a. [110]
Fábula II
El asno y Júpiter.
«No sé cómo hay jumento
que, teniendo un adarme de talento,
quiera meterse a burro de hortelano.
Llevo a la plaza desde muy temprano
cada día cien cargas de verdura, 5
vuelvo con otras tantas de basura,
y para minorar mi pesadumbre,
un criado me azota por costumbre.
Mi vida es ésta; ¿qué sera mi muerte,
como no mude Júpiter mi suerte? 10
Un asno de este modo se quejaba.
El dios, que sus lamentos escuchaba,
al dominio lo entrega de un tejero.
«Esta vida, decía, no la quiero: [111]
Del peso de las tejas oprimido, 15
bien azotado, pero mal comido,
a Júpiter me voy con el empeño
de lograr nuevo dueño.»
Enviolo a un curtidor; entonces dice:
«Aun con este amo soy más infelice. 20
Cargado de pellejos de difunto
me hace correr sin sosegar un punto,
para matarme sin llegar a viejo,
y curtir al instante mi pellejo.»
Júpiter, por no oír tan largas quejas, 25
se tapó lindamente las orejas,
y a nadie escucha desde el tal pollino,
si le habla de mudanza de destino.
Sólo en verso se encuentran los dichosos,
que viven ni envidiados ni envidiosos. 30
La espada por feliz tiene al arado, [112]
como el remo a la pluma y al cayado;
mas se tienen por míseros en suma
remo, espada, cayado, esteva y pluma.
Pues, ¿a qué estado el hombre llama bueno? 35
Al propio nunca; pero sí al ajeno.
Fábula III
El cazador y la perdiz.
Una perdiz en celo reclamada
vino a ser en la red aprisionada.
Al cazador la mísera decía:
«Si me das libertad, en este día
te he de proporcionar un gran consuelo. 5
Por ese campo extenderé mi vuelo;
juntaré a mis amigas en bandada,
que guiaré a tus redes, engañada, [113]
y tendrás, sin costarte dos ochavos,
doce perdices como doce pavos.- 10
¡Engañar y vender a tus amigas!
¿Y así crees que me obligas?
Respondió el cazador; pues no, señora;
muere, y paga la pena de traidora.»
La perdiz fue bien muerta; no es dudable. 15
La traición, aun soñada, es detestable.
Fábula IV
El viejo y la muerte.
Entre montes, por áspero camino,
tropezando con una y otra peña,
iba un viejo cargado con su leña
maldiciendo su mísero destino. [114]
Al fin cayó, y viéndose de suerte 5
que apenas levantarse ya podía,
llamaba con colérica porfía
una, dos y tres veces a la muerte.
Armada de guadaña, en esqueleto
La Parca se le ofrece en aquel punto; 10
pero el viejo, temiendo ser difunto,
lleno más de terror que de respeto,
trémulo la decía y balbuciente:
«Yo… señora… os llamé desesperado;
pero… -Acaba; ¿qué quieres, desdichado? 15
-Que me carguéis la leña solamente.»
Tenga paciencia quien se cree infelice;
que aun en la situación más lamentable
es la vida del hombre siempre amable:
El viejo de la leña nos lo dice. [115] 20
Fábula V
El enfermo y el médico.
Un miserable enfermo se moría,
y el médico importuno le decía:
«Usted se muere; yo se lo confieso;
pero por la alta ciencia que profeso,
conozco, y le aseguro firmemente, 5
que ya estuviera sano,
si se hubiese acudido más temprano
con el benigno clister detergente.»
El triste enfermo, que lo estaba oyendo,
volvió la espalda al médico, diciendo: 10
«Señor Galeno, su consejo alabo.
Al asno muerto la cebada al rabo.»
Todo varón prudente
aconseja en el tiempo conveniente [116]
que es hacer de la ciencia vano alarde 15
dar el consejo cuando llega tarde.
Fábula VI
La zorra y las uvas.
Es voz común que a más del medio día,
en ayunas la zorra iba cazando:
Halla una parra; quédase mirando
de la alta vid el fruto que pendía.
Causábale mil ansias y congojas 5
no alcanzar a las uvas con la garra,
al mostrar a sus dientes la alta parra
negros racimos entre verdes hojas.
Miró, saltó y anduvo en probaduras;
pero vio el imposible ya de fijo. 10
Entonces fue cuando la zorra dijo:
«No las quiero comer, no están maduras.» [117]
No por eso te muestres impaciente,
si se te frustra, Fabio, algún intento.
Aplica bien el cuento, 15
y di: No están maduras, frescamente.
Fábula VII
La cierva y la viña.
Huyendo de enemigos cazadores
una cierva ligera,
siente ya fatigada en la carrera
más cercanos los perros y ojeadores.
No viendo la infeliz algún seguro 5
y vecino paraje
de gruta o de ramaje,
crece su timidez, crece su apuro.
Al fin, sacando fuerzas de flaqueza,
continúa la fuga presurosa: 10 [118]
Halla al paso una viña muy frondosa,
y en lo espeso se oculta con presteza.
Cambia el susto y pesar en alegría,
viéndose a paz y a salvo en tan buen hora.
