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Estaban presos muchos españoles de cuando el virrey. Don Alonso de Montemayor, Pablo de Meneses, Jerónimo de la Serna y otros de aquellos presos ordenaron un motín por salir de la cárcel y librar al virrey. Mas sintiéronlo los oidores y remediáronlo. También hubo muchos de los de Chili que importunaron a los oidores que matasen al Virrey. Cepeda prendió los más culpados para mostrar cómo no quería matarlo; empero luego los soltó porque Pizarro no los matase cuando viniese, que eran grandes enemigos suyos; y aun ayudó para el camino a Juan de Guzmán, Saavedra y a otros. Andaban las cosas revueltas en Los Reyes con la prisión de Blasco Núñez y venida de Gonzalo Pizarro, ca unos querían que llegase Pizarro, otros no querían. Muchos querían matar o echar de allí al virrey, y muchos soltarle. Quién holgaba con los oidores, y quién no. El virrey temía la muerte y suspiraba por España. Los oidores no sabían qué hacerse, en especial los tres que no se les diera mucho por aquella muerte. Mas al cabo determinaron enviarlo a España, según al principio pensaron, confiando de sí que se darían tan buena maña en allanar y gobernar la gente que se tuviese por bien servido el emperador; y en que el mismo virrey se tenía la culpa de su prisión, según la información que enviaban. Acordaron que lo llevase o el licenciado Rodrigo Niño o Antonio de Robles o Jerónimo de Aliaga, vecinos de Los Reyes; pero Cepeda porfió que lo llevase Juan Álvarez, oidor, que lo tenía por más amigo y por más letrado para saber hablar en Castilla e informar al emperador. Contradijéronle terriblemente los otros dos oidores; y el licenciado Zárate le dijo delante los oidores y de Alonso Requelme, Juan de Cáceres y García de Saucedo, que estaban en la consulta, que era muy confiado y que no conocía como él a Juan Álvarez; y que los había de vender. Y quejándose de esto el Álvarez, replicó Zárate: “Sí, juro a Dios que vos nos tenéis de vender; y si vos no quedárades acá, Cepeda lo había de llevar”. Llegó a Lima en este medio Aguirre, gran amigo del factor Guillén Juárez, y dijo malas palabras al virrey; el cual, oyéndolas y entendiendo que llegaba el licenciado Benito de Caravajal, temió que le matasen, y rogó a [234] Cepeda, según dicen, que lo enviase a España. Cepeda, que lo deseaba, lo envió a la isla que está en el puerto de Lima, mandando al licenciado Niño que lo guardase con otros ciertos vecinos de Los Reyes. Cuando Blasco Núñez vio que lo embarcaban, dijo a Simón de Alcate, escribano, que le diese por testimonio cómo lo enviaban sus propios oidores a una isla despoblada y en una balsilla de juncos para que se ahogase, y que lo echaban de la tierra del rey para darla a Gonzalo Pizarro. Cepeda mandó al mismo escribano que asentase cómo llevaban al señor virrey porque así lo pedía su señoría, por que no lo matasen sus enemigos por lo que había hecho; y que aquellas barcas de paja eran los navíos que usan allí; y que iban con él Juan de Salas, hermano de Fernando Valdés, presidente del Consejo Real de Castilla; el licenciado Niño y otros muchos vecinos de Lima. Así que lo llevaron a la isla y lo tuvieron ocho días o más. Estaba Cepeda acongojado por no tener navíos para enviar a España a Blasco Núñez ni para tener la mar libre y segura. Temía no viniesen Zurbano, Cueto y Vela Núñez a tomar al virrey de la isla y juntando gente le matasen. Encargó al capitán Pedro de Vergara que con cincuenta buenos soldados procurase de coger las naos de Zurbano, que estaban en Guaura, diez y ocho leguas de Lima. Escogió Vergara cincuenta compañeros y comenzó a buscar en qué ir entre los barcos del puerto que quemara Jerónimo Zurbano; y por no hallar ni saber hacer en qué ir, ca era poco ingenioso, o por ser cinco las naos, volvió diciendo que no hallaba quien quisiese ir con él a tal empresa. Cepeda hizo llevar muchas carretas de tablas y otros materiales a la mar, en casa del veedor García de Saucedo, con las cuales adobó de presto algunos barcos y mandó a su maestre de campo Antonio de Robles que enviase luego gente para tomar las naos. A la noche dijo Antonio de Robles, cenando, a Cepeda que no hallaba soldados para ir a tan peligroso negocio. Respondió Cepeda que tomar cinco naos con trescientos mil ducados de Vaca de Castro y del virrey y de otros, que guardaban veinte hombres, no era mucho; mas que él hallaría quien fuese, y que no irían sino aquellos a quien él quisiese enriquecer. A la voz de tanto ducado hubo luego más de cincuenta soldados que se ofrecieron a ir. Cepeda entonces encomendó el negocio a García de Alfaro, que era hombre diestro en mar, el cual fue a Guaura con veinte y cuatro compañeros, ca en los barcos no cupieron más, y escondióse entre unas peñas, llegando de noche, a esperar los que iban por tierra. Fueron por tierra Ventura Beltrán, señor de Guaura; don Juan de Mendoza y otros pocos; capearon a los navíos. Pensaron los de las naos que eran algunos amigos y salió a recogerlos Vela Núñez en dos barcos con la más gente que tenían. Mas en pasando de las peñas arremetieron a él los de García de Alfaro, y tornóse atrás. Alcanzáronlo, y rindióse por no aventurar la vida, aunque hizo muestra de quererse defender; y un Piniga, vizcaíno, hizo todo su posible por defender el barco en que venía. Con medio de Vela Núñez tomó Alfaro cuatro naos, que la otra llevara poco antes Zurbano. Llevaron al virrey a Guaura, y metiéronlo en una nave con muy buen recaudo. Fue luego el licenciado Álvarez a guardarlo y llevarlo a España con una larga información. Diéronle porque [235] fuese seis mil ducados, repartidos entre vecinos de Lima, y todo el salario de un año; con lo cual, y con otras cosas suyas que vendió, hizo hasta diez mil castellanos; riqueza, que nunca pensó. Dieron también a los soldados y marineros de la nao dos mil ducados porque no fuesen descontentos. De la misma manera que dicho habemos fue preso y echado el virrey Blasco Núñez Vela, al cabo de siete meses que llegó al Perú.

