Исторический доклад о ходе событий восстания Хосе Габриеля Тупак-Амару в провинциях Перу 1780 года. Relación histórica de la rebelión de José Gabriel Tupac-Amaru
Uncategorized March 11th, 2006
Исторический доклад о ходе событий восстания Хосе Габриеля Тупак-Амару в провинциях Перу 1780 года (Документы).
Relación histórica de los sucesos de la rebelión de José Gabriel Tupac-Amaru, en las provincias del Perú, el año de 1780 (documentos)
Índice
Relación histórica de los sucesos de la rebelión de José Gabriel Tupac-Amaru, en las provincias del Perú, el año de 1780 o Discurso preliminar a la revolución de Tupac-Amaru o Relación histórica o Otro oficio al Cabildo del Cuzco o Otro oficio al mismo Cabildo o Copia de carta fecha en el Cuzco, en 10 de enero de 1781, remitida con propio a la Paz o Vista del fiscal del Virreinato de Buenos-Aires o Providencia del excelentísimo señor virrey don Juan José de Vértiz o Diario de las tropas que salieron del Cuzco, al mando del mariscal de campo, don José del Valle, dirigidas a operar contra el rebelde Tupac-Amaru, y su prisión o Aviso, 22 de marzo o Aviso, 8 de abril o Estado en que se apuntan los nombres y las graduaciones de los comandantes de las columnas destinadas a operar contra el rebelde José Gabriel Tupac-Amaru; las fuerzas y tropas de que se compone cada una, y las provincias por donde deben seguir su marcha, hasta el punto de reunión prevenido o Oficio del visitador general don José Antonio de Areche al Virrey de Buenos Aires, participándole la prisión de José Gabriel Tupac-Amaru o Lista de los principales rebeldes que se hallan presos en este cuartel del Cuzco, y de los que han muerto en los combates que han presentado a nuestras columnas las sacrílegas tropas del traidor que se expresa, con las notas que irán al pie o Representación del Cabildo y vecinos de Montevideo o Sentencia pronunciada en el Cuzco por el visitador don José Antonio de Areche, contra José Gabriel Tupac-Amaru, su mujer, hijos, y demás reos principales de la sublevación o Castigos ejecutados en la ciudad del Cuzco con Tupac-Amaru, su mujer, hijos y confidentes o Distribución de los cuerpos, o sus partes, de los nueve reos principales de la rebelión, ajusticiados en la plaza del Cuzco, el 18 de mayo de 1781 o Pastoral del obispo de Buenos Aires, del Consejo de Su Majestad, etc., a sus diocesanos Nos, don Sebastián Malvar y Pinto, por la gracia de Dios y de la Santa Sede, obispo de Buenos Aires, del Consejo de Su Majestad, etc. o Relación del cacique de Puno, de sus expediciones, sitios, defensa, y varios acaecimientos, hasta que despobló la villa de orden del señor inspector y comandante general don José Antonio del Valle. Corre desde 16 noviembre de 1780 hasta 17 de julio de 1781 o Capítulo de carta de Lima, 5 de agosto de 1781 o Copia de capítulo de carta de Lima, también de 5 de agosto o Bando que se encontró en los papeles de Tupac-Amaru o Otro o Edicto de Diego Tupac-Amaru o Bando del Virrey del Perú y Chile Don Agustín de Jáuregui, caballero del Orden de Santiago, del Consejo de Su Majestad, teniente general de sus Reales Ejércitos, virrey, gobernador y capitán general de los Reinos del Perú y Chile, y presidente de la Real Audiencia de esta capital o Carta del Virrey de Buenos Aires o Carta particular del inspector don José del Valle a dos amigos de Lima, don José de Aramburú, y don Alfonso Pinto o Informe o Documentos, número 1 o Documentos, número 2 o Documentos, número 3 o Documentos, número 4 o Tratado celebrado con Miguel Tupac-Amaru o Otra carta o Carta o Carta o Copia de carta escrita por el comandante de columna, don Ramón Arias a Diego Tupac-Amaru o Contestación de Tupac-Amaru o Edicto del mismo o Carta escrita por Diego Tupac-Amaru al oidor Medina, acompañándole copia de un informe hecho al Virrey de Lima o Tratado de Paz celebrado con Diego Tupac-Amaru o Carta del ilustrísimo señor obispo del Cuzco, doctor don Juan Manuel de Moscoso y Peralta, al dicho don Ramón Arias o Carta de Diego Cristóval Tupac-Amaru al dicho señor comandante, don Ramón Arias o Exposición de Diego Tupac-Amaru o Carta del señor comandante general don José del Valle a don Ramón Arias o Oficio del inspector de Lima, don José del Valle, al Virrey de Buenos Aires, en que le da aviso de una nueva sublevación en las Provincias de Omasuyos y Larecaja, por Pedro Vilca-Apasa o Carta del ilustrísimo señor doctor don Juan Manuel Moscoso, obispo del Cuzco al de la Paz, doctor don Gregorio Francisco del Campo, sobre la sublevación de aquellas provincias o Oficio del comandante don Ignacio Flores al Virrey de Buenos Aires, manifestándole que reconocida la causa de Miguel Bastidas, nada resulta contra él o Oficio del comandante don Gabriel de Avilés al corregidor de Azangaro, don Lorenzo Zata y Subiría o Nota de los individuos de la familia de los Tupac-Amaru, arrestados por mí, el coronel don Francisco Salcedo, corregidor y comandante de las armas de esta provincia de los Canas y Canches Tinta o Oficio del mismo Avilés a don Sebastián de Segurola o Bando del Virrey del Perú y Chile Don Agustín de Jáuregui, caballero del Orden de Santiago, del Consejo de Su Majestad, teniente general de los Reales Ejércitos, virrey, gobernador y capitán general de los reinos del Perú y Chile, y presidente de la Real Audiencia de esta capital o Bando de Felipe Velasco, Inca Copia o Sentencia contra el reo Diego Cristóval Tupac-Amaru y demás cómplices, pronunciada por los señores, don Gabriel de Avilés, y el señor don Benito de la Mata Linares o Oficio de don Felipe Carrera, corregidor de Parinacochas, al Virrey de Buenos Aires, dándole aviso de una nueva sublevación que acaba de extinguir, con la prisión y justicia de los dos principales caudillos y otros o Sentencia dada por el Virrey de Lima contra los reos que señala el oficio de don Felipe Carrera o Oficio del Virrey de Buenos Aires al ministro de Indias, don José Gálvez, manifestando los motivos de la sublevación de Chayanta o Instrucción de lo acaecido con don Joaquín Alós, en la provincia de Chayanta, de donde es corregidor, y motivos del tumulto de ella o Sentencia de once reos que se ahorcaron el día 17 de marzo de 1781 en la ciudad de la Plata o Confesión y sentencia de Dámaso Catari, principal motor de la sublevación de la provincia de Chayanta o Oficio o Sumaria informativa seguida contra Nicolás Catari, y otros reos de la sublevación de Chayanta, y sentencia promulgada contra ellos o Oficio del Virrey de Buenos Aires, al señor don José de Gálvez o Oficio del Regente de la Audiencia de Charcas al Virrey de Buenos Aires, con inclusión del informe del cura de Chayapata, en que da noticia de la muerte que dieron los indios de Paria a su Corregidor o Informe o Oficio del Oficial Real de Carangas a la Audiencia de Charcas, en el que avisa haber muerto los indios a su corregidor, don Mateo Ibáñez Arco o Oficio del corregidor de Oruro, don Ramón de Urrutia, al Virrey de Buenos Aires, noticiándole la rebelión de aquella villa o Parte de don José Reseguín al Virrey de Buenos Aires, sobre la sublevación de Santiago de Cotagaita o Otro parte de don José Reseguín al Virrey de Buenos Aires, sobre la sublevación de la provincia de Tupiza o Partes de oficio del gobernador de Salta, don Andrés Mestre, al Virrey de Buenos Aires, sobre la revolución de su Provincia o Sentencia contra los reos de la población de Jujuy Discurso preliminar a la revolución de Tupac-Amaru Las extorsiones de los corregidores, y la impunidad de que disfrutaban en las Audiencias, produjeron en 1780 una fuerte conmoción entre los indios del Perú, capitaneados por José Gabriel Tupac-Amaru2, cacique de Tungasusa en la provincia de Tinta3; que, altivo por carácter e irascible por genio, miraba con rencor la degradación de los indígenas. Último vástago de los incas, y reducido ahora a prosternarse ante el más vil empleado de la metrópoli, no pudo su ánimo sobrellevar en paz estos ultrajes. Había frecuentado las universidades de Lima y del Cuzco, donde aprendió lo bastante para descollar entre sus iguales. No -II- contento con el cacicazgo, que era hereditario en su familia, solicitó ser reconocido como descendiente legítimo de los antiguos dinastas del Perú, y había ya conseguido reasumir el título de Marqués de Oropesa4 que habían llevado sus antecesores. Preocupado con sus ideas de venganza, sintió la necesidad de adquirir renombre, y derramó sus caudales para hacerse de clientes. Se puso también en contacto con las personas más influyentes del clero, a quienes pintaba con los más vivos colores los vejámenes que sufrían los indios. Movidos por sus quejas, los obispos de la Paz, del Cuzco, y otros prelados del Perú, las habían transmitido al Rey por medio de Santelices, gobernador de Potosí, muy inclinado a favor de los naturales, y cuyos sufragios eran de un gran peso por el crédito que disfrutaba en la corte. Carlos III, príncipe justo y magnánimo, había acogido con interés estas súplicas, y para atenderlas con acierto había llamado al mismo Santelices a ocupar un puesto en su Consejo de Indias. Con tan prósperos auspicios, don Blas Tupac-Amaru, deudo inmediato de José Gabriel, fue a Madrid a solicitar la supresión de la mita y los repartos. Todo anunciaba un feliz desenlace, cuando la Parca truncó la vida de estos filántropos, no sin sospecha de haber sido envenenados. Solo, y expuesto al resentimiento de los que habían sido denunciados, se resolvió Tupac-Amaru a echar mano de un arbitrio violento. Hallábase de corregidor en la provincia de Tinta un tal Arriaga, hombre ávido e inhumano, que abusaba del poder para saciar su inextinguible sed de riquezas. Hecho odioso al pueblo a quien tiranizaba, fue esta la primer víctima que le fue inmolada. Bajo -III- el pretexto de celebrar con pompa el día del Monarca, el cacique le atrajo a Tungasuca, donde en vez de las diversiones que esperaba, fue condenado a expiar sus crímenes en un cadalso. Igual suerte estaba reservada al corregidor de Quespicancha5, que salvó la vida, abandonando sus ricos almacenes, y más de 25.000 pesos que tenía acopiados en las arcas del fisco. Estos despojos, repartidos generosamente entre las tropas, dilataron la esfera de acción de estos tumultos. Los funcionarios públicos, siguiendo el ejemplo de los corregidores, que eran el blanco principal de la animadversión de los pueblos, desamparaban sus puestos, y dejaban libre el campo a los amotinados. Sus filas, que se engrosaban diariamente, presentaron pronto una masa imponente para emprender mayores hazañas. Al sentimiento de venganza, que brotaba espontáneamente de todos los corazones, quiso Tupac-Amaru hermanar otro que lo afirmase y ennobleciese. Dos siglos y medio, pasados en la servidumbre, no habían podido borrar de la memoria de los indígenas los recuerdos del gobierno paternal de los incas: grabados en las ruinas del Cuzco, donde moraban sus dioses, y descansaban sus héroes, hacían de esta ciudad el objeto de una supersticiosa veneración; y aquí fue donde se dirigió Tupac-Amaru para inflamar el ardor de sus soldados. Trabado en sa marcha por una fuerza de milicianos que se había organizado de Sangarará, los atacó, y obligó a asilarse del templo, donde se defendieron hasta sepultarse bajo los escombros del edificio, que se desplomó sobre sus cabezas. Esta ventaja, poco considerable en sí misma, dio alas a la anarquía, que se propagó hasta la provincia de Chichas. El foco principal de esta nueva insurrección era Chayanta, donde dominaban los Catari, hombres populares y atrevidos, que estaban quejosos por -IV- la indiferencia con que el virrey Vértiz y la Audiencia de Charcas habían oído sus reclamos contra la escandalosa administración de Alós, corregidor de aquel partido entonces, y promovido después al gobierno del Paraguay. Tomás, el mayor de sus hermanos, desairado por el Virrey, cuya justicia había venido a implorar personalmente a Buenos Aires, regresó a su provincia, esparciendo la voz de haber conseguido más de lo que había solicitado: y este ardid sublevó contra Alós a todos los indios, que se resistían a pagar los tributos y a admitir sus repartos. El corregidor se vengó por una perfidia, que hizo más arriesgada su posición. Imputó a Catari la muerte de un recaudador de rentas, y le envió preso a la Audiencia de Charcas. Desde este momento la sangre corrió a torrentes, y la pluma del historiador se retrae de trazar el cuadro espantoso de tantos excesos. En Oruro, en Sicasica, en Arques, en Hayopaya, fueron innumerables las víctimas. En la iglesia de Caracoto la sangre de los españoles llegó a cubrir los tobillos de los asesinos. En Tapacari, pequeño pueblo de la provincia de Cochabamba, se quiso obligar a un padre a desgarrar el corazón de sus hijos a la vista de la madre: y la repulsa a tan inicuo mandato, fue la señal de su común exterminio. Nada fue respetado: ni la edad, ni el sexo, ni las súplicas, ni los lamentos libraban de la muerte, y una parte de la población sucumbía al furor de la otra. Entretanto los virreyes de Buenos Aires y de Lima trabajaban de consuno para sofocar la insurrección del Perú. Varias tentativas de los rebeldes se habían malogrado por la impericia de los jefes en quienes Tupac-Amaru había depositado su confianza. Su mujer le había obligado a volver a Tungasuco, para calmar los terrores que le había causado la noticia de la salida de las tropas de Lima. ¡Triste y singular presentimiento! Con el mariscal Valle, que mandaba esta expedición, venía el visitador Areche -¡ese hombre feroz, que, conculcando los derechos de la humanidad, y ultrajando al siglo en que vivía, debía renovar las escenas de los tiempos bárbaros, en la época en que aún vivían Becaria y Filangeri! -V- La ausencia de Tupac-Amaru, aunque