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Тадео Ксавьер Энис. Исторический дневник восстания и войны племен гуарани. Tadeo Xavier Henis


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caballos que habian de volverse. Hé aquí! (¡quien lo creyera!)
que se dejó engañar de los enemigos, reclamándole, y
disuadiéndoles los capitanes amigos, y se cuenta, que fué
recibido honorificamente, presentándole las armas. Despues,
viendo que lo habian recibido con tanto honor, 14 subditos de su
jurisdiccion, todos de á caballo, y con el ejemplo de estos,
seis Luisistas, un Juanista, (porque acaso no habia mas) dos
Lorenzistas, no siendo llamados ni forzados, y mas
probablemente, afirman algunos, que los primeros fueron
cautivados con otros 14, á la manera que un incauto ratoncillo
se vá á la trampa, le siguieron como una manada de cabras, que
estando ciego el chivato, que sirve de capitan al rebaño, perece
con todas ellas.

No bien habian entrado, cuando ya por todas partes fueron
cercados del enemigo armado, y se hallaron cautivos. Hallándose
con este hecho perpleja la demas turba, aunque alguna parte se
mantenia constantemente á la vista, finalmente volvió las
espaldas, y se retiró á la tarde á sus reales: aunque no
enteramente, porque temerosa la fama, anunciaba la entrada del
capitan con alguna gente, pero temia promulgar que estaba
cautivo. Luego al punto se mandó dos y tres veces, que volviesen
á pasar el rio los caballos que se habian quitado, y que no
tardasen, por si acaso por esto tuviesen cautivos á los soldados
que habian de ser redimidos.

36. Cumplieron con lo primero, mas no pudieron ejecutar lo
segundo, porque á medida que los soldados pasaban su caballo, se
lo tomaban para sí, y al amanecer, siendo los primeros aquellos
que en allegarse eran los últimos, tomaron una gran parte de los
caballos del enemigo, se volvieron los Juanistas, despues de
sepultados los dos muertos. Las partidas de los demas pueblos,
despues de haber cantado solemnemente ayer á visperas el
responsorio por el capitan y los soldados, en el valle en que
estaba su pastor de almas, y estándose ante él, comenzaron á
retroceder. Habiéndose caminado un poco, se presentó un
explorador, y dijo, que los Portugueses pedian sus caballos, y
prometian por su parte la libertad de los cautivos: mas aquellos
habian ya caminado tanto, que sino despues de visperas, pero ni
aun al dia siguiente se podian juntar: porque como los Juanistas
tuviesen muchísimos, que ya habian pasado el Rio Curutuy, muchos
Luisistas, que tambien habian caminado mucho, no pudieron
reunirse á la gente esparcida, y antes bien lo reusaban.
Llegaron á grandes pasos, ó con precipitada marcha en el mismo
dia cerca del Rio Curutuy, ó del Lavatorio, y se hizo en medio
dia el camino, que á la ida necesitó cuatro, porque siempre la
vuelta tiene los pies mas veloces. A la verdad, el pueblo ó
ejército habia concebido tanto temor del enemigo, que de ninguna
suerte se hallaba quien quisiese llevar á la presencia del
enemigo los caballos, si estuviesen á mano. Anduvo un capitan
dando vueltas para recogerlos, y viendo el último escuadron que
estaba parado cerca de la fortaleza del enemigo, no temió
manifestar claramente su miedo, y hablar á voces á los suyos de
esta suerte: “Caminemos, les dice, paisanos mios, porque
pereceremos con los otros.” Los reales esta tarde se formaron
escondidos en un profundo valle, sobre un arroyito distante del
enemigo ocho leguas. Se hizo toda diligencia por redimir los
cautivos, pero en vano, y lo que mas se sentia era la cautividad
del capitan Sepé, comandante de la artilleria. Mas cuando estas
cosas se trataban, hé aquí, corrió un cierto rumorcillo, que el
capitan Sepé á pié seguia el ejército: despues, habiendo llegado
un muchacho, confirmó la venida, porque venia á llevar vestido y
caballo para el cautivo que se volvia, y por fin, se presenta el
mismo capitan Sepé apenas entró la noche, temblando con el frio
y la caminata, y sin negar la verdad, contó su suerte; es á
saber, que ayer, habiendo sido encerrado en el castillo enemigo,
y llegando la tarde, fué mandado montar á caballo sin armas, sin
espuelas, pero sí vestido, y cercado de 12 soldados armados, se
le mandó buscase los caballos que se habian perdido. Habíase ya
apartado un paso de la fortaleza, cuando un indiecillo, viendo
cautivo á su capitan, (no temiendo nada el simple) se llegó al
enemigo, y le avisó que ya los caballos habian sido llevados á
la otra parte del rio: lo cautivaron en premio. Comenzó otra vez
el capitan Sepé á pedir licencia para pasar el rio, y solicitar
la entrega de los caballos: mas los compañeros negaron el poder
hacer esto, sin saberlo el gobernador del castillo. Habiendo
sido consultado, se le rogó diese licencia, enviando un soldado
que le diese parte: pero trajo la negativa. Añadió el cautivo
capitan: “vosotros que deseais poseer los caballos, dadme
licencia para hablar con los mios, sino, aunque no querrais, me
irè, si me diere gana, y ayudaré á mis compañeros.” Esta audacia
se recibió con risa, y le contestaron:–”estando cerca de 12
armados, ¿serás capaz de irte?”–Se promovió una controversia:
Sepé afirmando la huida, si la quisiese tomar, y los Portugueses
riyendo, porque la juzgaban imposible, y tenian por vanas sus
amenazas; pero el hecho las probó verdaderas: porque como una y
otra vez le preguntaron ¿como podia hacer esto? les dijo: veis
ahí; y asorando el caballo con la voz, con el azote y con
alaridos, se les escapó, y llevado en el pegaso, que parecia que
volaba, se encaminó hácia el rio y bosque, quedándose
espantados, y no atreviéndose á seguirle los soldados de á
caballo, porque aun las balas de los 12 fusiles con sus llamas,
parecia que no lo alcanzarian. Llegando empero Sepé á la orilla
del bosque, quitándole el freno al caballo, se escondió en los
árboles, y pasado á nado el rio al otro dia, siguiendo los
reales que se retiraban, fué recibido en ellos con gozo
increible. Esta misma noche se huyeron de las manos de los
enemigos dos mozos, los demas quedaron cautivos. Se trató otra
vez por medio del mismo capitan Sepé acerca de la lista de los
cautivos, ofreciendo los caballos y mulas de su pueblo, si los
que los tenian negasen los suyos á los Portugueses, y cierto es
que persistieron en negarlos. Tambien los Miguelistas no
asintieron en esto, antes bien no se hallaba alguno que se
atreviese á acompañar la lista, ó llevarlos á tierra del
enemigo, aunque estuviesen á mano. En verdad que ellos tenian
lastima de sus compatriotas, y especialmente de las mugeres, que
tan infelizmente habian quedado viudas, y de sus hijos
huérfanas. Mas ¿quien hay que crea al enemigo que una vez
engañó? A un amigo, si una vez mintió, no se le debe creer la
segunda, al enemigo empero nunca. La verdad es, que se temia no
fuese que acaso recibiese el enemigo con asechanzas, ó doblez á
los que trataban de la redencion de los suyos; y con la
artilleria y fusiles recobrasen los caballos y retuviesen los
cautivos, quedándose con unos y otros.

