Vengamos por último a los portugueses. Estos usan promiscuamente de los oficios del indio, del de los changadores y del de hacendados, y nos hacen ellos solos tanto daño como los tres unidos. E1 portugués sale a la campiña en cuadrillas de cuarenta o sesenta hombres armados, y emprenden robarnos de uno de dos modos: o repuntando el ganado y metiéndolo por su pie en las posesiones de aquella corona o plantando un palenque y faenando en él los cueros. Este segundo robo es menos frecuente porque tiene algún más riesgo que el primero; y haciéndoles éste más cuenta es al mismo tiempo más perjudicial a nosotros. De ambos modos pierde mucho la nación, pero queda más perjudicada por la saca del ganado vivo. Con éste hace el portugués dos negocios que son el del cuero con las reses que mata y el de la cría de vacas y toros con los que reserva para casta. Introduciendo el ganado vivo en el territorio de Portugal, y faenando allí los cueros ahorran los gastos del porte que son crecidos y están menos expuestos ha ser aprehendidos que inmorando en un lugar el espacio de veinte o treinta días que se necesita para cualquiera faena. Además de esto llevando el ganado vivo adelantan el poblar sus estancias, y ponerse en posesión de una mina que nos era exclusivamente propia. Por tanto, este modo de robarnos es sin comparación más ventajoso a Portugal y menos ominoso a la España.
Esta usurpación principió por ratería y ha terminado en saqueo o pillaje. Antiguamente se hacían estos robos a hurto de nuestras guardias como quien sabía que era delito. Hoy se hacen a cara descubierta y se defiende con la espada. En otro tiempo seguía la huída de estos ladrones a la persecución de nuestras guardias; en el día se le ve venir, y se le espera, se toma campo, se elige puesto, se acomete y se sostiene un combate a vivo fuego hasta que se da el vencido. Esto es común de pocos años a esta parte, y el campo de Montevideo se ve regado frecuentemente de sangre de vasallos de ambos monarcas, y servir de sepultura a estas víctimas de la codicia y del honor respectivamente.
Este es el porte de nuestros vecinos con una nación amiga dominada de un hermano del de aquella; y cuando estos viven en paz podemos con verdad decir que sus vasallos están en guerra continuamente Pero no debemos ocultar a Vuestra Excelencia que no es toda la culpa de los portugueses en los males que su vecindad ocasiona. Cuando nos roban el ganado y se introducen en nuestro campo a fabricar cueros, ellos solos son los delincuentes; pero quizás es más común que nuestros patricios españoles les lleven a sus posesiones el ganado y los cueros, y se traigan en su retorno los efectos de su comercio. Ambos delitos son frecuentes; y no podemos señalar cual es el más usado. Solamente diremos que cuando el portugués viene a robarnos no nos hace más que un agravio; pero cuando los españoles les introducen en su término el ganado o los cueros, sentimos doble pérdida: una en la sustracción de nuestros frutos y otra en la internación de los extranjeros. E1 robo del ganado es una pérdida positiva, pero no pasa de aquí; más la introducción del contrabando nos hace sentir la pérdida del ganado que salió para el Brasil, y la de los efectos de nuestro comercio y rentas reales que destruir [sic] el contrabando. Ninguno de cuantos fraudes se ejercitan contra el real erario es más perjudicial a la corona que el que se hace por nuestros changadores llevando cueros y trayendo géneros, este contrabando es la peor cuchilla de nuestros ganados, y la peor epidemia que puede venir sobre aquel campo. Los hacendados, los perros, y la falta de pastoreo no hacen tanto estrago como el que nos causan los changadores en el comercio con los portugueses. Quizás no valen tanto los robos que estos nos hacen en un año como los que les conducen aquellos en un mes. Los changadores pueden correr con toda libertad nuestra campaña, evacuar sus más ocultos rincones, arrear el ganado y acercarse a los pasos del campo neutral con mucho menos riesgo; y en fuerza de ésta tiene más facilidad de trasladar a los portugueses cincuenta mil cueros que de robarnos ellos cinco mil. Es hecho imposible que ascendiese a cincuenta mil cueros el quinto real pagado a Su Majestad fidelísima en el año de 89 si no hubiesen entrado [mas] toros en aquellos dominios que los que nos robasen los portugueses en el mismo año; cincuenta mil cueros pagados por razón de quinto, requieren una extracción de doscientos cincuenta mil y esta cantidad no puede llevarla al Brasil el robo de los portugueses, ni la crianza en sus estancias que son nuevas, pequeñas y de