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pues que no la hallé en los hombres,
de quien de tan dulce lazo
aparta dos corazones.
Mis hijos y yo, señor,
con tiernas exclamaciones,
huérfanos y sin abrigo,
daremos ejemplo al orbe
de los peligros que pasa
y a cuántas penas se expone
quien, sin ver inconvenientes,
se casa loca de amores.
Por lo que un tiempo me quiso,
señor, es bien que me otorgue
esta merced, no padezca
quien fue vuestra los rigores
de una injusticia, mi bien,
que mármoles hay y bronces
que harán vuestra fama eterna.
Ahora es tiempo de que note
la mayor fineza en vos;
mostrad, mostrad los blasones
de vuestra heroica piedad,
para que conozca el orbe
que si matarme el rey ha pretendido,
me habéis, heroico dueño, defendido
con valiente osadía y fe constante,
por mujer, por esposa y por amante.

PRÍNCIPE: No creyera, bella Inés,
que jamás desconfiaras
de la fe con que te adoro;
alza del suelo, levanta,
enjuga los bellos ojos,
que las perlas que derramas
parecen mal en la tierra,
en tu nácares las guarda,
que no hay en el mundo quien
se atreva, esposa, a comprarlas.
Si mi padre la cerviz
me derribara a sus plantas;
si la infanta, que aborrezco,
la vida, Inés, me quitara
porque mi padre contento
quedase, y ella vengada,
no sólo fuera su esposo,
pero yo de mi garganta
derribara la cabeza
primero que me obligara
a decir sí, que te adoro
de tal suerte, prenda amada,
que sin ti no quiero vida.
INÉS: ¿Cumplirásme esa palabra?
PRÍNCIPE: Digo mil veces que sí.
INÉS: Pues ya mi temor se acaba.
Dime, ¿cómo has quebrantado
la prisión?
PRÍNCIPE: Esta mañana
a Egas Coello le pedí
me dejase que llegara
a verte, y aunque es traidor,
temiendo que me enojara,
no me impidió.
INÉS: Pues, señor,
volved antes que las guardas
os echen menos, que es tarde,
y volvedme a ver mañana.
PRÍNCIPE: Adiós, Inés.
INÉS: Adiós, Pedro,
no me olvides.
PRÍNCIPE: Excusada
está, esposa, esa advertencia.
INÉS: ¿Si vuestro padre os lo manda?
PRÍNCIPE: No puede tener mi padre
jurisdicción en mi alma.
INÉS: ¿Y si la infanta porfía?
PRÍNCIPE: Aunque porfíe la infanta.
INÉS: ¿Y si el reino se conjura?
PRÍNCIPE: Aunque se perdiera España.
INÉS: ¿Tanta firmeza?
PRÍNCIPE: Soy monte.
INÉS: ¿Tanto amor?
PRÍNCIPE: Sólo le iguala
el tuyo.
INÉS: ¿Tanto valor?
PRÍNCIPE: Nadie en el valor me iguala.
INÉS: ¿Tan grande fe?
PRÍNCIPE: Sí, que ciego
a tus luces soberanas,
no es menester que te vea
para que te adore.
INÉS: Basta;
adiós, mi bien.
PRÍNCIPE: Adiós, dueño,
¡quién contigo se quedara!
INÉS: ¡Quién se partiera contigo!
Muerta quedo.
PRÍNCIPE: ¡Voy sin alma!
INÉS: Adiós, adorado esposo.
PRÍNCIPE: Adiós, esposa adorada.

Vanse todos

FIN DEL ACTO SEGUNDO
________________________________________
ACTO TERCERO
________________________________________

Dicen dentro, como de caza

UNO: ¡To, to por acá! ¡Acudid,
aprisa el sabueso, aprisa!
¡Al valle, al valle, a la fuente,
no se escape, arriba, arriba,
no se nos vaya!
BRITO: Éstos son
cazadores de Coímbra.
OTRO: ¡Subid al monte, subid!
¡Huyendo va la corcilla,
hacia la fuente, acudid!

