dor molesto e importuno
es digno de desprecio. 65
Quien escuche a la urraca será un necio.
A los que usan la fuerza y el engaño
para el ajeno daño,
y usurpan a los otros su derecho,
los debe aborrecer un noble pecho. 70
Únanse con los lobos en la caza,
con milanos y halcones,
con la maldita serpentina raza,
caterva de carnívoros ladrones.
Mas ¡qué dije! Los hombres tan malvados 75
ni aún merecen tener estos aliados.
No hay dañino animal tan peligroso
como el usurpador y el envidioso.
Por último, en el libro interminable
de la naturaleza yo medito; [6] 80
en todo lo creado es admirable:
Del ente más sencillo y pequeñito,
una contemplación profunda alcanza
los más preciosos frutos de enseñanza.-
»Tu virtud acredita, buen anciano 85
(el filósofo exclama),
tu ciencia verdadera y justa fama.
Vierte el género humano
en sus libros y escuelas sus errores;
en preceptos mejores 90
nos da naturaleza su doctrina.»
Así quien sus verdades examina
con la meditación y la experiencia,
llegará a conocer virtud y ciencia. [7]
Fábula II
El hombre y la fantasma.
Un joven licencioso
se hallaba en un estado vergonzoso,
con sus males secretos retirado:
En soledad, doliente, exasperado,
cavila, llora, canta, jura, reza, 5
como quien ha perdido la cabeza.
«¿Te falta la salud? Pues caballero,
de todo tu dinero,
nobleza, juventud y poderío
sábete que me río: 10
Trata de recobrarla, pues perdida,
¿de qué sirven los bienes de la vida?»
Todo esto una fantasma le previno,
y al instante se fue como se vino. [8]
El enfermo se cuida, se repone; 15
un nuevo plan de vida se propone.
En efecto, se casa.
Cércanle los cuidados de la casa,
que se van aumentando de hora en hora.
La mujer (Dios nos libre), gastadora 20
aún mucho más que rica,
los hijos y las deudas multiplica;
de modo que el marido,
más que nunca aburrido,
se puso sobre un pie de economía, 25
que estrechándola más de día en día,
al fin se enriqueció con opulencia.
La fantasma le dice: «En mi conciencia,
que te veo amarillo como el oro;
tienes tu corazón en el tesoro; 30
miras sobre tu pecho acongojado
el puñal del ladrón enarbolado; [9]
las noches pasas en mortal desvelo;
¿y así quieres vivir?… ¡qué desconsuelo!»
El hombre, como caso milagroso, 35
se transformó de avaro en ambicioso.
Llegó dentro de poco a la privanza:
¡El señor don Dinero qué no alcanza!
La fantasma le muestra claramente
un falso confidente: 40
Cien traidores amigos,
que quieren ser autores y testigos
de su pronta caída.
Resuélvese a dejar aquella vida,
y ya desengañado, 45
en los campos se mira retirado.
Buscaba los placeres inocentes
en las flores y frutas diferentes.
¿Quieren ustedes creer, esto me pasma,
que aun allí le persigue la fantasma? 50 [10]
Los insectos, los hielos y los vientos,
todos los elementos,
y las plagas de todas estaciones
han de ser en el campo tus ladrones.
Pues ¿adónde irá el pobre caballero?… 55
Digo que es un solemne majadero
todo aquel que pretende
vivir en este mundo sin su duende. [11]
Fábula III
El jabalí y el carnero.
De la rama de un árbol un carnero
degollado pendía;
en él a sangre fría
cortaba el remangado carnicero.
El rebaño inocente, 5
que el trágico espectáculo miraba,
de miedo, ni pacía ni balaba.
Un jabalí gritó: «Cobarde gente,
»que miráis la carnívora matanza,
¿cómo no os vengáis del enemigo?- 10
Tendrá, dijo un carnero, su castigo;
mas no de nuestra parte la venganza.
»La piel que arranca con sus propias manos,
sirve para los pleitos y la guerra, [12]
las dos mayores plagas de la tierra, 15
que afligen a los míseros humanos.
»Apenas nos desuellan, se destina
para hacer pergaminos y tambores:
»Mira como los hombres malhechores
labran en su maldad su propia ruina.» 20 [13]
Fábula IV
El raposo, la mujer y el gallo.
Con las orejas gachas
y la cola entre piernas,
se llevaba un raposo
un gallo de la aldea.
Muchas gracias al alba, 5
que pudo ver la fiesta,
al salir de su casa,
Juana la madruguera.
Como una loca grita:
«Vecinos, que le lleva; 10
que es el mío, vecinos.»
Oye el gallo las quejas,
y le dice al raposo:
«Dile que no nos mienta, [14]
que soy tuyo y muy tuyo.» 15
Volviendo la cabeza,
le responde el raposo:
«Oyes, gran embustera,
no es tuyo, sino mío;
él mismo lo confiesa.» 20
Mientras esto decía,
el gallo libre vuela,
y en la copa de un árbol
canta que se las pela.
El raposo burlado 25
huyó; ¡quién lo creyera!
Yo, pues a más de cuatro,
muy zorros en sus tretas,
por hablar a destiempo,
los vi perder la presa. [15] 30
Fábula V
El filósofo y el rústico.
