Cartas del Marques Don Francisco Pizarro (1533-1541). Письма маркиза дона Франсиско Писарро


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Письма маркиза дона Франсиско Писарро (1533-1541).
Cartas del Marques Don Francisco Pizarro.

COLECCIÓN DE PUBLICACIONES HISTÓRICAS
DE LA
BIBLIOTECA DEL CONGRESO ARGENTINO

GOBERNANTES DEL PERÜ

CARTAS Y PAPELES
SIGLO XVI

Documentos del Archivo de Indias.

PUBLICACIÓN DIRIGIDA POR D. ROBERTO LEVILLIER

TOMO I
«PALABRAS PRELIMINARES»
POR
D. FRANCISCO A. DE ICAZA

MADRID
SUCESORES' DE RIVADENEYRA (S. A.)
Paseo de Sau Vicente, núm. 20.
1921

PALABRAS PRELIMINARES

Ninguna historia podría rehacerse con elementos más ori-
ginales y fidedignos que la de la América española. De lo que
acontecía en la metrópoli, nadie en la generalidad de los ca-
sos .tenía que informar. Hechos que para nosotros son de
gran interés, pasaban inadvertidos a los ojos de los contem-
poráneos. Los cronistas asalariados escribían, las más de las
veces, lo que se les permitía o lo que se les ordenaba escri-
bir. Dábase el caso de que un personaje influyente, al tener
noticia de que el cronista oficial asentaba con relativa inde-
pendencia un hecho que a él no le convenía se conociera y
perpetuara, apelaba a influencias decisivas, al Rey mismo, si
era preciso, para que cambiara o suprimiera, de grado o por
fuerza, el contexto de lo escrito. Así, pues—además del apa-
sionamiento a que por simpatías y antipatías humanas raro
historiador puede sustraerse del todo, y menos el que refiere
sucesos de su tiempo —, los cronistas aquellos tenían que fal-
sear la verdad, o cuando menos guardar silencio acerca de
determinados puntos, doblegándose a los ajenos mandatos.
No quiere decir esto, claro está, que la historia de la Es-
paña peninsular no tenga, a la vez que esas fuentes turbias,
otras puras y abundantes, y con ellas se escribió y sigue es-

— VI -

cribiéndose por los que de eso entienden, sino que son me-
jores y más copiosas las que existen de sus antiguas colo-
nias.
Los conquistadores, los virreyes, los obispos y los pro-
vinciales de las Órdenes religiosas; las autoridades todas—ci-
viles y eclesiásticas—de las antiguas posesiones españolas,
tenían forzosamente que rendir cuenta de sus actos a sus in-
mediatos superiores jerárquicos, y a los propios Monarcas:
como sus noticias no estaban destinadas a la publicidad, po-
dían ser, si no más justas ni más sinceras, más independien-
tes. Debían, además, instruir por escrito a los que dirigían y
a los que habían de sucederles en la gobernación civil o re-
ligiosa de aquellas comarcas. Si al hablar de sí mismos y de
su actuación, natural es que se alaben, no faltará entre sus
émulos, o en los procesos de residencia que a las autorida-
des se formaban al dejar su puesto, quien se encargue de los
vituperios. A nosotros nos toca, en vista de los testimonios
que apoyan alabanzas y censuras, opinar de acuerdo o di-
versamente de como opinaron los contemporáneos.
Las cartas privadas de soldados y de religiosos, de go-
bernantes y de prelados, y hasta de los aventureros, que cui-
daban de tener al tanto a sus valedores en la metrópoli de
los sucesos de la colonia, entretejiendo sus criterios contra-
dictorios, pueden darnos la urdimbre de aquella vida. No
existen para juzgar los acontecimientos de la Corte de España
en épocas pasadas tantos elementos de convicción como te-
nemos para juzgar los sucesos de las colonias. Diríase que, en
cierto modo, podemos darnos mejor cuenta del alma de los
hombres que «pasaron a Indias», o en ellas vivieron, que del
alma de nuestros contemporáneos. Imagínese la transforma-