momentánea, fue señalada por grandes reveses. Sus tropas, que no habían podido penetrar al Cuzco, fueron rechazadas de Puno y de Paucartambo. Estos contrastes, y la expedición de Lima que se avanzaba a marchas redobladas, le hicieron advertir todo el peligro de la inacción en que estaba, y de la que le importaba salir cuanto antes. Su reaparición excitó el más vivo entusiasmo, y las poblaciones se agolpaban en el tránsito para aclamarle. Esta vez ciñó las ínfulas, (llantu) que, según Garcilaso, eran las insignias de la dignidad real entre los incas. Inexperto en el arte de mandar los ejércitos, se enredó nuevamente en el sitio del Cuzco, del que tuvo que desistir segunda vez, no por la resistencia que le oponía la ciudad, sino por el miedo de ser atacado por la fuerza de Valle. En este estado no le quedaba más alternativa que salir al encuentro de la columna auxiliadora, o retirarse: ¡prefirió este último arbitrio, teniendo a su disposición un ejército de 17.000 hombres! Se replegó hacia la provincia de Tinta, donde no tardó en alcanzarlo Valle al frente de 16.000 hombres. Le aguardó Tupac-Amaru con 10.000, que fueron arrollados en las inmediaciones de Tungasuca. Hecho prisionero con toda su familia, fue llevado al Cuzco, donde expió de un modo atroz el deseo de restablecer la dominación de los incas, o más bien de sustraer a los indios de la baja e intolerable tiranía de los corregidores. No por esto cesaron los males del Perú. Diego, y Andrés, el uno hermano, y el otro sobrino de Tupac-Amaru, secundados por Julián Apaso, sucesor de Tomás Catari, continuaron hostilizando a las tropas y a los pueblos. Los sitios que pusieron a Puno, a Sorata y a la Paz, forman los episodios más interesantes de este drama. La última de estas ciudades sostuvo dos cercos, que duraron 109 días, a pesar de hallarse la ciudad embestida por 12.000 indios, dueños de las avenidas, y de todas las alturas que la dominan. En este teatro de desolación brilló el genio activo de don Sebastián Segurola, sobre el cual gravitaba la responsabilidad de conservar un numeroso vecindario, reducido a perecer de hambre, o a entregarse al -VI- cuchillo de una horda feroz. Solo la firmeza de este jefe pudo librarlo de tan grande infortunio. Ni fue menos honrosa la conducta de Valle, Flores, y del más esforzado de todos, Reseguín. Cuando pasó la frontera de Salta, se halló este oficial en el centro de una gran insurrección que devoraba la provincia de Chichas. Suipacha, Cotagaita, Tupiza, estaban en manos de los insurgentes, que en esta última ciudad habían imitado el ejemplo de Tupac-Amaru, ahorcando a su corregidor. Reseguín, con un puñado de bravos, restablece el orden, escarmienta a los indios, y los pone en la imposibilidad de volverse a lanzar contra la autoridad pública. Su marcha hasta el Cuzco fue una serie continuada de combates y triunfos. Llegó en circunstancias que el sitio de Sorata había tenido un horrible desenlace. Irritado Andrés Tupac-Amaru de la obstinada resistencia que le hacían sus habitantes, a quienes amagaba con un ejército de 14.000 hombres, recoge las aguas del cerro nevado de Tipuani, y cuando las vio crecer en el estanque que había formado en un nivel superior a la ciudad, rompe los diques, e inunda la población, destruyendo de un modo irresistible todos sus medios de defensa. Quedaba la Paz, cercada por segunda vez por la famosa Bartolina, mujer, o concubina de Catari. Valiéndose del arbitrio empleado contra Sorata, los sitiadores hacen represas en el río que pasa por la ciudad, y forman una inundación que rompe sus puentes, y causa los mayores estragos. Talvez hubiera tenido que ceder su intrépido defensor Segurola, sino hubiese aparecido Reseguín, que venía a socorrerle con 5.000 hombres, llenos de entusiasmo por un triunfo que acababan de reportar en Yaco. Tantos trabajos habían postrado a este incansable oficial, que por primera vez desde su salida de Montevideo, se veía forzado a interrumpir sus tareas. Aún no había convalecido de una grave enfermedad que le había asaltado, cuando llega a la Paz la noticia de una fuerza que Tupac-Catari organizaba en las Peñas. Débil, y extenuado por sus padecimientos, Reseguín halla en su alma vigor bastante para reanimar sus fuerzas abatidas. Empuña su espada, alcanza a -VII- los rebeldes, los derrota, y cual otro mariscal de Sajonia en la batalla de Fontenoi, entra al pueblo de las Peñas, cargado en hombros de sus soldados. Tan leal como valiente, respetaba las personas de los que se habían amparado del perdón ofrecido por el Virrey de Lima. Pero un oidor de Chile, que le acompañaba en calidad de consultor, complicando a los indultados en el proceso que seguía de oficio contra Tupac-Catari, mandó prender a todos, e hizo destrozar vivo en la Paz a este caudillo. De todas las cabezas principales de esta revolución no quedaba más que Diego Cristóval Tupac-Amaru, a quien estos rasgos de perfidia hacían desconfiar de las promesas de los españoles. Pero, arrastrado de su destino, se dejó persuadir a entregarse voluntariamente al general Valle en su campamento de Sicuani; y no tardó en arrepentirse de esta confianza. Vivía retirado y tranquilo en el seno de su familia, cuando se le asechó y prendió para someterle a un juicio, en que, por crímenes imaginarios, se le condenó a perecer bárbaramente en un cadalso. Areche, Medina y Mata-Linares, autores de tantas atrocidades, recibieron honores y aplausos; pero el aspecto de las víctimas, sus últimos lamentos, sus miembros palpitantes, sus cuerpos destrozados por la fuerza de los tormentos, son recuerdos que no se borran tan fácilmente de la memoria de los hombres6; y debe perpetuarlos la historia para entregar estos nombres a la execración de los siglos. Pocos ejemplos ofrecen los anales de las naciones de una carnicería tan espantosa. No solo se atormentó, y sacrificó a Tupac-Amaru, su mujer, su hijo, sus hermanos, tíos, cuñados, y confidentes, sino que se proscribió en masa a todo su parentesco, por más -VIII- remotos que fuesen los grados de consanguinidad que los unían. Solo se perdonó la vida a un niño de once años, hijo de Tupac-Amaru, que después de haber presenciado el suplicio de sus padres y deudos, fue remitido a España, donde falleció poco después. Así es que debe tenerse por apócrifo el título de Quinto nieto del último Emperador del Perú, que asumió Juan Bautista Tupamaru, para conseguir del Gobierno de Buenos Aires una pensión vitalicia7. El único resultado útil de este gran sacudimiento fue la nueva organización que la Corte de España dio a la administración de sus provincias de ultramar, y la abolición de los repartimientos. De este modo quedó legitimado el principio que invocó Tupac-Amaru para mejorar la suerte de los indios, que hallaron después en sus delegados, administradores más responsables, y por consiguiente más íntegros que los corregidores. Buenos-Aires, 2 de setiembre de 1837. Pedro de Angelis -3- Relación histórica Aunque las crueles y sangrientas turbaciones, que han excitado y promovido los indios en las provincias de esta América Meridional, han sido la causa total de tantas lamentables desdichas, como se han seguido a sus habitantes, es no obstante preciso confesar que el verdadero y formal origen de ellas no es otro que la general corrupción de costumbres, y la suma confianza o descuido con que hasta ahora se ha vivido en este continente. Así parece se deduce de los propios hechos, y lo persuaden todas sus circunstancias. De algunos años a esta parte se reconocían en esta misma América muchos de aquellos vicios y desórdenes que son capaces de acarrear la más grande revolución a un estado, pues ya no se hallaba entre sus habitadores otra unión que la de los bandos y partidos. El bien público era sacrificado a los intereses particulares; la virtud y el respeto a las leyes, no era más que un nombre vano; la opresión y la inhumanidad no inspiraban ya horror a los más de los hombres acostumbrados a ver triunfar el delito. Los odios, las perfidias, la usura y la incontinencia representaban en sus correspondientes teatros la más trágica escena, y perdido el pudor se transgredían las leyes sagradas y civiles con escándalo reprensible. Tal era el infeliz estado de estas provincias en punto a disciplina, y no mejor el que se manifestaba en orden a la seguridad y defensa de ellas; pues no se encontraban armas, municiones ni otros pertrechos para la guerra, carecían de oficiales y soldados que entendiesen el arte militar; porque, aunque en las capitales de este vasto reino, como son Lima y Buenos Aires, se hallasen buenos e inteligentes, como el fuego de la rebelión se encendió en el centro de las mismas provincias y casi a un mismo tiempo en todas, y la distancia de una a otra capital es mil leguas, cuando menos, no dio lugar a otra cosa que a hacer inevitables los estragos, pues aunque tenían nombrados regimientos de milicias, cuya fuerza se hizo crecer en los estados remitidos a la Corte, reconoció después que solo existían en la imaginación del que los formó, -4- talvez con miras poco decorosas a su alto carácter, por la utilidad que producían los derechos de patentes y otras gabelas. Los corregidores, poseídos de una ambición insaciable con cuantiosos e inútiles repartos, cuyo cobro exigían por medio de las más tiranas ejecuciones, con perjuicio de las leyes y de la justicia, se les había visto en algunas provincias hacer reparto de anteojos, polvos azules, barajas, libritos para la instrucción del ejercicio de infantería, y otros géneros, que lejos de servirles de utilidad, eran gravosos y perjudiciales. Por otra parte se veían también hostigados de los curas, no menos crueles que los corregidores para la cobranza de sus obvenciones que aumentaban a lo infinito, inventando nuevas fiestas de santos y costosos guiones con que hacían crecer excesivamente la ganancia temporal: pues si el indio no satisfacía los derechos que adeudaba, se le prendía cuando asistía a la doctrina y a la explicación del evangelio, y llegaba a tanto la iniquidad, que se le embargaban sus propios hijos, reteniéndolos hasta que se verificaba la entera satisfacción de la deuda, que regularmente se la había hecho contraer por fuerza el mismo párroco. En algunas ocasiones habían manifestado anteriormente los indios estos justos resentimientos, que ocasionaron la alteración de varias provincias, resistiendo y matando a sus corregidores, como sucedió en la de Yungas de Chulumani, gobernándola el Marqués de Villahermosa, que se vio precisado, después de haberle muerto a su dependiente Solascasas, a contenerlos con las armas, a cuyo acto le provocaron. Así también en la de Pacajes y Chumbilvicas, en donde quitaron las vidas a sus corregidores, Castillo y Sugastegui, cometiendo otros excesos, que indicaban el vasto proyecto, que con mucho tiempo y precaución iban meditando, para sacudir el yugo. Ya fuese fatigados y oprimidos de las extorsiones y violencias que toleraban, o insultados y conmovidos con un espíritu de sedición que sembró el reo Tomás Catari, con el especioso pretexto de haber conseguido rebaja de tributos, se alzaron con tan furioso ímpetu, que en breve espacio de tiempo el incendio abrasó todas las provincias. En el pueblo de Pocoata, provincia de Chayanta, se declaró la sedición, y dando los indios muerte a muchos españoles, prendieron a su corregidor, don Joaquín de Alós, que retuvieron en el pueblo de Macha, como en rehenes, para solicitar insolentes la libertad de su caudillo Catari; y como presentándose la necesidad armada en toda la fuerza del poder, es irreparable el daño de la resistencia, fue forzoso que por salvar aquella vida, se libertase del castigo el delincuente Catari, logrando prontamente soltura de la prisión en que se hallaba: ya fuese porque en tiempo que el peligro -5- aprieta, la prudencia induce a no detenerse en formalidades, ni aventurar la quietud pública por los escrúpulos de autoridad, o ya porque, poco acostumbrados los oidores de Charcas al perdimiento del respeto tenido a sus personas, recelaban pasase adelante el atrevimiento, y se viese disminuida la sumisión fastidiosa y excesiva que siempre han pretendido. Por otra parte, desde los principios del año de 1780 se vieron en todas las ciudades, villas y lugares del Perú, pasquines sediciosos contra los ministros, oficiales y dependientes de rentas, con el pretexto de la aduana y estancos de tabaco. De modo que el vulgo, a quien se atribuyó esta insolencia, se despechó tanto en algunas partes, que hicieron víctima de su furor a algunos inocentes: como en Arequipa, donde perdiendo el respeto a la justicia, saquearon la casa del corregidor don Baltazar Semanat, le precisaron a ocultarse para salvar su vida, atropellaron las casas destinadas a la recaudación de estos derechos reales, persiguieron a los administradores, y estuvo la ciudad a pique de perderse; trascendiendo hasta los muchachos el espíritu sedicioso, con juegos tan parecidos a las veras, que habiendo nombrado entre ellos a uno, con el título de aduanero, se enfurecieron después tanto contra él, que a pedradas acabó su vida, costándole no menos precio el fingido empleo con que le habían condecorado. Como suelen las enfermedades de la naturaleza, originadas de pequeños principios, llegar al último término, así en las dolencias políticas sucede muchas veces, que nacidas de leves causas, suben a tan alto punto, que es costoso su remedio. Experimentose esta verdad en Macha; pues logrando en aquel engañado pueblo, Tomás Catari, todos aquellos rendimientos que son gajes de la autoridad, y olvidado del no esperado beneficio de su libertad, dio agigantado vuelto a sus ideas, por la desconcertada fantasía de los indios, graduando la soltura de su