96. Los primeros que se retiraron de la reunion fueron los
Borjistas; porque estos, despues de haber visto el lugar de la
matanza, y los montones de muertos, acaso horrorizados con aquel
espectáculo, ó exasperados de alguna palabrilla, (porque ahora
era la primera vez que venian, cuando ya las cosas iban
perdidas) se volvieron á su pueblo, dejando dudoso el motivo.
Los Tomistas, por la misma razon ó por alguna contienda, tambien
se volvieron, y se decia que habian muerto á un noble
Miguelista, porque jamas apareció.
97. Los de San Angel, desde que salieron de su pueblo, ya venian
enfurecidos, y cuando encontraban á los Miguelistas, los
despojaban de los caballos y armas, en venganza, decian, de que
en sus tierras habian perecido tantos de sus parientes: y
habiéndose ido al pueblo, que poco há se habia quemado en la
montaña, allí se arrancharon; y aunque repetidas veces se les
pidió, y convidó á que se uniesen con la demas gente que estaba
en Santa Catalina, no se pudo conseguir. En este interin cuantas
cosas encontraban, las pisoteaban ó destruian: es á saber,
mataron las ovejas, desbarataron el techo de la casa de los PP.,
que por su teja y ladrillo habia quedado en piè, y sacando las
cosas que estaban enteras, las hacian como tributo, ó paga de
alguna culpa. Movidos finalmente los Miguelistas con estas
cosas, como ya tambien ellos se volviesen, habiendose
desparramado algunos, despues de alguna contienda de palabras,
vinieron á las armas y los embistieron cercándolos, porque
estaban á caballo, y aquellos á pié: de una y otra parte hubo
heridas, pero no pasó adelante la cosa.
98. Los Juanistas, Luisistas y Lorenzistas fueron volando á las
entradas de su bosque, ó á las abras de las montañas, por la
parte que mira á sus estancias, porque hácia aquella parte como
dijimos, el enemigo habia declinado. El capitan de la
Concepcion, Neenguirú, habiendo enterrado los muertos, se retirò
á sus estancias, los de San Nicolas á las suyas, y los otros á
otras partes.
99. Cuando las cosas sucedian á los indios tan poco favorables
para con el enemigo, llegó de Europa lo mas fatal: porque ahora
debemos tratar de cartas, escritos y edictos. Diremos
primeramente ¿qué contenian las cartas que vinieron de los
reales de los enemigos? Estando, pues, acampado el enemigo en
los campos de San Luis, á la orilla del rio Guacacay, se recogió
todo el ganado de este pueblo que ya estaba disminuido con la
guerra, y se tomó sin ningun impedimento, y una parte de él
envió á las tierras de los Portugueses, reservando lo demas para
su sustentacion ó mantenimiento. Despues de esto, envió á sus
casas algunos cautivos de cada uno de los pueblos, con dos
cartas de un mismo tenor para cada pueblo: una venia en idioma
español y otra en guaraní: en ambas exageraba su clemencia, y
principalmente en el cuidado de los heridos, y que con su paso
tardo queria mover la barbaridad de los indios, causa de tantos
desastres, y que con tantas muertes de sus parientes se
mostraban inmobles á los llantos de tantas viudas y pupilos; que
si no venian con sus curas y cabildos humillados, y pedian
perdon, habian de sufrir el último rigor y suplicios. Estas
cartas se enviaron con otras que trageron, y se entregaron á los
pueblos: no respondieron á ellas.