mal terreno. Solamente por la mano de nuestros changadores pueden entrar al Brasil y salir para Europa un número tan crecido de cueros como el de doscientos cincuenta mil. Pues contemple ahora Vuestra Excelencia que para que el comercio del Brasil se pusiese en estado de registrar para Europa aquella cantidad de cueros es preciso que valiesen otros tantos de nuestra campaña, porque a los doscientos cincuenta mil que salieron registrados se debe agregar los que irían por alto, los apolillados, los muy pequeños, los de mala calidad, y los que se consumen en las mismas faenas; y debiendo computarse por estos datos una saca de medio millón de cueros, fácil será conocer de cuanto mayor bulto es el perjuicio que nos hacen los changadores por el comercio con los portugueses, que los hacendados, los perros y la falta de pastoreo. Doscientos cincuenta mil cueros vendidos por nuestros changadores en un solo peso cada uno han debido producirles en cinco años un millón doscientos cincuenta mil pesos fuertes en efectos de Portugal; y en la misma cantidad debe haberse perjudicado nuestro comercio marítimo y las rentas de la corona. Pero no es esta la cuenta verdadera: para calcular exactamente la entrada de efectos por razón del cambio era menester considerar al cuero un doble valor que el de los ocho reales de plata que le hemos dado, pues vendiéndose en Montevideo desde dieciseis hasta veinte la pesada de cuarenta libras en tiempo de paz no es posible que lo dé por menos de dos pesos a los portugueses el changador, aunque no los conduzca de su cuenta; y vea aquí Vuestra Excelencia otro daño en los de mayor consideración que nos trae el comercio con los portugueses, el aumento de valor que ha dado a nuestro cueros en América la concurrencia de dos consumidores que se compiten por la preferencia de este efecto. Esta concurrencia ha dado a los cueros un aumento de valor que no lo habría logrado siendo una sola la nación que pudiese expenderlos en Europa privativamente. Un comprador escondido que sale a hacer su negocio envuelto en un delito no se halla en estado de regatear demasiado lo que compra delinquiendo; y se ve necesitado a comprar por la ley que le quiera poner el vendedor. Por la misma regla, un vendedor, que traspasando los tratados convencionales de dos coronas, y atropellando las pragmáticas de su nación, se arroja a negociar efectos de recíproco contrabando en una potencia extranjera, teniendo comprador seguro en su mismo país, no vende su contrabando por menos del justo precio y como por otra parte gana mucho en vender al Portugal, porque se exime de que le confisquen sus cueros en Montevideo, y de pagar conducciones y alcabalas, prefiere sin mucha detención a un vasallo de la corte de Lisboa a todos los comerciantes españoles. Si aquel mismo vasallo baja al campo español a buscar los cueros para conducirlos de su cuenta es mayor el interés del changador en vender al portugués; en este caso aunque el negociante español pague el cuero a más alto precio que el extranjero, es preferible para el changador, porque si el cuero que vende es orejano (que es decir sin marca) y lo quiere conducir a Montevideo, necesita manifestar la licencia del superior con que ha hecho sus faenas; y por defecto de ella se expone a que se le decomise. Si vende cuero marcado está expuesto a que su dueño lo reclame y pierda su trabajo. Con el comerciante portugués contrata libre de riesgos; y puede anteponer la venta al portugués con un veinticinco por ciento menos a la del español. E1 portugués por la misma razón puede comprar un cuero un veinticinco por ciento más caro que el español sin dejar de ganar lo mismo, porque no tiene que pagar al ramo de guerra un derecho tan crecido como es dos reales por cuero (que equivale a un veinticinco por ciento) fuera de la alcabala de entrada y la de salida que es un ocho por ciento; y aunque pague en el Brasil el quinto real, que es un veinte por ciento, ahorra un trece con respecto al español.
De suerte que vendiendo el changador sus cueros al portugués un veinticinco por ciento menos que al español, le tiene más cuenta vender a aquel que a éste; y comprando el portugués trece por ciento más caro que el español gana lo mismo o más que éste.
Con que si sucede que el portugués paga mejor al changador, ¿a quién preferirá, al patricio o al extranjero? ¿Quién velará más sobre este negocio? ¿E1 portugués o el español?
Del comercio de los cueros al pelo de los campos
de Montevideo y Buenos Aires que se remiten a los puertos
habilitados de España















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