— VII —

ción que se haría en el criterio general si mañana se dieran a
las prensas las cartas privadas más íntimas de todos los.que
algo valen o significan en nuestro mundo contemporáneo,
apareciendo, juntas con sus confesiones más secretas, la de-
fensa y la acusación que de cada uno de ellos hicieran sus
parciales y sus contrarios.
Los materiales de esta obra no están por reunir. Años
ha que el tesoro de los archivos españoles y el de los pueblos
hispano parlantes está abierto para los que quieran investi-
gar aquel pasado, y hombres beneméritos dedicaron desinte-
resadamente su vida a extraer y sacar a luz el oro virgen
de esos documentos inéditos, amontonándolo en las varias
colecciones donde se reunieron y siguen reuniéndose, para
que después corra acuñado como moneda de ley, sin tener
en cuenta si ha de ser nacional o extranjera.
Nadie que se interese en el inventario de nuestra Histo-
ria necesita que se le enumeren y rememoren aquellas colec-
ciones antiguas o se le señalen y recomienden las modernas.
De voz común califícanse unas por su pulcra exactitud pa-
leográfica, otras por la selección y el método, o simplemente
por su rica abundancia. Adjetivar, distribuyendo estos mé-
ritos sin discernirlos detenidamente, sería ocasionado a in-
justicias; no lo es considerar como la más importante entre
las actuales, por la magnitud del proyecto y por lo mucho
realizado ya, la que edita la Biblioteca del Congreso Argen-
tino, según el plan y bajo la dirección de D. Roberto Levi-
llier, quien cumple su arduo cometido con toda devoción,
competencia y general aplauso.
En ese plan entra la publicación de los documentos rela-
tivos al Perú, a cuyo frente van estas líneas. Como las pro-

— VIII —

vincias del Río de la Plata estaban sometidas en sus orígenes
a aquel Virrenato, Leviller, al formar el árbol genealógico
nacional, hizo que el tronco arranque del descubrimiento y
conquista del Perú, y en sus enlaces lo extiende a Bolivia,
Colombia, Ecuador y Chile, dando gran amplitud a su campo
de investigaciones.
Difícilmente podrían juntarse documentos de emoción
más intensa y varia que los reunidos en estos volúmenes. Los
he leído con la obsesión trágica que rodea lo atañadero a
aquellas tremendas figuras que realizaron la conquista del
Perú, cuando con ese nombre se designaba casi medio Con-
tinente, e intervinieron en las contiendas interiores que lo
ensangrentaron en los primeros tiempos de la dominación
española. No hay nombre que salte a la vista levantado por
el triunfo en un relato cualquiera, que no caiga herido o des-
trozado en el que sigue—los Pizarro, los Almagro, los Car-
vajal, Castilla, Hinojosa, Godínez, Vázquez, Robles, Girón y
tantos más—, todos mueren airadamente a manos de asesi-
nos o de verdugos. Nadie goza tranquilo del buen éxito, bien o
mal ganado. Virreyes y Adelantados que envía la Corona para
apaciguar a las mesnadas furiosas, mueren, cuando no despe-
dazados, como Núñez Vela; de pena y de ira por su fracaso,
como Hurtado de Mendoza y Cañete, y caen manchados de
sangre y de lodo. En aquel pantano de alevosía y venalidad
no puede haber plumajes blancos. El propio La Gasea no lo-
gra sacar limpios sus hábitos de las salpicaduras de su tran-
sigente injusticia.
Los primeros conquistadores eran fieras entre sí y con
los extraños; pero en sus fratricidas contiendas, en las inhu-
manas cacerías, en las batidas de hombres, había una salvaje

— IX —

grandeza, que degenera después, con las matanzas en masa,
en truculencia de jiferos y matarifes.
«En los ánimos de la gente no cabe paz ni quietud»—de-
cía el Marqués de Cañete al Duque de Alba, en carta autó-
grafa que se guarda en los archivos de su casa—: «serán los
ahorcados, degollados y desterrados de ella, más de ocho-
cientos desde que vine». Y esas cuerdas de desterrados—que
escapan milagrosamente al cuchillo o al cáñamo—, de re-
greso a la Península, difaman a quienes limpiaron las tierras
americanas de cizaña.
En todo este aparato documental se ve de bulto lo irre-
ducible entre las leyes de Indias y el Gobierno de las Indias,
que conquistadores y encomenderos, oidores y clero secular
y regular hacen entonces imposible. Léase a Cañete, léanse a
Nieva y a Toledo, y se verá cómo se reclutaban entonces
para el Perú—no generalicemos—esas clases en España,
entre el hampa de la nobleza segundona, del clero secular y
regular y de la gallofería emigrante.
Cañete, Nieva y Toledo piden que los nobles e hijosdal-
gos que quieran guerra, vayan a las de Italia o Flandes.
«Vuestra Magestad mande que no se haga tanta cargazón de
frayles—dice además Nieva—, que no es menester, y cuando
huvieren de venir no sean mogos, sino viejos y de buena vida
y exemplo», y antes explica: «que en muchas partes toman los
frayles a los pobres yndios sus comidas y ropa y aun las mu-
geres.» «Vuestra Magestad crea—dice de los otros—que es
gran inconveniente dar licencia para que pasen a Indias estos
hombres que no traen sino la capa al hombro, que no vienen
acá a otra cosa sino a jugar y a desasosegar al Reyno, por-
que aventuran a ganar y tienen poco que perder.»

--X —

Véase si tenía razón Cervantes al llamar a las Indias «re-
fugio y amparo de los desesperados de España, Iglesia de los

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