¿Qué ramo de comercio se iguala a éste en lo fructífero? ¿Cuál otro se debería celar y fomentar con más empeño? ¿Qué vasallo fiel a Su Majestad podrá dejar de lamentar que los de Portugal nos estén usurpando esta riqueza? ¿Por ventura es mayor o más lucrativa la de las minas de oro y plata que tanto defendemos? No por cierto; es una preocupación el afirmarlo. Los dos objetos de comparación más distantes entre si que se hallan en el comercio son las minas y la negociación de los cueros. Ninguna hay más sencilla ni más barata de cuentas ha descubierto la industria del hombre; y cualquiera otra contratación, o trabajo, de cuantos ha inventado, es más dulce y menos aventurado que el hallazgo de los metales, por esto mismo en el comercio de los cueros se tocan mayores abusos que en el giro de la minería. Su misma dificultad e incertidumbre la hace inaccesible a la mayor parte de los hombres; y esto mismo la resguarda y defiende de las perniciosas introducciones a que está expuesta la otra. La de los cueros se puede decir que se logra casi desde que se emprende y apenas necesita desembolso. Aunque nos propongamos continuar la comparación, poniendo por término de ella una mina tomada en arrendamiento, siempre es incomparable la ventaja que hace una negociación a otra en los medios de sacarles el fruto. Una mina, descubierta ya por otro, da hecho al minero la mitad de su camino; pero la mitad que le resta de andar es de una escabrosidad que hace temblar con su vista. E1 destierro, en que por primer requisito debe penarse todo minero que no quiera perder su capital, transfiriendo su domicilio a un lugar desierto por lo común, estéril con extremo, destemplado con exceso, distante de poblado, y falto de todo humano socorro; la necesidad de vivir sujeto al capricho del indio, obligado a hacer un desagüe costosísimo, a dar un socavón, a padecer continuos robos, a estar abastecido de todo género de herramientas, de materiales, de maderas, de víveres, de ropas, del azogue, de recuas de ingenieros, de mayordomos y últimamente a hacer con su plata amonedada lo que el labrador con su trigo pero con menores esperanzas que éste de volver a coger lo que derrama sin atenciones precisas del minero, sin las cuales le es su mina tan inútil como lo es un solar al que no tiene como edificarlo.
Para acometer una empresa de tantas aventuras son necesarios unos fondos considerables, o que se tienen propios o se buscan a interés. E1 que los tiene suyos tropieza en muchas dificultades para arrojarlo en un mineral. Si su caudal lo ha adquirido con industria, prefiere este camino, que ya lo tiene trillado y conocidas sus ventajas, a entrar por otro a oscuras buscando la luz a costa de desvelos y caídas; y aunque éste le ofrece por término un descanso para siempre y una riqueza desmedida no puede desentenderse de que tiene a la vista muchos compañeros, que por ese mismo camino han dado con el precipicio en que se han despeñado. Tampoco consiente en dejar la comodidad de su casa y familia cuando no le es absolutamente necesaria para mantenerla; y en una palabra haber de entrar gastando sin economía y con probable riesgo de malograr lo que se gaste, desanima demasiado a los que más tienen que perder. Los necesitados de ajeno auxilio que no tienen que aventurar si no sus personas, las exponen de buena voluntad a la codicia de lo más precioso que puso el criador en manos del hombre; pero en los réditos de lo que reciben prestado y en las condiciones, pactos y fianzas con que lo reciben, pagan de su sudor tanto o más que los que les ha anticipado el prestamista. Lo que de esto resulta es que si el minero corresponde a su obligación y paga lo que prometió, no se costea y abandona el tráfico, y si no cumple y hace bancarrota (que es lo común) pierde su capital el comerciante, y queda el descalabro en el comercio. Estos desengaños han enseñado a los hombres a cautelarse de una manera en esta clase de negocios que no necesitan de que se les den leyes por donde ser gobernados. E1 mismo interés de cada uno le ha dictado los artículos a que debe arreglar su negociación, y este género de pragmáticas halla muy escasos los delincuentes. Por lo tanto, es ésta una materia defendida por naturaleza de aquellos desórdenes y abusos a que están ocasionadas las que son más accesibles; y cuando aquellas requieren unos reglamentos que pongan término a la codicia, las otras se rigen bien por los mismos que han de manejarlas.