caudillo por efecto del temor que había infundido con sus insolencias; y persuadidos por el nuevo método que se seguía con ellos, no era la piedad la que obraba, para atraerlos suavemente a sus deberes, se creyeron autorizados para ejecutar las más sangrientas crueldades, siendo como consecuencia, se vean estas sinrazones donde no se conoce ni domina la razón. La Real Audiencia de Charcas, al paso que sentía la conmoción de tantas poblaciones, deseaba con ansia el remedio, pero no acertaba con el oportuno, porque sus miembros, poco acostumbrados a este género de acontecimientos, se mantenían tímidos e irresolutos, sin atreverse a tomar providencia, que cortase en sus principios el peligroso cáncer que amenazaba al reino, haciendo algún castigo que escarmentase a los sediciosos, -6- y arrancase en su nacimiento la raíz de rebelión, que comenzaba a sembrarse: único remedio, cuando ya de nada servía la hinchazón de sus personas, que con servil acatamiento se había venerado hasta entonces. Y desengañados de que eran inútiles en estos casos las fórmulas del derecho y preeminencias de la toga, descendieron con tanto exceso a contemporizar con los rebeldes, franqueándoles el perdón de sus excesos y otras gracias, que no les fue dificultoso conocer que la suma condescendencia de unos ministros, que en las felicidades de su absoluto gobierno habían sido tan engreídos, nacía del terror y confusión en que se hallaban. Bien convencidos los indios de esta verdad, apenas había poblaciones de ellos, que no se abrasase en la trágica llama del tumulto, porque a poco después alborotose la provincia de Paria, dando en el pueblo de Challapata cruel muerte al corregidor don Manuel Bodega, ejecutándose lo mismo en la de Chichas, Lipes y Carangas, siguiendo el mal ejemplo la de Sicasica, parte de las de Cochabamba, Porco y Pilaya, siendo en todas iguales los excesos, y parecidos los insultos de muertes, robos, ruinas de haciendas, sacrílegas profanaciones de los templos. Y como era uno el principio del desasosiego, reglaban sus movimientos por el teatro de la de Chayanta, donde, después de muchos tormentos y ultrajes, quitaron la vida a don Florencio Lupa, cacique del pueblo de Moscani, falleciendo víctima de la lealtad a manos de una plebeya indignación, la que no satisfaciéndose con juntar la muerte a la ignominia, le cortaron la cabeza, y tuvieron el arrojo de fijarla en las inmediaciones de la Plata, en una cruz, que se nombra Quispichaca, tremolando con esta audacia la bandera de la sedición. Este suceso cubrió a la Plata de horror y de susto, temiendo con razón, que estos principios tuviesen consecuencias muy tristes. Fue este día el 10 de setiembre de 1780, y como se esparció en la ciudad, que en sus extramuros se hallaba una multitud crecida de indios para invadirla y saquearla, fue notable la confusión que se originó. Presentáronse en la plaza mayor los ministros de la Real Audiencia, en compañía de su regente, para dar algunas disposiciones, que en aquella necesidad pudieron graduarse oportunas, para rechazar la invasión del enemigo, y desde aquel momento se empezaron a reglar compañías, alistándose la gente sin excepción de clases; pero con tal desorden y confusión, que si hubiese sido cierta la noticia, indefectiblemente perece la ciudad a manos de los rebeldes: llegando la turbación de aquellos togados a tales términos, que uno de ellos pregonaba en persona el ridículo bando de pena de muerte, y 10 años de presidio al que no acudiese a la defensa, y no hallándose el pregonero para hacer igual diligencia con otra providencia, se ofreció el mismo regente a ejecutarlo, añadiendo la circunstancia de que tenía buena voz. -7- ¡Oh temor de la muerte, cuánto puedes con las almas bajas!, pues unos hombres, que poco antes se consideraban poco menos que deidades, les obligas a ejercer los oficios más viles de la república, haciéndose irrisibles de los mismos que los tenían por sagrados. Aunque el rebelde Catari, desde el pueblo de Macha, aparentaba sumisión y respeto a la autoridad de la Real Audiencia, no se ignoraba que secretamente escribía cartas, convocando las provincias para una general sublevación, coligado con el principal rebelde José Gabriel Tupac-Amaru, indio cacique del pueblo de Tungasuca en la provincia de Tinta, del virreinato de Lima, quien pretendía ser legítimo descendiente de los incas del Perú. Este, pues, dio principio a sus bárbaras ejecuciones el 4 de noviembre de 1780, prendiendo a su corregidor, don Antonio de Arriaga, en un convite que le dio, con el pretexto de que quería celebrar el día de nuestro Augusto Soberano. Asegurado el tirano de su propio juez, que sorprendió inopinadamente cuando estaba comiendo, publicó se hallaba autorizado con una real Cédula para proceder de aquel modo, y substanciándole la causa en pocos días, el 10 del propio mes le quitó la vida en una horca, en la plaza pública de su pueblo, y apoderándose de todos sus bienes, pasó a hacer la misma ejecución con el de la provincia de Quispicanchi, que no tuvo efecto por haber huido a la ciudad del Cuzco, adonde llevó la noticia del suceso de Tinta. A contener este alboroto, salieron de aquella ciudad 600 hombres tumultuariamente dispuestos, los más del país, y entre ellos algunos europeos y a pocas leguas que anduvieron, avistaron al rebelde en el paraje llamado Sangarara, con un considerable trozo de indios y mestizos de aquella comarca; y como al mismo tiempo experimentasen una cruel nevada, se refugiaron en la iglesia; y más poseídos del miedo, que resueltos a acometer al enemigo, le despacharon un emisario que le preguntase cuál era su intento, y el motivo que había tenido para levantar gente y turbar la tierra: y la respuesta fue, que todos los americanos pasasen luego a su campo, donde serían tratados como patriotas, pues solo quería castigar a los europeos o chapetones, corregidores y aduaneros. Esta orden, que mandó notificar José Gabriel Tupac-Amaru a los que le habían hecho el mensaje, con apercebimiento de no reservar a ninguno de los que la contradijesen, excitó entre ellos una especie de tumulto, y tratando sobre lo que se había de resolver, fueron unos de parecer que se embistiese al enemigo, y otros que no; de modo que, divididos en los dictámenes, sintieron bien presto los efectos de la discordia, que paró en herirse recíprocamente. A esta fatalidad sobrevinieron otras, cuales fueron -8- la de haberlos cargado el enemigo, haberse pegado fuego a la pólvora que tenían, y caídoles un lienzo del edificio en que se alojaban: y muertos unos, otros abrasados, y no pocos envueltos en la ruina de la pared, fueron todos consumidos y disipados, y el rebelde se aprovechó de las armas de fuego y blancas, reforzándose con los despojos de sus mismos enemigos. Tanto cuanto este suceso desgraciado pudo ofrecer de turbación a la ciudad del Cuzco, tuvo de feliz y ventajoso para Tupac-Amaru, con el cual, dueño de la campaña, la corrió y saqueó, haciendo destrozos en los pueblos, haciendas y obrajes de los españoles, y avanzándose hasta la provincia de Lampa, entró en Ayavirí sin oposición; porque aunque en este pueblo se habían juntado algunos vecinos españoles de aquella y otras provincias comarcanas, conducidos de sus corregidores, al aproximarse al enemigo, tomaron la fuga: con lo que, difundiéndose la confusión, el sobresalto y el temor, y prófugos los curas y corregidores, quedaron abandonados, y a discreción de los indios, los pueblos y provincias, excepto la de Pancarcolla, en que su corregidor, don Joaquín Antonio de Orellana, lleno de heroicos sentimientos, formó poco después el proyecto de mantenerla a costa de su vida, y buscando por asilo la villa de Puno, se fortificó en ella con pocos de los suyos. La desenfrenada codicia de los bárbaros usurpadores los empeñaba en pillarlo todo, sin respetar los templos; en ellos derramaban la sangre humana sin distinción de sexos, ni edades. Pocas veces se habrá visto desolación tan terrible, ni fuego que con más rapidez se comunicase a tantas distancias, siendo digno de notar, que en 300 leguas que se cuentan de longitud, desde el Cuzco hasta las fronteras del Tucumán, en que se contienen 24 provincias, en todas prendió casi a un mismo tiempo el fuego de la rebelión, bien que con alguna diferencia en el exceso de las crueldades. Siguió José Gabriel Tupac-Amaru las huellas de todos los tiranos, y conociendo cuán fácilmente se deja arrastrar el populacho de las apariencias con que se le galantea, porque no penetra los arcanos del usurpador, comenzó publicando edictos de las insufribles extorsiones que padecía la nación, las abultadas pensiones que injustamente toleraba, los agravios que se repetían en las aduanas, y estancos establecidos: que los indios eran víctima de la codicia de los corregidores, quienes buscaban todos los medios de enriquecer, sin reparar en las injusticias y vejaciones que originaban, cuyas modestas quejas, con que muchas veces les representaron sus excesos, no sirviesen de otra cosa que de incitar la ira y la venganza; y en fin que todo era injusticia, tiranía y ambición; que su intento estaba únicamente reducido a buscar el bien de la Patria, con exterminio de los inicuos y ladrones. Así se explicaba este rebelde, para seducir a los pueblos, engrosando su partido, y con mano armada pasando a los filos de su cólera -9- a cuantos se le oponían, invadió las provincias de Azangaro, Carabaya, Tinta, Calca y Quispicanchi, que por fuerza o de grado se declararon sus partidarias, a cuyo ejemplo siguieron el mismo rumbo las de Chucuito, Pacajes, Omasuyos, Larecaja, Yungas y parte de las de Misque, Cochabamba y Atacama. Siendo ya general la sublevación, se experimentaron trágicos e inauditos sucesos, para cuya descripción era necesario sudase sangre la pluma, y fuesen los caracteres nuestras lágrimas. Con los muchos indios que se habían juntado a Tupac-Amaru, y las armas de que ya se había apoderado, resolvió ir sobre el Cuzco, con el fin de posesionarse de esta ciudad, y logrado su intento, coronarse en ella, por ser la antigua capital del imperio peruano, con todas las solemnidades que imitasen la costumbre de sus antiguos poderes. Se habían acogido a esta población muchos fugitivos de las provincias inmediatas, que atemorizados de los estragos que ocasionaba el tirano, no pensaban sino en salvar sus vidas por aquel medio; y cuando estaban imaginando abandonar la ciudad, y que era en vano intentar resistir al rebelde, lo impidió don Manuel Villalta, corregidor de Abancay, que había servido en el real ejército con el grado de Teniente Coronel. Este animoso oficial, despreciando los temores, y con la experiencia de su profesión, levantó aquellos espíritus abatidos, echó mano de las milicias, y ordenó las cosas de manera que dificultasen el proyecto del rebelde; a que contribuyeron mucho los caciques de Tinta y Chicheros, Rozas y Pumacagua, cuya lealtad y la de los Chuquiguancas, brilló como un astro luminoso en medio de la negra oscuridad de la rebelión, ofreciendo en obsequio de su fidelidad el digno sacrificio de algunas vidas de los de sus familias y todas las haciendas que poseían. Conocido por el tirano lo difícil que le era tomar el Cuzco, desistió del empeño, después de algunos ataques, en que fue rechazado gloriosamente por sus vecinos, dirigidos y gobernados por Villalta, quien le quitó de las manos una presa con que ya contaba, y perdida aquella esperanza, se contrajo a continuar las correrías y robos contra los españoles. Declarada ya en todas partes la guerra, y las poblaciones y campaña sin resistencia, los que pudieron escapar de los primeros insultos, se refugiaron a las ciudades y villas que les fueron más inmediatas. En la de Cochabamba solo, de las partes de Yungas (con quienes confina por los valles de Ayopaya), entraron más de 5.000 personas de ambos sexos y de todas edades, que condujo su corregidor, don José Albisuri. No porque en los pueblos de españoles faltase la alteración y recelo que ofrecía el numeroso vulgo, sino porque el riesgo parecía menos ejecutivo, aunque diariamente se fijaban pasquines y se oían canciones a favor de Tupac-Amaru, contra los europeos y el gobierno. -10- Agitado el cuidado de los virreyes de Lima y Buenos Aires, los excelentísimos señores, don Agustín de Jáuregui y don Juan José de Vértiz, pensaron seriamente al remedio de tantos males. El primero dispuso pasase al Cuzco el visitador general, don José Antonio Areche, con el mando absoluto de hacienda y guerra, nombrando también al mariscal de campo, don José del Valle, inspector de las tropas de aquel virreinato, al coronel de dragones, don Gabriel de Avilés, y otros oficiales, para que tomasen el mando y dirección de las armas que habían de obrar contra los rebeldes; y el segundo confirmó la elección que había hecho el presidente de Charcas, del teniente coronel don Ignacio Flores, gobernador que era de Moxos, declarándole comandante general de aquellas provincias, y demás que estuviesen alteradas en la jurisdicción de su mando, con inhibición de la Real Audiencia de la Plata, concediéndole muchas y amplias facultades, para obrar libremente. Los oidores, poco conformes con esta disposición, manifestaron su resentimiento en distintas ocasiones, dificultando las providencias del Comandante, oponiendo obstáculos a sus determinaciones, criticando su conducta de morosa, calumniándole de pusilánime e irresoluto, fundándose en que no tomaba partido con prontitud, y suponiendo que si hubiese obrado con actividad ofensivamente contra los rebeldes, hubiera podido sofocarse con el escarmiento de pocos el atrevimiento de los demás. En cuyas alteraciones y etiquetas, suscitadas indebidamente en tan críticas circunstancias, pasaron