hojando, 30
hasta parar tu vida
en un desnudo cabo.» [46]
La rosa, que hasta entonces
no desplegó sus labios,
le dijo resentida: 35
«Poeta chabacano,
cuando a un héroe quieras
coronar con el lauro,
del jardín de sus hechos,
has de cortar los ramos. 40
»Por labrar su corona,
no es justo que tus manos
desnuden otras sienes
que la virtud y el mérito adornaron.» [47]
Fábula IV
El búho y el hombre.
Vivía en un granero retirado
un reverendo búho, dedicado
a sus meditaciones,
sin olvidar la caza de ratones.
Se dejaba ver poco, mas con arte: 5
al Gran Turco imitaba en esta parte.
El dueño del granero
por azar advirtió que en un madero
el pájaro nocturno
con gravedad estaba taciturno. 10
El hombre le miraba, se reía;
«¡qué carita de pascua!, le decía;
¿puede haber más ridículo visaje?
Vaya, que eres un raro personaje. [48]
¿Por qué no has de vivir alegremente 15
con la pájara gente,
seguir desde la aurora
a la turba canora
de jilgueros, calandrias, ruiseñores,
por valles, fuentes, árboles y flores?- 20
Piensas a lo vulgar, eres un necio,
dijo el solemne búho con desprecio;
mira, mira, ignorante,
a la sabiduría en mi semblante:
Mi aspecto, mi silencio, mi retiro, 25
aun yo mismo lo admiro.
Si rara vez me digno, como sabes,
de visitar la luz, todas las aves
me siguen y rodean: desde luego
mi mérito conocen, no lo niego.- 30
¡Ah, tonto presumido!,
el hombre dijo así; ten entendido [49]
que las aves, muy lejos de admirarte,
te siguen y rodean por burlarte.
De ignorante orgulloso te motejan, 35
como yo a aquellos hombres que se alejan
del trato de las gentes,
y con extravagancias diferentes
han llegado a doctores en la ciencia
de ser sabios no más que en la apariencia.» 40
De esta suerte de locos
hay hombres como búhos, y no pocos. [50]
Fábula V
La mona.
Subió una mona a un nogal,
y cogiendo una nuez verde,
en la cáscara la muerde;
con que la supo muy mal.
Arrojola el animal, 5
y se quedó sin comer.
Así suele suceder
a quien su empresa abandona,
porque halla, como la mona,
al principio qué vencer. 10 [51]
Fábula VI
Esopo y un ateniense.
Cercado de muchachos
y jugando a las nueces,
estaba el viejo Esopo
más que todos alegre.
«¡Ah, pobre!, ya chochea», 5
le dijo un ateniense.
En respuesta, el anciano
coge un arco que tiene
la cuerda floja, y dice:
«Ea, si es que lo entiendes, 10
dime, ¿qué significa
el arco de esta suerte?»
Lo examina el de Atenas,
piensa, cavila, vuelve, [52]
y se fatiga en vano, 15
pues que no lo comprehende.
El frigio victorioso
le dijo: «Amigo, advierte
que romperás el arco
si está tirante siempre; 20
si flojo, ha de servirte
cuando tú lo quisieres.»
Si al ánimo estudioso
algún recreo dieren,
volverá a sus tareas 25
mucho más útilmente. [53]
Fábula VII
Demetrio y Menandro.
Si te falta el buen nombre,
Fabio, en vano presumes
que en el mundo te tengan por grande hombre,
sin más que por tus galas y perfumes.
Demetrio el Faleriano se apodera 5
de Atenas; y aunque fue con tiranía,
de agradable manera
los del vulgo le aclaman a porfía.
Los grandes y los nobles distinguidos
con fingido placer la mano besan 10
que los tiene oprimidos;
aun a los que en el ocio se embelesan
y a la poltrona gente [54]
los arrastra el temor al cumplimiento.
Con ellos va Menandro juntamente, 15
dramático escritor de gran talento,
cuyas obras leyó, sin conocerle,
Demetrio. Con perfumes olorosos
y pasos afectados entra. Al verle
llegar entre los tardos perezosos, 20
el nuevo Archonte prorrumpió, enojado:
«¿Con qué valor se pone en mi presencia
ese hombre afeminado?-
Señor, le respondió la concurrencia,
es Menandro el autor.» Al punto muda 25
de semblante el tirano:
Al escritor saluda,
y con grata expresión le da la mano. [55]
Fábula VIII
Las hormigas.
Lo que hoy las hormigas son,
eran los hombres antaño:
De lo propio y de lo extraño
hacían su provisión.
Júpiter, que tal pasión 5
notó de siglos atrás,
no pudiendo aguantar más,
en hormigas los transforma:
Ellos mudaron de forma;
¿y de costumbres? Jamás. 10 [56]
Fábula IX
Los gatos escrupulosos.
A las once, y aun más de la mañana
la cocinera Juana,
con pretexto de hablar a la vecina,
se sale, cierra, y deja en la cocina
a Micifuf y Zapirón hambrientos. 5
Al punto, pues no gastan cumplimientos
gatos enhambrecidos,
se avanzan a probar de los cocidos.
«¡Fú, dijo Zapirón, maldita olla!
