Así pensamos que quedan remediados de una vez, y para siempre, los desórdenes y excesos de los hacendados, changadores, indios y portugueses que tanto daño han hecho al Estado. Pero si nos es lícito decir lo que sentimos, sólo quedan remediados exteriormente al modo que se evitan los delitos de un facineroso encerrándolo en una prisión. Este método no alcanza más que a paliar el mal, dejando en el fondo la raíz de la enfermedad; es parecido al que usa [un] físico en la curación de una llaga cuando por ignorar el arte la cierra en falso, que volviendo abrir su boca necesita tratarse de nuevo, y sanar ante todas cosas el daño de la primera curación. Otro es, a nuestro entender, el remedio que debe emplearse para desvanecer en su origen el principio de tantos males políticos; remedio a cuya eficacia cederán inmediatamente; y que es más sencillo, sólido y conveniente que los que dejamos apuntados, aunque de ambos deberá hacerse uso al mismo tiempo.
Del arbitrio principal que debe plantificarse para la reforma
de los habitantes de la campaña de Montevideo
Una sola providencia es capaz de todo lo que deseamos encontrar por entre una multitud de proyectos y combinaciones siempre inferiores en sus alcances a la malicia humana.
Bastaría a nuestro ver para remedio universal de la campaña en todo el cúmulo de sus males por santificar en ella la religión. La semilla del Evangelio, sembrada en estos campos por medio de una bien entendida política y por unos obreros verdaderamente religiosos, mejoraría o renovaría de tal manera la faz de esta tierra que sería suficiente a civilizar sus habitantes, a subordinarlos, a hacerlos aplicados, y a convertirlos en vasallos útiles, que hiciesen calmar el rigor de las leyes criminales, y excusada la combinación de tantos remedios como hemos apuntado.
Este pensamiento envuelve una verdad sencilla, que desenrollando descubre su grande importancia. La religión pues, la religión cristiana, de que sólo hay en la campaña una noticia, o de que sólo se sabe el nombre, traería al Estado todas las grandes ventajas que se pretenden buscar a mucha costa en los filos de la espada y por las manos de verdugo. La religión católica establecida por los exjesuitas en los treinta pueblos de Misiones, fue la mejor arma que sujetó a unos neófitos que vivían en la infidelidad adorando al sol, o a la luna. Por la disciplina de aquellos misioneros se hallan hoy reducidos aquellos infieles a unos ciudadanos útiles que viven de la labor de sus manos, sin ofender a nadie; humildes y obedientes al que los gobierna; expertos en la agricultura; y lo que es más admirable, maestro[s] en el canto llano, prácticos en la liturgia, diestros en el manejo de instrumentos de cuerda, aire, y tecla; versadísimos en la solfa, hábiles en el pincel, sueltos en el bordado, famosos en el tejido, y en una palabra con una asombrosa disposición a copiar todo cuanto ven, sin más maestro muchas veces que la vista del original que se proponen imitar. Estos ejemplos ofrecen a la evidencia una prueba, la más robusta, intergiversable y sólida de la eficacia de la religión para hacer deponer a los hombres toda especie de ferocidad y domesticar sus espíritus hasta el punto que se estime conve-niente.
Por el contrario, la falta de este freno de seda vuelve indómitos a los racionales, y hace libertinos a los mismos católicos. No sería fácil encontrar paganos, idólatras ni herejes entre los vecinos de nuestra campaña; todos ellos que tienen y confiesan (si se les pregunta) lo que enseña y predica la Santa Iglesia Católica; pero en las costumbres, en las inclinaciones y en el conocimiento del verdadero Dios poquísima será la diferencia, si hay alguna, de estos campesinos con un gentil. No es éste un hipérbole oratorio, ni convenía a la simplicidad de este papel semejantes exageraciones. Es por nuestra desgracia una verdad demasiado notoria. Los homicidios, el incesto, el adulterio y hasta los crímenes nefandos, se cometen en la campaña con la mayor serenidad que lo que cuesta el referirlo. Del hurto y de la embriaguez, se opina y se hace uso como de una acción lícita o indiferente. Los amencebamientos y la permanencia en la mayor excomunión por espacio de diez, quince, veinte y treinta años son noticias muy familiares en los oídos de los confesores. Llegar los hombres a la edad de la adolescencia sin haber recibido más que un solo sacramento, o ninguno es demasiado común. Entrar en la pubertad, así hombres como mujeres, sin saber la oración del Padre Nuestro acontece a la mayor parte de los que nacen en la campaña; robarse los hombres a las mujeres, y traerlas de toldería en toldería por muchos años se oye a cada paso. Sorprender los maridos a sus mujeres in fraganti delito y luego salir demandándolas ante los jueces es cosa que causa admiración a los recién llegados a la América, hasta que la costumbre de oírlo desavenece la novedad.
