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--. «» (DON ALONSO DE ERCILLA Y ZÚÑIGA. «LA ARAUCANA»)


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Volviendo a proseguir lo comenzado,
dije en el canto atrás que arremetido
había el furioso campo por tres vías
a las aportilladas baterías.
Y en la veloz corrida, contrastando
los tiros y defensas contrapuestas,
lo va todo rompiendo y tropellando
con animoso pecho y manos prestas;
y a los batidos muros arribando
por los lados y partes más dispuestas,
los unos y los otros se afrentaron
y los ánimos y armas se tentaron.
Los franceses con muestra valerosa,
armas y defensivos instrumentos,
resisten la llegada impetuosa
y los contrarios ánimos sangrientos;
mas la gente española, más furiosa
cuanto topaba más impedimentos,
con temoso coraje y porfiado
rompe lo más difícil y cerrado.
Vieran en las entradas defendidas
gran contienda, revuelta y embarazos,
muertes estrañas, golpes y heridas
de poderosos y gallardos brazos;
cabezas hasta el cuello y más hendidas,
y cuerpos divididos en pedazos:
que no bastan petos ni celadas
contra el crudo rigor de las espadas.
La plaza se expugnaba y defendía
con esfuerzo y valor por todos lados:
era cosa de ver la herrería
de las armas y arneses golpeados;
la espantosa y horrenda artillería,
las bombas y artificios arrojados
de pólvora, alquitrán, pez y resina,
aceite, plomo, azufre y trementina.
Y a vueltas, un granizo y lluvia espesa
de lanzas y saetas arrojaban,
peñas, tablas, maderos que a gran priesa
de los muros y techos arrancaban;
la fiera rabia y gran tesón no cesa,
hieren, matan, derriban; y así andaban
los unos y los otros muy revueltos
en fuego, sangre y en furor envueltos.
Unos la entrada sin temor defienden
con libre y animosa confianza,
otros de miedo por vivir ofenden,
poniéndoles esfuerzo la esperanza;
otros, que ya la vida no pretenden,
procuran de su muerte la venganza,
y que cayan sus cuerpos de manera
que al enemigo cierren la carrera.
Como el furor indómito y violencia
de una corriente y súbita avenida,
que, si halla reparo y resistencia,
hierve y crece allí la agua detenida,
al fin, con mayor ímpetu y potencia,
bramando abre el camino y la salida,
que las defensas rompe y desbarata
y en violento furor las arrebata,
de tal manera la francesa gente,
sin bastar resistencia y fuerza alguna,
la arrebató la próspera corriente
del hado de Felipe y su fortuna;
que, ya sin poder más, forzadamente
a su furia rendida, por la una
parte que estaba Cáceres, dio entrada
a la enemiga gente encarnizada.
Y aunque por esta parte el Almirante
el golpe de la gente resistía,
no fue ni pudo al cabo ser bastante
a la pujanza y furia que venía;
quedó prisión con otros, y adelante
la vitoriosa y fiera compañía,
dejando eterna lástima y memoria,
iba siguiendo el hado y la vitoria.
Pues en esta sazón, por la otra parte
que el diestro Navarrete peleaba,
sin ser ya la francesa gente parte,
a puro hierro la española entraba;
y a despecho y pesar del fiero Marte
que los franceses brazos esforzaba,
haciendo gran destrozo y cruda guerra,
de rota a más andar ganaban tierra.
Fue preso allí Andalot, que encomendada
le estaba la defensa de aquel lado;
he aquí también por la tercera entrada
que Julián Romero había asaltado.
La suspensa fortuna declarada,
abriendo paso al detenido hado,
la mano a don Felipe dio de modo,
que vencedor en Francia entró del todo.
Cortó luego un temor y frío yelo
los ánimos del pueblo enflaquecido,
rompiendo el aire espeso y alto cielo
un general lamento y alarido;
las armas arrojadas por el suelo,
escogiendo el vivir ya por partido,
acordaron con mísera huida
perder la plaza y guarecer la vida.
Pero los vencedores, cuando vieron
su gran temor y poco impedimento,
los brazos altos y armas suspendieron
por no manchar con sangre el vencimiento;
y sin hacer más golpe, arremetieron,
vuelto en codicia aquel furor sangriento,
al esperado saco de la tierra,
premio de la común gente de guerra.