Salen el PRÍNCIPE y BRITO

PRÍNCIPE: ¡Ay, doña Inés de mi vida!
Parecióme que acosada,
mal hallada y perseguida,
hacia la fuente llegaba.
BRITO: ¿Quién, señor?
PRÍNCIPE: Mi Inés divina.
BRITO: ¿Otro agüerito tenemos?
PRÍNCIPE: Sin duda fue fantasía,
porque a ser verdad, es cierto
que mi esposa no se iría,
Brito, a arrojar a la fuente,
sino a las lágrimas mías.
BRITO: De Santarén has venido
y estamos ya de la quinta
una legua poco más;
pronto la verás muy fina
entre tus brazos.
PRÍNCIPE: ¡Ay, cielos!
BRITO: Y agora, ¿por qué suspiras?
PRÍNCIPE: Porque no llego a sus brazos.
BRITO: Todo esto es azarería.
PRÍNCIPE: Di, Brito, que éste es deseo
de gozar la peregrina
deidad de Inés, que es tan grande
que sólo pudo a ella misma
igualarse.
BRITO: Así es verdad.
PRÍNCIPE: Todas las flores de envidia
suelen quedar…
BRITO: ¿De qué suerte?
PRÍNCIPE: O agostadas o marchitas.
La rosa, reina de todas,
mirando a mi Inés divina
quedó corrida de verla,
pálida y envejecida.
El clavel, Brito, agostado,
cuando miró en sus mejillas
más viva púrpura envuelta
en sangre de Venus fina.
Díjome un bello jazmín:
“Jamás, principe, permitas
que tu Inés vea las flores,
porque en viéndolas, corridas,
no se atreven a crecer;
y tras sí mismas perdidas,
siendo maravillas todas,
dejan de ser maravillas.”
BRITO: ¿Cuándo te ha hablado el jazmín
que te ha dicho estas mentiras?
Ten seso y vamos al caso.
PRÍNCIPE: Advierte, pues yo quería,
porque ninguno me viese
no llegar hasta la quinta.
Y para esto esta
de Santarén traigo escrita,
porque desde aquí la lleves;
y otra también prevenida
traigo para el condestable;
llévalas pues.
BRITO: ¿Y me envías
con estas cartas a mí?
PRÍNCIPE: Pues ¿a quién jamás se fía
mi pecho, si no es a ti?
Parte, acaba.
BRITO: Y si por dicha
me encontrase Alvar González
y Egas Coello, que privan
con el rey tu padre agora,
y hecho general visita
de todas las faltriqueras
viesen las cartas, y vistas
me mandasen ahorcar;
pregunto, señor, ¿sería
buen viaje el que hubiera hecho?
PRÍNCIPE: No temas, pues que te anima
mi valor.
BRITO: ¡Qué linda flema!
Si estoy ahorcado por dicha
una vez, ¿de qué provecho
lo que me ofreces sería?
¿Para mí podría valerme
tu valor en la otra vida?
PRÍNCIPE: Brito, llevarlas es fuerza.
BRITO: ¿Pues por qué causa a la vista
de la quinta te detienes?
PRÍNCIPE: Porque mi padre en la quinta
me dicen que está, de Coello,
que a cazar vino estos días,
y no quiero que me vea.
BRITO: Y si prosiguen la enigma
de la garza esos dos sacres
que la prisión solicitan
de Inés, pregunto, señor,
¿qué hará el príncipe?
PRÍNCIPE: ¿Por dicha,
aquestos sacres villanos
se atreverán a mi dicha?
Porque guardada mi garza
y alentada de sí misma,
aunque con tornos la cerquen,
aunque airados la persigan,
remontará tanto el vuelo
que la perderán de vista.
Y los sacres altaneros,
cuando vean que examina
por las campañas del aire
toda la región vacía,
cansados de remontarse
en mirándola vecina
del cielo, que es centro suyo,
y en él a Inés esculpida,
si la buscan garza errante,
la hallarán estrella fija.
BRITO: Lindamente la has volado,
di ya lo que determinas.
PRÍNCIPE: Que partas, Brito, al Mondego,

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