Феликс Мария Саманьего. Сказки в стихах. Félix María Samaniego. Fábulas en verso castellano para el uso


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«¡Oh, qué carga tan pesada!»
Doña Pulga, que montada
iba sobre él, al instante 10
se apea, y dice arrogante:
«Del peso te libro yo.» [26]
El camello respondió:
«Gracias, señor Elefante.» [27]
Fábula IX
El cerdo, el carnero y la cabra.
Poco antes de morir el corderillo
lame alegre la mano y el cuchillo
que han de ser de su muerte el instrumento,
y es feliz hasta el último momento.
Así, cuando es el mal inevitable, 5
es quien menos prevé más envidiable.
Bien oportunamente mi memoria
me presenta al lechón de cierta historia.
Al mercado llevaba un carretero
un marrano, una cabra y un carnero. 10
Con perdón, el cochino
clamaba sin cesar en el camino:
«¡Esta sí que es miseria!,
perdido soy, me llevan a la feria.» [28]
Así gritaba: mas ¡con qué gruñidos! 15
No dio en su esclavitud tales gemidos
Hécuba la infelice.
El carretero al gruñidor le dice:
«¿No miras al carnero y a la cabra,
que vienen sin hablar una palabra?- 20
¡Ay, señor, le responde, ya lo veo!
Son tontos y no piensan. Yo preveo
nuestra muerte cercana.
A los dos por la leche y por la lana
quizá no matarán tan prontamente; 25
pero a mí, que soy bueno solamente
para pasto del hombre... no lo dudo:
Mañana comerán de mi menudo.
Adiós, pocilga; adiós, gamella mía.»
Sutilmente su muerte preveía; 30
mas ¿qué lograba el pensador marrano?
Nada, sino sentirla de antemano. [29]
El dolor ni los ayes es seguro
que no remediarán el mal futuro. [30]
Fábula X
El león, el tigre y el caminante.
Entre sus fieras garras oprimía
un tigre a un caminante.
A los tristes quejidos al instante
un león acudió: Con bizarría
lucha, vence a la fiera, y lleva al hombre 5
a su regia caverna. «Toma aliento,
le decía el león; nada te asombre;
soy tu libertador, estame atento.
¿Habrá bestia sañuda y enemiga,
que se atreva a mi fuerza incomparable? 10
Tú puedes responder, o que lo diga
esa pintada fiera despreciable.
Yo, yo solo, monarca poderoso,
domino en todo el bosque dilatado. [31]
¡Cuántas veces la onza y aún el oso 15
con su sangre el tributo me han pagado!
Los despojos de pieles y cabezas,
los huesos que blanquean este piso
dan el más claro aviso
de mi valor sin par y mis proezas.- 20
Es verdad, dijo el hombre, soy testigo:
Los triunfos miro de tu fuerza airada,
contemplo a tu nación amedrentada;
al librarme venciste a mi enemigo.
En todo esto, señor, con tu licencia, 25
sólo es digna del trono tu clemencia.
Sé benéfico, amable,
en lugar de despótico tirano;
porque, señor, es llano
que el monarca será más venturoso, 30
cuanto hiciere a su pueblo más dichoso.-
»Con razón has hablado; [32]
y ya me causa pena
el haber yo buscado
mi propia gloria en la desdicha ajena. 35
En mis jóvenes años
el orgullo produjo mil errores,
que me los ha encubierto con engaños
una corte servil de aduladores.
»Ellos me aseguraban de concierto, 40
que por el mundo todo
no reinan los humanos de otro modo,
tú lo sabrás mejor; dime, ¿y es cierto?» [33]
Fábula XI
La muerte.
Pensaba en elegir la Reina Muerte
un Ministro de Estado:
le quería de suerte
que hiciese floreciente su reinado.
El tabardillo, gota, pulmonía 5
y todas las demás enfermedades,
yo conozco, decía,
que tienen excelentes calidades.
Mas ¿qué importa? La peste, por ejemplo,
un Ministro sería sin segundo; 10
pero ya por inútil la contemplo,
habiendo tanto médico en el mundo.
Uno de éstos elijo... Mas no quiero,
que están muy bien premiados sus servicios [34]
sin otra recompensa que el dinero. 15
Pretendieron la plaza algunos vicios,
alegando en su abono mil razones.
Consideró la Reina su importancia,
y después de maduras reflexiones,
el empleo ocupó la Intemperancia. 20 [35]
Fábula XII
El amor y la locura.
Habiendo la Locura
con el Amor reñido,
dejó ciego de un golpe
al miserable niño.
Venganza pide al cielo 5
Venus, mas ¡con qué gritos!
Era madre y esposa:
con esto queda dicho.
Queréllase a los dioses,
presentando a su hijo: 10
¿De qué sirven las flechas,
de qué el arco a Cupido,
faltándole la vista
para asestar sus tiros? [36]
Quítensele las alas 15
y aquel ardiente cirio,
si a su luz ser no pueden
sus vuelos dirigidos.
Atendiendo a que el ciego
siguiese su ejercicio, 20
y a que la delincuente
tuviese su castigo,
Júpiter, presidente
de la asamblea, dijo:
«Ordeno a la Locura, 25
desde este instante mismo,
que eternamente sea
de Amor el lazarillo.» [37]
Libro segundo
Fábula primera
El raposo enfermo.