Quién las herradas puertas golpeando
quebranta los cerrojos reforzados;
quién por picas y gúmenas trepando
entra por las ventanas y tejados;
acá y allá rompiendo y desquiciando,
sin reservar lugares reservados,
las casas de alto a bajo escudriñaban
y a tiento, sin parar, corriendo andaban.
Como el furioso fuego de repente
cuando en un barrio o vecindad se enciende,
que con rebato súbito la gente
corre con priesa y al remedio atiende,
y por todas las partes francamente
quien entra, sale, sube, quien deciende,
sacando uno arrastrando, otro cargado
el mueble de las llamas escapado,
así la fiera gente vitoriosa,
con prestas manos y con pies ligeros,
de la golosa presa codiciosa,
abre puertas, ventanas y agujeros,
sacando diligente y presurosa
cofres, tapices, camas y rimeros
y lo de más y menos importancia,
sin dejar una mínima ganancia.
No los ruegos, clamores y querellas,
que los distantes cielos penetraban,
de viudas y huérfanas doncellas
la insaciable codicia moderaban;
antes, rompiendo sin piedad por ellas,
a lo más defendido se arrojaban,
creyendo que mayor ganancia había
donde más resistencia se hacía.
Viéranse ya las vírgines corriendo
por las calles, sin guardia, a la ventura
los bellos rostros con rigor batiendo,
lamentando su hado y suerte dura;
y las míseras monjas, que rompiendo
sus estatutos, límite y clausura,
de aquel temor atónito llevadas,
iban acá y allá descarriadas.
Mas el pío Felipe, antes que entrasen
había mandado a todas las naciones
que con grande cuidado reservasen
las mujeres y casas de oraciones,
y amigos y conformes evitasen
pendencias peligrosas y quistiones:
que del saco y la presa a cada una
diese su parte franca la fortuna.
Las mujeres, que acá y allá perdidas,
llevadas del temor, sin tiento andaban,
por orden de Felipe recogidas
en seguro lugar las retiraban,
donde de fieles guardas defendidas
del bélico furor las amparaban;
que aunque fueron sus casas saqueadas,
las honras les quedaron reservadas.
Que los fieros soldados, obedientes
al cristiano y espreso mandamiento,
se mostraban en esto continente,
frenando aun el primero movimiento;
la revuelta y la mezcla de las gentes,
la mucha confusión y poco tiento
hizo que el daño en la ciudad creciese
y un repentino fuego se encendiese.
Súbito allí la llama alimentada,
arrojando espesísimas centellas,
del fresco viento céfiro ayudada
procuraba subir a las estrellas;
la miserable gente afortunada,
con dolorosas voces y querellas,
fijos los tiernos ojos en el cielo,
desmayando, esforzaban más el duelo.
A todas partes gritos lastimosos
en vano por el aire resonaban
y los tristes franceses temerosos
en las contrarias armas se arrojaban,
eligiendo por fuerza vergonzosos
el modo de morir que rehusaban,
antes que, como flacos, encerrados,
ser en llamas ardientes abrasados.
Mas del piadoso Rey la gran clemencia
había las fieras armas embotado,
que con remedio presto y diligencia
todo el furor y fuego fue apagado;
al fin, sin más defensa y resistencia,
dentro de Sanquintín quedó alojado,
con la llave de Francia ya en la mano,
hasta París abierto el paso llano.
El sol ya poco a poco declinaba
al hemisferio antártico encendido,
cuando yo, que alegrísimo miraba
todo lo que en mi canto habéis oído,
vi cerca una mujer que me hablaba,
más blanco que la nieve su vestido,
grave, muy venerable en el aspecto,
persona al parecer de gran respecto,
diciendo: " Si las cosas que dijere
por cierta y verdadera profecía
dificultosa alguna pareciere,
créeme que no es ficción ni fantasía;
mas lo que el Padre Eterno ordena y quiere
allá en su excelso trono y hierarquía,
al cual está sujeto lo más fuerte,
el hado, la fortuna, el tiempo y muerte.
" Desta guerra y rencores encendidos
entre la España y Francia así arraigados,
resultarán conciertos y partidos,
por una parte y otra procurados,
en los cuales serán restituidos
al duque de Saboya sus estados,
con otros muchos medios provechosos,
en bien de Francia y a la España honrosos.
" Y para que más quede asegurada
la paz, con hermandad y firme asiento,
con la prenda de Enrico más amada

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