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Дон Алонсо де Эрсилья-и-Суньига. «Араукана» (DON ALONSO DE ERCILLA Y ZÚÑIGA. «LA ARAUCANA»)


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que el favorable cielo y hado amigo
te tiene aparejada mejor muerte,
pues está cometida al brazo mío,
si cumples a su tiempo el desafío".
Rengo le respondió: " Si ya no fuera
por ingrato en tal tiempo reputado,
contigo y con mi débito cumpliera,
que no estoy, como piensas, tan cansado.
"
En esto más ligero que si hubiera
diez horas en el lecho reposado,
se puso en pie y a nuestra gente asalta,
firme el membrudo cuerpo y la maza alta.
Tucapel replicó : " Sería bajeza
y cosa entre varones condenada
acometerte, vista tu flaqueza,
con fuerza y en sazón aventajada.
Cobra, cobra tu fuerza y entereza,
que el tiempo llegará que esta ferrada
te dé la pena y muerte merecida,
como hoy te he dado claro aquí la vida.
"
No se dijeron más y por la vía
los dos competidores araucanos,
haciéndose amistad y compañía,
iban como si fueran dos hermanos.
Guardaba el uno al otro y defendía,
y así con diligencia y prestas manos,
abriendo el escuadrón gallardamente,
llegaron a juntarse con su gente.
En esto a todas partes la batalla
andaba muy reñida y sanguinosa,
con tal furia y rigor, que no se halla
persona sin herida, ni arma ociosa;
cubre la tierra la menuda malla,
y en la remota Turcia cavernosa
por fuerza arrebatados de los vientos,
hieren los duros y ásperos acentos.
Era el rumor del uno y otro bando
y de golpes la furia apresurada,
como ventosa y negra nube, cuando
de vulturno o del céfiro arrojada
lanza una piedra súbita, dejando
la rama de sus hojas despojada,
y en los muros, los techos y tejados
son con priesa terrible golpeados.
Pues de aquella manera y más furiosa
las homicidas armas descargaban,
y con hondas heridas rigurosas
los sanguinosos cuerpos desangraban.
El gran rumor y voces espantosas
en los vecinos montes resonaban;
el mar confuso al fiero són retrujo
de sus hinchadas olas el reflujo.
Pero la parte que a la izquierda mano
la batalla primera había trabado,
donde por su valor Caupolicano
contrastaba al furor del duro hado,
a pura fuerza el escuadrón cristiano
del contrario tesón sobrepujado,
comenzó poco a poco a perder tierra
hacia la espesa falda de la sierra.
Fue tan grande la priesa desta hora,
y el ímpetu del bárbaro violento,
que por el araucano en voz sonora
se cantó la vitoria y vencimiento.
Mas la misma Fortuna burladora
dio la vuelta a la rueda en un momento,
en contra de la parte mejorada,
barajando la suerte declarada.
Que el último escuadrón, donde estribaba
nuestro postrer remedio y esperanza
metido en el contrario peleaba
haciendo fiero estrago y gran matanza,
que ni el valor de Ongolmo allí bastaba,
ni del fuerte Lincoya la pujanza,
ni yo basto a contar de una vez tanto,
que es fuerza diferirlo al otro canto.

CANTO XXVI

EN ESTE CANTO SE TRATA EL FIN DE LA BATALLA Y RETI-RADA DE LOS ARAUCANOS; LA OBSTINACIÓN Y PERTINA-CIA DE GALBARINO Y SU MUERTE. ASIMISMO SE PINTA EL JARDÍN Y ESTANCIA DEL MAGO FITÓN.

