Dijeron a Francisco Pizarro sus lenguas que eran Felipe y Francisco, natural de Pohechos, cómo cerca de allí estaba Puna, isla rica, aunque de hombres valientes. Pizarro, que tenía ya muchos españoles, acordó ir allá, y mandó a los indios hacer balsas en qué pasar los caballos y aun hombres. Son las balsas hechas de cinco o siete o nueve vigas largas y livianas, a manera de la mano de un hombre, porque la madera de medio en más larga que por entrambas partes, y cada una de las otras es más corta cuanto más al cabo está. Van llanas y atadas, y es ordinario navegar en ellas. Al pasar de tierra a la isla quisieron los indios cortar las cuerdas a las balsas y ahogar los cristianos, según a Pizarro avisaron sus farautes; y así, mandó a los españoles que llevasen desenvainadas las espadas, por meter miedo a los indios. Fue Pizarro bien y pacíficamente recibido del gobernador de Puna; mas no mucho después ordenó matar los españoles por lo que hacían en las mujeres y ropa. Pizarro lo prendió luego que lo supo, sin alborozo ninguno. Los isleños cercaron otro día en amaneciendo el real de cristianos, amenazándolos de muerte si no les daban su gobernador y hacienda. Pizarro ordenó su gente para la batalla y envió corriendo ciertos de caballo a socorrer los navíos, que también los indios combatían en sus balsas. Pelearon los indios, como esforzados que eran, por cobrar su capitán, y ropa; empero fueron vencidos, quedando muchos de ellos muertos y heridos. Murieron también tres o cuatro españoles, y quedaron heridos muchos, y peor que ninguno Fernando Pizarro en una rodilla. Con esta victoria hubieron mucho despojo en ropa y oro, la cual repartió luego Pizarro entre los que tenía, por que después no pidiesen parte de ello los que venían de Nicaragua con Fernando de Soto. Comenzaron tras esto a enfermar los españoles, como la tierra los probaba, a cuya causa y porque se andaban los isleños con balsas entre los manglares sin hacer paz ni guerra, determinó Pizarro de ir a Túmbez, que cerca estaba; pero antes que digamos lo que le avino allá es bien decir algo de esta isla, pues en ella tuvo Pizarro la primera nueva de Atabaliba. Puna boja doce leguas y está de Túmbez otras tantas. Estaba llena de gente, de ovejas cervales y de venados. Eran los hombres amigos de pescar y de cazar; eran esforzados, y en la guerra diestros y temidos de sus comarcanos. Peleaban con hondas, porras, varas arrojadizas, hachas de plata y cobre, lanzas con los hierros de oro. Visten algodón de muchos colores. Ellos traen por caperuzas unas madejas de color y muchas sortijas, zarcillos y joyas de oro y piedras finas, como sus mujeres. Tenían muchas vasijas de oro y plata para su servicio. Una novedad hallaron en Puna harto inhumana, de que usaba el gobernador como celoso: que cortaba las narices y miembro, y aun los brazos, a los criados que guardaban y servían sus mujeres. [168]
- CXII -
Guerra de Túmbez y población de San Miguel de Tangarara
Halló Pizarro en la Puna más de seiscientas personas de Túmbez cautivas, que, según pareció, eran de Atabaliba, el cual, guerreando el año atrás aquella tierra contra su hermano Guaxcar, quiso ganar la Puna. juntó muchas balsas en qué pasar a ella con gran ejército. El gobernador que allí estaba por Guaxcar, inca y señor de todos aquellos reinos, armó todos los isleños y una gran flota de balsas. Salióle al encuentro y dióle batalla, y vencióla, como eran los suyos más diestros en el mar que los enemigos, o porque Atabaliba fue mal herido en un muslo peleando, y convínole retirarse, y luego irse a Caxamalca a curar y a juntar su gente para ir al Cuzco, donde su hermano Guaxcar estaba con gran ejército. El gobernador de Puna, de que supo su ida, fue a Túmbez y saqueólo. No desplugo nada a Pizarro ni a sus españoles la disensión y revuelta entre los hermanos y reyes de aquellas tierras; y habiendo de pasar a ellas, quisieron ganar la voluntad y amistad de Atabaliba, que más a mano les cala, y enviaron a Túmbez los seiscientos cautivos, que prometían hacer mucho por ellos; mas como se vieron libres, propusieron la obligación de su libertad, diciendo cómo los cristianos se aprovechaban de las mujeres y se tomaban cuanta plata y oro topaban, y lo hacían barrillas, con lo cual indignaron el pueblo contra ellos. Embarcóse, pues, Pizarro en los navíos para Túmbez; envió delante tres españoles con ciertos naturales en una balsa a pedir paz y entrada. Los de Túmbez recibieron aquellos tres españoles devotamente, ca luego los entregaron a unos sacerdotes que los sacrificasen a cierto ídolo del Sol, llamado Guaca; llorando, y no por compasión, sino por costumbre que tienen de llorar delante la Guaca, y aun guaca es lloro, y guay voz de recién nacidos. Cuando los navíos llegaron a tierra no había balsas para salir, que las trasportaron los indios como se pusieron en armas. Salió Pizarro a tierra en una balsa con otros seis de caballo, que ni hubo lugar ni tiempo para más; y no se apearon en toda la noche, aunque venían mojados, como andaba mareta, y se les trastornó la balsa al tomar tierra, no la sabiendo regir. Otro día salieron los demás a placer, sin que los indios hiciesen más de mostrarse, y volvieron los navíos por los españoles que habían quedado en Puna, y Francisco Pizarro corrió dos leguas de tierra con cuatro de caballo, que no pudo haber habla con ningún indio. Asentó real sobre Túmbez e hizo mensajeros al capitán, rogándole con la paz y amistad; el cual no los escuchaba y hacía burla de los barbudos, como [169] eran pocos, y dábales cada día mil rebates con los del pueblo, y mataba que por yerba y comida salían con los que fuera tenía los indios de servicio del real, sin recibir daño ninguno. Pizarro hubo ciertas balsas, en que paso el río con cincuenta de caballo una noche, sin que fuese de los enemigos sentido. Anduvo por mal camino y espesura de espinares, y amaneció sobre los enemigos, que descuidados estaban en su suerte. Hizo gran daño y matanza en ellos y en los vecinos por los tres españoles que sacrificaran. El gobernador entonces vino de paz y se le dio por amigo, y aun dio un gran presente de oro y plata y ropa de algodón y lana. Pizarro, que tan bien había acabado esta guerra, pobló a San Miguel en Tangarara, riberas del Chira. Buscó puerto para los navíos, que fuese bueno, y halló el de Paita, que es tal. Repartió el oro, y partióse para Caxamalca a buscar a Atabaliba.
- CXIII -
Prisión de Atabaliba




















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