algún tiempo: hasta que fue creciendo el cuidado, con motivo de haber mandado la Audiencia secretamente, y sin el conocimiento que le correspondía a Flores, prender al reo Tomás Catari, lo que ejecutó don Manuel Álvarez en el Asiento de Ahullagas, en virtud del auto proveído en acuerdo reservado que se celebró, con todo sigilo, atropellando las prudentes disposiciones del Virrey, y desairándole cruelmente, porque tal proceder era opuesto a sus providencias y a las facultades que tenía concedidas a aquel Comandante. Este suceso llenó de regocijo a la ciudad de la Plata, y no fue de poca satisfacción a sus ministros, porque todos creían que cortada aquella cabeza, pasase la inquietud, y que un hecho de esta naturaleza podía servirles de escudo para cubrirse de sus primeros yerros y desacreditar la conducta del Comandante militar; porque no solo había concurrido a él, sino que tenía significado, no era conveniente en aquella ocasión, antes bien proponía se empleasen los medios políticos que eran más oportunos en tan críticas circunstancias, en que se debía sacar todo el partido posible de la autoridad y fuerzas que ya había adquirido el delincuente, en tanto se acopiaban armas y municiones para resistirle, motivos porque ocultaron su determinación. -11- Pero a poco tiempo se desapareció aquella alegría, desvaneciéndose sus concebidas esperanzas con las desgraciadas muertes del dicho don Manuel, y del Justicia Mayor, don Juan Antonio Acuña, que con una corta escolta conducían preso a aquel rebelde; quienes, viéndose inopinadamente atacados en la cuesta de Chataquilay, y que era muy dificultoso conservar su persona con seguridad, determinaron matarle antes de intentar la resistencia, sin que bastase después el esfuerzo a salvar ninguno de los que le conducían; creciendo el espanto y susto con haberse acercado inmediatamente los indios agresores a la ciudad para cercarla, campando dos leguas de ella, en los cerros de la Punilla, más de 7.000, capitaneados por Dámaso y Nicolás Catari, hermanos del difunto Santos Achu, Simón Castillo y otros caudillos. Con cuyo hecho desgraciado varió el modo de pensar de la Audiencia, que empleó todos los recursos imaginables para ocultar había sido suya aquella providencia, significando que Álvarez había ejecutado la prisión de motu propio; pero Flores, que no se descuidaba en cubrirse de sus resultas, tuvo modo de conseguir copia de todo lo acordado sobre aquel hecho. Así perpetuamente se eslabonan los fracasos con las dichas, teniendo en continua duda nuestros afectos, para que busquen en su centro la verdadera y estable felicidad. Aún no bien se supo estaban acampados los indios en aquel cerro, proyectando el asalto de la ciudad, se infundió en todos sus vecinos la generosa resolución de defenderse, hasta derramar la última gota de sangre; y porque fuesen iguales el valor y la precaución, ganando los instantes, se colocaron puestos avanzados para observar desde más cerca los movimientos del enemigo, y cortando las calles con tapias de adobes, que impropiamente han llamado trincheras, se destacaron algunas compañías de milicianos para que guarnecieran sus extramuros. El Regente en una continua agitación expedía providencia sobre providencia, y los ministros, disimulando el miedo que los dominaba con el celo y amor al Soberano, se hicieron cargo con las compañías formadas del gremio de abogados, de rondar y patrullar todas las noches, reconociendo las centinelas avanzadas. Pero como todos carecían de los principios del arte de la guerra, servían de confusión más que de seguridad sus diligencias, que también contribuyeron no poco a suscitar nuevas disputas sobre sus pretendidas facultades, y las que tenía el Comandante de las armas. Sin embargo de todo esto, se notaba en los vecinos buena disposición, por más que se haya querido disminuir después, abultando desconfianzas para cubrir la negligencia, y el error de no haber acudido con resolución y actividad a cegar el manantial de donde nacían estas alteraciones; siendo fácil comprender, que si en sus principios se hubiese obrado -12- con el valor y determinación que piden semejantes casos, se hubieran evitado tantos estragos, como siguieron, y la muerte de más de 40.000 personas españolas, y mucho mayor número de indios, que han sido víctimas de estas civiles disensiones. Insolentes los rebeldes en su campamento, dirigieron a la Real Audiencia algunas cartas llenas de audaces amenazas, pidiendo las cabezas de algunos individuos, y asegurando hacer el uso más torpe de las mujeres del Regente y algunos ministros, ofreciendo emplearlas después en las tareas más humildes del servicio de sus casas. En esta ocasión fue sospechado cómplice en las turbaciones el cura de la doctrina de Macha, el doctor don José Gregorio Merlos, eclesiástico de corrompida y escandalosa conducta, de genio atrevido y desvergonzado, que fue arrestado por el oidor don Pedro Cernadas en su misma casa, y depositado en la Recoleta con un par de grillos, y después en la cárcel pública con todas las precauciones que requerían el delito que se le imputaba, y las continuas instancias que hacían los rebeldes por su libertad, quienes aseguraban entrarían a sacarle de su prisión a viva fuerza; cuyo hecho se ejecutó también sin consentimiento del Comandante militar, aprovechando la Audiencia, para proceder a su captura, del pretexto de hallarse ausente, para un reconocimiento en las inmediaciones de la ciudad. El cuidado se iba aumentando con continuos sobresaltos que ocasionaba la inmediación de los sediciosos, y aunque no llegaron nunca a formalizar el cerco, se empezaba a sentir alguna escasez de víveres, que fue también causa de aumentarse las discordias, por la libertad de pareceres para el remedio. Solicitaron los abogados, unidos con los vecinos, se les diese licencia para acometer al enemigo, pero luego que entendieron que se disgustaba el Comandante por esta proposición, se apartaron de su intento. El director de tabacos, don Francisco de Paula Sanz, sujeto adornado de las mejores circunstancias y calidades, se hallaba en la ciudad casualmente, y de resultas de la comisión que estaba a su cargo para el establecimiento de este ramo, movido de su espíritu bizarro, y cansado de las contemplaciones que se usaban con los rebeldes, quiso atacarlos con sus dependientes y algunos vecinos que se le agregaron, y saliendo de la ciudad con este intento, el día 16 de febrero de 1781 llegó a las faldas de los cerros de la Punilla, en que estaban alojados los indios, que descendieron inmediatamente a buscarle para presentar el combate, persuadidos de que el poco número que se les oponía, aseguraba de su parte el vencimiento. Cargaron con tanta violencia y multitud aquel pequeño trozo, que se componía de solos 40 hombres, que no bastó el valor para la resistencia, -13- y cediendo al mayor número y a la fuerza, fue preciso pensar en la retirada, en que hubieran perecido todos por el desorden con que la ejecutaron, a no haber salido a sostenerlos la compañía de granaderos milicianos, no pudiendo evitar perdiese la vida en la refriega don Francisco Revilla, y dos granaderos que le acompañaron en su desgraciada suerte; pues aunque después salió Flores con mayor número de gente, sirvió poco su diligencia, por haber entrado la noche. El genio dócil y el natural agrado del director Sanz, acompañados de su generosidad, le hacían muy estimado de todos, menos de Flores, con quien había tenido algunos disgustos por el diverso modo de pensar. Sanz, todo era fuego para castigar la insolencia de los sediciosos, y Flores, todo circunspección y flema en contemplarlos, cuya conducta, mormurada generalmente, ocasionó pasquines denigrantes a su honor, tildándole de cobarde, atreviéndose a decir, era afecto al partido de la rebelión; y llegó a tanto la osadía del público, que expresó sus sentimientos con satíricos versos y groseras significaciones, enviándole a su casa, la misma noche del ataque del 16, una porción de gallinas, sin saber quién había sido el autor de este intempestivo regalo. Al siguiente día se presentaron los vecinos por escrito, manifestando estaban prontos y dispuestos a ir en busca del enemigo. Todos clamaban se anticipaba su última ruina, gritaban descaradamente, que si no se les conducía al ataque, saldrían sin el Comandante: y ya obligado de tantas y tan repetidas eficaces insinuaciones que se aumentaron con el desgraciado suceso del Director, determinó para el 20 del mismo febrero atacar a los indios de la Punilla. Serían las 12 de aquel día, cuando se pusieron en marcha nuestras tropas, y llegando al campo se presentó al Comandante un espectáculo agradable, que le anunciaba la victoria, y fue reconocer que un crecido número de mujeres, mezcladas y confundidas entre la tropa, deseaba con ansia entrar en función; este raro fenómeno, cuanto lisonjeaba el gusto, arrancó lágrimas de aquel jefe, que ejercitó toda su habilidad para disuadirlas se apartasen de tan peligroso empeño, con el cual únicamente habían conseguido ya una gloria inmortal; y aunque se les mitigó el ardor, nunca se pudo lograr se retirasen, y permanecieron en el campo de batalla, o bien para que su presencia inspirase aliento a los soldados, o para que sirviesen de socorro en cualquiera infortunio. Las dos de la tarde serían cuando se tocó a embestir al enemigo, que se hallaba apostado en las alturas de tres montañas ásperas y fragosas, cuya ventaja hacía peligrosa la subida; pero esta -14- dificultad empeñó el valor de los nuestros, que estaban tan deseosos de venir a las manos, y acometiendo con heroico denuedo, sufrieron los indios poco tiempo el asalto, ganando airosamente las cumbres de aquellos empinados cerros, llevándose con los filos de la espada a todos los que no retiró la fuga; dejando en el campo de batalla 400 cadáveres, con poca o ninguna pérdida de nuestra parte, y de sus resultas libre la ciudad del bloqueo en tan breve espacio de tiempo, que pudo el Comandante General exclamar con Julio César: Veni, vidi, vinci. Celebrose esta victoria con festivas aclamaciones de Viva el Rey; e iluminándose la ciudad por tres noches, se rindieron al Todopoderoso las debidas gracias, manifestándose la alegría con todos aquellas señas con que acredita el amor, la sinceridad del afecto. Este destrozo de los enemigos trajo las más favorables consecuencias, y hubieran sido mayores si se hubiese adelantado la acción; pues asustada la provincia de Chayanta, depuso toda inquietud, y para comprobar su arrepentimiento, entregó a los principales autores, que fueron Dámaso y Nicolás Catari, Santos Hachu, Simón Castillo y otros varios, que todos murieron en tres palos: que así burla la Divina Providencia las esperanzas de los delincuentes, disponiendo caigan a manos de la justicia, cuando se creen más exentos de su rigor. Este hecho acredita cuán conveniente era ganar los instantes, y obrar con actividad contra los insurgentes, aprovechando la consternación en que se hallaban por el dichoso suceso de la Punilla, antes que depusieran su espanto; pues los recelos y desconfianzas del Comandante, y su carácter más político que militar, le hacían observar una lentitud perjudicial a la causa pública. Y como vacilaba en un mar de dudas, pasó el tiempo en hacer prevenciones, con que disimulaba su manejo, que pudiera haber variado con las repetidas pruebas de fidelidad y bizarría que le tenían dadas los vecinos de la Plata, que justamente se han quejado del concepto que le merecieron, porque consideraba no eran capaces de sostener operaciones ofensivas en campo abierto sin el auxilio de los veteranos que se esperaban; lo que debiera haber tentado sin esta circunstancia, pues algo se ha de aventurar en los casos extremos, en que no se presenta otro recurso. Estas detenciones ocasionaron no pocos males, particularmente en las provincias de Chichas y Lipes, que se sublevaron después de aquel suceso, porque conocieron la superioridad que tenían, y les manifestaba semejante conducta, y que no eran muy temibles el Comandante y armas que se hallaban en la ciudad de la Plata, cuando aún después de vencedoras se contentaban con volver a encerrarse en los términos de su recinto, sin pensar al remedio de las calamidades ajenas; -15- a que contribuyó también el haber seguido el mismo sistema la imperial villa de Potosí, que creyó llenaba su obligación con poner a cubierto sus preciosas minas. Cuando estaba para celebrarse en casa del comandante, don Ignacio Flores, con un banquete, el buen éxito que tuvo la acción de la Punilla, se recibió la infausta noticia del horroroso hecho acaecido en la villa de Oruro, con lo que se consternaron los ánimos de todos los convidados, y se llenaron de amargura, convirtiéndose en pesar el placer que tenían prevenido. Y como es uno de los acaecimientos más notables de esta general sublevación, no podrá ser desagradable se refiera con extensión, y con todas las circunstancias que requiere un hecho de esta naturaleza. El origen, pues, y las causas de esta funestísima tragedia, fueron haberse divulgado en aquella villa las fatalidades acaecidas en las provincias de Chayanta y Tinta, con un edicto que expidió José Gabriel Tupac-Amaru, en que expresaba todas sus crueles y ambiciosas intenciones; lo que, llegado a noticia del corregidor, don Ramón de Urrutia, juntamente con los estragos que causaba en las provincias de Lampa y Carabaya, le determinaron a prevenirse para cualquier acontecimiento. Formó compañías de los cholos y vecinos, para disciplinarlas en el manejo de las armas, destinando diferentes sitios para la enseñanza, donde concurrían semanalmente dos veces, y aprendían con gusto la doctrina de sus maestros: algunos desde luego no aprobaron esta