E1 modo y el motivo de matar a un hombre en la campaña es de las cosas más monstruosas que se oyen en aquellos destinos, y para la cual apenas se atinaría con la causa. Porque se mata a un hombre abriéndolo en canal como a un cerdo; y el fundamento de esta inhumanidad ha sido tan despreciable que a veces no ha sido otro que el antojo de matar. Hemos visto más de un reo que ha dado por razón de un homicidio atroz el deseo de ser ahorcado. E1 uso del cuchillo es irremediable en la campaña; el de la bebida es el más común deleite; la efusión de sangre es el único ejercicio en que se ocupan; temor a la justicia no hay porque tenerlo; a Dios no se le conoce aquí. Con que acostumbrada la vista y las manos de aquellos hombres a ver correr ríos de sangre, a lidiar con fieras, y a vivir entre ellas, se les endurece el corazón, y votan lejos de ellos la humanidad y el amor fraterno, que juzgan de la vida de sus semejantes poco o menos más que de la de un novillo.
¿Qué excesos, pues, no cometerían en el uso de la venus unos hombres que en nada lo parecen, sino en la figura? Unos hombres que no están ligados a sus semejantes por religión, ni por vínculos de carne y sangre en su modo de pensar. ¿Qué pecado habrá que les parezca enorme, si lo pide la sensualidad? Ninguno por cierto, porque donde no hay fe actual, ni temor, ni ley, preciso es que el hombre se embrutezca, y haga obras semejantes a una fiera.
Consiguiente a esto es que el sacramento del matrimonio sea muy poco frecuentado en la campaña; porque entre unas gentes donde el amancebamiento no causa rubor, ni tiene penas temporal y el patrimonio del más acomodado consiste en saber enlazar un toro, o en ser más diestro en robar, claro está que poco anhelo puede haber por subyugarse al matrimonio.
No es menos claro el punto de la educación, costumbre y doctrina de unos hijos nacidos de barraganas, de parientas, de casadas y de unos padres tales cuales quedan dibujados; con que la población al paso que se multiplican los medios para que se aumente no casa lo que correspondía; y la que hay es tan perniciosa y de infecto origen que sería mejor que no la hubiese.
Pero todo esto con ser absolutamente cierto, como lo es y dicho sin ponderación, es cosa que debe causar muy poco espanto al que reflexione la constitución de nuestros campos en los dos sistemas, espiritual y temporal.
Considérese el territorio de que hablamos tomándolo desde Montevideo hacia el norte un espacio de más de cuatrocientas leguas de largo, y de doscientas poco menos de ancho; y asiéntese por supuesto que en todo este océano de tierra no hay quizás una docena de capillas, ni una población formal. Maldonado, las Minas, la Colina, Santo Domingo Soriano, las Víboras, las Piedras, el Rosario, las Corrientes, y Canelones (situados todos a la orilla del agua) son las únicas iglesias que se conocen hasta el Paraguay, a reserva de los pueblos de Misiones. El terreno está poblado de habitantes, con que resulta que a excepción de aquellos pocos que viven vecinos a estas iglesias, los demás tienen la misa a diez, quince, veinte y más leguas de sus casas; y el que la tiene a dos o tres no más casi siempre encuentra en la crudeza del temperamento, y en la frecuencia de los robos un impedimento sino físico, moral y legítimo para excusarse de oírla; de manera que a las veces se pasa el año sin que hayan oído misa los que han deseado oirla; y muchos o todos los de su vida a los que no han hecho esta intención.
Los muertos, si no tienen pertenencias, se entierran donde se puede buenamente y siempre hay que conducirlos en carros por espacio de muchas leguas, si se han de sepultar en sagrado; pero casi siempre sin exequias ni sufragios.
Aun en el mismo puerto de Montevideo con ser tan Populoso, que llegará su población a diez o doce mil almas, es común quedarse sin misa alguna gente por falta de iglesias, pues sólo hay dos muy reducidas, a donde no sin mucha incomodidad oyen misa los que viven más cercanos a ellas de murallas adentro.
En los oratorios privados de la campaña sólo hay misa cuando residen los dueños a quienes se concedieron, y esto no todas veces; con que en una palabra el oir misa en la campaña la gente que la habita es pura casualidad.















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