,
siempre que no igualaren
en fuerzas y valor a vuestro cuerpo?»
El mérito aparente 25
es digno de desprecio;
la virtud solamente
es del hombre el ornato verdadero. [76]
Fábula XX
El caballo y el ciervo.
Perseguía un caballo vengativo
a un ciervo que le hizo leve ofensa;
mas hallaba segura la defensa
en su veloz carrera el fugitivo.
El vengador, perdida la esperanza 5
de alcanzarlo, y lograr así su intento,
al hombre le pidió su valimiento,
para tomar del ofensor venganza.
Consiente el hombre, y el caballo airado
sale con su jinete a la campaña; 10
corre con dirección, sigue con maña,
y queda al fin del ofensor vengado.
Muéstrase al bienhechor agradecido;
quiere marcharse libre de su peso; [77]
mas desde entonces mismo quedó preso, 15
y eternamente al hombre sometido.
El caballo, que suelto y rozagante
en el frondoso bosque y prado ameno
su libertad gozaba tan de lleno,
padece sujeción desde ese instante. 20
Oprimido del yugo ara la tierra;
pasa tal vez la vida más amarga;
sufre la silla, freno, espuela, carga,
y aguanta los horrores de la guerra.
En fin, perdió la libertad amable 25
por vengar una ofensa solamente.
Tales los frutos son que ciertamente
produce la venganza detestable.
[78]
Libro tercero
Fábula primera
La águila y el cuervo.
A D. Tomás de Iriarte.
En mis versos, Iriarte,
ya no quiero más arte,
que poner a los tuyos por modelo.
A competir anhelo
con tu numen, que el sabio mundo admira, 5
si me prestas tu lira,
aquélla en que tocaron dulcemente
Música, y Poesía juntamente. [79]
Esto no puede ser: ordena Apolo,
que, digno sólo tú, la pulses solo. 10
¿Y por qué solo tú?, ¿pues cuando menos
no he de hacer versos fáciles, amenos,
sin ambicioso ornato?
¿Gastas otro poético aparato?
Si tú sobre el Parnaso te empinases, 15
y desde allí cantases:
Risco tramonto de épica altanera.
«GÓNGORA que te siga», te dijera;
pero si vas marchando por el llano,
cantándonos en verso castellano 20
cosas claras, sencillas, naturales,
y todas ellas tales,
que aun aquel que no entiende Poesía
dice: Eso yo también me lo diría,
¿por qué no he de imitarte, y aun acaso 25
antes que tú trepar por el Parnaso? [80]
No imploras las Sirenas ni las Musas,
ni de númenes usas,
ni aun siquiera confías en Apolo.
A la naturaleza imploras solo. 30
Y ella, sabia, te dicta sus verdades.
Yo te imito: no invoco a las deidades;
y por mejor consejo,
sea mi sacro numen cierto viejo,
Esopo digo. Díctame, machucho, 35
una de tus patrañas, que te escucho.
Una águila rapante,
con vista perspicaz, rápido vuelo,
descendiendo veloz de junto al cielo,
arrebató un cordero en un instante. 40
Quiere un cuervo imitarla: de un carnero
en el vellón sus uñas hacen presa; [81]
queda enredado entre la lana espesa,
como pájaro en liga prisionero.
Hacen de él los pastores vil juguete, 45
para castigo de su intento necio.
Bien merece la burla y el desprecio
el cuervo que a ser águila se mete.
El viejo me ha dictado esta patraña,
y astutamente así me desengaña. 50
Esa facilidad, esa destreza,
con que arrebató el águila su pieza,
fue la que engañó al cuervo, pues creía
que otro tanto a lo menos él haría.
Mas, ¿qué logró? Servirme de escarmiento, 55
¡Ojalá que sirviese a más de ciento,
poetas de mal gusto inficionados,
y dijesen, cual yo, desengañados: [82]
El águila eres tú, divino Iriarte;
ya no pretendo más sino admirarte: 60
Sea tuyo el laurel, tuya la gloria,
y no sea yo el cuervo de la historia!
Fábula II
Los animales con peste.
En los montes, los valles y collados
de animales poblados,
se introdujo la peste de tal modo,
que en un momento lo inficiona todo.
Allí donde su Corte el león tenía 5
mirando cada día
las cacerías, luchas y carreras.
De mansos brutos y de bestias fieras,
se veían los campos ya cubiertos
de enfermos miserables y de muertos. 10 [83]
«Mis amados hermanos,
exclamó el triste Rey, mis cortesanos,
ya veis que el justo cielo nos obliga
a implorar su piedad, pues nos castiga
con tan horrenda plaga: 15
Tal vez se aplacará con que se le haga
sacrificio de aquel más delincuente,
y muera el pecador, no el inocente.
Confiese todo el mundo su pecado.
Yo, cruel, sanguinario, he devorado 20
inocentes corderos,
ya vacas, ya terneros,
y he sido, a fuerza de delito tanto,
de la selva terror, del bosque espanto.-
Señor, dijo la zorra, en todo eso 25
no se halla más exceso
que el de vuestra bondad, pues que se digna
de teñir en la sangre ruin, indigna [84]
de los viles cornudos animales
los sacros dientes y las uñas reales.» 30
Trató la Corte al Rey de escrupuloso.