37. En este estado pues de cosas, pareció conveniente fortificar
con un presidio el residuo de tierra, que está entre los rios
Verde y Phacido, y para mayor seguridad de los presidarios,
pareció oponer un castillo al del enemigo. Se habló con los
Luisistas sobre dejar por ahora en esta tierra un presidio con
60 hombres, y hacer una fortalecita, de la cual cada semana
saliese un destacamento á correr toda la tierra; porque no fuese
que en algun escondrijo se estableciese el enemigo, y levantase
fortalezas difíciles de destruir á los indios, que no saben, ni
sufren el sitio ó combate. Empero no asentian los soldados, y no
se podia juntar facilmente quienes se atreviesen à trabajar.
Finalmente, dejando á cada cual lidiar con su genio, se señaló y
escogió el lugar para la fortaleza futura, por si acaso la
quisiesen hacer.

38. Comenzando hoy el mes de Marzo, se pasó con sumo trabajo el
rio Curutuy, y cerca de visperas, tambien el Yaguy, y caminadas
tres leguas mas, á grandes jornadas por via recta, con camino y
espacio de dos dias, llegamos al pié de la montaña de San Lucas,
y habiendo con realidad pasado la cercanía, aunque continuaban
las lluvias, y los rios estaban crecidísimos, apartándonos de
muchos arroyos pantanosos, á 8 de Mayo llegamos, sin ser
esperados, al pueblo de San Miguel, en el mismo dia de su
aparicion: y no sucedió en el camino otra cosa digna de memoria,
sino es que la tristeza puso en suma consternacion al pueblo.
Cada cual del ejército, que se habia dividido, se volvia á sus
estancias y pueblos, muy despacio, mirando por las cabalgaduras,
quedándose unos pocos por todas partes á explorar los
movimientos de los enemigos, sus discursos, y prohibirles sus
invasiones.

39. Cuando sucedian estas cosas con menos felicidad en los
límites de los Portugueses, se esparcian en las ciudades de los
Españoles nuevas amenazas y nuevas mentiras. En 28 de Febrero
habia llegado el navio llamado la _Aurora_, y tomó puerto, dando

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