NADIE puede llamarse venturoso
hasta ver de la vida el fin incierto,
ni está libre del mar tempestuoso
quien surto no se ve dentro del puerto.
Venir un bien tras otro es muy dudoso,
y un mal tras otro mal es siempre cierto;
jamás próspero tiempo fue durable
ni dejó de durar el miserable.
El ejemplo tenemos en las manos,
y nos muestra bien claro aquí la historia
cuán poco les duró a los araucanos
el nuevo gozo y engañosa gloria,
pues llevando de rota a los cristianos
y habiendo ya cantado la vitoria,
de los contrarios hados rebatidos,
quedaron vencedores los vencidos.
Que, como os dije, el escuadrón postrero
adonde por testigo yo venía,
ganando tierra siempre más entero
al bárbaro enemigo retraía;
que aunque el fuerte Lincoya el delantero
a la adversa fortuna resistía,
no pudo resistir últimamente,
el ímpetu y la furia de la gente.
Por una espesa y áspera quebrada
que en medio de dos lomas se hacía,
la bárbara canalla, quebrantada
la dañosa soberbia y osadía,
ya del torpe temor señoreada,
esforzadas espaldas revolvía,
huyendo de la muerte el rostro airado,
que clara a todos ya se había mostrado.
Siguen los nuestros la vitoria apriesa
que aun no quieren venir en el partido,
y de la inculta breña y selva espesa
inquieren lo secreto y escondido;
el gran estrago y mortandad no cesa,
suena el destrozo y áspero ruido,
tirando a tiento golpes y estocadas
por la espesura y matas intrincadas.
Jamás de los monteros en ojeo
fue caza tan buscada y perseguida,
cuando con ancho círculo y rodeo
es a término estrecho reducida,
que con impacientísimo deseo
atajados los pasos y huida,
arrojan en las fieras montesinas
lanzas, dardos, venablos, jabalinas,
como los nuestros hasta allí cristianos,
que los términos lícitos pasando,
con crueles armas y actos inhumanos,
iban la gran vitoria deslustrando,
que ni el rendirse, puestas ya las manos,
la obediencia y servicio protestando,
bastaba aquella gente desalmada
a reprimir la furia de la espada.
Así el entendimiento y pluma mía,
aunque usada al destrozo de la guerra,
huye del gran estrago que este día
hubo en los defensores de su tierra;
la sangre, que en arroyos ya corría
por las abiertas grietas de la sierra,
las lástimas, las voces y gemidos
de los míseros bárbaros rendidos.
Los de la izquierda mano, que miraron
su mayor escuadrón desbaratado,
perdiendo todo el ánimo dejaron
la tierra y el honor que habían ganado;
así, la trompa a retirar tocaron
y con paso, aunque largo, concertado,
altas y campeando las banderas
se dejaron calar por las laderas.
No será bien pasar calladamente
la braveza de Rengo sin medida,
pues que, desbaratada ya su gente
y puesta en rota y mísera huida,
fiero, arrogante, indómito, impaciente,
sin mirar al peligro de la vida
dando más furia a la ferrada maza,
solo sustenta la ganada plaza.
Y allí como invencible y valeroso
solo estuvo gran rato peleando
pero viendo el trabajo infrutuoso
y gente ya ninguna de su bando,
con paso tardo, grave y espacioso,
volviendo el rostro atrás de cuando en cuando
tomó a la mano diestra una vereda,
hasta entrar en un bosque y arboleda
donde ya de la gente destrozada
había el temor algunos escondido,
pero viendo de Rengo la llegada
cobrando luego el ánimo perdido,
con nuevo esfuerzo y muestra confiada,
en escuadrón formado y recogido,
vuelven el rostro y pechos esforzados
a la corriente de los duros hados.
Yo, que de aquella parte discurriendo
a vueltas del rumor también andaba,
la grita y nuevo estrépito sintiendo
que en el vecino bosque resonaba,
apresuré los pasos, acudiendo
hacia donde el rumor me encaminaba,
viendo al entrar del bosque detenidos
algunos españoles conocidos.
Estaba a un lado Iuan Remón gritando:
« Caballeros, entrad, que todo es nada»,
mas ellos, el peligro ponderando,
dificultaban la dudosa entrada.
Yo, pues, a la sazón a pie arribando
donde estaba la gente recatada,
Iuan Remón, que me vio luego de frente,
quiso obligarme allí públicamente,
diciendo: " ¡ Oh don Alonso ! quien procura
ganar estimación y aventajarse,
éste es el tiempo y ésta es coyuntura
en que puede con honra señalarse.
No impida vuestra suerte esta espesura
donde quieren los indios entregarse,
que el que abriere la entrada defendida,
le será la vitoria atribuida.
"
Oyendo, pues, mi nombre conocido
y que todos volvieron a mirarme,
del honor y vergüenza compelido,
no pudiendo del trance ya escusarme,
por lo espeso del bosque y más temido
comencé de romper y aventurarme,
siguiéndome Arias Pardo, Maldonado,
Manrique, don Simón y Coronado.
Los cuales, de vivir desesperados,
los obstinados indios embistieron,
que en una espesa muela bien cerrados
las españolas armas atendieron.
En esto ya al rumor por todos lados
de nuestra gente muchos acudieron,
comenzando con furia presurosa
una guerra sangrienta y peligrosa.
Renuévase el destrozo, reduciendo
a término dudoso el vencimiento,
el menos animoso acometiendo
el más dificultoso impedimento.
¿ Cuál será aquel que pueda ir escribiendo
de los brazos la furia y movimiento

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