasta el nombre del rey que gobierna; donde no se ve administrar los santos sacramentos; donde no se oye predicar jamás; donde rara vez se encuentra misa; donde el trato es con las fieras; donde apenas se conoce el pan; donde no se sabe lo que quiere decir vigilia; donde apenas se tiene idea de la eternidad, donde oscuramente se sabe lo que es pecado mortal; en una palabra, donde pocos o ningunos saben los primeros rudimentos del catecismo, y ni aun el persignarse; ¿no sería un milagro del Altísimo que floreciese la paz y la justicia? ¿No puede pasar por obra de la Providencia que los hombres no se coman los unos a los otros?
Si el señor no guarda la ciudad, en vano se desvela el que ha de guardarla. Si la religión y la doctrina del Evangelio no se planta primero en esta tierra, jamás llevará frutos de buenas costumbres. Ilumine la fe los entendimientos de tanto miserable, y sus corazones se harán capaces de todos los sentimientos que pretende inspirar la política. Estos son unos hombres casi muertos para la vida espiritual; o unos cuerpos semivivos, que necesitan de piadosos samaritanos que se hagan cargo de curarles sus heridas. Son aquellos difuntos ya corrompidos, a quienes simbolizó Lázaro en el sepulcro, necesitan de Jesucristo que les vuelva la vida. Venga este señor a la campaña y sobrarán los resguardos. Vengan obreros espirituales; venga la Doctrina cristiana; amanezca la luz del evangelio sobre unos ciegos de nacimiento, más infelices que el de Jericó, pues no conocen su ceguera; entren a esta copiosa mies operarios de Jesucristo con las hoces de sus leguas, dando a conocer al que los envía, y venga detrás la política, la justicia, los reglamentos, los ministros del rey, el comercio, la agricultura, la industria, y todo hallará cuartel. Pero principiar por estas lecciones la enseñanza, y olvidarse de aquella disciplina es poner la carreta delante de los bueyes, o querer que lea el que no conoce el alfabeto.
No hay duda que si se entabla alguno de estos proyectos que hemos insinuado, se reformará el estado de la campaña, porque los hombres, y aún los brutos ceden al rigor de los castigos; pero cuando se hayan connaturalizado con el azote, cuando se hayan familiarizado sus ojos con los suplicios, perderá entre ellos el castigo toda su eficacia, y la lástima común vendrá a desarmar el brazo del verdugo. Así se observa que aconteció en Roma en tiempo de sus reyes que del rigor pasó a la indolencia, y de la indolencia a la impunidad; porque a la verdad no es la crueldad de las penas el mayor freno para contener los delitos; antes se ha visto más de una vez que los grandes tormentos, endurecidos los ánimos de los hombres, han perdido la virtud del escarmiento, y los ha hecho más atrevidos. El Montesquieu testifica esta verdad con ejemplares de diversas capitales de Asia y de Europa donde los delitos más atroces se han visto nacer de la acerbidad de las penas. Los robos en despoblado, dice este escritor, que eran tan frecuentes en algunos países que se inventó para desterrarlos el suplicio de la rueda; y que después de algún tiempo se robaba como antes en los caminos. Del Japón refieren los viajeros que se compiten en crueldad de las penas con la atrocidad de los delitos y que no son menos frecuentes que si absolutamente no se castigaran. véase lo que escribe de Turquía el autor de la obra intitulada Legislación Oriental acerca de los panaderos turcos, a los cuales asegura este escritor, en calidad de testigo de vista, que ahorcan casi todas las semanas por lo que rebajan en el pan; y que sin embargo de tan excesivo rigor se tropieza en la calle todos los días los cuerpos de los ahorcados.
Tan verdad como todo esto es que no se halla en la crueldad de los castigos el vínculo de la obediencia, y del buen orden que se desea establecer en una república. Pero cuando hablamos de plantear la subordinación y de introducir la disciplina civil en unos campos abiertos a toda especie de vicios, y de docilitar a unos hombres montaraces que llevan desde la niñez el fuego de sus iniquidades, que no son sensibles a la vergüenza, y por decirlo de una vez, que nada tienen que perder, es empresa de mayor riesgo el arrojarse de un golpe sobre ellos a ponerles la ley, y despojarlos arrebatadamente de la abusiva libertad en que han estado toda su vida. Puede considerarse tan difícil este logro que acaso se haga imposible, y vengan a ser los últimos desaciertos de estos hombres peores que los que se pretenden enmendar.