- CLXIII -
Lo que Cepeda hizo tras la prisión del virrey
Luego que fue preso el virrey partieron los oidores, según ya dije, los negocios, y Cepeda, que gobernaba, deshizo las albarradas de la ciudad que hizo Blasco Núñez, dio pagas a los soldados y comida; repartió a cada vecino como tenía, hizo y aderezó arcabuces y otras armas; nombró por capitanes de la infantería a Pablo de Meneses, Martín de Robles, Mateo Ramírez, Manuel Estacio, y a Jerónimo de Aliaga de los caballos; por maestre de campo, a Antonio de Robles, y a Ventura Beltrán por sargento mayor. Ordenó dos provisiones, con acuerdo de los oidores y oficiales del rey, para Gonzalo Pizarro, en que le mandaba dejar y deshacer la gente de guerra, so pena de ser traidor, si quería venir a Los Reyes; y si no quería venir, que enviase procuradores con poderes e instrucciones bastantes a suplicar de las ordenanzas, como publicaba; que la Audiencia le oiría y guardaría justicia, pues el virrey, de quien se temía, no estaba allí; envió la una de aquellas provisiones con Lorenzo de Aldana, el cual se comió la provisión sin presentarla; porque si la presentara en el real de Pizarro o guardara en el pecho, lo ahorcara Francisco de Caravajal, maestro de campo, y aun así lo quiso ahorcar; mas valióle Gonzalo Pizarro, que fueran amigos y prisioneros de Almagro. La otra envió con Agustín de Zárate, contador mayor de cuentas, dándole por acompañado a don Antonio de Ribera, amigo y cuñado de Pizarro, ca era casado con doña Inés, mujer que fue de Francisco Martín, hermano de madre del marqués Francisco Pizarro. Cuando las provisiones llegaron había muerto Pizarro a Felipe Gutiérrez, Arias Maldonado y Gaspar Rodríguez, y no osó o no quiso fiarse de los oidores ni deshacer su gente. Envió a Hierónimo de Villegas que detuviese y atemorizase al contador Zárate para que cuando llegase al real no osase hacer sino lo que él y sus capitanes quisiesen; y por esto Zárate no pudo hacer otra diligencia ni traer más recaudo del que ellos mismos le dieron; la suma del cual fue que hiciesen los oidores gobernador a Gonzalo Pizarro; si no, que los mataría. [236]

- CLXIV -
De como Gonzalo Pizarro se hizo gobernador del Perú

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