diligencia, o porque eran adictos al principal rebelde Tupac-Amaru, cuya venida deseaban con ansia, o lo más cierto, porque eran sus confidentes. Estos tales solamente concurrían a aquel acto para emular a los que enseñaban, que eran europeos, y a formar diferentes críticas sobre sus operaciones, al mismo tiempo que con insolencia fijaban pasquines opuestos a la corona, censurando el gobierno del Corregidor y demás jueces. Entre ellos amaneció uno el día 25 de diciembre de 1780, en que se anunciaba el asesinato, que después ejecutaron con los europeos, y zaherían la conducta de don Fernando Gurruchaga, alcalde ordinario, que acababa aquel año, con dicterios denigrativos a su persona, y de la justicia. También prevenían en él a los individuos del Cabildo, se abstuviesen de elegir alcaldes europeos, porque si tal sucedía, no durarían ocho días, porque se sublevarían y serían víctima de su enojo, por ser ladrones; y que para evitar tan funesto suceso, habían de nombrar precisamente de alcaldes a don Juan de Dios y a don Jacinto Rodríguez. El Corregidor, cuidadoso con estas públicas amenazas, e insolentes -16- pretensiones, obraba vigilante en la averiguación y pesquisa de los autores, pero por más exactas diligencias, así judiciales como extrajudiciales que practicó, nunca pudo saber la verdad para castigar a los delincuentes, a fin de mantener a todos con la quietud y buena armonía, a que siempre propendió desde el ingreso a su corregimiento. Llegado el día de la elección, para el año de 1781, propuso a los vocales nombrasen a sujetos beneméritos y honrados, de buenas costumbres y amantes de la justicia, para que así pudiesen desempeñar con acierto los cargos, con la madurez y juicio que previenen las leyes, y requerían las críticas circunstancias, en que se hallaba el reino. Para este efecto les propuso a don José Miguel Llano y Valdez, patricio, a don Joaquín Rubis de Celis, y don Manuel de Mugrusa, europeos, con la mira de que saliese la vara de la casa de los Rodríguez, que pretendía hacerla hereditaria, y que ni ellos ni ninguno de sus parciales y domésticos, fuese elegido, pues hacían 18 años que estos sujetos estaban posesionados de aquellos empleos, sin permitir jamás que fuesen nombrados otros, por la desmedida ambición de gobernar que los dominaba; y también para evitar las injusticias, extorsiones y violencias, que con título de jueces ejecutaban con toda clase de gentes, validos del despotismo sin límite que habían adquirido, con el cual protegían todo género de vicios, de que adolecían sus dependientes y criados. Trascendida por los Rodríguez esta idea, previnieron algunas alteraciones y diferencias para el día de la elección; no obstante prevalecieron los votos a favor de la justicia, y salieron electos los propuestos por el Corregidor, que aborrecían cruelmente los Rodríguez, por la desemejanza de costumbres y nacimiento; y no pudiendo ocultar la ponzoña que encerraban sus corazones, al ver se les había quitado el mando, que tantos años tenían como usurpado, se quitaron la máscara, para dejarse ver a todas luces sentidos contra él. Don Jacinto estuvo para morirse con los vómitos que le ocasionó la cólera del desaire, y Don Juan salió de la villa para su ingenio a toda priesa, dejando prevenido en su casa, que ninguno de sus clientes saliese a las corridas de toros, que regularmente celebran los nuevos alcaldes para festejar al público, ni que a estos se les prestase cosa alguna que pidiesen para los refrescos acostumbrados. En este mismo día empezó a descubrirse la liga que había formado con ellos el cura de la iglesia matriz. Sucedió pues, que siendo costumbre de tiempo inmemorial, que acabadas las elecciones, y confirmadas por el corregidor en la casa capitular, pasaba todo el Cabildo a la iglesia mayor -17- a oír la misa de gracias, se dirigieron los cabildantes a esta pía demostración, pero estando ya a las puertas de la iglesia, salió al encuentro el sacristán para decirles que no había misa, porque ninguno había dado la limosna. Estaban las cosas en este crítico estado, cuando llegó la noticia de la muerte de Tomás Catari; y creyendo el corregidor de Paria, don Manuel Bodega, que quitado este sedicioso perturbador de la quietud pública, le sería fácil sujetar la provincia, cobrar los reales tributos y su reparto, determinó ir a ella con armas y gente. Pidió para esto a Urrutia le auxiliase con soldados, que le negó, previniendo no podían resultar buenas consecuencias; pero Bodega mal aconsejado, juntó 50 hombres, pagados a su costa, y emprendió la marcha al pueblo de Challapata, donde él y los más que le acompañaban, pagaron con la vida su ligera determinación. Con este hecho, persuadidos quedaron los indios de Challapata, Condo, Popó y demás pueblos inmediatos, que el corregidor de Oruro había auxiliado al de Paria con armas y gente para castigarlos, desde aquel día amenazaban la villa y el corregidor, protestando asolarla, y dar muerte a todos sus habitantes. Agregose a esto, que un religioso franciscano, llamado fray Bernardino Gallegos, que a la sazón se hallaba de capellán en los ingenios de don Juan de Dios Rodríguez, solapando su malicioso designio, decía había oído, que los indios de Challapata estaban prevenidos para invadir a Oruro, y que el principal motivo que los impelía, era saber que se hacía diariamente ejercicio, por lo que consideraba conveniente se suspendiese; pues sin más diligencia que esta, se sosegarían los ánimos de aquellos rebeldes, porque su resentimiento nacía únicamente de aquella disposición. El corregidor, ya fue que no dio asenso a los avisos de aquel religioso, o porque penetrase su interior, no alteró sus providencias, de que nacieron continuos sobresaltos y cuidados; porque, resentido de esto, no cesó de esparcir en adelante funestas noticias, que amenazaban por instantes el insulto ofrecido por los indios circunvecinos. En este conflicto se dudaba el medio que debía elegirse: no había armas, ni pertrechos; hacíanse cabildos públicos y secretos; nada se resolvía por falta de dinero en la caja de propios, o por decirlo con más propiedad, por no haber tal caja, porque hacía muchos años se había apoderado de su fondo don Jacinto Rodríguez. Tampoco podía acudirse a las cajas reales, porque lo resistían sus oficiales, alegando no serles facultativo extraer cantidad alguna, sin orden expresa de la superioridad; y por último recurso, se pensó en que los vecinos contribuyesen con algún donativo, que tampoco tuvo efecto, por la suma -18- pobreza en que se hallaban. En estos apuros se manifestó el celo del tesorero don Salvador Parrilla, dando de contado 2.000 pesos de sus propios intereses, para que se acuartelasen las milicias, y se previniesen municiones de guerra, entre tanto se daba parte a la Audiencia, para que deliberase lo que tuviese por conveniente. Con esta cantidad se dio principio a los preparativos; pusiéronse a sueldo 300 hombres; se nombraron capitanes y demás oficiales, para hacer el servicio; don Manuel Serrano, formó una compañía de la más infame chusma del pueblo, y nombró por su teniente a don Nicolás de Herrera, de genio caviloso, que después fue uno de los que más sobresalieron en esta trágica escena. Acuartelada así la tropa, se suscitaron muchas disensiones por la poca subordinación de los soldados, la ninguna legalidad en los oficiales para la suministración del prest señalado, y otros motivos, que se originaban, más por la disposición de los ánimos, que por las fundadas quejas. El día 9, a las diez de la noche, salieron del cuartel algunos soldados de la compañía de Serrano, pidiendo a gritos socorro a los demás; y preguntada la causa, respondió en voz alta Sebastián Pagador: «Amigos, paisanos y compañeros, estad ciertos que se intenta la más aleve traición contra nosotros por los chapetones; esta noticia acaba de comunicárseme por mi hija; en ninguna ocasión podemos mejor dar evidentes pruebas de nuestro amor a la patria, sino en esta; no estimemos en nada nuestras vidas, sacrifiquémoslas gustosos en defensa de la libertad, convirtiendo toda la humildad y rendimiento, que hemos tenido con los españoles europeos, en ira y furor, y acabemos de una vez con esta maldita raza». Se esparció inmediatamente por todo el pueblo este razonamiento, y la moción en que estaban las compañías milicianas, no descuidándose don Nicolás Herrera en atizar el fuego, contando en todas partes con los colores más vivos, que su malicioso intento pudo sugerirle, la conjuración de los europeos. Sebastián Pagador había sido muchos años sirviente en las minas de ambos Rodríguez, y en aquella actualidad concurría a ellas por las tardes con don Jacinto, donde este se ponía ebrio, mal de que adolecía comúnmente. Entre otras producciones de la borrachera, salió con el disparate que el corregidor le quería ahorcar, juntamente con sus hermanos, a don Manuel Herrera y otros vecinos. El calor de la chicha, que tenía alterado a Pagador, le hizo facilitar el asesinato que después ejecutaron, tratándolo con don Nicolás de Herrera, sujeto muchas veces procesado por ladrón público y salteador de caminos. A este no sólo le constaba -19- género de pensiones a mi nación, el perdón general de mi aparentada deserción del vasallaje que debo, y el total abolimiento de las aduanas, de la extensión de los resortes de la visita del reino, luego me retiraré a una Tebayda adonde pida misericordia, y Vuestra Señoría Ilustrísima me imparta todos los senderos documentos para mi glorioso fin, que mediante la divina misericordia espero, a cuyo fin aspiro, a quien clamo con los mayores ahíncos de mi alma por la importante vida de Vuestra Señoría Ilustrísima. Tungasuca, 12 de diciembre de 1780. JOSÉ GABRIEL TUPAC-AMARU, Inca. Otro oficio al Cabildo del Cuzco MUY ILUSTRE CABILDO: Desde que di principio a libertar de la esclavitud en que se hallaban los naturales de este reino, causada por los corregidores y otras personas, que apartadas de todo acto de caridad, protegían estas extorsiones contra la ley de Dios, ha sido mi ánimo precaver muertes y hostilidades por lo que a mí corresponde. Pero, como por parte de esa ciudad se ejecutan tantos horrores, ahorcando sin confesión a varios individuos de mi parte, y arrastrando otros, me ha causado tal dolor, que me veo en la precisión de requerir a ese cabildo contenga a ese vecindario en iguales excesos, franqueándome la entrada a esa ciudad; porque si al punto no se cumple esto, no podré tolerar un instante de tiempo mi entrada en ella a fuego y sangre, sin reserva de persona. A este fin pasan el reverendo padre lector fray Domingo Castro, el doctor don Ildefonso Bejarano y el capitán don Bernardo de la Madrid, en calidad de emisarios, para que con ellos se me dé fija noticia de lo que ese Ilustre Cabildo resolviese en un asunto de tanta importancia; el que exige rindan todas las armas, sean las personas de cualquiera fuero, pues en defecto pasarán por todo el rigor de una justa guerra defensiva. Sin retener por ningún pretexto a dichos emisarios, porque representan mi propia persona, sin que se entienda sea mi ánimo causar la menor extorsión a los rendidos, sean de la clase que fuesen, como ha sucedido hasta aquí. Pero si obstinados intentan seguir los injustos hechos, experimentarán todos aquellos rigores que pide la divina justicia, pues hasta aquí la he visto pisada por muchas personas. La mía es la única que ha quedado de la sangre real de los incas, reyes de este reino. Esto me ha estimulado a procurar por todos los medios posibles a que cesen en el todo las abusivas introducciones, -20- que por los mismos corregidores y otros sujetos se habían plantificado; colocándose en todos los cargos y ministerios unas personas ineptas para ellos, todo resultante contra los míseros indios y demás personas, y disposiciones de los mismos Reyes de España, cuyas leyes tengo por experiencia se hallan suprimidas y despreciadas, y que desde la conquista acá, no han mirado aquellos vasallos a adelantarlas, sino que su aplicación es a estafar esta mísera gente, sin que respiren a la queja. Esto es tan notorio, que no necesita más comprobante sino las lágrimas de estos infelices que ha tres siglos las vierten sus ojos. Este estado nunca les ha permitido contraerse a conocer el verdadero Dios, sino a contribuir a los corregidores y curas su sudor y trabajo; de manera que, habiendo yo pesquisado por mi propia persona en la mayor parte del reino el gobierno espiritual y civil de estos vasallos, encuentro que todo el número que se compone de la gente nacional, no tiene luz evangélica, porque les faltan operarios que se la ministren, proviniendo esto del mal ejemplo que se les da. El ejemplar ejecutado en el corregidor de la provincia de Tinta, lo motivó el decirme que yo iba contra la Iglesia, y para contener los demás corregidores, fue indispensable aquella justicia. Mi deseo es, que este género de jefes se suprima enteramente; que cesen sus repartimientos; que en cada provincia haya un alcalde mayor de la misma nación indiana, y otras personas de buena conciencia, sin más inteligencia que la administración de justicia, política cristiana de los indios y demás individuos, señalándoseles un sueldo moderado, con otras condiciones que a su tiempo deben establecérseles: entre las que es indispensable una, comprensiva a que en esa ciudad se erija Real Audiencia, donde residirá un virrey como presidente, para que los indios tengan más cercanos los recursos. Esta es toda la idea por ahora de mi empresa, dejándole al Rey de España el dominio directo que en ellos ha tenido, sin que se les substraiga la obediencia que le es debida, y tampoco el comercio común, como nervio principal para la conservación de todo el reino. Nuestro