Por el contrario el fiar a la religión todo el éxito del negocio, no ofrece riesgo el menor. Semejante tentativa no puede dar en ningún tiempo motivos de arrepentimiento, así como no los dió y fue tan eficaz para la conquista de la América de mano de unos infieles; y no es verosímil que hallemos a Dios menos propicio para esta empresa que lo encontramos para aquella.
La predicación del Evangelio puede obrar de muchas maneras la reducción que se pretende de estos forajidos; porque primeramente alumbra el entendimiento y destierra la ignorancia, que es el principio de nuestros desaciertos, y lo fue del deicidio que se ejecutó en Jerusalem; induce al temor de Dios; y dejando aparte otros efectos puramente espirituales, instruyen las leyes del vasallaje, las cuales nos guían a amar al soberano, y a servirlo por amor, a temerlo como a ministro del Altísimo, a observar sus leyes, y para explicarme en la frase de Jesucristo, nos enseña a dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Porque siguiendo esta misma parábola, en el campo no se sabe de quien es la imagen de la moneda, esto es, quien es el que nos gobierna, y cuales son sus derechos que le son debidos de justicia que no se le pueden usurpar sin delito. Se puede asegurar sin peligro que de diez vecinos de nuestra campaña, creen los nueve que el contrabando es un acto lícito en el fuero interno, y que no tiene más reato que el de la pena corporal si llega a ser aprendido el contrabandista; y el uno que resta de los diez, no cree positivamente que el contrabando sea pecado; bien que como ya se ha dicho la mayor parte de la gente de la campaña ignora el nombre del soberano reinante con estar tan reciente su exaltación.
El efecto más provechoso a nuestro intento, que viene con la predicación del Evangelio en la campaña, es la reducción o la reunión de familias que se ve en cualquier parte del orbe cristiano luego que se levanta una capilla o una ermita. Así como el agua y los montes atraen las gentes para fundar pueblos y meterse en sociedad, así un altar entre los católicos congrega a los hombres y a las mujeres, y resultan los matrimonios, de donde viene la multiplicación de los linajes. Luego que hay iglesia y hay pastor se congrega el rebaño, se planta la devoción, la virtud, la política, la justicia, y las buenas costumbres, y todo lo que se quiere que haya, en sabiéndolo negociar. De manera que siendo unos mismos los hombres antes y después de reunidos en sociedad empiezan a parecer otros desde que se congregan a vivir en compañía.
Como nada hay más infalible que la religión católica, tampoco hay cosa que sea más amable a los que la mamaron en la cuna; y desde el momento que va entrando por nuestros ojos la luz de las verdades eternas, se va insinuando en nuestros corazones la obediencia a los superiores, y nos va haciendo declinar de nuestro amor a la independencia.
Por lo dicho, estamos bien persuadidos según el carácter flexible de aquellos naturales, que se difundiesen por nuestra campaña unos operarios celosos que misionasen el evangelio por las estancias más pobladas, y se levantasen junto a ellas algunas capillas, regidas por unos párrocos desinteresados y de mucha caridad, que incesantemente trabajasen en administrar el pasto espiritual, en breve sería la campaña un nuevo mundo y una brillante piedra que esmaltase y diese doble precio a la diadema de nuestro soberano.
Las conveniencias que de la planificación de este proyecto sacaría el Estado, la iglesia, el comercio y la real hacienda exceden de lo que se puede explicar, y aún de lo que se puede comprender. Es obra de muchos volúmenes lo que se puede calcular sobre este plan. Entonces se verían logrados sin tropiezo los dos grandes proyectos de la salazón de carnes, y el de la pesca de la ballena, sobre que tanto se ha trabajado inútilmente; proyectos bastantes por sí solos a estimular por la conservación de esta América, cuando no produjesen otros frutos; y cuando no se lograsen éstos, aseguraríamos el comercio exclusivo de los cueros, más pingüe y lucrativo que el beneficio de los ricos minerales.
CAPITULO V
De los provechos que resultarían al Estado de poner en
orden la población de la campaña















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