Allí del tigre, de la onza y oso
se oyeron confesiones
de robos y de muertes a millones;
mas entre la grandeza, sin lisonja, 35
pasaron por escrúpulos de monja.
El asno, sin embargo, muy confuso
prorrumpió: «Yo me acuso
que al pasar por un trigo este verano,
yo hambriento y él lozano, 40
sin guarda ni testigo,
caí en la tentación, comí del trigo.-
¡Del trigo!, ¡y un jumento!,
gritó la zorra, ¡horrible atrevimiento!»
Los cortesanos claman: «Éste, éste 45
irrita al cielo, que nos da la peste.» [85]
Pronuncia el Rey de muerte la sentencia,
y ejecutola el lobo a su presencia.
Te juzgarán virtuoso,
si eres, aunque perverso, poderoso; 50
y aunque bueno, por malo detestable,
cuando te miran pobre, miserable.
Esto hallará en la Corte quien la vea,
y aun en el mundo todo. ¡Pobre Astrea!
Fábula III
El milano enfermo.
Un milano después de haber vivido
con la conciencia peor que un forajido,
enfermó gravemente.
Supuesto que el paciente [86]
ni a Galeno ni a Hipócrates leía, 5
a bulto conoció que se moría.
A los Dioses desea ver propicios,
y ofrecerles entonces sacrificios
por medio de su madre, que, afligida,
rogaría sin duda por su vida. 10
Mas ésta le responde: «Desdichado,
¿cómo podré alcanzar para un malvado
de los dioses clemencia,
si en vez de darles culto y reverencia,
ni aún perdonaste a víctima sagrada 15
en las aras divinas inmolada?»
Así queremos, irritando al cielo,
que en la tribulación nos dé consuelo. [87]
Fábula IV
El león envejecido.
Al miserable estado
de una cercana muerte reducido
estaba ya postrado
un viejo león del tiempo consumido,
tanto más infeliz y lastimoso, 5
cuanto había vivido más dichoso.
Los que cuando valiente
humildes le rendían vasallaje,
al verlo decadente,
acuden a tratarlo con ultraje; 10
que como la experiencia nos enseña,
de árbol caído todos hacen leña.
Cebados a porfía,
lo sitiaban sangrientos y feroces. [88]
El lobo le mordía, 15
tirábale el caballo fuertes coces,
luego le daba el toro una cornada,
después el jabalí su dentellada.
Sufrió constantemente
estos insultos; pero reparando 20
que hasta el asno insolente
iba a ultrajarle, falleció clamando:
«Esto es doble morir; no hay sufrimiento,
porque muero injuriado de un jumento.»
Si en su mudable vida 25
al hombre la fortuna ha derribado
con mísera caída
desde donde lo había ella encumbrado,
¿qué ventura en el mundo se promete,
si aún de los viles llega a ser juguete? 30 [89]
Fábula V
La zorra y la gallina.
Una zorra cazando,
de corral en corral iba saltando;
a favor de la noche en una aldea
oye al gallo cantar: maldito sea.
Agachada y sin ruido, 5
a merced del olfato y del oído,
marcha, llega, y oliendo a un agujero,
«éste es», dice, y se cuela al gallinero.
Las aves se alborotan, menos una,
que estaba en cesta como niño en cuna, 10
enferma gravemente.
Mirándola la zorra astutamente,
la pregunta: ¿qué es eso, pobrecita?,
¿cuál es tu enfermedad?, ¿tienes pepita? [90]
Habla; ¿cómo lo pasas desdichada?» 15
La enferma le responde apresurada:
«Muy mal me va, señora, en este instante;
muy bien si usted se quita de delante.
Cuántas veces se vende un enemigo,
como gato por liebre, por amigo; 20
al oír su fingido cumplimiento,
respondiérale yo para escarmiento:
«Muy mal me va, señor, en este instante;
muy bien, si usted se quita de delante.»
Fábula VI
La cierva y el león.
Más ligera que el viento,
precipitada huía
una inocente cierva, [91]
de un cazador seguida.
En una oscura gruta, 5
entre espesas encinas,
atropelladamente
entró la fugitiva.
Mas ¡ay!, que un león sañudo,
que allí mismo tenía 10
su albergue, y era susto
de la selva vecina,
cogiendo entre sus garras
a la res fugitiva,
dio con cruel fiereza 15
fin sangriento a su vida.
Si al evitar los riesgos
la razón no nos guía,
por huir de un tropiezo, 20
damos mortal caída. [92]
Fábula VII
El león enamorado.
Amaba un león a una zagala hermosa;
pidiola por esposa
a su padre pastor urbanamente.
El hombre, temeroso, más prudente,
le respondió: «Señor, en mi conciencia, 5
que la muchacha logra conveniencia;
pero la pobrecita acostumbrada
a no salir del prado y la majada,
entre la mansa oveja y el cordero,
recelará tal vez que seas fiero. 10
No obstante, bien podemos, si consientes,
cortar tus uñas y limar tus dientes,
y así verá que tiene tu grandeza
cosas de majestad,
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