La del alba sería
la hora en que un filósofo salía
a meditar al campo solitario,
en lo hermoso y lo vario,
que a la luz de la aurora nos enseña 5
Naturaleza, entonces más risueña.
Distraído sin senda caminaba,
cuando llegó a un cortijo, donde estaba
con un martillo el rústico en la mano,
en la otra un milano, 10
y sobre una portátil escalera.
«¿Qué haces de esa manera?»,
el filósofo dijo:
«Castigar a un ladrón de mi cortijo, [16]
que en mi corral ha hecho más destrozos 15
que todos los ladrones en Torozos.
Le clavo en la pared… ya estoy contento…
Sirve a toda tu raza de escarmiento.-
»El matador es digno de la muerte,
el sabio dijo, mas si de esa suerte 20
el milano merece ser tratado,
¿de qué modo será bien castigado
el hombre sanguinario, cuyos dientes
devoran a infinitos inocentes,
y cuenta como mísera su vida, 25
si no hace de cadáveres comida?
Y aún tú, que así castigas los delitos,
cenarías anoche tus pollitos.-
Al mundo le encontramos de este modo,
dijo airado el patán. Y sobre todo, 30
si lo mismo son hombres que milanos,
guárdese no le pille entre mis manos.» [17]
El sabio se dejó de reflexiones.
Al tirano le ofenden las razones,
que demuestran su orgullo y tiranía; 35
mientras por su sentencia cada día
muere, viviendo él mismo impunemente,
por menores delitos otra gente. [18]
Fábula VI
La pava y la hormiga.
Al salir con las yuntas
los criados de Pedro,
el corral se dejaron
de par en par abierto.
Todos los pavipollos 5
con su madre se fueron,
aquí y allí picando,
hasta el cercano otero.
Muy contenta la pava
decía a sus polluelos: 10
«Mirad, hijos, el rastro
de un copioso hormiguero.
Ea, comed hormigas,
y no tengáis recelo, [19]
que yo también las como: 15
Es un sabroso cebo.
Picad, queridos míos:
¡Oh, qué días los nuestros,
si no hubiese en el mundo
malditos cocineros! 20
Los hombres nos devoran,
y todos nuestros cuerpos
humean en las mesas
de nobles y plebeyos.
A cualquier fiestecilla 25
ha de haber pavos muertos.
¡Qué pocas navidades
contaron mis abuelos!
¡Oh, glotones humanos,
crueles carniceros!» 30
Mientras tanto una hormiga
se puso en salvamento [20]
sobre un árbol vecino
y gritó con denuedo:
«¡Hola!, con que los hombres 35
son crueles, perversos:
¿Y qué seréis los pavos?
¡Ay de mí!, ya lo veo:
a mis tristes parientes,
¡qué digo!, a todo el pueblo 40
sólo por desayuno
os le vais engullendo.
No respondió la pava
por no saber un cuento,
que era entonces del caso, 45
y ahora viene a pelo.
Un gusano roía
un grano de centeno:
viéronlo las hormigas:
¡Qué gritos!, ¡qué aspavientos! 50 [21]
«Aquí fue Troya, dicen:
Muere, pícaro perro»;
y ellas ¿qué hacían? Nada:
Robar todo el granero.
Hombres, pavos, hormigas, 55
según estos ejemplos,
cada cual en su libro
esta moral tenemos.
La falta leve en otro
es un pecado horrendo; 60
pero el delito propio
no más que pasatiempo. [22]
Fábula VII
El enfermo y la visión.
«¿Conque, de tus recetas exquisitas,
un enfermo exclamó, ninguna alcanza?…»
El médico se fue sin esperanza,
contando por los dedos sus visitas.
Así desengañado, 5
y creciendo por horas su dolencia,
de este modo examina su conciencia:
«En todos mis contratos he logrado,
»no lo niego, ganancia muy segura;
trabajé en calcular mis intereses: 10
Aumenté mi caudal en pocos meses,
más por felicidad que por usura.
»Sin rencor ni malicia
hice que a mi deudor pusiesen preso: [23]
Murió pobre en la cárcel, lo confieso; 15
mas, en fin, es un hecho de justicia.
»Si por cierto instrumento
reduje una familia muy honrada
a pobreza extremada,
algún día leerán mi testamento. 20
»Entonces, muerto yo, se hará patente
en la tierra lo mismo que en el cielo,
para alivio de pobres y consuelo
mi caridad ardiente.»
Una visión se acerca y dice: «Hermano, 25
la esperanza condeno
del que aguarda a morir para ser bueno.
Una acción de piedad está en tu mano:
Tus prójimos, según sus oraciones,
están necesitados: 30
Para ser remediados
han menester siquiera cien doblones.- [24]
»¡Cien doblones! No es nada.
¿Y si, porque Dios quiera, no me muero,
y después me hace falta ese dinero, 35
sería caridad bien ordenada?-
»Avaro, ¿te resistes? Pues al cabo
te anuncio que tu muerte está cercana.-
¿Me muero? Pues que esperen a mañana.»
La visión se volvió sin un ochavo. [25] 40
F
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