100. Por entonces se fulminó de España la última decretoria
sentencia, la que, como se decia, trajo un navio por el mes de
Febrero: el tenor de ella es este:–”Que de lo alegado y probado
en el modo posible está cierto el Rey, que los individuos de la
Compañía unicamente tenian la culpa de la resistencia de los
indios: por tanto, que diesen corte para que el tratado real se
ejecutase á la letra, y el negocio se cumpliese
indispensablemente. Ni aquella severidad, ni la del Marques de
Valdelirios, intimada al Prelado de la Provincia, sirvió de
algo, enviándole espuestas las cosas que estan dichas antes: y
así despues rigorosamente prohibia toda apelacion, è
imperiosamente mandaba al P. Provincial, que inmediatamente
pasase á las Misiones á componer las cosas: y no haciéndolo así,
declaraba á los PP. reos de lesa magestad, y prevenia que se
aplicaria el castigo competente á semejante crímen, segun ambos
derechos.” Tambien nuestro Comisario renovó las censuras,
preceptos y amenazas, de que antes hemos hecho muchas veces
memoria. Que el confesor del Rey, aunque en público habia sido
despachado honoríficamente, pero que en oculto, con una
reprension severa habia sido privado, y que toda la Compañía
habia incurrido en la indignacion real. Que habian de venir en
el próximo Mayo 1,000 soldados veteranos, y mas, si fuesen
necesarios, y cuantos se pidiesen para avivar la guerra. Por
tanto, que se mandaba á los generales que prosiguiesen la
guerra, y que si por las dificultades de los caminos no pudiesen
llegar, que invernasen y fortificasen los reales, mientras
llegasen los socorros que se esperaban. Con estas cartas vino
tambien poco despues otra semejante del P. Provincial de la
Provincia, renovando los preceptos y mandatos. Y junto con ella
otra del mismo que habia respondido al Marques, en la que decia:
que habia entendido todas las cosas, y que la apelacion que se
le habia entredicho ó negado al Rey de la tierra, la habia de
pedir con tanta mayor confianza al Rey del cielo, de cuya
apelacion ninguno ha de ser privado. Despues se escusaba de no
poderse poner en camino por su poca salud, y hallarse próximo á
la muerte; y le añadia, que renovaba todos los mandatos
anteriores, y que imponia á los PP. todos los preceptos que
podia: aunque sabia que todo habia de ser vano, como que ni él
ni ellos tuviesen dominio sobre tantas y tan libres y tan varias
voluntades de los indios: y que si en su voluntad de tal suerte
estuviesen incluidas las de los indios, como en la de Adam, las
de sus descendientes, ó á lo menos como la de los PP.
Misioneros, por medio de la santa obediencia, no dudaria del
efecto: mas siendo así, que no esperaba cosa alguna, que el
Marques con su agudo juicio le sugiera modo con que esto con mas
eficacia pueda ejecutarse, ó que obligue al Sr. Obispo, que
andaba en visita en las inmediatas ciudades, se llegue á estas
inmediaciones, y que con su autoridad y suavidad los persuada.
Que él así lo juzgaba, y tendria á bien; y lo que es mas, que èl
así se lo pediria, dejando en libertad á los afligidos pueblos,
en que ya no habia impedimento. Aunque despues de publicadas, no
faltaron altercaciones ò movimientos, especialmente siendo
compelidos otra vez los PP. á dejar los indios, y á una retirada
imposible.
101. Como estas palabras tan severas, no menos que inicuas y
nunca esperadas, arredraban los ánimos de toda la provincia,
sabiéndolas los indios, algunos se obstinaron, mas otros
avisados y exhortados de los PP., se rendian ya; porque los
Luisistas, Lorenzistas y los de Santo Angel estaban cargando sus
cosas, especialmente cuando por segunda vez llegaron á los
pueblos otras cartas del Capitan General del ejército, en las
cuales (eran dos) trataba á los indios con blandura, llamándolos
hermanos, amigos, engañados por los malos consejos de un ánimo
codicioso; y por tanto que no creyesen á otro sino á él; que ya
sus PP. habian caido de la gracia del Rey, de lo que era señal
haber repudiado su confesor, y que el Monarca en adelante daria
muchos argumentos de su severidad: que conociesen su buen ánimo,
y quisiesen confiarse de él, y que, egecutando prontos lo que
les mandaba, mejorarian su situacion.
102. Con los PP. empero usaba de amenazas, y exageraba la
matanza, echándoles á ellos la culpa; porque siendo así, que en
otras ocasiones conseguian de los indios todas las cosas, ahora
que tanto interesaba á la fé ó palabra real, y á sus intereses,
se estaban remisos en mano sobre mano. Que habia la esperanza de
conseguir la real clemencia, si persuadian á los indios, y los
PP. mismos en persona viniesen á él con los caciques y cabildos
rendidos y humillados: porque si no lo hacian así, luego al
punto habia de egecutar todo lo contrario, vistas y oidas
las cosas.
103. Los Luisistas fueron los primeros que enviaron nuncios con
cartas para el Capitan general, en las cuales prometian que se
habian de mudar como les volviesen los cautivos, y les señalasen
tierras á propósito, las que en vano antes habian buscado. Los
Lorenzistas reusaban semejante legacia, pero se sugetaban al
parecer de uno. Los de Santo Angel ya habian hecho otra
semejante carta, y enviaron 20 hombres al Monte Grande, hácia el
pueblo de San Javier, á disponer el camino. Pero despues se
perturbaron todas las cosas por la pertinacia y sugestiones de
los demas pueblos, y porque diez caciques de la Concepcion
vinieron acá donde estabamos. Hicieron arrepentirse á los
Luisistas de su sumision, y mucho mas el enviado que volvió del
Gobernador, el que se resintió del semblante demasiadamente




















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