De la primera de estas dos clases es la cría del ganado vacuno en los campo[s] de Montevideo. A las veces el pasar al gremio de estancieros un vago o un polizón es cosa de una docena de días. En presentándose al gobernador de Montevideo denunciando un terreno baldío desde la línea A a la línea B y pagando su valor (que suele ser de doscientos o trescientos pesos aunque tenga muchas leguas) y metiendo en su recinto quinientas o mil cabezas de ganado, bien orejano, o bien comprados a precio de dos o tres reales cada una, ya se levantó una estancia y hay una más en campaña que mate y robe y venda a los portugueses.
Para changador o faenero se requieren menos diligencias y no se necesita de capital; basta ponerse en el campo y arrimarse a los de aquel oficio para pertenecer luego al gremio y éste más asesino tiene ya nuestro ganado. Con que podemos decir sin temeridad que cada vecino de los de la campaña y cada hacendado comerciante es un enemigo de la felicidad del Estado. Por tanto, no bastan para defender esta riqueza de la codicia de tanto salteador el cuidado ordinario, ni es suficiente el extraordinario con que hemos custodiado el cerro de Potosí; y en medio de esta constante verdad, ha sido la alhaja menos considerada y más expuesta que ha tenido la corona. Mas no consiste todo el desorden de este ramo de comercio en el abuso que hacen de él nuestro faeneros; hay otro desorden inventado de unos catorce o quince años a esta fecha que ocasiona un perjuicio al comercio y a la labranza en particular, que no es de los que menos deben excitar el celo de un político. La negociación de los cueros en el día se halla estancada en menos de veinte o treinta vecinos de aquella América que tiran para sí todo el provecho con daño muy considerable del comercio de España. Este estanco tan injusto como perjudicial estriba en la mezcla de dos oficios de estanciero y comerciante que ha reunido la avaricia en la persona de estos últimos para daño de ambos gremios. Este es un punto de los más claros y probados que contiene este papel, y el menos expuesto a contestaciones.
El comerciante estanciero es siempre un hacendado de la clase de los ricos, que posee un terreno inmenso con título de estancia. A la sombra de este parapeto, introduce sus cueros en Montevideo por uno de los medios que dijimos al número… y con ellos hace uno de dos negocios, o los embarca de su propia cuenta a España, o los vende en el mismo Montevideo a un factor, o a un comerciante español; y de cualquier manera que la ejecute perjudica al común de hacendados pobres y de comerciantes europeos.
El perjuicio del hacendado está muy manifiesto, y ya lo hemos apuntado al número… E1 cuero que conduce a Montevideo el comerciante hacendado es siempre orejano, o de ganado silvestre, que sólo ha costado el porte y la faena; y el cuero del estanciero ha costado a su dueño el gasto de la cría, pastoreo, herraje, diezmos, etc. Y habiendo que vender ambos a un precio le sucede lo que al negociante que lleva efectos por las debidas aduanas a una plaza abastecida por el contrabando, y viéndose obligado a sacrificar su hacienda desmaya en su carrera, y la abandona, o se arrima al contrabando.
El comerciante de Europa que pasa con sus mercaderías a Montevideo en la precisión de retornar su importe en cueros y los halla estancados en manos del comerciante, se ve obligado a comprarlos de éste y se priva de tomarlos de primera mano al estanciero, y éste de venderlos a aquél, y ambos malogran sus ganancias.
Хосе Кардьель. Миссии в Парагвае. José Cardiel. LAS MISIONES DE PARAGUAY.
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