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Тадео Ксавьер Энис. Исторический дневник восстания и войны племен гуарани. Tadeo Xavier Henis


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artilleria, y que venia á tomar por fuerza á los PP.) se
disponian estos á desamparar el pueblo, y quemar todas las cosas
que no permitia llevar el tiempo. La falta de carretas fué un
gran obstáculo: los indios cargaban los carros con las alhajas
de casa, y á toda prisa acomodaban todos los trastes: los
muchachos y mugeres montaron todos los caballos que habian
quedado á la mano, y caminaron hácia las montañas. En el mismo
dia, un carro, grande del P. que moraba en dicho pueblito, y que
por un incendio de la casa é iglesia, que poco há habia
sucedido, vivia debajo de unos cueros y pabellon, (aun el dia
que llegaron los PP. que habian de tener cuidado de las almas de
los soldados) caminó por adentro y hácia los pueblos, al cual,
como el peso y volumen, como v.g.: dos tachos grandes de metal
colado, siete campanas, casi treinta cañones de fusil, que se
sacaron del incendio, una caja llena de instrumentos de hierro,
y otras cosas de este género, le impidiesen caminar, las
primeras cosas las enterraron en el vecino bosque, otras en la
huerta, y otras en el mismo relente ó canal. Finalmente,
habiendo salido de las chacras todos los moradores, se puso
fuego á las casas, y todo el pueblo ardió; y montando á caballo
ultimamente los PP., siguieron al pueblo.

91. Al ponerse el sol llegóse á la montaña llena de bosque, y
porque el temor del enemigo que se acercaba los tenia
desasosegados, habíase intentado pasar el monte: mas, como la
estrechez y escabrosidades del camino no permitiesen que pasasen
todos, una parte paró á la entrada de la selva, y la otra á la
cumbre de los montes, entre las llanuras de las selvas:
ultimamente, llegaron los PP. por medio de tigres que rugian y
de onzas, de terrible magnitud, en el silencio de la media
noche. Fueron despues de mediodia al pago y estancia de
Santiago, para estarse allí, mientras llegaba una detallada y
segura noticia de la mortandad, y se explorase el movimiento y
intencion del enemigo.

92. Al dia siguiente, muy temprano, hé aquí que llegan 60
hombres valerosos de San Pablo, que eran los primeros que venian
al socorro ya tarde, y habiéndose formado con algunos Luisistas,
y enfurecidos algun tanto, se acercaron á caballo á la capilla,
y despues, poniendose á pié, con audacia se presentaron delante
de los PP., y habiendo hallado á los tres en la puerta de la
capilla, con un razonamiento imperioso y llenos de furor, les
dijeron:–”Que aquellas tierras eran totalmente suyas y de sus
nacionales, y no de los PP.; y por tanto que no tenian cosa
alguna de que disponer y dar á otros, especialmente á los
enemigos: que de los tales sabian ellos, y esto tambien les
constaba de una que habian interceptado, que los PP.
conspiraban con los enemigos, y que les querian entregar estas
tierras: y que así, sin demora se volviesen á su pueblo, que
ellos en el campo no los necesitaban para nada.” Cuando así
hablaba el teniente de San Pablo con tan impertinente discurso,
tambien otro jóven noble, sin barbas, empezó á decir otras cosas
peores. Tres soldados Miguelistas, del mismo pueblo y asistentes
de los PP. que se habian llegado á la puerta de la capilla y de
la cerca, espantados de una audacia tan desvergonzada,
embistieron con las lanzas, y se atrevieron á echarlos con
entera y manifiesta temeridad. Viendo esto uno de los Padres, se
arrojó á las lanzas, y asiéndolas con las manos, detuvo el
impetu, y con palabras graves y nerviosas contuvo la audacia, y
hizo que se apartasen. Habiendose sosegado el tumulto, aunque
los aguaderos, cocineros y todos los muchachos de los PP. otra
vez anduviesen armados por la cocina, no se intentó cosa mayor.
Finalmente se tranquilizaron, habiendo todos los PP. reprendido
la temeraria audacia de los del pueblo de San Pablo, y habiendo
hecho demostracion que todas las cosas que hablaban eran falsas,
y la acusacion infundada. Se indagó que cosa dijese la ,
quien fuese el autor, quien el testigo, y en que lugar se halló.
Pusieron ó presentaron en medio á cierto Luisista, el cual dijo
delante de todos, que él habia pillado la , la habia leido,
é interpretado, y finalmente la habia enviado á su superior ó
cacique. Preguntándoles que cosa habia comprendido de aquella
, dijo, que se pedian en ella pasas, garbanzos, habas y
otras legumbres para sustento de los capitanes de los enemigos,
cuyos nombres, puestos en la , yo mismo leí. Se les
demostró que habia entendido, ó interpretado mal la ,
porque era del cura de San Miguel, quien pedia las sobredichas
legumbres para su cocina y la de sus compañeros, é insertó en
ella los nombres de los capitanes, para que supiesen los demas
PP. que los Generales estaban ya aquí con el ejército: por fin
se apaciguó la gente amotinada. Los capitanes de San Pablo,
habiendo pedido antes perdon á los PP. y á los Miguelistas que
estaban en su compañia, á los cuales tambien tenian por
sospechosos, se retiraron á sus reales, que desde antes de ayer
tenian puestos en un rio que corre al pié de la colina del pago,
ó estancia.