Olvida el bien, y de su defensora 15
los frescos verdes pámpanos comía.
Mas ¡ay!, que de esta suerte
quitando ella las hojas de delante,
abrió puerta a la flecha penetrante,
y el listo cazador le dio la muerte. 20
Castigó con la pena merecida
el justo cielo a la cierva ingrata.
Mas, ¿qué puede esperar el que maltrata
al mismo que le está dando la vida? [119]
Fábula VIII
El asno cargado de reliquias.
De reliquias cargado
un asno recibía adoraciones,
como si a él se hubiesen consagrado
reverencias, inciensos y oraciones.
En lo vano, lo grave y lo severo 5
que se manifestaba,
hubo quien conoció que se engañaba,
y le dijo: «Yo infiero
»de vuestra vanidad vuestra locura;
el reverente culto que procura 10
tributar cada cual este momento,
no es dirigido a vos, señor jumento,
que sólo va en honor, aunque lo sientas,
de la sagrada carga que sustentas.» [120]
Cuando un hombre sin mérito estuviere 15
en elevado empleo o gran riqueza,
y se ensoberbeciere,
porque todos le bajan la cabeza;
para que su locura no prosiga,
tema encontrar tal vez con quien le diga: 20
«Señor jumento, no se engría tanto;
que si besan la peana, es por el Santo.»
Fábula IX
Los dos machos.
Dos machos caminaban: el primero,
cargado de dinero,
mostrando su penacho envanecido,
iba marchando erguido
al son de los redondos cascabeles. 5
El segundo, desnudo de oropeles, [121]
con un pobre aparejo solamente,
alargando el pescuezo eternamente,
seguía de reata su jornada,
cargado de costales de cebada. 10
Salen unos ladrones, y al instante
asieron de la rienda al arrogante;
él se defiende, ellos le maltratan,
y después que el dinero le arrebatan,
huyen, y dice entonces el segundo: 15
Si a estos riesgos exponen en el mundo
las riquezas, no quiero, a fe de macho,
dinero, cascabeles ni penacho.
Fábula X
El cazador y el perro.
Mustafá, perro viejo,
lebrel en montería ejercitado, [122]
y de antiguas heridas señalado
a colmillo y a cuerno su pellejo,
seguía a un jabalí sin esperanza 5
de poderlo alcanzar; pero, no obstante
aguzándolo su amo a cada instante,
a duras penas Mustafá lo alcanza.
El cerdoso valiente
no escuchaba recados a la oreja; 10
y así su resistencia no le deja
cebar al perro su cansado diente;
con airado colmillo lo rechaza,
y bufando se marcha victorioso.
El cazador, furioso, 15
reniega del lebrel y de su raza.
«Viejo estoy, le responde, ya lo veo:
Mas di: ¿sin Mustafá cuando tuvieras
las pieles y cabezas de las fieras
en tu casa, de abrigo y de trofeo? 20 [123]
»Miras a lo que soy, no a lo que he sido.
¡Oh, suerte desgraciada!
Presente tienes mi vejez cansada,
y mis robustos años en olvido.
»Mas, ¿para qué me mato, 25
si no he de conseguir cosa ninguna?»
Es ladrar a la luna
el alegar servicios al ingrato.
Fábula XI
La tortuga y la águila.
Una tortuga a una águila rogaba
la enseñase a volar; así la hablaba:
«Con sólo que me des cuatro lecciones
ligera volaré por las regiones;
ya remontando el vuelo 5
por medio de los aires hasta el cielo, [124]
veré cercano al sol y las estrellas,
y otras cien cosas bellas;
ya rápida bajando,
de ciudad en ciudad iré pasando; 10
y de este fácil delicioso modo
lograré en pocos días verlo todo.»
La águila se rió del desatino;
la aconseja que siga su destino,
cazando torpemente con paciencia, 15
pues lo dispuso así la Providencia.
Ella insiste en su antojo ciegamente.
La Reina de las aves prontamente
la arrebata, la lleva por las nubes.
«Mira, la dice, mira cómo subes.» 20
Y al preguntarla, digo, ¿vas contenta?,
se la deja caer y se revienta.
Para que así escarmiente
quien desprecia el consejo del prudente. [125]
Fábula XII
El león y el ratón.
Estaba un ratoncillo aprisionado
en las garras de un león; el desdichado
en la tal ratonera no fue preso
por ladrón de tocino ni de queso,
sino porque con otros molestaba 5
al león, que en su retiro descansaba.
Pide perdón, llorando su insolencia;
al oír implorar la Real clemencia,
responde el Rey en majestuoso tono:
No dijera más Tito: «Te perdono.» 10
Poco después cazando el león tropieza
en una red oculta en la maleza:
Quiere salir, mas queda prisionero;
atronando la selva ruge fiero. [126]
El libre ratoncillo, que lo siente, 15
corriendo llega, roe diligente
los nudos de la red de tal manera,
que al fin rompió los grillos de la fiera.
Conviene al poderoso
para los infelices ser piadoso; 20
tal vez se puede ver necesitado
del auxilio de aquel más desdichado.
Fábula XIII
Las liebres y las ranas.
Asustadas las liebres de un estruendo
echaron a correr todas, diciendo:
«A qui
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