Señor guarde a Vuestra Señoría muchos años. Campo de Ocororo8, 3 de enero de 1781. Besa la mano de Vuestra Señoría su muy seguro servidor. JOSÉ GABRIEL TUPAC-AMARU, Inca. Muy Ilustre Cabildo y Ayuntamiento de la gran ciudad del Cuzco. -21- Otro oficio al mismo Cabildo MUY ILUSTRE CABILDO: Sin embargo de que con fecha de 3 del que corre, expuse a Vuestra Señoría mi deseo, propenso siempre a evitar las muertes, destrozos e incendios de casas, que no se pueden evitar si la guerra defensiva sigue de mi parte; ayer 8 del mismo, habiéndose adelantado esta tropa con el ardor que acostumbra, fueron ganando algún terreno sin hacer ofensa, hasta que la tropa de esa ciudad declaró invasión ofensiva. Las funestas consecuencias que es preciso se sigan, me obligan a representar a Vuestra Señoría, ponerle a la vista, que me instan mis indios a que les conceda permiso para entrar a saco esa ciudad. Si así sucede, quedará arruinada, y convertidos sus habitantes en pavesa, que es la intención que les he penetrado, pues me ofrecen entregarla a mi disposición; y que por compensativo solo esperan poblarla ellos mismos, sin permitir otro vecindario. Persuadirase Vuestra Señoría que esta expresión la dicta el temor; pero no es así; porque tengo a mis órdenes innumerable gente, que solo espera la que les diese para cumplir lo que prometen. Prevéngolo así a Vuestra Señoría, para que esté en inteligencia de que mi ánimo deliberado es, que no se cause hostilidad a ninguno, ya que esos naturales y vecindario están impuestos en lo contrario por personas que debían informarles de la verdad; mayormente cuando nunca me he acomodado a las resoluciones atentadas de esta gente, que anhela por la consumación de su idea, y recelo pasen a su ejecución por aquellos términos que suele dictar la irreflexión. Para que ni ante Dios ni el Rey se me pueda inferir cargo, lo pongo en noticia de Vuestra Señoría, para que por medio del conductor don Francisco Bernales me comunique su deliberación, para ajustar la mía a lo que sea más conveniente. Bien penetrado tengo se habían hecho críticas reflexiones sobre adelantar el real patrimonio, cesando los repartimientos por el señalamiento y alcabala de su tarifa; pero también estoy impuesto de que los mestizos y españoles no gustosos contribuirán, a correspondencia de sus fondos, aún más cantidad que el rédito de la tarifa. Es bastante prueba de esta verdad hallarse a mis órdenes, sin violencia, crecido número de ellos, como lo tengo representado a los tribunales que corresponde. -22- Nuestro Señor guarde a Vuestra Señoría muchos años. Altos de Picchu, y enero 9 de 1781. Besa la mano de Vuestra Señoría su seguro servidor. JOSÉ GABRIEL TUPAC-AMARU, Inca. A los Señores del Ilustre Cabildo y Ayuntamiento de la gran ciudad del Cuzco. Copia de carta fecha en el Cuzco, en 10 de enero de 1781, remitida con propio a la Paz Después que regresó el indio Tupac-Amaru de Lampa, a Tungazuca su cacicazgo, determinó tomar la derrota de bajar a esta ciudad; y de Quiquijana empezó a ir sacando toda la gente para Urcos, dejando en el camino todas las haciendas saqueadas hasta Paylla, a excepción de Lucre, y en parte Pucuto, de que solo sacó los caballos y mulas que allí había. De Urcos pasó a Andaguailas, y es de allí a Oropesa, siendo recibido en las respectivas iglesias con palio, cruz alta y repiques, como así lo confiesa el conductor, que ha sido el ayudante de cura de Oropesa. Estas correrías las hizo con parte de su gente en la quebrada, dejando el tercio mayor en las Punas con su mujer, hijos y familia, el que enderezaba a salir para Oropesa por el camino blanco; pero se volvió al alto, y fue a descansar en Yanacocha, en las cercanías de la Pampa de Ocororo, y altos de Yaurisqui, cosa de tres y media leguas de esta ciudad; de donde envió su embajador, que lo fue La Madrid, Bejarano y un fraile franciscano para el señor Obispo y la Junta, diciendo que se entregasen a buenas, o que de lo contrario a sangre y fuego derrotaría la ciudad. La Madrid tuvo el atrevimiento de decir a Su Ilustrísima que el señor gobernador, don José Gabriel Tupac-Amaru, le remitía un pliego por su embajador, ordenándole le entregase en mano propia; pero lo echó fuera Su Ilustrísima, y lo puso de vuelta y media. De Urcos se despidió el hermano de Tupac-Amaru, Diego, para la parte de la quebrada, con determinación de arrastrar toda la gente, la de Catea, Paucartambo, provincia de Calca y Urubamba, para entrar en el Cuzco por la caja del agua por la fortaleza. Pero antes entró en estos lugares un comisionado del indio, que empezó a destruir todas las haciendas, la de Velasco, Astete, Camara y Capana, que hay por allí, con tal iniquidad, que solo les ha quedado el casco. Bajaron los indios a Caycay, y apenas escapó don Ramón Tronconis a pie para Oropesa, aunque su hija libró, poco antes del asalto, el dinero, plata labrada y vestidos en la Quebrada. -23- Todas estas haciendas quedan saqueadas hasta dicho exclusive; siendo la mayor lástima de que estos pícaros tuvieron el atrevimiento de matar en Calca todas las mujeres españolas, sin reserva de criaturas; y muchas de ellas las degollaron en la misma iglesia, con la brutalidad de usar de ellas, antes y después de muertas, en el templo; y al pobre viejo Valdés lo mataron en el mismo sagrario; y últimamente, no ha quedado persona alguna que parezca español. En Pisaca no se hizo tanto, pero también hubo muchas muertes. Guayllabamba se escapó, porque bajó el cacique de Chinchero con toda su gente, e hizo una cruel matanza en los alzados, derrotándolos, sin permitir pasasen adelante, en las inmediaciones de Guayocarí. Bien es verdad que para ello tuvo la ayuda de cosa de cien soldados de estos parajes; pero este cacique ha estado muy fiel, y se vino después a guardar la ciudad, y acuarteló su gente en el cerro de Sagsaguamán, y a su inmediación, el de Anta y Rosas han hecho lo mismo con 2.500 indios que pusieron en Picchu. En este estado de hallarse toda la ribera conmovida, ha pasado el dicho hermano, y no ha resollado más: hasta que se apareció el 6 del que corre Tupac-Amaru por Puquin, en donde mató quince mulatos, de veinte y ocho que habían llegado de Lima, los que se despacharon a contener el tumulto de los indios. El día 8 amaneció con su gente, acordonado desde el alto de Puquin, hasta el último cerro inmediato al de Piccho, y presentó la batalla a los indios que aquí estaban acuartelados: bien que apenas puso cien hombres con solo lanzas y un pedrero. Dicho día empezó la batalla a la una de la tarde, y se acabó a las 6, con mucha pérdida de los nuestros, porque los jefes que mandaban tres compañías dieron orden de que solo la del comercio fuese hasta el alto; y los cholos del Cuzco, al sonido de las hondas, se huyeron; de los que compuso un ejército, y por milagro de Dios no se apoderó del cerro de Picchu, y venida la noche, ambos quedaron en sus sitios; y hoy 9, algunos de Chumbivilcas, y los indios de Chinchero, que ayer como a las 5 fueron a socorrer a los de Anta, con algunos de la compañía de comercio y cholos del Cuzco, han hecho retirar al indio, le han quitado muchas mulas, y algunas cargas, caballos y borricos, hasta su cama; tan empeñados, que hasta Puquin lo siguieron, haciéndolo retroceder por este camino, y en el empeño, me acaban de decir, revolvieron contra ellos los alzados, viendo la osadía de que solo 300, o 450 arreaban a más de 4.000 de ellos. Se presume que va a lo de su mujer, a traer el auxilio que dejó -24- en Yanacocha; pero ya van tras él 400 de Paruro; y en fin, creo que parará en tragedia: debiéndose todo a la Providencia, pues no hay uno que mande formalmente en los combates y pueda precaver los peligros, que así sería menos nuestra pérdida y mayores los triunfos; y ayer lunes, hasta las 6 de la tarde, con solo piedras le estuvieron haciendo frente los nuestros, aunque los contrarios tenían algunas armas de fuego. La plaza del Cuzco ya está bien guardada, con todas las armas, y 600 fusiles, y otros tantos chafarotes que nos han llegado de Lima; y los caudales se han puesto en la Compañía, que está segura, y la custodian los dueños. El comandante que traen los mulatos de Lima, es Avilés. Al Visitador se le espera por Arequipa dentro de doce días, con más de mil hombres. Esta tarde acaba de zafarse Figueroa de la tropa de Tupac-Amaru, y la artillería de este ya queda por nuestra. A la llegada del Visitador habrá bien que hacer por el mal gobierno que han tenido los de la Junta formada para la defensa. Aquí, mejor que los mulatos, lo hacen algunos frailes y clérigos con sus fusiles, y estos quedan alistados con los viejos, y han estado aprendiendo los movimientos de la milicia sobre mes y medio, en el palacio y Colegio de Nuestro Padre, que hoy queda de cuartel de los indios de Oropesa. El Deán, el día de Santo Tomás, tenía prevenido su caballo para ir a San Francisco a la adoración de la Bula; luego que oyó decir que había indios por los cerros, se vistió de militar, y muy bien armado salió por las calles en busca de sus soldados los clérigos; y se acabó con esto la procesión, que ya estaba empezando, y en este mismo instante se presentó con esta compañía del modo posible a las 11 del día, sin más prevención que hacerles quitar los capotes, y ponerles los sombreros a tres picos para manejar las armas. Vista del fiscal del Virreinato de Buenos-Aires EXCELENTÍSIMO SEÑOR: El abogado fiscal de este Virreinato, en vista de los testimonios que acompañan los Corregidores y Justicia Mayor de las Provincias de -25- Azangaro, Larecaja y Chucuito, a sus correspectivas representaciones o informes, sobre la sublevación principiada en la provincia de Tinta, correspondiente al Virreinato de Lima, el día 10 de noviembre último, continuada y propagada por arbitrio y fomento de su autor, el cacique del pueblo de Tungasuca, José Tupac-Amaru, dice: Que los documentos y diligencias en copia contenidas, no solo ministran mérito suficiente para graduar y declarar a los comprendidos en este horrible alzamiento, especialmente al cacique Tupac-Amaru, por verdaderos reos de Estado, rebeldes, traidores al Rey, en fuerza de las Leyes 1.ª, título 2.º, Parte 7.ª, y 1.ª, título 18, libro 8.º de las Recopiladas de Castilla, con sus concordantes de uno y otro derecho; sino también para que, sin la precisa observancia de todos los requisitos dispuestos por las Leyes 6.ª y 8.ª, título 4.º, libro 3.º de las Recopiladas de Indias, u otros algunos reparos, se les persiga y ataque como a enemigos, al menos hasta lograr la prisión o muerte del referido autor de tan escandalosa, perjudicial e infame conjuración. Son los motivos que ejecutan la celeridad de este arbitrio, tan urgentes como manifiestos por el expediente, en cuya serie de noticias y sucesos no deben ocupar tanto la atención la lastimosa muerte del corregidor don Antonio de Arriaga, la usurpación de su caudal, la ocupación de las armas que tenía en su casa, ni las convocatorias y excesos que sucesivamente fue perpetrando el pérfido Tupac-Amaru, como la astucia, la cavilosidad y prometidas ideas con que arbitró cometerlos, y sublevar aquella y demás provincias, poniéndolas en estado de llevar adelante los reprobados designios que ocultaba. Para prender al corregidor Arriaga en su misma casa, parece haberle dispuesto un banquete. Para convocar los cabos militares, caciques o indios de la provincia, se cree haber compelido al infeliz corregidor preso a expedir o firmar órdenes citatorias. Para sacarle a la horca a presencia de la multitud, sin movimiento ni alboroto, mandó publicar bando, afectando que procedía en virtud de órdenes de Su Majestad. Con el mismo pretexto pasó a consecuencia de este sensibilísimo espectáculo a la provincia inmediata de Quispicanchi, a ejecutar iguales atrocidades con el corregidor don Fernando Cabrera y cuantos europeos encontrase; expidiendo, bajo el mismo supuesto criminal concepto de figuradas comunicaciones del Rey, luego que se restituyó a su pueblo de Tungasuca, las que le parecieron, a los caciques de las provincias inmediatas, para que cada uno a su imitación perpetrase iguales atentados. Y aunque en las dos de Azangaro y Carabaya, pertenecientes a este Virreinato, no surtieron efecto sus depravados arbitrios, por la lealtad con que su comisionado, el cacique gobernador del pueblo de Azangaro, -26- don Diego Chuquiguanca y sus hijos, hicieron manifestación de los pliegos que se hallan copiados en el expediente, ofreciendo sacrificarse por el Rey; lo cierto es del caso, que la provincia de Quispicanchi, verificada la fuga del mencionado don Fernando Cabrera, su actual corregidor, está subordinada al rebelde Tupac-Amaru, y él mismo asegura en uno de los papeles escritos a Chuquiguanca, que otras cuatro provincias más estaban a sus órdenes. Porque, conociendo este perverso la suma deferencia que aquellos naturales están acostumbrados a prestar a las órdenes del Rey, y el horror con que suelen mirar a los corregidores que les gobiernan, y europeos que por lo regular les acompañan, no le habrá sido difícil mover los ánimos de ellos a la ejecución de las supuestas órdenes del Rey, con tan criminal pretexto. Mas el fuego de la cavilosidad y perfidia del nominado traidor, consiste en que, habiendo repetido tantas veces las órdenes reales con que se hallaba autorizado para proceder contra los corregidores y europeos, en sus bandos, cartas, oficios, y en los edictos que dirigió al coronel cacique y gobernador de Azangaro, don Diego Chuquiguanca, para arrastrar aquella provincia y la de Carabaya, ya silencia los mandatos del Rey, y procede como el más distinguido indio de la sangre real de los incas y tronco principal, a libertar a sus compatriotas de los agravios, injusticias