93. Despues de visperas, juzgando los PP. que todo estaba
sosegado, hé aquí otro alboroto: que iban llegando las reliquias
de los Luisistas, los que eran unos 20, que de la Matanza habian
quedado vivos, y mesclados con algunos otros soldados de los
otros pueblos; los cuales, apeándose de los caballos, se
entraron á la capilla de Santiago, y hecha oracion, cantaron
tambien un responso por los que habian muerto en la pelea. Y
habiendoles perorado uno de los capitanes una breve oracion
fúnebre, salieron de la capilla, pero con tan grave rostro y
furioso semblante, que no hablaron, ni saludaron á los PP. que
estaban presentes: antes bien despidieron prontamente al cura
que les hablaba, y diciendo que no tenian cosa alguna que
tratar, se fueron á la espalda de una huerta de duraznos, en
donde se acamparon, y despues, habiendo entrado en la huerta, se
hartaron de frutas, de que estaban cargados los árboles.
Callaron á estas cosas los PP., porque no fuese que, entrando ya
la noche, intentasen los amotinados ofenderles, ó hacerles algun
daño: y así se mandó estuviesen en vela, y armados á la puerta
de la capilla, todos los Miguelistas compañeros de los PP.
Pasóse toda la noche, y habiendo hecho estos una junta, pensaron
era mejor ceder al desenfrenado furor de la gente, y retirarse á
la seguridad del pueblo. Llegada, pues, la mañana, montaron á
caballo y se fueron al pueblo, llegando este dia al pago ó
estancia de San José.

94. Hallaron aquí un escuadron de Miguelistas, que iba al
socorro de los suyos, y consternados con los nuevos avisos que
habian venido la noche pasada, que el enemigo ya habia ocupado
el Monte Grande, no sabian determinar lo que habian de hacer. El
capitan de este escuadron (era teniente del pueblo), habiendo
recibido despues un aviso, se volvió aquella misma noche á dicho
pueblo, y mandó que todos los moradores de él, y principalmente
los de edad y sexo mas débil, se presentasen para huir. De tal
suerte arredró tambien con este aviso á las partidas auxiliares
de los otros pueblos que encontró en el camino, que varios de
ellos retrocedieron y se volvieron á sus pueblos. Mas, despues
que se desvaneció este rumor falso, y reconocida la falsedad del
caso, los capitanes determinaron que debian esperar á los
enemigos, de esta parte de la montaña, y cuando estuviesen
empeñados en penetrar los montes á la vista de sus pueblos,
habian de pelear hasta dar el último aliento. Por lo dicho habia
corrido en los pueblos un terror pánico y turbacion: mas, como
el enemigo no solamente no se acercase á las montañas de San
Miguel, sino que se declinaba de las estancias de Santa Catalina
hácia el oriente, en las tierras de San Luis, mudaron de
pensamiento, y siendo los primeros los Miguelistas, pasaron el
bosque, se acamparon á su entrada, y enviaron fieles
exploradores, que observasen con cuidado los movimientos
del enemigo.

95. Entretanto, de todas partes venian, movidos con nuevos
avisos, nuevos escuadrones, y bastantemente numerosos, los que
ya antes habian sido pedidos y se esperaban, y que, con el falso
rumor del vecino enemigo y de las muestras, vacilaban y
titubeaban. Despues de tanta tardanza, los primeros que volaron
al lugar de la mortandad que acababa de hacerse, fueron 130
Guanoas, gentiles confederados; quienes, viendo el destrozo ó
estrago de los suyos, y el campo sembrado de cadáveres,
gimieron, y tambien derramaron lágrimas. Despues vinieron los
del pueblo de Santo Tomé, y asimismo los de San Borja, y despues
los de casi todos los demas pueblos del Uruguay, excepto los de
San José y San Carlos: y así habia junto cuatro ejércitos de
soldados, y se esperaba que restaurarian todo el negocio, á no
haber sucedido que las discordias domésticas otra vez dividiesen
é hiciesen desparramar como agua á tan numerosos ejércitos antes
que se juntasen.

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