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Дон Алонсо де Эрсилья-и-Суньига. «Араукана» (DON ALONSO DE ERCILLA Y ZÚÑIGA. «LA ARAUCANA»)


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otra ni rastro alguna no lo había
por ser casi la tierra despoblada.
Aquella noche el bárbaro dormía
con la bella Guacolda enamorada,
a quien él de encendido amor amaba
y ella no menos por él se abrasaba.
Estaba el araucano despojado
del vestido de marte embarazoso,
que aquella sola noche el duro hado
le dio aparejo y gana de reposo.
Los ojos le cerró un sueño pesado,
del cual luego despierta congojoso,
y la bella Guacolda sin aliento
la causa le pregunta y sentimiento.
Lautaro le responde: « Amiga mía,
sabrás que yo soñaba en este instante
que un soberbio español se me ponía
con muestra ferocísima delante
y con violenta mano me oprimía
la fuerza y corazón, sin ser bastante
de poderme valer; y en aquel punto
me despertó la rabia y pena junto».
Ella en esto soltó la voz turbada
diciendo: " ¡ Ay, que he soñado también cuanto
de mi dicha temí, y es ya llegada
la fin tuya y principio de mi llanto !
Mas no podré ya ser tan desdichada
ni Fortuna conmigo podrá tanto
que no corte y ataje con la muerte
el áspero camino de mi suerte.
" Trabaje por mostrárseme terrible,
y del tálamo alegre derribarme,
que, si resuelve y hace lo posible
de ti no es poderosa de apartarme:
aunque el golpe que espero es insufrible,
podré con otro luego remediarme,
que no caerá tu cuerpo en tierra frío
cuando estará en el suelo muerto el mío.
"
El hijo de Pillán con lazo estrecho
los brazos por el cuello le ceñía;
de lágrimas bañando el blanco pecho,
en nuevo amor ardiendo respondía:
" No lo tengáis , señora, por tan hecho
ni turbéis con agüeros mi alegría
y aquel gozoso estado en que me veo
pues libre en estos brazos os poseo.
" Siento el veros así imaginativa,
no porque yo me juzgue peligroso;
mas la llaga de amor está tan viva
que estoy de lo imposible receloso:
si vos queréis , señora, que yo viva,
¿ quién a darme la muerte es poderoso ?
Mi vida está sujeta a vuestras manos
y no a todo el poder de los humanos.
" ¿ Quién en el pueblo araucano ha restaurado
en su reputación que se perdía,
pues el soberbio cuello no domado
ya doméstico al yugo sometía?
Yo soy quien de los hombros le ha quitado
el español dominio y tiranía:
mi nombre basta solo en esta tierra,
sin levantar espada, a hacer la guerra.
" Cuánto más que, teniéndoos a mi lado
no tengo qué temer ni daño espero;
no os dé un sueño, señora, tal cuidado,
pues no os lo puede dar lo verdadero,
que ya a poner estoy acostumbrado
mi fortuna a mayor despeñadero;
en más peligros que éste me he metido
y dellos con honor siempre he salido.
"
Ella, menos segura y más llorosa,
del cuello de Lautaro se colgaba
y con piadosos ojos, lastimosa,
boca con boca así le conjuraba:
" Si aquella voluntad pura, amorosa,
que libre os di cuando más libre estaba,
y dello el alto cielo es buen testigo,
algo puede ,señor, y dulce amigo;
por ella os juro y por aquel tormento
que sentí cuando vos de mí os partistes
y por la fe, si no la llevó el viento,
que allí con tantas lágrimas me distes,
que a lo menos me deis este contento
( si alguna vez de mí ya lo tuvistes),
y es que os vistáis las armas prestamente
y al muro asista en orden vuestra gente.
"
El bárbaro responde: " Harto claro
mi poca estimación por vos se muestra:
¿ en tan flaca opinión está Lautaro
y en tan poco tenéis la fuerte diestra
que por la redención del pueblo caro
ha dado ya de sí bastante muestra ?
¡ Buen crédito con vos tengo, por cierto
pues me lloráis de miedo ya por muerto !
"
" ¡ Ay de mí !, que de vos yo satisfecha
— dice Guacolda — estoy, mas no segura:
¿ser vuestro brazo fuerte qué aprovecha,
si es más fuerte y mayor mi desventura ?
Mas ya que salga cierta mi sospecha,
el mismo amor que os tengo me asegura
que la espada que hará el apartamiento,
hará que vaya en vuestro seguimiento.
" Pues ya el preciso hado y dura suerte
me amenazan con áspera caída
y forzoso he de ver un mal tan fuerte,
un mal como es de vos verme partida,
dejadme llorar antes de mi muerte
esto poco que queda de mi vida:
que quien no siente el mal, es argumento
que tuvo con el bien poco contento
"
Tras esto tantas lágrimas vertía
que mueve a compasión el contemplalla,
y así el tierno Lautaro no podía
dejar en tal sazón de acompañalla.
Pero ya la turbada pluma mía
que en las cosas de amor nueva se halla,
confusa, tarda y con temor se mueve
y a pasar adelante no se atreve.