y servidumbre en que los habían tenido los corregidores europeos, sin haberse atendido a sus quejas por los tribunales superiores para proveer de remedio. De cuya consecuencia se sigue, que el nombre de Rey, proferido indeterminadamente, sin especificar el señor don Carlos III actualmente reinante, solo le repitió para reducir los ánimos de los naturales de aquellas provincias a tolerar las violencias ejecutadas con Arriaga, e inducirlos a que se ejecutase lo mismo con otros corregidores. Y considerando verificadas en parte estas ideas, se convirtió de comisionado en redentor de injusticias y gravámenes, sin más impulso que el de su conmiseración por sus compatriotas, abriéndoles ya camino a la aclamación por su Rey, o cuando no, vinculándoles a su obediencia para sostener a su benefactor con las armas, hasta elevarle al trono extinguido de los infieles tiranos reyes del Perú, que es sin duda el blanco de sus conatos. Y con efecto, por lo que el expediente ministra, tuvo ya la satisfacción de juntar el crecido número de indios, que el coronel don Pedro la Vallina, (prisionero que fue suyo) expresa en la contenida carta; y con el auxilio de ellos, se refiere, haber rebelado y muerto a 300 y tantos hombres, que salieron a contenerle del Cuzco, adonde se enderezaba, ocupándoles las armas para armar a los rebeldes que le siguen. Con que, si sobre estos primeros progresos de su tiránica empresa se reflexiona haberlos alcanzado en consecuencia de la sublevación experimentada en la -27- ciudad de Arequipa con motivo del establecimiento de aduanas; la que con menos fundamento estalló en la ciudad de la Paz; por el mismo motivo en la de Chayanta, y los rumores de que en otras provincias se hallaban los naturales algo inquietos; si se considera que el rebelde Tupac-Amaru, enterado de estos sucesos, les ofrece la libertad no solo de derechos de aduana, sino de alcabalas, tributos y servicios de minas, es preciso conceptuar en estos ofrecimientos un aliciente poderoso en los naturales a seguirle, y un inminente riesgo de que aumente sucesivamente el partido de los rebeldes, si con la mayor vigilancia no se aprende a dar muerte a tan insolente rebelde, para que, extinguido el motor, se corte el conato a otros de incorporarse a los conjurados, y se les precava la ocasión de precipitarse al despeñadero de su infidelidad a su legítimo Monarca y Señor natural, con perjuicio de ellos mismos y de la República. Los Corregidores de las provincias de este virreinato, inmediatas a la de Tinta, y principalmente el de la de Azangaro, penetraron luego los designios del pérfido Tupac-Amaru, y la dificultad de apagar el fuego de la conjuración, si con tiempo no se cortaba; por lo mismo este, sin pérdida de momentos, comenzó a exhortar a los de Carabaya, Lampa, Chucuito, Puno, Larecaja, y demás circunvecinas de este virreinato; verificando lo mismo con los del Cuzco, Arequipa, y otros del virreinato de Lima. Y aunque el de Arequipa respondió no poderse desprender de las dos compañías de soldados, que por la Capitanía General de Lima se le remitieron, en ocasión de haberse sublevado aquella ciudad, y el de Larecaja representa los fundamentos que le retraen de concurrir a la convocatoria, los demás de Azangaro, Carabaya, Chucuito, etc., parece que estaban prontos a salir inmediatamente reunidos, con sus armas y municiones, a la raya de Vilcanota, divisoria de ambos virreinatos, a contener a los conjurados, en caso que pretendiesen difundirse hacia esta parte, y aun a perseguir al rebelde, aunque fuese en el virreinato de Lima, sin más substanciación de causa, en que no halla desde luego repugnancia el Fiscal; porque la guerra justa, como es la que se dirige contra las provincias rebeladas, o tiranos, no respeta jurisdicciones, máxime siendo territorios de un mismo Monarca, ni en casos tan urgentes y circunstanciados como el presente, se necesita más substanciación de causa para atacar a los enemigos, que la subsistencia de la rebelión, que es el conocimiento más notorio de este delito cuya odiosidad y horror deben excitar el celo, no solo de los ministros encargados del gobierno de las provincias, sino también de todos los vasallos, sin excepción de personas, para ocurrir en tan críticas circunstancias, sin más mandato del Rey o inmediato jefe, que la cierta noticia de conjuración, a apagar la propagación de -28- tan temible fuego, y sofocarle en su origen, como oportunamente se ordena en la Ley 3, título 15, Parte 2.ª De suerte que, aunque en cuanto al modo de proceder en la subyugación de los rebeldes, ponen tropiezo las Leyes enunciadas 6 y 8, y con más especificación la 9, siguiente, título 4, libro 3 de las Recopiladas de Indias, anteponiendo todos los medios de suavidad, dulzura y amor, y aun la franqueza de todos gravámenes a los de la guerra, y que si fuese necesaria esta, se anticipe primero aviso a Su Majestad en su Real y Supremo Consejo; sin embargo, en el caso que en el día se presenta, parece que sin forzosa aligación a la letra de estas leyes, puede procederse conforme a su espíritu, y al tenor de las facultades que a los señores Virreyes concede la Ley 2, título 3 del precitado libro, abreviando toda resolución o empresa, hasta dificultar al autor de la rebelión que pueda hacer progreso. Y así, si a las primeras reconvenciones que se le hagan en conformidad de las predichas leyes, no se entrega con los rebeldes que les siguen, antes persiste en su rebelión, incitando a los naturales con edictos, a semejanza de soberano, a seguir su partido, no debe perderse instante de atacar al partido rebelde, proponiéndole al mismo tiempo, que si entregan a su caudillo Tupac-Amaru, se suspenderá contra ellos la guerra, y se les condonará sus delitos, oyéndoles en justicia sobre cualesquiera quejas o agravios, por los tribunales a que corresponda; pues faltándoles el autor de su conjuración puede fácilmente extinguirse, y sosegarse el reino, como con efecto han sosegado otros, en que se ha tomado este arbitrio, siguiendo la regla o ejemplo que ofrece la Escritura Sagrada en el capítulo 20 del 2 de los Reyes, sobre la rebelión que expresa. Por la misma regla, y la de otros ejemplares, cree el Fiscal poderse declarar por rebelde al cacique Tupac-Amaru; y en caso que no se entregue, o le entreguen sus partidarios a las reconvenciones o requerimientos que permitan las situaciones de cada partido, autorizarse a todo vasallo del Rey, tanto del partido rebelde como del que pase a subyugarle, para que le aprendan o maten. Pues, a más de que esta autoridad la tiene cualquier vasallo que pretenda hacer tan importante servicio, sin riesgo de incidir en el enorme delito de regicidio, que no se verifica en la muerte de un traidor contumaz, rebelde y pretendido tirano, autorizándose a cualesquiera, cesa todo escrúpulo, pudiendo justamente ofrecerse premio para el efecto; con la calidad de que, en cuanto sea posible, se procure aprenderle vivo; y en este caso, que sea mayor que no entregándole muerto. Bien que, no debiendo entenderse el ofrecimiento del premio que se -29- señale, sino limitadamente, y con restricción al caso que el rebelde se halle con las armas en las manos, continuando su rebelión; y aun en este pudiera no convenir que se publicase, si el partido de rebeldes tiene proporciones de aumentarse con esta noticia, precaverse o irritarse y desesperar. Para que con concepto a todo esto se obrase con el mayor acuerdo, le parece al Fiscal, que habiéndose autorizado por esta Capitanía General, con motivo de la sublevación de Chayanta, con título de comandante en jefe de las armas, al teniente coronel don Ignacio Flores, residente hoy en las provincias del Perú, se le podía escribir carta, en inteligencia de lo resuelto, o con copia de la providencia, a efecto de que, publicando las circunstancias que deben considerarse, resolviese lo conveniente. Asimismo, aunque los corregidores de Azangaro, Carabaya, Larecaja, Chucuito, Lampa y demás, estén distantes, parece que están subordinados a la comandancia del expresado Flores, por el tenor de su título; y de no, convendría que se declarase expresamente, y que se dirigiese a sus órdenes el indispensable auxilio de tropa arreglada que solicitan los corregidores, para que, bajo la dirección del citado comandante, pasase a aquellas provincias confinantes con otras cualesquiera milicias que haya juntado, según lo pide el caso. Contestándoseles a los nominados corregidores que han escrito, en el concepto de aprobarse por ahora su convocatoria, y las providencias que tomó el de Azangaro, o escribiéndose carta circular a todos los que por la inmediación puedan concurrir, y la correspondiente de gracia por su lealtad al coronel cacique y gobernador de Azangaro, don Diego Chuquiguanca, para que todos unidos, y bajo las órdenes del comandante enunciado, procedan a contener cualquiera irrupción de los rebeldes en las provincias de este virreinato, que no puedan avanzar más con la gente y armas que tengan. Y en tal caso, que se arreglen a lo expuesto, estrechando al partido rebelde con las menos posibles muertes y estragos, y fijando la atención en que se les entregue al cacique Tupac-Amaru, o en aprenderle, sin embargo que se halle en el territorio del Virreinato de Lima; pues una vez que pretendió sublevar las provincias de este virreinato, está sujeto al rigor de sus providencias; a más de que por el de Lima es regular que se hayan expedido algunas. Y para la más cabal inteligencia de aquel excelentísimo señor Virrey, y que las tropas de una y otra parte procedan con la mayor armonía, convendría asimismo hacer expreso, noticiando a Su Excelencia lo que se acuerde en el particular, o particulares contenidos. Sobre que la superior comprensión de Vuestra Excelencia resolverá lo que sea más de su superior agrado, justificado arbitrio, dando cuenta a Su Majestad por el próximo aviso. Buenos Aires y enero 15 de 1781. Doctor PACHECO -30- Providencia del excelentísimo señor virrey don Juan José de Vértiz Buenos Aires, 15 de enero de 1781. Con presencia de lo que expone el Abogado Fiscal, de lo que informan los corregidores de Azangaro, Lampa y Chucuito, y documentos con que se hacen constar los horrendos y escandalosos delitos en que ha incurrido el indio José, que se apellida Tupac-Amaru, que abusando del real nombre, y afectando falsamente tener comisión del Soberano, dio muerte públicamente a su corregidor don Antonio de Arriaga, se manifiesta la rebelión contra la Majestad, y se hacen constar las hostilidades con que ha invadido los estados, provincias y vasallos fieles y de mi mando, y emisarios y espías que ha dirigido para revolverlos y pervertirlos, turbar la paz de los pueblos, e introducir en ellos el fuego de la guerra; con reflexión a lo que el derecho de gentes en semejantes casos previene, y el real y municipal de estos reinos ordena, y a la inminencia del peligro y necesidad de acudir a los gravísimos daños y sumos males que amenaza al Estado, y de cortar en el tiempo preciso el rápido curso con que la malicia introduce en los corazones sencillos el contagio pernicioso de dicha revolución: he resuelto declarar, como por las presentes letras declaro, al enunciado José por rebelde a la Majestad y enemigo del Estado, y mandar, como mando, se le haga a él y a todos los que su partido siguen, la guerra y cuantas hostilidades y daños puedan los fieles vasallos del Rey, en sus personas y bienes. Apruebo las providencias a este fin tomadas por los corregidores de Azangaro, Lampa y Chucuito, don Lorenzo Zata y Zuviría, don Vicente Hore Dávila, y don Ramón de Moya y Villareal, a quienes se les corresponda y prevenga lo conveniente, y recomiende la fidelidad y buen servicio del cacique gobernador del pueblo de Azangaro, coronel don Diego Chuquiguanca; y porque el más importante de la salud pública y más eficaz medio para reponer en tiempo y de un solo golpe de mano diestra, el buen orden y estado pacífico, consistiría en extirpar el ambicioso origen de todos los males que padecen los pueblos, segando la cabeza del rebelde José, he ordenado, se sitúen, y tengan a disposición de cualesquiera de los fieles vasallos u otra persona que este servicio haga, 10.000 pesos corrientes de plata, acuñada en cualesquiera de las cajas de este Virreinato, en que haga constar haberlo ejecutado, y 20.000 de la misma moneda, al que lo entregase prisionero; de manera que se pueda hacer justicia en su persona para el escarmiento y ejemplo de los demás rebeldes sus secuaces. Y si cualquiera de estos, arrepentidos de sus errores y descamino, -31- ejecutare el mismo servicio, a más de la retribución pecuniaria, se le concederá el perdón de su culpa y pena por ella merecida. Lo que mando se publique y haga notorio en la manera conveniente. VÉRTIZ El Marqués de Sobremonte Diario de las tropas que salieron del Cuzco, al mando del mariscal de campo, don José del Valle, dirigidas a operar contra el rebelde Tupac-Amaru, y su prisión Cuzco, 19 de marzo de 1781. Las medidas tomadas para prender la persona del vil traidor José Gabriel Tupac-Amaru, y sus indignos auxiliadores, van saliendo muy bien con nuestras tropas. Estas salieron de esta ciudad los días 7 y 8 del corriente, en número de 17.116 hombres, en seis columnas, y dos destacamentos, como parece por menor de la razón del plan que se acompaña. Con este motivo, y un bando de perdón, publicado por el Visitador General, se pasaron muchos de los rebeldes, y se cree lo hagan todos, luego que nuestras tropas o columnas se acerquen. A esto se agrega, que el mismo Tupac-Amaru ha escrito a los reverendos padres de estas religiones, y a este ilustrísimo señor Obispo, pidiéndoles que antes se duelan, y se dediquen a interceder por su