¡Cómo abrasa! Veamos esa polla 10
que está en el asador lejos del fuego.»
Ya también escaldado, desde luego
se arrima Micifuf, y en un instante
muestra cada trinchante [57]
que en el arte cisoria, sin gran pena, 15
pudiera dar lecciones a Villena.
Concluido el asunto,
el señor Micifuf tocó este punto.
Utrum si se podía o no en conciencia
comer el asador. ¡Oh, qué demencia! 20
Exclamó Zapirón en altos gritos,
¡cometer el mayor de los delitos!
¿No sabes que el herrero
ha llevado por él mucho dinero,
y que, si bien la cosa se examina, 25
entre la batería de cocina
no hay un mueble más serio y respetable?
Tu pasión te ha engañado, miserable.»
Micifuf en efecto
abandonó el proyecto; 30
pues eran los dos gatos
de suerte timoratos, [58]
que si el diablo, tentando sus pasiones,
les pusiese asadores a millones
(no hablo yo de las pollas), o me engaño, 35
o no comieran uno en todo el año.
De otro modo.
¡Qué dolor!, por un descuido
Micifuf y Zapirón
se comieron un capón,
en un asador metido.
Después de haberse lamido
trataron en conferencia,
si obrarían con prudencia
en comerse el asador.
¿Le comieron? No señor.
Era caso de conciencia. [59]
Fábula X
El águila y la asamblea de los animales.
Todos los animales cada instante
se quejaban a Júpiter tonante
de la misma manera
que si fuese un alcalde de montera.
El dios, y con razón, amostazado 5
viéndose importunado,
por dar fin de una vez a las querellas,
en lugar de sus rayos y centellas,
de recetor envía desde el cielo
al águila rapante, que de un vuelo 10
en la tierra juntó los animales,
y expusieron en suma cosas tales.
Pidió el león la astucia del raposo; [60]
éste de aquel lo fuerte y valeroso;
envidia la paloma al gallo fiero; 15
el gallo a la paloma lo ligero.
Quiere el sabueso patas más felices,
y cuenta como nada sus narices.
El galgo lo contrario solicita;
y en fin, cosa inaudita, 20
los peces, de las ondas ya cansados,
quieren poblar los bosques y los prados;
y las bestias, dejando sus lugares,
surcar las olas de los anchos mares.
Después de oírlo todo, 25
el águila concluye de este modo:
«¿Ves, maldita caterva impertinente,
que entre tanto viviente
de uno y otro elemento,
pues nadie está contento, 30
no se encuentra feliz ningún destino? [61]
Pues ¿para qué envidiar el del vecino?»
Con sólo este discurso,
aun el bruto mayor de aquel concurso
se dio por convencido. 35
De modo que es sabido
que ya sólo se matan los humanos
en envidiar la suerte a sus hermanos. [62]
Fábula XI
La paloma.
Un pozo pintado vio
una paloma sedienta:
Tirose a él tan violenta,
que contra la tabla dio.
Del golpe, al suelo cayó, 5
y allí muere de contado.
De su apetito guiado,
por no consultar al juicio,
así vuela al precipicio
el hombre desenfrenado. 10 [63]
Fábula XII
El chivo afeitado.
«Vaya una quisicosa.
Si aciertas, Juana hermosa,
cuál es el animal más presumido,
que rabia por hacerse distinguido
entre sus semejantes, 5
te he de regalar un par de guantes.
No es el pavón, ni el gallo,
ni el león, ni el caballo;
y así, no me fatigues con demandas.-
¿Será tal vez… el mono? -Cerca le andas.- 10
¿El mico? -Que te quemas;
pero no acertarás: no, no lo temas.
Déjalo, no te canses el caletre.
Yo te diré cuál es: el Petimetre.» [64]
Este vano orgulloso 15
pierde tiempo, doblones y reposo
en hacer distinguida su figura.
No para en los adornos su locura;
hace estudio de gestos y de acciones
a costa de violentas contorsiones; 20
de perfumes va siempre prevenido;
no quiere oler a hombre ni en descuido.
Que mire, marche o hable,
en todo busca hacerse remarcable.
¿Y qué consigue? Lo que todo necio: 25
Cuanto más se distingue, más desprecio.
En la historia siguiente yo me fundo.
Un chivo, como muchos en el mundo,
vano extremadamente,
se miraba al espejo de una fuente. 30
«¡Qué lástima, decía,
que esté mi juventud y lozanía [65]
por siempre disfrazada
debajo de esta barba tan poblada!
¿Y cuándo? Cuando en todas las naciones 35
no tienen ni aun bigotes los varones;
pues ya cuentan que son los moscovitas,
si barbones ayer, hoy señoritas.
¡Qué cabrunos estilos tan groseros!
A bien que estoy en tierra de barberos.» 40
La historia fue en Tetuán, y todo el día
la barberil guitarra se sentía,
el chivo fue, guiado de su tono,
a la tienda de un mono,
barberillo afamado, 45
que afeitó al señorito de contado.
Sale barbilampiño a la campaña.
Al ver una figura tan extraña,
no hubo perro ni gato
que no le hiciese burla al mentecato. 50 [66]
Los chivos le desprecian de manera
que no hay más que decir. ¡Quién lo creyera
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