CANTO XIV

LLEGA FRANCISCO DE VILLAGRÁ DE NOCHE SOBRE EL FUERTE DE LOS ENEMIGOS SIN SER DELLOS SENTIDO. DA AL AMANECER SÚBITO EN ELLOS Y A LA PRIMERA RE-FRIEGA MUERE LAUTARO. TRÁBASE LA BATALLA CON HARTA SANGRE DE UNA PARTE Y DE OTRA.

¿ CUÁL SERÁ aquella lengua desmandada
que a ofender las mujeres ya se atreva,
pues vemos que es pasión averiguada
la que a bajeza tal y error las lleva,
si una bárbara moza no obligada
hace de puro amor tan alta prueba,
con razones y lágrimas salidas
de las vivas entrañas encendidas ?
Que ni la confianza ni el seguro
de su amigo le daba algún consuelo,
ni el fuerte sitio, ni el fosado muro
le basta asegurar de su recelo;
que el gran temor nacido de amor puro
todo lo allana y pone por el suelo,
sólo halla el reparo de su suerte
en el mismo peligro de la muerte.
Así los dos unidos corazones
conformes en amor desconformaban
y dando dello allí demostraciones
más el dulce veneno alimentaban.
Los soldados, en torno los tizones,
ya de parlar cansados reposaban,
teniendo centinelas, como digo,
y el cerro a las espaldas por abrigo.
Villagrá con silencio y paso presto
había el áspero monte atravesado,
no sin grave trabajo, que sin esto
hacer mucha labor es escusado.
Llegado junto al fuerte, en un buen puesto,
viendo que el cielo estaba aún estrellado
paró, esperando el claro y nuevo día,
que ya por el oriente descubría.
De ninguno fue visto ni sentido:
la causa era la noche ser escura
y haber las centinelas desmentido,
por parte descuidada por segura;
caballo no relincha ni hay ruido,
que está ya de su parte la ventura:
ésta hace las bestias avisadas
y a las personas, bestias descuidadas.
Cuando ya las tinieblas y aire escuro
con la esperada luz se adelgazaban,
las centinelas puestas por el muro
al nuevo día de lejos saludaban,
y pensando tener campo seguro
también a descansar se retiraban,
quedando mudo el fuerte y los soldados
en vino y dulce sueño sepultados.
Era llegada al mundo aquella hora
que la escura tiniebla, no pudiendo
sufrir la clara vista de la Aurora,
se va en el occidente retrayendo;
cuando la mustia Clicie se mejora
el rostro al rojo oriente revolviendo,
mirando tras las sombras ir la estrella
y al rubio Apolo Délfico tras ella.
El español que vee tiempo oportuno,
se acerca poco a poco más al fuerte,
sin estorbo de bárbaro ninguno,
que sordos los tenía su triste suerte;
bien descuidado duerme cada uno
de la cercana inexorable muerte:
cierta señal que cerca della estamos
cuando más apartados nos juzgamos.
No esperaron los nuestros más, que en viendo
ser ya tiempo de darles el asalto,
de súbito levantan un estruendo
con soberbio alarido horrendo y alto;
y en tropel ordenado arremetiendo
al fuerte van a dar de sobresalto:
al fuerte más de sueño bastecido
que al presente peligro apercebido.
Como los malhechores que en su oficio
jamás pueden hallar parte segura
por ser la condición propia del vicio
temer cualquier fortuna y desventura,
que no sienten tan presto algún bullicio
cuando el castigo y mal se les figura
y corren a las armas y defensa,
según que cada cual valerse piensa,
así medio dormidos y despiertos
saltan los araucanos alterados,
y del peligro y sobresalto ciertos,
baten toldos y ranchos levantados.
Por verse de corazas descubiertos
no dejan de mostrar pechos airados,
mas con presteza y ánimo seguro
acuden al reparo de su muro.
Sacudiendo el pesado y torpe sueño
y cobrando la furia acostumbrada,
quién el arco arrebata, quién un leño,

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