melancólica situación, que ir contra él. Al Visitador General parece que también ha escrito muy sumisamente bajo el propio concepto, o el que admita su penitencia, para que no se derrame más sangre, pagando él por todos, con la pena condigna, los crímenes y culpas que ha ejecutado en hechos tan execrables. Dicen que la casa de este desgraciado y mal hombre, está hecha una confusión de pena; que su mujer llora sin cesar, y que lo mismo hacen sus hijos; que su hermano Diego está en extremo melancólico, y que en Tinta, donde se halla, tiene hecho un zanjón para su resguardo, y más de 1.200 hombres que lo custodian, con buenas ganas de entregarle o matarle luego que se acerquen nuestras tropas. Dios nos lo conceda para que estas tristes provincias queden tranquilas y libres de tantos males como han padecido, que son infinitos. Esto es por mayor lo acaecido hasta la fecha, por lo que no me detengo más. -32- Aviso, 22 de marzo Esta noche acaba de llegar propio del señor Inspector General, en que noticia haberse puesto el rebelde en un cerro, entre Tinta y Sangarara, con 6 a 7.000 hombres que ha juntado de los que tiene esparcidos por aquellos lugares con sus capitanes, que es el último esfuerzo que hace. Que ya tenía reunidas tres columnas para cercarlo; por lo que de un día a otro esperamos resultas favorables, mediante Dios. Aviso, 8 de abril (DE MADRUGADA) La noche del día 7 del que corre, poco antes de las 8 hemos tenido la plausible noticia de la prisión del rebelde José Gabriel Tupac-Amaru, con su mujer e hijos que le acompañaban, y con quienes nos ha hecho la guerra que hemos experimentado. Hacer a usted prolija relación de las acciones entre los nuestros y los rebeldes, sería obra muy larga, que no permiten los pocos instantes que median entre escribir esta, y la salida de un soldado de caballería que despacha el señor Visitador a esa capital con noticia tan feliz; y así solo diré a usted lo principal. El día 31 del próximo pasado marzo, se condujeron a esta ciudad las cabezas de dos famosos capitanes del rebelde, apellidados Parvidra y Bermudes, los que fueron muertos en una acción entre los nuestros y un cuerpo rebelde de 5 a 6.000 hombres, en la que fueron pasados a cuchillo más de 1.000 y derrotado el resto enteramente. Estos dos capitanes sostuvieron el encuentro con tanto vigor, que murieron al pie de un cañón con que nos batían; y esta acción sucedió en los términos de la provincia de Chumbivilcas confinantes a Tinta. El señor Inspector, que dirigió su marcha por otro camino a esta provincia, con un cuerpo considerable de tropa, al que se habían de unir en las inmediaciones de Tungasuca, pueblo que tenía por corte el rebelde, otras cuatro columnas, las que compondrían un ejército de 16.000 hombres, entró en el pueblo de Quiquijana, en donde hizo prisionero al Justicia Mayor del rebelde, y otro cacique, nombrado Pomaica, -33- los que fueron ahorcados inmediatamente. De allí dirigió su marcha a Tungasuca, y en las inmediaciones del pueblo nos presentó batalla; pero de aquellas artificiosas que él presenta, con mucha viveza y esfuerzo, haciendo una descarga de seis cañones y alguna fusilería, que por mal servida, solo mató tres hombres de nuestro cuerpo. Uno nuestro, de 300 a 400 hombres que estábamos inmediatos al enemigo, le acometió con tanto ardor, que los deshizo enteramente, haciendo una carnicería que horrorizó a Tupac-Amaru; cuyo asombro creció, viendo que le tomaban sus cañones, pertrechos, municiones, equipajes y cuanto había robado. Él escapó de ser prisionero en la acción por el buen caballo en que iba montado, y viendo todo perdido, envió orden a su mujer e hijos que huyesen como pudiesen, y se arrojó a pasar un río caudaloso a nado, lo que logró. Pero a la otra banda el coronel de Langui, que la era por su orden en este pueblo, por ver si indultaba su vida, le hizo prisionero, y le entregó a los nuestros, habiendo tenido la misma suerte, como llevo dicho, su mujer, hijos y demás aliados. Mañana saldrá de esta ciudad el señor Visitador a nuestro campo, para conducir estos personajes aquí, y para que reciban el premio conforme a su mérito. A las 6 de la mañana de este mismo día se condujo prisionero a Francisco Tupac-Amaru, tío de José en consorcio de otro cacique, nombrado Torres, uno y otro famosos capitanes del rebelde. El primero traía vestiduras reales, de las que usaban los incas, con las armas de Tupac-Amaru bordadas de seda y oro en las esquinas. Esta ciudad se ha llenado de regocijo con la prisión de Tupac-Amaru y su familia; actualmente hay un repique general de campanas, y lo común del lugar está lleno de júbilo; aunque dos baúles de papeles que se le han encontrado, no dejarán de quitar el sueño a algunos de aquí. Los bienes encontrados al rebelde son reducidos a doce petacas de plata labrada, muchas alhajas de oro y diamantes, y de lo demás no se puede dar razón, porque del campo avisan que los inventarios durarán muchos días. -34- Estado en que se apuntan los nombres y las graduaciones de los comandantes de las columnas destinadas a operar contra el rebelde José Gabriel Tupac-Amaru; las fuerzas y tropas de que se compone cada una, y las provincias por donde deben seguir su marcha, hasta el punto de reunión prevenido Jefe principal de la expedición, el mariscal de campo don José del Valle. Mayor general, el capitán don Francisco Mellar. Ayudantes de campo, los tenientes de caballería, don Antonio Donoso, don Isidro Rodríguez, y el subteniente de infantería, don José Antonio López. Comandantes de la primera columna El sargento mayor de caballería, don Joaquín Balcárcel 1.º El coronel de milicias, Marqués de Rocafuerte 2.º Deben dirigir su marcha por las provincias de Paucartambo, Quispicanchi y Tinta. Fuerzas de esta columna Dragones de caballería 100 2.310 Ídem de Calca 60 Ídem de Urubamba 100 Ídem de Alamay 25 Ídem de Andaguaylas 25 Indios de Tambo, y Quebrada de Calca 2.000 -35- Comandantes de la segunda columna El teniente coronel, don Juan Manuel Campero 1.º El teniente de infantería, don José Varela 2.º Fuerzas de esta columna Caballería ligera 200 2.950 Ídem de esta ciudad 150 Ídem de Quispicanchi 200 Ídem de Andaguaylas 200 Infantería de Lima 200 Indios de Maca, Abancay y Chincheros 2.000 Comandantes de la tercera columna El teniente coronel, don Manuel Villalta 1.º El coronel de milicias, don Matías Baules 2.º Pedreros 2 Deben dirigir su marcha por los Altos de Ocororo de Quispicanchi. Fuerzas de esta columna Compañía del cacique de Rojas 200 2.950 Infantería de Lima 150 Ídem de Andaguaylas 300 Ídem de Abancay 200 Ídem de Lira 100 Indios de Anta, Guarocondo, Surite y Altos 2.000 -36- Comandantes del cuerpo de reserva El coronel, don Gabriel de Avilés 1.º El capitán de ejército, don José de León 2.º El coronel de milicias, don Gabriel Ugarte 3.º Cañones 2 Fuerzas de este cuerpo Infantería de Lima 300 500 Ídem de Huamanga 200 Comandantes de la cuarta columna El coronel de Paruro, don Manuel Uries y Castilla 1.º El coronel de milicias, don Isidro Guisasola 2.º Dirige su marcha por Paruro, Livitaca, Chumbivilcas, Auri, y Coporaque de Tinta. Fuerzas de esta columna Infantería de esta ciudad 100 3.000 Españoles e indios 2.900 Comandantes de la quinta columna El coronel, don Domingo Marnara 1.º El corregidor de Cotabambas, don José María Acuña 2.º -37- El corregidor de Chumbivilcas, don Francisco Laisequilla 3.º Dirige su marcha por las provincias de Chumbivilcas hasta Livitaca. Fuerzas de esta columna Infantería 100 3.000 Españoles e indios 2.900 Comandantes de la sexta columna El coronel don José Cavero 1.º El justicia mayor de Paucartambo, don Francisco Celorio 2.º Fuerzas de esta columna Dragones de aymaraes 560 560 TOTAL 15.270 Además de la fuerza que comprende el presente estado, han salido dos destacamentos compuestos de 1.846 hombres con sus respectivos oficiales y comandantes, dirigidos a guarnecer los puestos de Urubamba y Calcaylares, para evitar la fuga del rebelde por aquella parte, que con los 15.270 de arriba, componen 17.116 hombres. La tropa que quedó de guarnición en el Cuzco se componía de 1.000 hombres, a saber: el regimiento de infantería de milicias de aquella ciudad; una compañía de pardos de Lima de 100 hombres, y otra de los voluntarios de Huamanga de otros 100 hombres. -38- Oficio del visitador general don José Antonio de Areche al Virrey de Buenos Aires, participándole la prisión de José Gabriel Tupac-Amaru EXCELENTÍSIMO SEÑOR: Muy señor mío: Tengo el gusto de participar a Vuestra Excelencia, que ya está preso desde el día 6 próximo, el vil insurgente José Gabriel Tupac-Amaru, su mujer, dos hijos y los capitanes y aliados que explica la adjunta nota, después de haberle desbaratado la mayor parte de su execrable y sacrílego ejército, en las inmediaciones del pueblo de Tinta, provincia de su nombre, donde, y en el de Tungasuca de que fue cacique, se le ha cogido una gran porción de lo robado en templos, poblaciones, haciendas, obrajes y caminos, que es de bastante valor, con los pertrechos de guerra que también se ponen para noticia de Vuestra Excelencia. Consecuente a este suceso es el de quedar pacificadas, como lo están, las provincias de Condesuyo, Arequipa, Chumbivilcas, Cotabambas, Paruro o Chilques, y Márquez, Paucartambo, Quispicanche, Calca y Lares, Urubamba y la citada de Tinta, perteneciente a este virreinato, que tenía en lo más por suyas este traidor; y ahora seguirá esta tropa haciendo lo mismo con las de ese, conviene a saber: Lampa, Carabaya, Azangaro, Oruro, Carangas, Porco, Paria, Chayanta, y otras que estén en el propio melancólico caso; para lo cual aviso con esta fecha lo oportuno al señor don Fernando Márquez de la Plata, con el fin de que la tropa formada en la Paz, y la que me consta ha remitido Vuestra Excelencia a extinguir esta rebelión, obre ofensiva y defensivamente; en el concepto de que la de aquí pasará a las primeras provincias de la línea muy en breve, o dentro de pocos días, según lo espero, pues se va a poner en Lampa y Carabaya, formándose en divisiones, y de modo que obre sin riesgo, o sin desampararse por las distancias unas a otras. Yo tengo dicho a Vuestra Excelencia desde Lima, y en los instantes de partir para ponerme en esta ciudad, que venía con el señor inspector general, mariscal de campo, don José del Valle, y 600 hombres de aquella casi informe tropa, a disponer una expedición seria, y capaz de deshacer en breve este alzamiento; y por hallarse cerrada la comunicación -39- de estas provincias con las de ese mando, no me ha sido posible continuarle la noticia de mi llegada, ni la de que conseguida esta, a pesar de la incomodidad y afanes que son comunes a caminos de una tierra tan quebrada como la del virreinato del Perú, en sus serranías, y ásperas y elevadas cordilleras, formamos aquí en estos contornos fieles, y pusimos en marcha en poco menos de 14 días, 17.000 hombres, divididos en siete columnas principales, para batir y prender al enunciado traidor, pacificando de paso las provincias que tenía puestas en su partido: como todo se ha logrado en casi igual tiempo que el que impendimos en disponerlo. Y ya abierto el paso en lo principal, me tomo el gusto de comunicar a Vuestra Excelencia estas noticias con aspecto menos sensible, y con la confianza de que en un corto periodo quedará tranquila toda la tierra que nos alborotó este malvado, cuyas inicuas proezas son bien públicas, y me hacen que no se las detalle con alguna particularidad a Vuestra Excelencia. Preso pues este traidor, y los principales de su alianza, a quienes voy a imponer los serios castigos que merecen, y que tengan una ajustada correspondencia con lo raro, inhumano, sacrílego y horroroso de sus crímenes, luego que les tome las declaraciones oportunas a inquirir el origen, y otros cómplices que puede haber encubiertos, se me hace fácil la pacificación de lo que resta, y la prisión de los emisarios que tiene en los territorios de ese gobierno; y lo aviso a Vuestra Excelencia, ganando los instantes para que entre en esta satisfacción, y alivie sus cuidados, procurando también que para que logre nuestro venerado Amo la misma, se sirva pasarle esta noticia, según le ruego, en unión de la carta adjunta, que me tomo la libertad de suplicar a Vuestra Excelencia la haga aprovechar igualmente los momentos, dándome a mí sus apreciables órdenes, con la seguridad de que los recibiré y cumpliré con la obediencia más pronta, ínterin tengo nuevos motivos de participarle el resto de esta feliz expedición, en que me propongo desde ahora, como tengo anunciado a Vuestra Excelencia, puesto que pasa a su territorio y mando, obrar todo lo que obraría siendo de este, sin reparo alguno, no obstante que ofrezco no excederme en cosa que no aconsejen las circunstancias, y pienso que Vuestra Excelencia haría lo propio, hallándose a la vista; en lo que, repito, que procuraré ser escrupuloso, con todo el extremo que me debe exigir esta materia. Nuestro Señor guarde a Vuestra Excelencia los muchos años que le pido. Cuzco, abril 12 de 1781. Excelentísimo señor besa la mano de Vuestra Excelencia. Su más atento y seguro servidor. JOSÉ ANTONIO DE ARECHE Virrey de Buenos Aires, don Juan José de Vértiz. -40- Lista de los principales rebeldes que se hallan presos en este cuartel del Cuzco, y de los que han muerto en los combates que han presentado a nuestras columnas las sacrílegas tropas del traidor que se expresa, con las notas que irán al pie José Gabriel Tupac-Amaru, cabeza principal. Micaela Bastidas, su mujer, natural de Abancay. Dos hijos suyos, uno de 11 años, y otro de 20. Francisco Tupac-Amaru, tío de José. Marcos Torres, cacique de Acomayo. José Mamani, indio de Tinta, su coronel. Diego Berdejo, español de Macari,