El tiempo, que consume de hora en hora
los fuertes murallones elevados,
y lo mismo devora
montes agigantados,
a un raposo quitó de día en día 5
dientes, fuerza, valor, salud; de suerte
que él mismo conocía
que se hallaba en las garras de la muerte.
Cercado de parientes y de amigos,
dijo en trémula voz y lastimera: 10
«¡Oh vosotros, testigos
de mi hora postrera, [38]
»atentos escuchad un desengaño!
Mis ya pasadas culpas me atormentan;
ahora, conjuradas en mi daño, 15
¿no veis cómo a mi lado se presentan?
»Mirad, mirad los gansos inocentes
con su sangre teñidos,
y los pavos en partes diferentes
al furor de mis garras divididos. 20
»Apartad esas aves que aquí veo,
y me piden sus pollos devorados:
Su infernal cacareo
me tiene los oídos penetrados.»
Los raposos le afirman con tristeza, 25
no sin lamerse labios y narices:
«Tienes debilitada la cabeza;
ni una pluma se ve de cuanto dices.
»Y bien lo puedes creer, que si se viese...-
¡Oh, glotones!, callad; ya os entiendo, 30 [39]
el enfermo exclamó; ¡si yo pudiese
corregir las costumbres cual pretendo!
»¿No sentís que los gustos,
si son contra la paz de la conciencia,
se cambian en disgustos? 35
Tengo de esta verdad gran experiencia.
»Expuestos a las trampas y a los perros,
matáis y perseguís a todo trapo,
en la aldea gallinas, y en los cerros
los inocentes lomos del gazapo. 40
»Moderad, hijos míos, las pasiones;
observad vida quieta y arreglada,
y con buenas acciones
ganaréis opinión muy estimada.-
»Aunque nos convirtamos en corderos, 45
le respondió un oyente sentencioso,
otros han de robar los gallineros
a costa de la fama del raposo. [40]
»Jamás se cobra la opinión perdida:
Esto es lo uno. A más, ¿usted pretende 50
que mudemos de vida?
Quien malas mañas ha... ya usted me entiende.-
»Sin embargo, hermanito, crea, crea...
El enfermo le dijo. Mas ¡qué siento!...
¿No oís que una gallina cacarea? 55
Esto sí que no es cuento.»
Adiós, sermón: escápase la gente.
El enfermo orador esfuerza el grito:
¿Os vais, hermanos? Pues tened presente
que no me haría daño algún pollito. 60 [41]
Fábula II
Las exequias de la leona.
En su regia caverna inconsolable
el Rey león yacía,
porque en el mismo día
murió ¡cruel dolor!, su esposa amable.
A Palacio la corte toda llega, 5
y en fúnebre aparato se congrega.
En la cóncava gruta resonaba
del triste Rey el doloroso llanto;
allí los cortesanos entretanto
también gemían porque el Rey lloraba. 10
Que si el viudo monarca se riera,
la corte lisonjera
trocara en risa el lamentable paso.
Perdone la difunta: voy al caso. [42]
Entre tanto sollozo 15
el ciervo no lloraba, yo lo creo;
porque, lleno de gozo,
miraba ya cumplido su deseo.
La tal Reina le había devorado
un hijo y la mujer al desdichado. 20
El ciervo, en fin, no llora;
el concurso lo advierte:
El monarca lo sabe, y en la hora
ordena con furor darle la muerte.
«¿Cómo podré llorar, el ciervo dijo, 25
si apenas puedo hablar de regocijo?
Ya disfruta, gran Rey, más venturosa,
los Elíseos Campos vuestra esposa:
Me lo ha revelado, a la venida
muy cerca de la gruta aparecida. 30
Me mandó lo callase algún momento,
porque gusta mostréis el sentimiento.» [43]
Dijo así; y el concurso cortesano
aclamó por milagro la patraña.
El ciervo consiguió que el soberano 35
cambiase en amistad su fiera saña.
Los que en la indignación han incurrido
de los grandes señores,
a veces su favor han conseguido
con ser aduladores. 40
Mas no por esto advierto
que el medio sea justo; pues es cierto,
que a más príncipes vicia
la adulación servil que la malicia. [44]
Fábula III
El poeta y la rosa.
Una fresca mañana,
en el florido campo
un poeta buscaba
las delicias de mayo.
Al peso de las flores 5
se inclinaban los ramos,
como para ofrecerse
al huésped solitario.
Una rosa lozana,
movida al aire blando, 10
le llama, y él se acerca,
la toma, y dice ufano:
«Quiero, rosa, que vayas
no más que por un rato [45]
a que la hermosa Clori 15
te reciba en su mano.
Mas no, no, pobrecita;
que si vas a su lado,
tendrás de su hermosura
unos celos amargos. 20
Tu suave fragancia,
tu color delicado,
el verdor de tus hojas,
y tus pimpollos caros,
entre estas florecillas 25
pueden ser alabados;
mas junto a Clori bella,
es locura pensarlo.
Marchita, cabizbaja
te irías deshojando, 30
hasta parar tu vida
en un desnudo cabo.» [46]
La rosa, que hasta entonces
no desplegó sus labios,
le dijo resentida: 35
«Poeta chabacano,
cuando a un héroe quieras
coronar con el lauro,
del jardín de sus hechos,

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